Cornaro 142

Mientras las redes sociales se colapsan debatiendo sobre el derecho de admisión de la zona VIP o La Casita de Bud Bunny, la estructura misma del país se desmorona. Digámoslo de modo contundente: la educación en España es un desastre sin paliativos: inflación de aprobados, pérdida gigantesca de la exigencia, pedagogías vacuas que penalizan la memoria y el esfuerzo, y un abandono absoluto de las humanidades.

Nos preocupamos por estas «nugae» (fruslerías o insignificancias, en latín) porque el debate sobre el reguetón es cómodo, plano y no exige pensar. Discutir sobre la degradación de las aulas requiere un esfuerzo intelectual y una autocrítica o debate que nuestra sociedad, encastillada en el simplismo, prefiere evitar.

Nadie en la literatura española ha machacado tan bien la hipocresía del malditismo artístico romántico, y ha defendido las virtudes de la seguridad monetaria y la cordura burguesa con tanta insistencia, sorna y lucidez como Josep Pla. Para Pla, el dinero no era un síntoma de vanidad, sino el único escudo contra la estupidez, la intemperie y la cursilería de las revoluciones de salón.

«Se habla mucho contra el dinero, generalmente por parte de aquellos que no lo tienen o que lo han perdido por su propia estupidez. Pero la verdad es que el dinero es la única defensa sólida que el individuo posee frente a la tiranía del Estado y la imbecilidad de la masa. Tener una posición desahogada, una cuenta corriente que te permita decir que no a un mal negocio o a una mala persona, es la base de la moralidad moderna. La pobreza no purifica a nadie; al contrario, agria el carácter, fomenta la envidia y arrastra a los hombres a la abyección. El dinero, bien administrado y sin ostentación, da al hombre lo único que realmente importa: la posesión de su propio tiempo y la libertad de no tener que resultar simpático a los idiotas», «El quadern gris».

«El orden burgués es aburrido, ciertamente, pero es el único que ha permitido que un hombre pueda sentarse a leer un libro bajo una lámpara sin miedo a que le derriben la puerta. Todo este desprecio moderno hacia el burgués proviene de un lirismo adolescente y peligroso. Los mismos que se llenan la boca con discursos subversivos y desprecian las virtudes de la clase media son los primeros en exigir que la calefacción funcione, que los trenes lleguen a su hora y que sus editores les paguen puntualmente los derechos de autor. No hay nada más ridículo que el revolucionario con rentas. Ser burgués significa aceptar que la vida se construye con pequeños ordenamientos, con realismo, con una sensata administración del egoísmo humano. Lo demás son ganas de marear la perdiz y de vivir a costa del trabajo ajeno», «Notes del capvespre».

El dinero alegra y el bienestar ampara, y fingir lo contrario desde el privilegio es una cursilería. Lo sabemos Pla, Elvira Lindo y un mindundi como yo.

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