Jonás de Orleans fue un obispo carolingio que escribió manuales de conducta para los nobles y reyes de su época. Su obsesión era recordarle a los poderosos que la verdadera nobleza no radica en la sangre, sino en cómo tratan a los miembros más frágiles de la sociedad. Escribió: «Quasi non una sit omnium conditio nascendi et moriendi, et una sit terra quae omnes suscipit… Memento te non dominum pauperum esse, sed conservum», «Como si no fuera una misma la condición de todos al nacer y al morir, y una misma la tierra que a todos acoge… Recuerda que no eres el señor de los pobres, sino su compañero de servidumbre».
Sin olvidarnos de Pedro Blesense: «Pauperum lacrymae crux sunt divitum; et vana est omnis religio, quae viduarum et orphanorum fletibus non medetur», «Las lágrimas de los pobres son la cruz de los ricos; y es vana toda religión que no ponga remedio al llanto de las viudas y de los huérfanos».
O también a Paulino de Aquilea: «Non despicias inopem in angustia sua constitutem, quia et te et illum unus Creator plasmavit en utero», «No desprecies al indigente que se encuentra en su angustia, porque un mismo Creador los plasmó en el vientre tanto a ti como a él».
Tengamos presentes a aquellos que padecen una herida profunda, un dolor oculto e insufrible; aquellos cuyo paradójico orgullo no es otra cosa que la impotencia del corazón para defenderse contra la injusticia del destino: Seres a quienes hirieron y a quienes hundieron, pero que siguen siendo tan dignos como nosotros. Hermanos condenados al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, a la desnudez.
En su obra póstuma e autobiográfica, «El primer hombre», Camus rinde homenaje a su madre analfabeta y a su familia, atrapada en la pobreza de Argelia: «Ella no conocía las palabras de los libros, ni la política, ni las grandes ideas del mundo. Su vida se reducía al espacio entre la cocina y el lavadero, a un trabajo silencioso que le gastaba las manos día tras día. Los ricos pasaban a su lado sin verla, como si fuera transparente, como si los pobres pertenecieran a otra especie que no necesita explicaciones. Y, sin embargo, en su mirada limpia, en esa paciencia infinita con la que soportaba el peso de la existencia sin quejarse jamás, había una nobleza tan pura que hacía parecer ridículas todas las grandezas de los hombres de poder. Ella no pedía nada, no exigía nada; su sola presencia era una acusación silenciosa contra la soberbia del mundo».
