Las palabras son las encarnaciones sutiles del pensamiento; son templos avivados del espíritu, y el filólogo que las ama de verdad no las mira como piezas de un mero museo zoológico o un gabinete de curiosidades, sino como seres vivos que palpitan, saltan, brincan, se enlazan, se amontonan, que tienen sangre y atrabilis, padecen y gozan. Cada palabra es un poema resumido, un monumento memorable y celestial de la historia humana, un sedimento de almas que pasaron. El verdadero amor a la gramática no es el amor a las reglas rígidas, sino el amor a la misteriosa corriente que une a los hombres a través de los siglos mediante el milagro de la voz humana vuelta letra fija.
La patria verdadera de un hombre es su biblioteca, es decir, una serie coordinada y elegante de palabras. La patria de un hombre está en el pensamiento y las palabras; un filólogo, un gramático, son custodios de lo mejor: el lenguaje. En cada palabra estudiada apuestan por la claridad y la libertad del hombre. A más palabras poseídas, más realidad.
Steiner: «El amor del filólogo por las palabras se asemeja al del amante que conoce cada línea, cada inflexión y cada secreto del cuerpo amado. Para el verdadero erudito de la lengua, no hay palabra pequeña ni término insignificante. Rastrear una etimología, comprender cómo un verbo ha cambiado de piel a lo largo de los siglos, es una de las aventuras espirituales más puras que le han sido dadas al hombre. La filología es, en última instancia, un acto de fe: la fe de que el lenguaje puede salvar la distancia entre los seres humanos, de que la palabra es el puente sobre el abismo del silencio».
Descanse en paz profesor Blecua.
