Léon Bloy, conocido por su catolicismo intransigente, su furia profética contra la burguesía y, también, su desprecio por la tibieza política, comparte la columna vertebral del artículo de Ignacio Camacho, pero despojado, eso sí, de la tradicional cortesía periodística de ABC.
La idea del artículo de que «si la prédica de Jesús hubiera sido neutral habría llegado a viejo» es puro Léon Bloy: la verdad divina entra en el mundo como una espada, no como un tratado de paz parlamentario. El texto del ABC lamenta una ciudadanía «aferrada a sus prejuicios, encastillada en el simplismo de unos cuantos eslóganes banderizos». Bloy dedicó su obra cumbre, «Exégesis de los lugares comunes», a triturar esa mentalidad colectiva que sustituye el pensamiento por el cliché: «El hombre moderno ha sustituido el alma por el periódico y la conciencia por el eslogan de su facción. Ya no es capaz de sufrir por una verdad ni de odiar con grandeza; solo sabe agitar banderitas y repetir las consignas que le dictan sus amos. Esta mediocridad generalizada es el verdadero infierno. Creen que el mundo se divide entre los de su bando y los del bando contrario, poblando el horizonte de fantasmas y enemigos para no tener que mirar el abismo de su propia vacuidad. Cuando un testigo de lo Absoluto les habla de justicia o de dignidad, lo traducen inmediatamente al lenguaje miserable de su partido. Son ciegos que guían a otros ciegos hacia el lodazal de la nada cotidiana».
Desearía añadir otra idea de Bloy: «No hay nada más asqueroso que el político que intenta domesticar la palabra de Dios para que quepa en su programa electoral. Buscan una religión que los consuele sin convertirlos, un Cristo decorativo que no manche sus alfombras ni perturbe sus digestiones. Cuando la Verdad ruge a través de un hombre de fe, los demócratas y los tiranos se apresuran a decir que ‘habla para el vecino’. Son incapaces de arrodillarse; solo saben asentir con la cabeza fingiendo una piedad que no es más que el miedo a perder sus votos. Olvidan que el Cristianismo no vino a traer el orden burgués ni la paz de los cementerios parlamentarios; vino a traer fuego a la tierra, y lo que más temen estos hombres mezquinos es, precisamente, arder».
Y sobre el carisma del «Cura vestido de blanco» frente a la ruina civil, viene bien abotonada esta cita de «El alma de Napoleón»: «Llegará un día en que los reyes de la tierra, los ministros de la mentira y los sabios del siglo se desvanecerán en su propia insignificancia. El pueblo, harto de comer el pan de ceniza que le ofrecen los ídolos de la política, mirará con desespero hacia el único trono que no está cimentado sobre el dinero o la bayoneta. Verán entonces a un anciano, a un simple sacerdote cargado con los pecados del mundo, y comprenderán que la única soberanía legítima es la que emana del dolor y de la cruz. No acudirán a él por su elocuencia o por sus decretos, sino porque en un mundo de espectros gesticulantes, ese hombre representa la única realidad que permanece. El carisma de la Iglesia no radica en su habilidad para pactar con el siglo, sino en su poder para recordarles a los hombres que están hechos para la eternidad, aunque insistan en arrastrarse por el polvo».
P.S. La editorial Acantilado rescató recientemente algunas pocas obras de Bloy. Debido a su trabajo gigantesco y disperso creo que no existe una edición de su obra completa. Es un raro y excéntrico de la literatura de muy grata lectura. Probablemente un genio.
