El opuesto de la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad, y es la vitalidad lo que se me ha escapado. Todo lo que debo hacer me parece que precisa de un esfuerzo titánico. Cenar, hablar con mi hermana, lavarme los dientes, ducharme… cada acción requiere una deliberación interna que me deja exhausto. Sé que la vida sigue allá afuera, muy lejos, inabarcable, pero yo estoy detrás de un cristal grueso, o dentro de un manto sin oxígeno, un cristal opaco que amortigua todos los sonidos y congela todos los afectos. Siento que mi mente se convirtió en un animalillo acorralado en su propia madriguera, esperando simplemente a que el tiempo pase, sin expectativas, sin mañana.
Hay un día en que te paras, te miras las manos y te das cuenta de que no han tocado el mundo. Que las experiencias de los demás —ese amor que se da por sentado, los viajes que otros planean con ligereza, las risas en una terraza con amigos en verano— para ti son mitologías, imposibles, cosas que se leen en los libros, quimeras, pero que no ocurren dentro de tu habitación. Te conviertes en un habitante de las sombras y de la atroz negrura. El exterior te asusta porque te recuerda lo que no tienes, ni tendrás nunca, y el interior te ahoga porque te recuerda quién eres, ese vulgar y demasiado solitario ejemplo de infraliteratura. Te quedas ahí, desbaratado, inerme, papando moscas, esperando que el día termine solo para que empiece otro idéntico, atrapado en una inercia que es como un desierto de sal.
Ya estoy acabado, patético, terminal, sin remedio. Me gustaría tomar una decisión senequista. De veras se lo digo a ustedes, este infierno es invivible, ya no puedo más.
