La enfermedad mental crónica o grave rara vez se limita al cuerpo; casi siempre sabotea los puentes que nos conectan con el mundo exterior. La salud cuenta con toneladas de literatura, pero la enfermedad carece de palabras. Al no poder comunicar lo que nos pasa, nos vemos arrojados a una soledad o encerramiento radical.
La literatura hace todo lo posible por inculcar la idea que el cuerpo es una hoja de cristal liso a través de la cual el alma se muestra clara y radiante. Pero, para nosotros (todo el día y la noche) el cuerpo interviene; se embota, se encrespa, se atropella o se afila, se tiñe de oscuridad o se decolora. Tienes que forjar tus propias palabras, juntarlas, entenderlas, darles coherencia, hasta que caen en picado y ya de nada sirven. Esta monstruosa morbidez nos obliga a la soledad mientras dura la enfermedad, y todavía después, una soledad fanática que nos confina en un desierto donde no hay amigos, ni libros, ni cómplices, ni ternura, ni amor, ni camaradas. Es insoportable.
Qué soledad es esta. El dolor es un convento de clausura helado; te separa del mundo de los vivos de un modo más radical que la distancia o el tiempo. Mi hermana -lo sé- me mira con compasión, me habla con dulzura, pero está en la orilla de los sanos, y yo estoy en la corriente del dolor y la irracionalidad, arrastrado, incapaz de alcanzarla, incapaz de hacerle entender lo que es estar aquí dentro.
Hay una cualidad particular en la soledad de la esquizofrenia que es increíblemente destructiva. Es una soledad que te convence de que estás completamente aislado no solo del resto del mundo, sino de tu propio pasado, de cualquier posibilidad de un futuro y de cualquier rastro de calidez humana. Te sientas en una habitación llena de gente que te ama, que intenta desesperadamente alcanzarte a través de la niebla, pero sus voces te llegan como si vinieran desde el fondo de un océano o desde otra galaxia. El lenguaje se rompe. No puedes encontrar las palabras para explicar que te estás ahogando en la tierra firme, y esa incapacidad para comunicarte sella tu reclusión dentro de los muros de tu propia mente.
La psicosis es un desierto del alma donde no crece nada y donde el tiempo se detiene. Lo peor no es el dolor en sí, que ya es devastador, sino la convicción absoluta de que estás irremediablemente solo en ese dolor. Miras a los demás y te das cuenta de que ellos habitan un mundo de luz, movimiento y significado, de placer y alegría, mientras que tú has sido exiliado a una zona de sombra.
La enfermedad mental te despoja de tu ciudadanía en el mundo común. De repente, tus pensamientos más íntimos ya no son solo tuyos; son síntomas. Tu delirio es un síntoma, tu alucinación es un síntoma. Esta patologización de toda tu existencia por parte del mundo exterior te obliga a replegarte. Te encierras en tu mente porque es el único lugar donde tus pensamientos, por muy rotos que estén, por muy obsesivos que sean, no están siendo constantemente evaluados, diagnosticados o temidos por los demás.
La soledad de la enfermedad mental es una cicatriz poco visible, pero profunda. Sin embargo, ponerle palabras a esa incomunicación, escribir sobre el encerramiento, sobre el maldito enclaustramiento, es una forma de romper la campana de cristal. Cuando un enfermo lee las palabras de otro que ha habitado su mismo infierno, el muro de la soledad se agrieta un poco. Ya no estás completamente solo en la oscuridad; descubres que hay otros que también han caminado por ese desierto y han sobrevivido para contarlo. Espero servir de ayuda a alguien.
