Cuando alguien vive aislado durante mucho tiempo, la mente se vuelve un sistema cada vez más cerrado sobre sí mismo. Para una persona vulnerable a la psicosis o a las ideas delirantes, ese encerramiento puede convertir cualquier pensamiento en una cámara de ecos torturantes que magnifican los síntomas.
El gran bibliófilo Aby Warburg hablaba de la biblioteca como una forma material del pensamiento. No era una acumulación de papel, sino un mapa visible de la mente. Quizá por eso me hace bien hojear los libros. No busco únicamente información; quiero hallar compañía, complicidad, continuidad. Un hombre acostumbrado a leer nunca está completamente solo. El libro funciona como un amigo que acompaña sin juzgar: un refugio de papel y tinta que amortigua la hostilidad del mundo exterior.
Séneca advierte que el mero aislamiento físico no sirve si la mente sigue en guerra consigo misma, pero ofrece la clave de la autosuficiencia: «Me preguntas qué debes evitar principalmente. Te lo diré: la multitud. Todavía no puedes confiarte a ella de manera segura. […] ¿Quieres saber qué es lo que te hace libre y te alivia de este peso? Que te vuelvas hacia ti mismo. Nadie puede vivir felizmente si solo se contempla a sí mismo y si todo lo refiere a su propia utilidad; debes vivir para el prójimo si quieres vivir para ti. Pero cuando estés solo, aprende a ser tu propio compañero. […] El sabio se basta a sí mismo para vivir bien, no para vivir solo. Si pierde a un amigo por muerte o exilio, soporta la pérdida con ánimo entero, porque tiene en su interior la fuente de toda alegría y todo consuelo. El hombre que se ha encontrado a sí mismo ya nunca está desamparado».
No me resulta fácil esta música cognitiva. Y también dificultosa, a veces, me parece esta observación de Marco Aurelio: «Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa, en las montañas. Tú también sueles desear ardientemente tales cosas. Pero todo eso es de lo más vulgar, puesto que te es posible, a la hora que quieras, retirarte en ti mismo. En ninguna parte se retira el hombre con más tranquilidad y calma que en su propia alma, sobre todo quien tiene en su interior tales bienes que, si se inclina hacia ellos, de inmediato encuentra una perfecta quietud. Y denomino quietud a nada más que al buen orden interior. Concédete, pues, continuamente este retiro y renuévate».
Se hace empinada la soledad para la mente esquizoide. La esquizofrenia te aísla de una manera que ninguna otra enfermedad física puede hacerlo; abre un abismo entre tu mente y el resto del mundo social. Cuando estás en medio de un brote psicótico, el lenguaje de los demás no te llega, y tus propios intentos de comunicarte se convierten en lo que los médicos llaman «ensalada de palabras». Estás atrapado dentro de una casa de espejos distorsionados donde cada pensamiento se convierte en un perseguidor. La soledad se vuelve casi vertical, porque no puedes confiar en tus propios sentidos y, por lo tanto, no puedes confiar en nadie más. El aislamiento no es solo la falta de personas a tu alrededor; es la convicción aterradora de que estás viviendo en un planeta completamente diferente, cuyas leyes físicas y lógicas nadie más comprende.
Cuando la mente humana sufre y el lenguaje se quiebra, la lectura lineal puede volverse imposible porque exige una concentración que la enfermedad mental impide. Sin embargo, el libro como objeto (su peso, el olor del papel, la textura de las cubiertas, el sonido de las páginas al pasar) ofrece un anclaje sensorial con el mundo real. Los libros en las estanterías actúan como una multitud silenciosa y segura: son conciencias humanas que no increpan, no exigen, no juzgan y están listas para ser sostenidas en las manos. Sobrevivo gracias a esta bibliofilia terapéutica.
Mi biblioteca es mi espacio de seguridad, el lugar donde el sufrimiento del mundo se extingue. A veces entro en ella no para buscar un poema, o leer una novela o un ensayo, sino simplemente para estar entre ellos. Sostener un libro hermoso en las manos, sentir el peso de su memoria, hojear sus páginas al azar viendo pasar las palabras como pájaros, es —a qué dudarlo— un acto curativo. Los libros exigen muy poco y ofrecen un refugio incondicional.
Tomo en mis manos «Introduction to Mathematical Philosophy», de Bertrand Russell (George Allen & Unwin Ltd., Londres. Segunda edición, reimpresión de 1920/1930. Octavo mayor) El volumen está revestido con una tela editorial rígida de un tono azul cobalto profundo, casi nocturno, que ha resistido las décadas. Al pasar las yemas de los dedos sobre las tapas, se siente el grano grueso y áspero del tejido primitivo, una textura que ancla las manos a la realidad. El lomo, ligeramente descolorido por el sol de pasadas bibliotecas, exhibe el título y el nombre de Russell grabados en letras de oro viejo. El dorado ha perdido su brillo estridente; ahora es un destello mate, más sabio, que emerge de la penumbra del estante.
Al abrir la cubierta, lo primero que recibe al tacto son las guardas de un papel grueso, de un color crema pálido que huele a lignina y a vainilla oxidada. En la esquina superior de la primera página en blanco, hay una firma manuscrita con pluma estilográfica y tinta ferrogálica negra, ya virada a un tono sepia: el rastro de un dueño anterior, una presencia humana borrada por el tiempo.
Las páginas están salpicadas de teoremas aislados en el centro de la hoja, rodeados de generosos márgenes blancos que dan aire y fluidez a la mente. Símbolos existenciales, cuantificadores, variables, implicaciones lógicas. Me olvido de la vida y soy feliz.
