Históricamente, los palcos no se diseñaban para ver mejor el escenario, sino para ser vistos por el resto del teatro. Estaban a la altura de los ojos de la masa, lujosamente decorados, iluminados de forma que la aristocracia y la alta burguesía pudieran exhibir sus joyas, sus pieles y sus alianzas. El palco donde los Marqueses eran el centro de gravedad de la atención de todo el teatro. Situado en el piso principal, en el sitio de honor, y sus colgaduras de damasco viejo, aunque acaso algo descoloridas, conservaban un aire de majestad rancia que se imponía a la muchedumbre de la platea y del gallinero. Sentada al borde, desafiando las miradas con una serenidad nacida de la costumbre del privilegio, estaba la marquesa, armada de sus eternos gemelos de nácar, que paseaba por el público como quien pasa revista a sus vasallos. A su lado, las jóvenes de la casa se exhibían como en un escaparate de modas, riendo a carcajadas mudas, haciendo señas con los abanicos a los jóvenes de la aristocracia que hormigueaban en el pasillo esperando el entreacto para asaltar el palco. Desde abajo, desde las butacas de la burguesía advenediza y desde los bancos de madera del gallinero, donde los menestrales sudaban y se asfixiaban, se contemplaba aquel reducto no como un lugar para disfrutar del drama, sino como el altar de la vanidad, donde se decidía quién era alguien y quién debía permanecer en la oscuridad del anonimato
«La Casita» de Bad Bunny opera bajo la misma lógica: sus ocupantes (actores, futbolistas, nepobabies) no están ahí para mirar el concierto; son parte de la escenografía del poder.
En la Platea de la ópera encontrábamos a la burguesía acomodada, el ciudadano con ciertos recursos que puede pagar el peaje para estar cerca del cogollo, pero sin pertenecer al círculo selecto. Es el terreno donde se asienta el verdadero poder: la burguesía del dinero. Allí, apretados en sus amplias butacas, se sientan los hombres de negocios, los agentes de bolsa, los abogados de moda, formando una masa compacta de cabezas calvas o encanecidas que huelen a oro y a influencia. Esos hombres no van a escuchar la música; van a vigilar sus inversiones sociales. Desde la platea, con las cabezas echadas hacia atrás y los ojos clavados en la curva de los palcos, los burgueses juzgan, tasan y sentencian. Calculan el valor de los diamantes de una condesa, estiman la deuda del marido por el tamaño del palco que ocupa y deciden qué reputación mercantil va a caer al día siguiente en la Bolsa. La platea es el patio de un cuartel general donde la burguesía, vestida de riguroso frac negro, contempla la decadencia de la nobleza con una sonrisa de triunfo frío, sabiendo que, aunque los palcos estén más altos, el suelo del teatro y el dinero del mundo les pertenece.
El Gallinero o Paraíso o Cazuela o Loggione (La Plebe) Donde el aire es rudo y la visibilidad reducida; ahí se apiñaba el pueblo llano. La carne de gallinero. Un hormiguero de cabezas aplastadas contra el techo de yeso, una masa de rostros encendidos que se asomaban por encima de la barandilla de hierro como una marea a punto de desbordarse sobre el vacío de la sala. Hacía un calor de horno; los hombres, en mangas de camisa, se secaban la frente con los pañuelos, mientras las mujeres, con los cabellos desgreñados por el tumulto de la entrada, respiraban con la boca abierta. Había un rumor continuo de risotadas, de gritos de un banco a otro y de crujir de avellanas. Aquella plebe de París, Madrid o Viena, hacinada en las localidades baratas, poseía la alegría ruda de los días de fiesta. Desde su altura, suspendidos sobre el lujo reluciente de los palcos y el terciopelo de las butacas, contemplaban el espectáculo con una familiaridad insolente. No les importaban las reverencias de la gente bien; querían su ración de carne, su música pegadiza y sus chistes procaces. Cuando las luces bajaban, un silencio ansioso corría por el gallinero; todas aquellas miradas ardientes se clavaban en el escenario, y de aquel foso de sudor y harapos brotaba un estremecimiento unánime, el rugido de la bestia popular lista para ser domada o para devorar a los comediantes.
A Bad Bunny le sostiene una «plebs sordida» (Tácito) Los del gallinero -alma de siervos- solo existen para validar el estatus de los ocupantes del palco.
