El argumento utilizado por las élites del PSOE para blindarse es una variante de manual de la «Falacia de ningún escocés verdadero» (No True Scotsman), combinada con la «Falacia de la reificación». Rebeca Argudo lo desmonta brillantemente con una reductio ad absurdum.
Para Gaetano Mosca, por cierto, las minorías gobernantes jamás gobiernan por la fuerza bruta; necesitan una «fórmula política», es decir, una justificación moral e ideológica que la masa acepte para legitimar su dominio. El «PSOE como ideal místico de probidad» que ironiza Argudo es, precisamente, la fórmula política de su élite. En su obra fundamental, «La clase dirigente», Mosca explica cómo la élite se divorcia de la realidad del ciudadano común utilizando abstracciones sagradas
Cuando Torró afirma que los corruptos son «farsantes que usan el nombre en vano», está usando una «derivación» [concepto clave de Pareto] para salvar el «residuo» de la infalibilidad de la élite. En su «Tratado de Sociología General», Pareto escribe: «Las derivaciones son los medios por los cuales los hombres y las clases gobernantes dan una apariencia de lógica a lo que no la tiene en absoluto. Cuando un elemento del sistema social entra en contradicción con los intereses de la élite gobernante, esta recurre a abstracciones divinizadas o personificadas. Se habla de la ‘Justicia’, del ‘Pueblo’ o del ‘Partido’ como si fuesen personas reales dotadas de una voluntad perfecta, independientes de los hombres reales que los representan. De este modo, si un miembro de la élite comete un crimen, la derivación lógica consiste en declarar que el individuo ha traicionado la esencia del ente abstracto, el cual permanece inmaculado. Esto permite a la aristocracia gobernante mantener la ilusión de su superioridad moral e intelectual ante los gobernados, asegurando la persistencia de su agregado social a pesar de sus evidentes vicios internos».
Concluyamos con Michels: «El partido, como formación orgánica compacta, llega a identificarse en la mente de sus líderes y de sus miembros devotos con el ideal mismo que el partido fue creado para defender. Pronto se produce una sutil pero completa inversión de valores: la conservación del partido, que originalmente era solo un medio para alcanzar un fin político, se convierte en el fin supremo. En virtud de este fetichismo de la organización, los líderes sostienen que cualquier ataque al comportamiento de sus dirigentes es un ataque a la existencia misma del ideal. […] La oligarquía se vuelve irresponsable ante la masa; se declara a sí misma depositaria exclusiva de la doctrina pura. Si surgen escándalos o corrupción en su seno, la organización se apresura a amputar el miembro dañado proclamando que ‘eso no es el partido’, protegiendo la burocracia central y el aparato de poder bajo un velo de santidad e infalibilidad que ningún comportamiento individual, por sistemático que sea, puede mancillar».
En su obra fundamental, «La clase dirigente» (1896), Mosca explica cómo la élite se divorcia de la realidad del ciudadano común utilizando abstracciones sagradas: «La clase gobernante no justifica su poder puramente por poseerlo de hecho, sino que intenta darle una base moral y legal, haciéndolo emanar como una consecuencia lógica de doctrinas y creencias generalmente aceptadas… Esta fórmula política no corresponde necesariamente a la verdad científica. […] El hombre tiene la necesidad de creer que obedece antes bien a un principio abstracto, a una idea superior, que a otro hombre, el cual por el hecho mismo de mandar puede exigirle sacrificios o imponerle privaciones. Por tanto, la fórmula política es el instrumento indispensable para la cohesión y la estabilidad de la clase política, permitiendo que las decisiones individuales de sus miembros se disuelvan bajo la sagrada denominación de la voluntad general o del interés del Estado».
