Más allá de discrepancias amables en algunos puntos, me encantó el discurso del Papa, especialmente cuando pidió el uso de una racionalidad o deliberación no agresiva, el discrepar sin humillar, la observación sobre que la firmeza en las convicciones no conlleva salvajismo verbal hacia el oponente.
En mis libros uso a veces una estrategia con sofismas simiescos y bárbaros para ridiculizar algunos temas. Ese tipo de lenguaje menospreciador es conscietemente usado como forma de impactar y epatar. También a menudo señalo en mi pequeña obra esas añagazas, sátiras y trucos (inconsistentes lógicamente), a la par que me disculpo por ellas y pido benevolencia por los tropos literarios desmesurados.
Pero en mi vida real, en mi yo biográfico y no en el ficcional, propendo muy claramente a la bonhomía, y a dirimir y respetar argumentos, a inferir sin insultos. Desde Erasmo de Rotterdam, que fustigaba la estulticia de su época con una ironía feroz, pero consagraba su vida al humanismo conciliador, hasta los grandes polemistas ilustrados, desde mi muy enana altura, no estoy solo en esa tradición. El recurso del exceso retórico en la obra es legítimo si se ofrece como un espejo satírico; sin embargo el verdadero cimiento de Occidente no se forjó con el garrote y las mazas, sino con la palabra templada, a saber, el logos.
Recordemos a Aristóteles y su noción del intelecto agente (nous poietikos), esa chispa capaz de abstraer las verdades del mundo y transformarlas en conocimiento universal. Occidente es, en su raíz más noble, el triunfo de la deliberación sobre la fuerza bruta. Cuando el pensamiento clásico griego se funde con el humanismo y la tradición judeocristiana, lo que emerge es una convicción revolucionaria: el oponente político o intelectual no es un enemigo que deba ser aniquilado, sino un interlocutor necesario con el que se comparte la búsqueda de la verdad.
Karl Popper: «El racionalismo es una actitud en la que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos y a aprender de la experiencia. Es, fundamentalmente, una actitud que admite que «yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón, y, con esfuerzo, podemos acercarnos más a la verdad». Esta es la actitud que no renuncia a la ligera a la esperanza de llegar a una comprensión mutua mediante el uso de la razón y la argumentación. El hecho de que la actitud racionalista tenga más en cuenta el argumento que la persona que lo sustenta es de vital importancia. Nos lleva a la conclusión de que debemos reconocer a todo aquel con quien nos comunicamos como una fuente potencial de argumentos y de información razonable; establece, pues, lo que podría llamarse la unidad racional de la humanidad».
Felices palabras las de León XIV.
