Ad hominem 69

Nabokov no concebía escribir sin sus tarjetas y lápices específicos. En una famosa respuesta cuenta que no trabaja “de la página 1 a la 2, y luego a la 3”, sino que componía por fragmentos, dispersos, sobre fichas numeradas después. Por eso explica:

“Me gusta escribir mis relatos y novelas en tarjetas, reescribiendo cada una muchas veces; las llevo en cajas y uso lápices bien afilados, no demasiado duros, con goma en la punta”.

Concretatemente se explayó así en la entrevista del The Paris Review: “Siempre escribo a lápiz. No un lápiz cualquiera, sino lápices bien afilados, de mina suave, de los que puedo borrar sin dejar cicatrices. Escribo mis novelas en tarjetas, cientos de tarjetas de 3×5 pulgadas, que guardo en cajas especiales. Las reordeno, las mezclo, las vuelvo a ordenar; es un proceso físico, táctil, manual. No puedo imaginar escribir directamente con tinta o en una máquina: necesito esa resistencia del lápiz contra el papel, ese rasguño, ese titilar del grafito que es como oír la frase antes de verla”.

Yo, antes, como envuelto en un aura romántica, creía en lo podríamos convenir como la «mística muscular» de la escritura. Me parecían esencialmente diferentes el resultado de escribir a lápiz, con bolígrafo, con pluma o con ordenador. Un tipo u otro de borrador hacían que la frase naciera más o menos alerta respecto a las deidades tutelares del estilo. Creía que necesitaba sentir la resistencia de la página bajo mi mano, la lentitud de la palabra al formarse, el rasgueo del papel, las tachaduras, flechas, borrones y ralladuras en los cuadernos, y creía que el teclado era demasiado rápido y mecánico, demasiado limpio, demasiado industrial: que robaba la conciencia del tiempo, la morosidad del arte. Había leído todo tipo de mitologías acerca de viejas máquinas de escribir, ruidosas, pesadas, obstinadas, que obligaban a pensar antes de golpear la tecla. Todo esas supercherías se fueron por el agujero negro del tiempo. Me engulló por completo lo inevitablemente cómodo, lo nuevo.

Sobre la intendencia del escritor y su escritura solo poseo una certeza: mi vida entera, e indirectamente, mi vida literaria, podría escribirse a partir de los cigarrillos que fumé. Cada etapa de mi existencia lleva el nombre de una marca. He vivido en función del tabaco, y todo lo demás -incluso la misma literatura, o el amor, o la amistad- ha sido un largo intermedio entre cigarrillo y cigarrillo. Escribir sin fumar me parece imposible: el humo que sube frente a mí no solo acompaña la frase, sino que es su tempo, su respiración. Un cigarrillo encendido marcaba el límite de una página; una cajetilla, el límite de un capítulo. Fumo para que la escritura no se enfríe. Fumar es un acto complementario al de escribir. Fumar es un acto suplementario a no escribir.

***

Higinio Lázaro del Campo (Valladolid, 1947 – Lisboa, 2021) fue un escritor menor y a la vez gigantesco: menor en fama, gigantesco en manías. Publicó cinco libros, vivió pobre y murió pobre, pero dejó 236 cuadernos Moleskine llenos de una letra cuidada y microscópica.

A los 20 años, en París, compró su primer Moleskine. A los 23, recibió su primera Parker 51. Desde entonces: “La Parker es mi órgano vital. Si la pluma se seca, yo me seco. Si falla el plumín, falla mi corazón. He escrito páginas enteras suplicándole que no me abandone”. Y los caramelos: “El caramelo de café con leche es mi metrónomo. Cada caramelo es una página; cada página, una vida. Si un día no puedo comprar caramelos, no escribo. No entiendo cómo hay escritores que producen sin poner nada dulce en la boca”. Su ritual cotidiano: “Mi jornada empieza cuando abro el Moleskine y la tapa hace ese pequeño crujido de cuero falso. Enciendo la lámpara, coloco la Parker sobre la gamuza verde, saco diez caramelos del frasco y los alineo como padres benedictinos. El primer caramelo es el caramelo de la duda: lo dejo reposar un minuto en la lengua, no escribo aún. La tinta debe humedecerse en el plumín, como si respirara. Cuando el caramelo empieza a ceder en la boca, la Parker cede sobre el papel. No sé si escribo yo o escriben mis manías”.

