La libertad de prensa no es un privilegio gremial de los periodistas, sino la garantía auroral de que el ciudadano no es reducido a un súbdito desinformado. Sin una prensa dispuesta a asumir el riesgo de incomodar, sin su papel de mosca cojonera, la opinión pública es sustituida por la propaganda o el miedo, lo que a la postre diluye la soberanía de una sociedad para su autogobierno.
En ese clásico de las ideas -y que debiera ser revisitado en estos tiempos de zozobra-, «Verdad y política», de Arendt, afirma la pensadora de adopción estadounidense: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no se cuestionen los hechos mismos. En otras palabras, la verdad factual establece los límites del poder político». Sobre el peligro de silenciar la crítica sigue vigentísimo otro clásico de Mill, el magistral «Sobre la libertad». Grábemonos a fuego: «Si se silencia una opinión, no sabemos si esa opinión es verdadera; y si lo supiéramos, el silenciarla sería un mal todavía mayor, porque si es falsa, los hombres pierden el beneficio de una percepción más clara de la verdad, producida por su choque con el error». Y Revel: «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La democracia no puede vivir sin la verdad, mientras que el totalitarismo no puede vivir sin la mentira. El hundimiento de la información es el hundimiento de la democracia». Y, last but not least, el gran Popper: «Necesitamos la libertad para evitar que el Estado abuse de su poder, y necesitamos al Estado para evitar el abuso de la libertad. La crítica libre es el único mecanismo que tenemos para detectar nuestros errores antes de que sea demasiado tarde».
