Cornaro 151

El artículo da en el clavo de una de las mayores tragedias de nuestra política actual: la rampante degradación del personal público. Coincido plenamente. Nos gobierna una guardia de corps de dóciles pelotas y mediocres asombrosos que custodian al presidente, pero erraríamos el tiro si pensáramos que esto es solo un problema de falta de luces o un bache ético. Es algo mucho peor: es un diseño sistémico.

Cuando un partido político se vacía de ideas, se vacía inmediatamente de mentes pensantes. Al líder actual ya no le interesan los consejeros con criterio propio que puedan ensombrecer su figura o discutirle una estrategia; busca ejecutores, subalternos cuya única y cotizadísima virtud sea la obediencia ciega, esa fidelidad perruna al aparato. La «bunkerización» de la Moncloa no es un accidente de tráfico en la gestión, es la consecuencia lógica de un ecosistema que premia el gregarismo siervo y purga el talento.

Decía el viejo maestro Norberto Bobbio que la democracia es, por definición, el gobierno del poder público en público. Lo que hoy vemos en las portadas —los audios ocultos de la UCO, los chalets, las maletas y los pactos de pasillo— es la perfecta radiografía de lo que él llamaba el «poder invisible» o la autocracia encubierta. Los partidos han dejado de ser canales de participación ciudadana para convertirse en agencias de colocación de clientelas encargadas de gestionar el botín del Estado. Cuando la supervivencia del líder depende de rodearse de perfiles manejables y carentes de moral, el fraude a la confianza pública es total.

Por eso, cuando Emiliano García-Page se asombra de la «falta de luces» de los corruptos y de la cantidad de huellas que han ido dejando por el camino, comete un error de diagnóstico. En un sistema de partidos hiperpersonalista y polarizado, al corrupto ya no le importa dejar rastro. Sabe perfectamente que la impunidad ya no se fía a la sofisticación del delito, sino a la capacidad del búnker de resistir el envite atrincherándose en la guerra de bloques.

Sustituir el criterio técnico por el servilismo político siempre sale caro. El impacto de meter a un «pelota» en un puesto clave rompe cualquier lógica de buen gobierno y destroza las capacidades administrativas del Estado. El panorama, desde luego, es desolador: un Gobierno que prefiere hundirse con los suyos antes que salvar la dignidad de las instituciones.

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