Cornaro 114

Las cuatro de la mañana. Vino la noche agria y jugosa de la primavera; una noche azul, con un azul denso de vidrio de hiedra, sahumada de azahar y de hierbas húmedas. Se sentía el escalofrío de la tierra que se abría para recibir el jugo de la vida nueva. La oscuridad no era negra, sino un soplo purpúreo y tibio; y las estrellas parecían temblar más cerca, bajas, doradas, casi sumergidas. Se oía el lamento nítido, de cristal roto, de los sapillos ocultos, y el fluir del agua en la acequia, un fluir que parecía llevarse el aroma de los pétalos caídos. Todo en la noche respiraba con una fijeza sagrada, una voluptuosidad madura que pesaba en los párpados y en el pecho. Una noche de primeros de junio, limpia, diáfana, de un azul profundo. Por las ventanas abiertas entra el olor fino, silvestre, de los campos de trigo verdes. El aire es blando, algo frío; trae una tibieza nueva que invita a la ensoñación. En el cielo, las estrellas centellean con una fijeza limpia, sin parpadear. En estos momentos, la vida parece detenerse; las cosas vulgares —una silla de paja, un libro abierto— adquieren una categoría misteriosa y eterna bajo la luz de la luna que empieza a platear las techumbres.

Primavera de una serenidad maravillosa. En el fondo del jardín zumban los lepidópteros, y el aire, impregnado de la fragancia de los laureles, tiene una tibieza mágica. La luna, que empieza a declinar, pone un vago resplandor de plata en las copas de los pinos. El laberinto de helechos está lleno de susurros misteriosos, de quejas sutiles. Una ráfaga de viento, blanda y aromada, hace estremecer el follaje, y caen sobre mi frente algunas gotas de rocío, frías como lágrimas. Noches de junio que no conocen la verdadera oscuridad; son más bien una prolongación crepuscular, un vidrio ahumado a través del cual el mundo aparece despojado de sus ángulos ásperos. El aire de la noche primaveral posee una cualidad líquida, casi fría, un sabor a leves nieves derretidas que estallan en la penumbra. Desde mi ventana, el jardín parece suspendido en un vacío. El silencio es tan agudo que se puede oír el leve chasquido de una hoja al desplegarse. Es una atmósfera cargada de expectación y delicia.

Deja un comentario