«La vida no consiste en respirar, sino en obrar. […] Vivir es no estar sometido a la necesidad, y la necesidad se puede romper por muchos lados. […] ¿Preguntas por el camino que lleva a la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo», Séneca.
«El suicida quiere la vida, y solo está descontento de las condiciones en que la misma se le presenta. Por consiguiente, al destruir su cuerpo no destruye en modo alguno su voluntad de vivir; al contrario, es una manifestación violenta y enérgica de esa voluntad», Schopenhauer.
«Se nos dice que el suicidio es el acto de mayor cobardía… que es un crimen, cuando resulta evidente que no hay nada en el mundo a lo que cada hombre tenga un título más inexpugnable que a su propia vida y a su propia persona. […] Cuando los terrores de la vida llegan a sobrepujar a los terrores de la muerte, el hombre pone fin a su vida. Tan pronto como las desdichas de la vida o el dolor que nos acecha superan el temor a la muerte, el suicidio se convierte en una solución natural. El hombre destruye su cuerpo porque el sufrimiento del espíritu se ha vuelto insoportable, y prefiere la nada antes que la continuación de una agonía sin sentido», Arthur Schopenhauer.
«Uno no decide morir de la noche a la mañana; es un trabajo lento, una erosión. Llega un momento en que el dolor de existir se vuelve tan monótono y predecible que la muerte aparece como la única novedad posible, la única acción pura que nos queda por realizar para recuperar el control sobre nuestro propio destino», Pavese.
«Si la vida humana fuera una posesión tan sagrada que fuera una ofensa alterarla, sería igualmente criminal preservar la vida como destruirla. Pero la providencia nos ha dejado libre albedrío. Cuando el dolor, la edad o la desgracia hacen que la vida sea una carga, el suicidio es el recurso que la naturaleza nos ofrece. Un hombre que se retira de la vida no hace daño a la sociedad; solo deja de hacerle un bien, si es que aún podía hacérselo. ¿Por qué debería prolongar mi miseria solo para no alterar el orden de las cosas? Cuando ya no soy útil, cuando mi existencia es solo un cúmulo de sufrimientos para mí y una pena para quienes me rodean, el suicidio se presenta no solo como una solución aceptable, sino como el acto más prudente y libre que un ser racional puede ejecutar», Hume.
«La muerte voluntaria existe y nos libra, nos rescata del ser convertido en fardo pesado, y del ex-sistere, que ya solo es angustia. […] Quien decide levantar la mano sobre sí mismo no lo hace por un capricho; lo hace porque el espacio de su vida se ha estrechado tanto que ya no puede respirar en él. La sociedad considera este acto como una enfermedad o una cobardía, una rebelión contra las leyes del Estado o de la naturaleza. Pero se equivocan: es el único acto en el que el ser humano, completamente despojado de su dignidad por el sufrimiento, recupera su soberanía absoluta. Es el derecho a decir «no» cuando el mundo te exige un «sí» a costa de tu propia destrucción interior», Jean Améry.
«La historia de una vida es siempre la historia de un sufrimiento ineludible y certero. Dios, sobrepasado por su propio ser, quiso la absoluta nada, el nihil negativum; deseó exterminarse completamente y dejar de existir, y de ese acto de fragmentación nació nuestro mundo. Por lo tanto, el universo entero tiene una meta clara: el no-ser. El hombre que sufre y que, con plena lucidez, decide poner fin a su vida, no está cometiendo un error ni un acto de debilidad. Al contrario, está sintonizando su voluntad con la corriente fundamental del universo. El suicidio es la vía de la redención individual; es el acto mediante el cual la criatura cansada rompe las cadenas del deseo y del dolor, devolviendo su fuerza a la santa paz de la nada original», Philipp Mainländer.
«Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado. […] El derecho a elegir el momento de la propia desaparición es el único privilegio que nos eleva por encima de los animales y de las marionetas del destino. Saber que existe esa salida, que la puerta nunca está cerrada con llave, le da a la mente una calma extraña en medio de los peores tormentos. El suicidio no es una derrota; es una victoria sobre la fatalidad de haber nacido. Es el consuelo supremo de los lúcidos: la certeza de que, si el fardo de los días se vuelve del todo intolerable, basta un solo gesto soberano para disolver el mundo entero en el olvido», Cioran.
