Cornaro 158

Reducir los sentimientos a un puñado de hormonas y enzimas es como decir que un cuadro de Velázquez es solo una amalgama de pigmentos y aceite de linaza. Técnicamente es cierto, pero se pierde todo el significado. La química es el mecanismo, pero no el motivo. Si reducimos el amor, el duelo o el arte a simples interacciones moleculares, caemos en lo que la filósofa Mary Midgley llamaba «reduccionismo codicioso». Para argumentar por qué no somos solo una amalgama de reacciones químicas (aunque dependamos de ellas) o bien para argüir que, pese al sentido común, solo somos reacciones electroquímicas, aquí envío un arsenal de perspectivas o convoy de citas:

«Las sensaciones no son nada más que procesos cerebrales… Decir que tengo una imagen mental no es reportar un hecho sobre un mundo incorpóreo, es reportar un proceso estrictamente físico en mi sistema nerviosocentral», Smart. Para el super-materialista Smart, un estado cerebral y un estado mental son indiscernibles.

«No podemos reducir la psicología a la física o la química, porque un mismo estado mental puede ser realizado por sistemas físicos infinitamente variados. La ira es ira, ya sea que esté hecha de carbono y neurotransmisores o de silicio y electricidad», Putnam. Esto ya es menos grosero.

«La mente es física, pero es ‘anómala’ porque no se rige por las leyes deterministas de la física. No puedes encontrar una ley que diga: ‘A tal cantidad de cortisol, el sujeto experimentará exactamente este tipo de angustia existencial’. El significado de nuestras vidas escapa a las redes de la ciencia física», Davidson. Aquí ya razonamos sutilmente. La psiclogía tiene reglas que la química ignora.

Volvamos a una idea en el linaje de Smart. Concretamente de Danny Dennet: «No hay un ‘Teatro Cartesiano’ en el cerebro donde alguien se sienta a ver las emociones. Somos una colección de agencias competitivas, un conjunto de trucos evolutivos. La consciencia no es un misterio divino, es el resultado de trillones de procesos celulares trabajando en paralelo. Somos máquinas, pero somos máquinas hechas de billones de otras pequeñas máquinas químicas», es decir, somos máquinas biológicas, pero extremadamente complejas.

Vayamos ahora con Chalmers, el antagonista perfecto de Dennet: «Imaginemos un ‘Zombi Filosófico’: un ser idéntico a nosotros átomo por átomo, cuya química funciona a la perfección, secreta dopamina y cortisol, pero no experimenta nada por dentro, es oscuridad absoluta. Si la química lo explicara todo, ese zombi sería igual a nosotros. Pero no lo es. La experiencia subjetiva —el sabor del café, el dolor de la traición— es un hecho fundamental del universo que no se puede reducir a la simple interacción de moléculas».

Con Strawson podemos rizar el rizo. La materia, y todo es materia, puede tener una pizca de ¿cómo llamarlo? «conciencia». Escribió: «Si eres un materialista real, debes aceptar que la experiencia consciente es una propiedad física. Pero no puedes explicar cómo la materia muerta y tonta de pronto genera un sentimiento. Por lo tanto, la materia en sí misma debe ser intrínsecamente capaz de experimentar. Reducir la mente a la química es un error si concibes la química como algo ciego y mecánico».

Jay Gould siempre criticó la idea que hormonas o genes determinaran nuestro destino: «El reduccionismo es una enfermedad del pensamiento que destruye la riqueza de la naturaleza. El cerebro humano evolucionó con una complejidad química enorme, pero esa complejidad permitió la emergencia de la cultura, el lenguaje y la autoconsciencia. Intentar explicar la cultura humana o el sufrimiento a través de la química cerebral es como intentar explicar el genio de Shakespeare analizando la composición química de la tinta que utilizó».

Resulta difícil hilar todo esto. Cada hipótesis es sostenida por una batería de argumentos y a su vez refutada por otra batería de contraargumentos. Estamos hechos de cortisol, serotonina y enzimas, sí. Pero la tristeza, el amor o la melancolía son propiedades emergentes de esa química (esa es mi creencia como mero amateur del tema) El error del ‘biohacking’, en el caso que fuera un error, algo que no sé, es creer que modificando el hidrógeno vas a arreglar el océano de la experiencia humana.

P.S. Nadie estudia la Revolución Francesa midiendo moléculas de tinta. Nadie interpreta la “Divina Comedia” analizando la composición química del pergamino. Nadie comprende una sinfonía de Mahler mediante espectroscopia. Y, sin embargo, la tinta, el pergamino y las vibraciones acústicas son perfectamente reales.

Lo mismo podría decirse de la tristeza. Que dependa de neurotransmisores no significa que la mejor descripción de una tristeza sea una tabla bioquímica (argumento de analogía inspirado en Fodor)

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