El «totus orbis» de Francisco de Vitoria, ¡citado hoy en el Congreso por el Papa! E indirectamente se citó a Domingo de Soto, Melchor Cano o Bartolomé de las Casas cuando desarrollaron una visión de la persona humana basada en la ley natural.
Si se pregunta por las grandes escuelas filosóficas occidentales, suelen citarse la Academia de Platón, el Liceo aristotélico, el idealismo alemán o el empirismo británico. Sin embargo, muchos estudiosos consideran -y creo que con absoluta razón- que la Escuela de Salamanca merece figurar entre ellas porque fue capaz de generar ideas originales en muchos y diferentes ámbitos.
Conocemos algunos españoles mejor las aportaciones de la Ilustración francesa, del Renacimiento italiano o de la ciencia británica que muchas de nuestras propias contribuciones intelectuales. Nuestro legado suele estar infravalorado o crasamente ignorado incluso por los propios españoles.
Domingo de Soto, en «In octo libros physicorum Aristotelis», de 1545, ¿se «adelantó» a Galileo y Newton? ¿Fue el corpus de Juan de Salaya tan importante como el de Tycho Brahe? ¿José de Acosta acaso no demolió los mitos geográficos medievales de Aristóteles y Ptolomeo?
Marcelino Menéndez Pelayo escribió con amargura: «Hay un hecho indudable en nuestra historia contemporánea, y es el absoluto olvido, la desatención profunda, el sistemático menosprecio que los mismos españoles hacemos de nuestras cosas. […] Parecemos un pueblo de advenedizos, sin abuelos y sin historia; nos avergonzamos de nuestro pasado, y todo lo que no venga de París, de Berlín o de Londres nos parece bárbaro e indigno de científica consideración. No hay nación en Europa que de tal modo reniegue de sí propia; no hay raza que con tanto encarnizamiento destruya sus propios altares».
No todo lo nuestro es chabacano e inservible y en cambio lo ajeno esplendoroso. El esfuerzo de grandes hombres parace evaporarse el día siguiente a su muerte. Hay un desprecio soberbio hacia lo que se ignora ¿Siguen vigentes, mutatis mutandis, estas palabras de Cajal?: «Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia. […] España no es un país estéril para la verdad, sino un país de cultivadores indolentes o ignorantes. El defecto no está en la raza, sino en el ambiente; no en la falta de cerebros, sino en la falta de disciplina y de constancia. Preferimos el aplauso fácil del café o de la tribuna política al trabajo silencioso del laboratorio, y cuando surge entre nosotros una cumbre intelectual, en lugar de sostenerla, la rodeamos de la sospecha, la envidia o el más absoluto de los vacíos».
Creo que siguen vigentes.
