Burton 25

La tertulia es el triunfo del audaz y del ignorante. El tertuliano es un profesional de la opinión obligatoria sobre cualquier materia, lo que le obliga a la simplificación y, a menudo, a la ramplonería verbal. Solecismos, anacolutos, barbarismos… todo un florilegio de la expresión más chabacana y macarrónica.

Hoy la competencia ya no es intelectual, sino teatral. Se premia el tono bronco, el eslogan y la agresión verbal sobre el argumento. El tertuliano de izquierda o de derecha no busca la verdad, busca la trinchera; y en la trinchera la primera baja es siempre la precisión y elegancia del lenguaje. Cuando el vocabulario se reduce a doscientas palabras comodín y los argumentos se construyen a base de tópicos y frases hechas, el pensamiento se extingue. El lenguaje chabacano no es solo feo; es peligroso porque impide matizar. Y sin matices no hay intelectualidad posible, solo dogmatismo.

El problema del tertulianismo no es su sesgo ideológico, sino su analfabetismo funcional respecto a la complejidad. La derecha y la izquierda radiofónica comparten exactamente el mismo vicio: la sustitución del conocimiento por la consigna. Hablan con una suficiencia categórica idéntica sobre macroeconomía, geopolítica o derecho constitucional, revelando en cada frase una alarmante falta de lecturas.

El tertuliano es un mercenario del tópico. Su lenguaje no busca descubrir la verdad, sino blindar un prejuicio. De ahí que utilicen una prosa tan roma, tan masticada, tan adocenada: porque el pensamiento original exige un esfuerzo verbal que sus cerebros, adiestrados en la consigna rápida, ya no pueden realizar. Antes, para hablar en público, se exigía un cierto prestigio intelectual o un conocimiento probado. Hoy basta con tener la piel gruesa, un caudal inagotable de frases hechas y la capacidad de hablar durante horas sin decir absolutamente nada. La tertulia es el triunfo del nihilismo cultural.

En la misma línea se expresaba el periodista Chaves Nogales (cuyas críticas al sectarismo y la ramplonería de los bandos siguen vigentes un siglo después): «Cuando la pasión política ahoga la inteligencia, el lenguaje se vuelve salvaje, primitivo. El sectario no habla para razonar, sino para embestir. Por eso sus palabras pierden todo matiz, toda finura cultural, y se convierten en meros ruidos de tribu».

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