El autoestigma es el principal responsable de que los pacientes con esquizofrenia se marquen como una res con un yerro candente ya con solo recibir el diagnóstico. Provoca insociabilidad, tristeza, exagerada soledad, deterioro de la calidad de vida, menor interés en la consecución de metas y un peor proceso de integración. Se ha demostrado de forma concluyente que este estigma internalizado está directamente asociado a mayores tasas de suicidio y depresión, una muy menor adaptabilidad social, y una drástica disminución en la búsqueda de ayuda profesional y en la adherencia al tratamiento. En términos cartesianos claros y distintos: sin estigma público no habría autoestigma.
Un aspecto sumamente tabú es que el rechazo hacia los pacientes psicóticos no solo proviene de la población general sin formación, sino que a veces se perpetúa de forma inconsciente o bien pesimista entre los mismos profesionales de la salud. Es una realidad incómoda que, en contraste con trastornos como la depresión, los propios psiquiatras sostienen a veces opiniones más perjudiciales sobre la esquizofrenia, manifestando un mayor pesimismo sobre la recuperación total de los pacientes y un rechazo social implícito. Muchos entornos asistenciales aún consideran que los trastornos mentales graves son una barrera insalvable para la vida autónoma. Estas creencias erróneas perpetúan un ciclo de silencio y vergüenza
Para muchos pacientes y familias, el verdadero calvario no es tanto la clínica (relativamente tratable con los fármacos), sino nuestra muerte social. El estigma de la enfermedad mental es universal. No hay país, sociedad o cultura donde la gente con una enfermedad mental grave tenga el mismo valor social que las personas sin dicha enfermedad. El 80% de las personas diagnosticadas afirman con rotundidad que el estigma o la discriminación que sufren en su día a día llega a ser considerablemente peor que la propia enfermedad mental. Y más del 70% apunta directamente a los medios de comunicación como los responsables de que el estigma y la exclusión empeoren cotidianamente.
¿Por qué la misma sociedad que hoy presume en redes de «ir al psicólogo para sanar su niño interior» sigue cruzando de acera o apartando la mirada cuando se encuentra con un paciente que sufre un brote psicótico o convive con una esquizofrenia?
