Burton 29

Una mañana apacible, de lectura y escritura. A la tarde, sin embargo, el perro negro de la melancolía, la araña peluda de la angustia, las alucinaciones. Se instaló una tormenta de tinieblas sin parangón, una especie de flojera, desasimiento, parálisis, un desesperado bloqueo de la energía vital.

Estoy solo, en el fondo del abismo, y el agua sigue subiendo. No es el miedo a la muerte; es este frío, esta distancia de todo, esta imposibilidad de tocar la realidad con las manos desnudas. El mundo se vuelve un escenario de sombras y yo soy la sombra que observa a las demás.

De pronto, la llanura de la tarde se vuelve pesada, monstruosa. Siento esta lasitud en las manos, en las piernas; es un vacío pastoso que lo tiñe todo. Los objetos parecen salirse de sus nombres. Yo mismo me siento de más, una excrecencia blanda y gris en medio de la casa.

Juan Casiano, en su obra fundamental «Instituciones cenobíticas» (especialmente en el Libro X), diseccionó este estado de acedía, «el demonio del mediodía», que perfectamente podía extenderse por la tarde: «Nuestro sexto combate es contra lo que los santos Padres llaman acedía, y que nosotros podemos denominar tedio o ansiedad del corazón. Este vicio es pariente de la tristeza y ataca principalmente a los solitarios, siendo un enemigo terrible y frecuente en el desierto. Rompe las fuerzas del alma sobre todo hacia la hora sexta [el mediodía], de tal manera que algunos ancianos la llaman ‘el demonio del mediodía’. Cuando este demonio sitia el alma del desdichado, le infunde un horror espantoso por el lugar donde se encuentra, un disgusto por su propia celda y un desprecio hacia los hermanos que viven con él, a quienes empieza a mirar como negligentes o poco espirituales. El monje se vuelve entonces lánguido e inerte para cualquier trabajo espiritual dentro de su celda», Juan Casiano, «Instituciones cenobíticas», Libro X, Cap. 1-2

Leo a Casiano y me arrastro por su Libro X. Hace mil quinientos años ese maldito monje ya sabía que mi tarde sería una ciénaga. Describió exactamente lo que me ocurrió hoy: la mañana fértil, pero al llegar la tarde, el «demonio» alterando el tiempo, trayendo la angustia de las alucinaciones (las «tinieblas y pensamientos vagos» del monje) y dejándome en ese estado de «languidez y desasimiento». Los monjes sabían que ante la acedía, el peor error es desesperarse por no poder trabajar, leer o escribir. Cuando el barro se respira pesado, la única victoria es resistir el embate quietamente, sabiendo que el mediodía y su tarde no son eternos.

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