Vivo solo, completamente solo. No hablo con nadie, nunca; no recibo nada, no doy nada. Cuando se vive solo, ya ni siquiera se sabe lo que es narrar, hablar o compartir vocablos; incluso el laconismo desaparece junto con los amigos y la energía. Las frases se deshacen, las palabras se vuelven opacas y con filos puntiagudos, los objetos pierden su nombre y se quedan ahí flotando: enormes monstruos mudos, monstruos patéticos y ridículos.
Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables, rezumantes de fiesta y apandilladas de regocijo cómplice y calor de abrazos. Todos estos tipos pasan el tiempo explicándose, poniendo su vida en común en palabras amigas, gesticulando al unísono, reconociendo con satisfacción que están de acuerdo y son altos, indestructibles camaradas. ¡Dios mío, qué importancia le dan a pensar todos juntos las mismas cosas! ¡Amar a las mismas personas y objetos! ¡Tener en los valles el mismo color verde de los sueños!
Me da pánico pensar que soy un ser humano, pero que no tengo a nadie en el mundo y que, sin embargo, existo. Me da pánico el muro invisible que me rodea: el hombre sin padres (un don nadie) viviendo en una aldea minúscula y anónima, en una casa con un jardín como una escombrera o un vertedero lleno de ratas.
Iba cayendo, caía por un abismo, pero no tocaba el fondo. Estaba completamente solo, abandonado en la orilla del mundo, como un marinero que ha sobrevivido al naufragio y contempla desde una roca desolada cómo el barco se hunde en el mar. La gente pasaba a mi lado, hablaban, sonreían, pero sus voces me llegaban desde una distancia infinita, como el murmullo de un bosque lejano. Yo conocía la verdad que los demás ignoraban; estaba encerrado en el manicomio de mi propia mente, donde los pensamientos son monstruos reales y las palabras de consuelo no son más que ruidos vacíos, incapaces de cruzar la inmensa distancia que me separa de la raza humana. Así lo escribió, precisa y vigilante, Virginia Woolf; pensando en ella, en mí y en la devastación mental de todos nosotros, los locos.
La peor soledad no es la falta de compañía física, sino la ausencia de resonancia y humanidad: el peso mortal y sangriento de saber que, sea por las circunstancias de la vida o por la niebla de la enfermedad, uno se ha vuelto ya invisible para el resto del mundo.
