(León XIV, go home)
Empecemos con una cita contundente del escritor colombiano Fernando Vallejo: “La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó Constantinopla y bañó de sangre Jerusalén; la que exterminó a albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas…”.
Un grupo de radicales, barbados y vestidos de negro, afloran del desierto. Se dirigen a Palmira y la emprenden a golpes con el templo de Atenea y sus estatuas. ¿Son terroristas del Estado Islámico en el siglo XXI? No, son fundamentalistas cristianos del siglo IV.
Con el «triunfo» del Cristianismo en el s.IV bajo Constantino, los cristianos demolieron templos paganos, derribaron estatuas de dioses, mutilaron relieves, arrancaron frescos y mosaicos, talaron arboledas sagradas, quemaron bibliotecas, rasparon pergaminos con textos grecolatinos… para escribir oraciones.
El Olimpo Grecolatino les parecia demencial, erróneo y pecaminoso… ¡Y procedieron a destruirlo!El Dios cristiano exigía exclusividad. Y tolerar a otros dioses equivalía a permitir el mal. Eso se llama intolerancia. Ser intolerante era ser virtuoso. Forzar a otro a salvarse era bueno.
«Tras reflexionar largamente sobre lo que ha surgido de este engaño sistemático —todas las luchas entre papas y soberanos terrenos, la destitución de reyes y emperadores, las excomuniones, las inquisiciones—, se siente uno obligado a preguntar si ha sido más la mentira que la verdad lo que ha influido de manera permanente sobre la historia de la humanidad. Pues nunca se ha mentido y engañado con tanta frecuencia y tanta falta de escrúpulos como en el campo de la religión. Y es cabalmente en el cristianismo, el único verdadera y realmente salvífico, donde dar gato por liebre está a la orden del día, donde se crea una jungla casi infinita del engaño desde la Antigüedad y en la Edad Media en particular.», Deschner, «Historia criminal del cristianismo», Tomo IV: Falsificaciones y engaños.
Las religiones, nos contaba mi maestro Mosterín, son subproductos hipertrofiados de nuestra evolución cognitiva. En el Pleistoceno, detectar intencionalidad donde solo había azar —pensar que el crujido de una rama era un depredador y no el viento— tenía un valor de supervivencia. Heredamos un cerebro diseñado para buscar agentes detrás de cada fenómeno. El problema surge cuando, en lugar de corregir ese sesgo mediante la ciencia, las culturas lo institucionalizan, creando agencias invisibles llamadas dioses. La religión no cayó del cielo; es un fósil cultural de la infancia de la humanidad que se niega a disolverse, un intento arcaico de hacer tecnología mediante el rezo y ciencia mediante el mito.
La religión procede de la infancia de nuestra especie, de una época en la que no sabíamos que la Tierra era redonda, ni que orbitaba alrededor del Sol, ni que la materia estaba compuesta de átomos, ni que las enfermedades eran causadas por microorganismos. Era nuestro primer y peor intento de explicar la realidad, de consolar nuestros miedos y de regular nuestra conducta moral. Al igual que la astrología o la alquimia, cumplió una función primitiva. Pero insistir en mantenerla viva hoy, cuando la ciencia nos ofrece una visión del cosmos incomparablemente más bella, vasta y comprobable, no es solo un anacronismo; es una traición a la madurez intelectual de la especie humana. Nos exige que sigamos teniendo miedo a la oscuridad cuando ya hemos aprendido a encender la luz.
P.S. Soy consciente del tono premeditadamente provocador del escrito. El catolicismo pasó en Occidente por un proceso de ilustración en el s. XVIII, lo que suavizó sus formas, bestialidades y oscurantismos. Asimismo, la cultura cristiana tiene una benemérita base filantrópica, y un patrimonio cultural y artístico soberbio. Solo soy un mamífero para poder entender misterios tremendos. Según Gómez Dávila, los ateos somos como monaguillos con acné pretendiendo enfrentarse a un coloso. Pero no puedo evitar mi propensión a no creer en una serie de cuentos metafísicos cuando lo plausible es decir, como mínimo, «NO SÉ».
