Cornaro 144

Acaso, no lo sé, su visión peca de un exacerbado idealismo romántico. Lo que usted celebra como una «voluntad compartida» y una «coincidencia humana» profunda, bien podría analizarse -también- desde una perspectiva sociológica más templada, a saber, ese automatismo inherente de la sociedad del espectáculo, donde el individuo ya no vive el momento, sino que se ve impelido a registrarlo para certificar su existencia en las redes. La «unión» a la que refiere es efímera y mediada por una pantalla; los sujetos están juntos, pero siguen absortos en sus propios dispositivos, esos «organa diabolica» u «organa infernalia».

Lo que usted llama «vínculo colectivo» y «milagro moderno», para autores como Gustave Le Bon y Elias Canetti es, en realidad, la disolución de la individualidad en un organismo ciego, irracional y fácilmente manipulable. Según Canetti, lo que ocurrió en la plaza Cibeles sería el fenómeno de la «descarga», el instante en que las diferencias individuales se borran, pero no para crear una comunidad consciente, sino para huir del miedo al contacto y crear una falsa ilusión de igualdad.

Permítame ser enfadosamente prolijo y numeroso, y citar a Canetti in extenso: «El fenómeno más importante que se produce en el interior de la masa es la descarga. Antes de ella, la masa no existe propiamente; la descarga es la que la constituye de verdad. Es el instante en que todos los que pertenecen a ella se deshacen de sus distancias y se sienten iguales. […] En esa densidad, en la que apenas queda espacio libre, el cuerpo del otro apretado contra el propio, cada uno es igual al otro. Es por esta descarga que los hombres se liberan de las cargas de la distancia que los aíslan y los encierran en sí mismos. Pero esta igualdad es una ilusión: los hombres regresan a sus casas, se acuestan en sus camas, conservan sus posesiones y temen volver a ser tocados. La masa se disgrega tan rápidamente como se formó, y el ‘instante eterno’ no es más que una tregua en el egoísmo humano».

P.S. Para cerrar este análisis con el reverso de la moneda, permítame citar al recóndito Éphraïm Mikhaël: «Parfois, on a besoin de la multitude».

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