Cornaro 115

«Si estás ocioso, no estés solo; si estás solo, no estés ocioso. La soledad es el caldo de cultivo de los pensamientos sombríos. El remedio para la melancolía no es la mera contemplación pasiva, sino el empleo vigoroso de la mente en tareas asignadas. La mente es como un molino: si no tiene grano que moler, se desgastará a sí misma», James Boswell, «La vida de Samuel Johnson».

El propio Johnson, en sus ensayos, insistía en que la regularidad del trabajo y el esfuerzo físico son los verdaderos diques contra la marea de la tristeza. Mañana dejo Cataluña y vuelvo a casa, a mi pazo orensano. Para sojuzgar la depresión, con voluntad férrea, me impondré jornadas maratonianas de lectura y largos paseos con la perra.

«La salud de la mente solo puede mantenerse mediante el movimiento constante. Los hombres que caen en la melancolía a menudo lo hacen porque han permitido que sus días carezcan de propósito, olvidando que la mente humana exige una tarea, un deber impuesto, un camino trazado que recorrer cada mañana, por pequeño que sea. El esfuerzo disipa las nieblas del alma», Samuel Johnson

Thoreau, el maestro de la vida rústica, describía el caminar no como un pasatiempo, sino como ejercicio espiritual:

«Creo que no puedo mantener mi salud y mis espíritus a menos que pase al menos cuatro horas al día —y a menudo más— deambulando por los bosques y por las colinas y campos, absolutamente libre de todas las obligaciones mundanas. […] Cuando caminamos, regresamos naturalmente a nosotros mismos. En la aldea y en el campo, cada rincón retiene una verdad antigua que las ciudades han olvidado.»

— Henry David Thoreau.

Y nuestro Unamuno:

«¡Qué gran purificador es el campo! Aquí, en la paz de la aldea, el alma se extiende y se sosiega. Los caminos nos llevan, no hacia la prisa del mundo, sino hacia el interior de nosotros mismos. Cada paso en la tierra húmeda, cada mirada al horizonte silencioso es un golpe de hacha contra los nudos que nos atan a la tristeza cotidiana. En el campo, el tiempo no corre, se remansa».

Y el pazo como refugio y fortaleza:

«Aquella vida de la aldea, tan uniforme y monótona en apariencia, posee una intensidad oculta que solo perciben quienes se entregan a ella. El pazo, con sus muros curtidos por el musgo y el invierno, no es una prisión, sino una fortaleza contra el ruido del siglo. Allí, entre los árboles centenarios y el lamento del viento, el hombre aprende a dialogar con su propia sombra y a encontrar la paz en la santa rutina de la tierra», Emilia Pardo Bazán.

Horarios estrictos, lecturas y paseos. Como Johnson, recordaré que la disciplina no es una cárcel, sino la armadura que elegimos para que la melancolía no gane la partida.

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