Cornaro 162

Mi admiración babeante y militante por Gabriel. Sedientos de ganancias, las naciones y sus sistemas educativos están descartando asnalmente conocimientos humanísticos que son indispensables para mantener vivas las democracias (para explicitar la argumentación del anterior aserto, léase «Sin fines de lucro», de M. Nussbaum) Si esta tendencia continúa, las naciones de todo el mundo pronto producirán generaciones de semi-zombis o máquinas utilitarias -especialistas en las utilísimas letrinas y en los manuales de auditoría- en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar o aplaudir la tradición, saber por qué vivir y comprender el significado del sufrimiento y de los logros humanos.

En su demoledor (y actualísimo) ensayo «Adiós a la Universidad», el sabio profesor Llovet describe la mutación de las facultades en meras escuelas de negocios o centros de formación técnica: «La universidad actual ha capitulado ante las leyes del mercado. Ya no se busca formar hombres libres, sabios y críticos, sino profesionales dóciles y altamente especializados. El caso de un alumno brillante que elige las letras es visto como una anomalía o un desperdicio porque la sociedad ha olvidado que la cultura es un fin en sí misma, no un medio para la producción».

Para responder a esos haters que le auguraban a Gabriel un futuro miserable (menos colorín y más latín, menos Rin Tin Tin y más latín) y que regurgitaban aquello de «vaya m… de carrera», no hay mejor réplica que acudir a Marco Tulio Cicerón. En su célebre discurso Pro Archia Poeta (§16), Cicerón defiende el valor de los estudios humanísticos y literarios. No lo hace desde una torre de marfil, sino ante un tribunal, demostrando que mientras otras actividades caducan con la edad o dependen de la fortuna, las letras sostienen al hombre en cualquier circunstancia de la vida: «Nam ceterae neque temporum sunt neque aetatum omnium neque locorum; at haec studia adulescentiam alunt, senectutem oblectant, secundas res ornant, adversis perfugium ac solacium praebent, delectant domi, non impediunt foris, pernoctant nobiscum, peregrinantur, rusticantur», es decir, «Pues las otras ocupaciones no son ni de todos los tiempos, ni de todas las edades, ni de todos los lugares; pero estos estudios alimentan la juventud, deleitan la vejez, adornan las situaciones prósperas, ofrecen un refugio y un consuelo en la adversidad, deleitan en el hogar, no estorban en el extranjero, pasan la noche con nosotros, viajan con nosotros y nos acompañan en el campo».

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