Cornaro 157

«Vingt fois sur le métier remettez votre ouvrage:
Polissez-le sans cesse et le repolissez;
Ajoutez quelquefois, et souvent effacez».

«Volved veinte veces sobre vuestro trabajo;
pulidlo sin cesar y volved a pulirlo;
añadid alguna vez, y borrad con frecuencia», Boileau.

La obra literaria debe corregirse, trabajarse, escamondarse, pasarle la lima y el buril, pulirse etc… pero nunca llegarás a tus ideales o a la imagen platónica que tenías inicialmente en la conciencia; siempre hay un «décalage» entre la impresión poética y la final expresión literaria. Por eso, los escritores nunca acabamos los libros, simplemente los abandonamos.

La facilidad me inspira desconfianza. Lo que llega demasiado deprisa suele estar insuficientemente pensado. Pinto lento, porque pinto para mucho tiempo, dijo Zeuxis. Acaso la inspiración sea un subterfugio de zánganos. Al escribir lo que debes hacer es ahondar en capas y capas de correcciones hasta un límite dado, y no más allá. Si tachas, escribes bien. Si no dices todo lo que piensas, escribes bien. Desdichadamente yo soy un escritor numeroso, y el gran defecto de mis libros -entre tantos- es la prolijidad. La primera versión de un escrito casi siempre es una invitación a escribir más, a tachar más.

Citemos al santo patrón o mártir de «le mot juste!, Flaubert: «Qué pesado es este oficio. ¡Prefiero morir antes que escribir apresuradamente! Me paso días enteros buscando un adjetivo o una conjunción. Llevo toda la semana con una sola página y no hay forma de que me guste. A veces, cuando me descubro tan vacío, tan flojo, tan aburrido de mí mismo, me entran ganas de tirarme por la ventana. (…) El estilo es una labor de orfebrería donde cada palabra debe encajar como un brillante, y yo me paso la vida puliendo cristales rotos con la esperanza de que brillen como diamantes».

O un pasaje de la novela de Bernhard, «Corrección»: «El proceso de corrección es el proceso de destrucción sistemática de lo que hemos creado. Corregimos porque no soportamos vernos reflejados en nuestra tosquedad original. Pero al corregir una vez, y luego otra, y luego otra más, nos adentramos en un túnel donde la luz desaparece. El perfeccionista literario es un exterminador: empieza puliendo una frase y termina borrando el libro entero, porque descubre que la única obra perfecta es la que permanece en el silencio absoluto».

El arte, como la vida, necesita un suelo fértil hecho de hojas podridas, de barro, de descomposición. El escritor que limpia demasiado su huerto, cultiva frutos muertos.

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