Cornaro 119

Hoy regreso a casa. Volveré a mi pazo natal (donde deseo morir) con el corazón lleno de recuerdos y el alma envuelta en una vaga melancolía. Al cruzar el viejo portalón de piedra, cubierto de hiedra y líquenes, sentiré el frío abrazo de los siglos que custodian la memoria de mi linaje. Las estancias sombrías, donde flota un aroma a cera rancia y maderas nobles, parecerán despertar a mi paso. Cada rincón evoca una sombra, cada eco en el patio de armas es una voz del pasado que me da la bienvenida. Soy el señor de la casa y de la biblioteca. Hay una nobleza en estas piedras que el tiempo no puede destruir; regresar a ellas es reconciliarse con la propia sangre y aceptar que nuestro destino está indisolublemente ligado a la tierra que nos acogió.

Volver a mi biblioteca. No hay placer terrenal que se compare a la alegría del regreso al propio estudio, cuando la puerta se cierra tras de nosotros y nos deja a solas con nuestros libros. Allí están, pacientes en sus estantes. Tomar un volumen familiar, sentir el peso conocido en las manos y aspirar ese aroma inconfundible a papel antiguo y hogar es un bálsamo inmediato para el espíritu fatigado. En el mundo exterior somos extranjeros; pero aquí, rodeados por las mentes que amamos, volvemos a ser dueños de nuestro tiempo. Mi biblioteca es mi fortaleza, el único sitio donde el ruido del siglo se apaga y cede su lugar a la gran conversación de los siglos. Recordé entonces las palabras de Erasmo: «Cuando regreso a mi biblioteca, me parece que he entrado en un templo de la sabiduría. «Cuando tengo un poco de dinero, compro libros; y si me sobra algo, compro comida y ropa», solía decir. En presencia de mis libros me siento más rico que cualquier rey». Al sentarme entre ellos, aparto de mí la ambición, la envidia y los vanos afanes del mundo. Mis libros no me engañan…

En sus cartas familiares, Petrarca describía el regreso a su biblioteca de campo en Vaucluse como una liberación espiritual indispensable para su cordura: «He regresado por fin a mis libros, mis compañeros más deleitosos, aquellos que me acompañan en la soledad y me aconsejan en la incertidumbre. Al entrar de nuevo en mi estudio y verlos alineados, siento que restauro mi alma deshecha por el trato con los hombres y los negocios del siglo. Los libros nos hablan con voz viva, se introducen en nuestros afectos, nos consuelan en la tristeza y nos devuelven la templanza. Volver a ellos es como regresar a un puerto seguro tras una tormenta pavorosa. Aquí, en la quietud de mi biblioteca, rodeado de los antiguos sabios, vuelvo a ser verdaderamente yo, libre de las cadenas del mundo exterior y entregado a la inmortalidad de las letras».

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