Desasosiego y melancolía. Se premia lo breve, lo rápido y lo emocional, la atroz incultura, por encima de lo profundo y lo reflexivo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la cultura y la inteligencia no estén desapareciendo, sino mutando hacia formas que a veces no reconocemos bajo los cánones tradicionales. No lo sé. Debiera pensarlo.
Mi impresión, en cambio, es que la educación ya no busca formar ciudadanos ilustrados, con un pensamiento crítico y una base sólida de conocimientos, sino preparar a consumidores dóciles en un mercado que cambia constantemente. El conocimiento se ha fragmentado en ‘píldoras de información’. La gente ya no lee libros extensos; lee resúmenes, tuits o fragmentos. Como consecuencia, la capacidad de sostener un argumento complejo, de entender una paradoja o de tolerar la ambigüedad intelectual desaparece. Nos estamos convirtiendo en una sociedad con una comprensión pasmosamente superficial.
Creo muy vigente el análisis de Schopenhauer cuando decía que a la gran mayoría de los hombres, el estudio y el pensamiento no les sirven de nada, porque no buscan en ellos la verdad, sino la confirmación de sus propios prejuicios o un medio para sus fines mundanos. El hombre de gran inteligencia, en cambio, se encuentra en una especie de aislamiento natural; vive en un mundo diferente al de los demás, y la distancia que lo separa de ellos es a menudo insalvable.
«El peligro en el mundo moderno no es tanto que la gente sea malvada o carezca de intenciones morales, sino que se niega a pensar. El pensamiento requiere detenerse, dar un paso atrás frente al flujo del mundo, examinar las cosas en profundidad. Sin embargo, la sociedad de masas fomenta todo lo contrario: una prisa constante y un consumo destructivo de experiencias superficiales. Clichés, frases hechas, códigos de expresión estandarizados y convencionales tienen la función socialmente reconocida de protegernos de la realidad, es decir, de esa exigencia de atención que el pensamiento reclama sobre los hechos y los acontecimientos. Cuando las personas pierden la capacidad de pensar por sí mismas, la cultura se desmorona y queda reducida a un mero entretenimiento o a un instrumento de propaganda. El resultado es una sociedad de seres humanos altamente funcionales, pero intelectualmente vacíos, incapaces de discernir la verdad de la falsedad», Hannah Arendt.
«Nuestra época no es una época filosófica, ni poética, ni mística, ni siquiera moral; es, sobre todo, la Era Mecánica. Se ha perdido la fe en el esfuerzo individual del alma, en la fuerza invisible de la verdad y del intelecto. Ahora todo se hace por sistemas, por maquinarias, por agregaciones. […] El intelecto ya no se cultiva por el valor intrínseco de la sabiduría, ni para que el hombre sea más noble, más sabio o más espiritual. Se cultiva únicamente como una herramienta para adquirir riqueza o poder inmediato. El hombre culto y reflexivo, que busca comprender los misterios de la existencia y conservar la herencia espiritual de la humanidad, es visto como un ser inútil, un soñador o un anacronismo. Las mayorías corren tras lo que produce un beneficio rápido y visible, despreciando la lentitud y el silencio que requiere la verdadera ilustración. Se prefiere la instrucción técnica que sirve para el comercio a la educación del alma que sirve para la libertad», Carlyle.
Las personas verdaderamente ilustradas son cada vez menos. El mundo moderno ofrece demasiados analgésicos para el espíritu. La gente prefiere no saber, no profundizar, vivir en una cómoda penumbra intelectual donde todo es fácil y nada exige un examen de conciencia. El comercio con el mundo, para quien conserva la lucidez, se vuelve un ejercicio de paciencia y, a menudo, de profunda resignación. El comercio con el mundo me causa una acusadísima melancolía.
