Cornaro 161

Acuerdo con la hipótesis de que en el silencio, en la energía del silencio tutti frutti (añadaría a ello la bendición de la soledad), cesa el simulacro del mundo y allí el ser humano, al vaciarse del ruido contemporáneo, se encuentra con su propia verdad y con lo trascendente, brota la propia verdad.

A veces llegué a creer, en mis intuiciones de mística naturalista, que la verdad ni se legisla ni se debate (signifique eso lo que signifique) A solas en la naturaleza, paseando por los cañones del Sil donde vivo, me despojo de mis años y vicios como la serpiente de su piel. En el silencio de los campos, mi mente se abre a la corriente del ser universal. Las palabras humanas son a menudo el camuflaje de nuestra ignorancia; solo cuando callamos, la verdad de las cosas nos inunda. El silencio es la lengua de la virtud y el espacio donde la Belleza habla al oído del hombre sin la mediación corrupta de la sociedad. No sé explicarlo con palabras más claras y distintas, con sintaxis lógica y convincente. Es como si las cargas del mundo se aligeraran.

Wittgenstein cierra su «Tractatus Logico-Philosophicus» con la frase más famosa sobre el silencio de la historia de la filosofía moderna. El texto de la crónica roza este límite: el misterio de la existencia (el dolor, el amor, la redención del suicida) no se puede explicar con «cháchara» política. Proposición 7: «De lo que no se puede hablar, hay que callar». Para Wittgenstein, lo místico no se puede decir mediante proposiciones lógicas; solo se puede mostrar. Ese silencio en Madrid es lo místico mostrándose, allí donde el lenguaje articulado ya no tiene tracción.

Emanuel Swedenborg: «En el mundo espiritual, los ángeles no necesitan articular sonidos para comunicarse; sus voluntades se unen en una armonía perfecta que las almas terrenales perciben como un silencio majestuoso. Cuando una multitud en la Tierra calla al unísono con el pensamiento fijo en lo Divino, el cielo se abre y la luz celestial fluye sin resistencia, ordenando el caos interior de los hombres y ahuyentando a los espíritus de la desesperación que habitan en las tinieblas».

Miguel de Molinos: «Tres son las especies de silencios: el primero es de palabras; el segundo, de deseos; y el tercero, de pensamientos… El primero es perfecto; el segundo, más perfecto; y el tercero, perfectísimo. En el primero, que es de palabras, se alcanza la virtud; en el segundo, que es de deseos, se consigue la quietud; y en el tercero, que es de pensamientos, se logra el recogimiento interior… No hables, no desees, no pienses, y hallarás el perfecto camino místico donde Dios obra en el alma».

P.S. Me atreví a delirar con perplejidad, a discurrir sin brida. Soy un agnóstico tenso e ignorante. Quien busca, ¿encuentra? No sé.

Enorme artículo, Sr. Apaolaza.

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