Muchos bibliófilos poseen ya una Wunderkammer sin saberlo: su biblioteca. Así, a bote pronto, a mí me gustaría tener un fósil de amonites, de espiral no simplemente gris, sino de un pardo ceniciento semejante al dorso de ciertas polillas nocturnas, y con vetas de miel oscura. En el gabinete habría sin falta un astrolabio renacentista, una caja con insectos tropicales, un manuscrito de Nabokov como una maraña de tachaduras, flechas, injertos y correcciones, con una mezcla de grafito de lápiz y de tinta negra superpuesta a tinta azul.
Pero mi cuarto de maravillas rebosaría de libros. Sobre todo primeras ediciones anotadas de algún clásico olvidado. Resultaría particularmente sugestivo encontrar un ejemplar de Gibbon, de su «Historia de la decadencia y caída del Imperio romano», anotado por un eclesiástico. Los márgenes se convertirían entonces en una controversia permanente: exclamaciones indignadas, objeciones teológicas, rectificaciones doctrinales y protestas airadas ¿Un ejemplar? Londres, impreso para W. Strahan y T. Cadell, 1776–1788. Seis volúmenes en cuarto. Ejemplar con anotaciones manuscritas contemporáneas realizadas por diversas manos, incluyendo observaciones críticas dirigidas al tratamiento que el autor hace del cristianismo primitivo. Encuadernación íntegra en piel de época. Excelente ejemplar de trabajo, con abundantes testimonios de lectura erudita.
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Ante qué digo qué maravilla. El cañón del Sil. Fragas do Eume. Praia das Catedrais. Monte Pindo. Me maravilla una página de Josep Pla describiendo Barcelona, una inteligencia excepcional expresada con sencillez, la superficie convexa de un samovar, la música verbal francesa, los lunares en el pecho de una mujer. Me maravilla Mariano Fortuny y Marsal, esos toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Me maravillan los cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos.
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POEMA DE LOS DONES
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.
BORGES
