La crítica no consiste en dictar sentencias apodícticas, definitivas y napoleónicas. Consiste en aumentar la comprensión. El crítico ideal acaso no deba ser un juez que levanta el martillo o el pulgar arriba o abajo, sino un lector excepcional, algo arbitrario, que logra que los demás vean más de lo que habían visto sin su ayuda.
Permítanme citar al extraordinario prosista Alfonso Reyes: «La crítica no es un juicio de faltas ni una colección de censuras; es una función de acompañamiento y comprensión. El crítico es el ciudadano del mundo de las letras que sale al camino a recibir al viajero, a ofrecerle hospitalidad en su propia mente. Para ejercerla bien, se requiere una dosis inmensa de simpatía, que no es debilidad ni indulgencia, sino la capacidad creadora de ponerse en el lugar del otro. Una crítica que no sea, en alguna medida, una obra de arte ella misma, que no posea un ritmo, una luz y una sonrisa en su propia prosa, no es más que contabilidad literaria. El verdadero crítico no busca imponer una ley desde fuera, sino descubrir la ley interna que el autor se ha impuesto a sí mismo, y ayudar al lector a percibirla. Nuestra labor es traducir la belleza, deslindar el misterio de la creación con manos delicadas, sabiendo que la literatura es, ante todo, un fenómeno de la vida que se contagia y se celebra».
Para mí escribir crítica es, en esencia, un ejercicio de lectura minuciosa, de destripar el mecano o averiguar los pasadizos del castillo. El crítico no debe mirar el texto desde la distancia o dogma cerril de una teoría preconcebida, sino que debe meterse debajo de las frases como un niño leyendo bajo las sábanas con una linterna, examinar cómo están construidas las bisagras (aquello que técnicamente se llama en arquitectura «puentes de tráfico»), las bisagras de la novela o el ensayo, sentir cómo respira o asfixia un adjetivo, qué color tiene, cuánto pesa y qué cola de cometa dibuja. Mi enfoque es técnico, pero estético a la vez. El crítico debe poseer un oído musical absoluto para el lenguaje, debe ser un superdotado lingüístico; capaz de detectar la nota falsa o la impostura, el sonsonete perezoso y repetitivo, el cliché que afea, pero también advertir las geniales iluminaciones de inmensidad.
También mi ambición, cuando leo con ojos de escritor, es contagiar el entusiasmo por los libros, ese verdadero motor de mi vida, despojando a la literatura de la atmósfera de solemnidad académica. Me gusta ser conversacional, si puede ser ingenioso, ligero, pero profundo. Debe leerse con el mismo placer con el que se escucha a un amigo inteligente hablar en la sobremesa después de una buena cena. Al fin y al cabo, la literatura se inventó para hacernos más humanos y más felices.