Recomiendo vivamente de Lázaro del Campo su obra de culto «Cuadernos de un zurdo kamikaze», La Gaya Ciencia, 1976. Y, también, otra obra de culto y de bibliófilo: «De Zarauz a Pekín. Historia del caramelo y su poder afrodisíaco», Barcelona: Editorial Lumbre & Co., 1997, 204 p.; 22 cm. Colección: “Ensayos excéntricos”, n.º 12. ISBN 84-921534-5-9.

Escribir, ese oficio híbrido de Quijote y Sancho, ese cruce de Nietzsche con Mary Poppins.

Ad hominem 68

La misión del escritor consiste en levantar, sobre el polvo de los días, una arquitectura destinada a durar más que el mármol. Ninguna fuerza humana puede hacer retroceder la palabra cuando esta ha adquirido la altura de una tempestad. Yo escribo para que, algún día, al abrir mis libros, el lector escuche el rumor del océano y reconozca la voz de un hombre que no ha temido al destino. Cuando el espíritu se alza, el mundo entero se alza con él.

Admitámoslo (enemigos incluidos) El artista genial pertenece a una especie que en el fondo está más allá de la vida práctica. Soy un genio. Viví en un mundo separado, en un clima espiritual propio. Y como mi obra alcanzó la verdadera grandeza, impuse mi ley incluso a aquellos que no lo comprendieron. La genialidad es una forma de superioridad que, por su misma naturaleza, no puede justificarse ni moderarse.

El gran escritor no tiene discípulos, porque escribe desde una región del espíritu inaccesible a los demás. Fui grande, justamente, porque descubrí un mundo que no existía antes de mí. Y cuando mi obra se imponga, el lector reconocerá que nada puede sustituirla, que ninguna imitación podrá jamás reproducir la vibración única que la anima.

Yo, Christian Sanz mi nombre, he sido un enigma para mi época y un soberano para la posteridad. No consulté al público, no escribí para agradar. Me adelanté. Mis libros brillaron con una luz procedente de una precisión casi sobrenatural. Todo gran libro es, antes que nada, una forma de conciencia superior.

NOTA BENE: Inútil remarcar el juego irónico. Pretendí refutar, con propensión megalomaníaca, mi tesis más sentida, la hipótesis verdadera: soy un escritor menor de segunda fila. El espejo de esperpento deformante me devuelve una figura anhelada, sí, pero astronómicamente sofística.

Ad hominem 67

Necesito oír el texto, luego escribirlo. Me posee un magnífico y fatal don de oído coloreado… la sensación cromática nace de formar oralmente la letra mientras imagino su contorno. La «a» es una pluma de ornitorrinco mojada por la lluvia, la «i» un jugo de rodaja de naranja en un vaso en una terraza de hotel veraniego, la «o» cuero cubriendo el cambio de marchas de un Rolls Royce etc…

Permítanme una confesión. Me templo antes de escribir leyendo a unos cuantos de mis popes queridos (Nabokov, Musil, Proust, Tácito, Maquiavelo, Joyce et caetera) Como un pianista que antes de tocar su pieza se entona con escalas de los grandes maestros, yo necesito ver el color rosáceo con algo de crema en mis autores favoritos. El estilo es un asunto muy sencillo: todo ritmo y color. Una vez que se tiene eso, no se pueden usar palabras equivocadas…

¿Palabras? Perfumes, colores y sonidos que se responden allá, en el palacio azul de Kubla Khan (el lenguaje es un cristal que al sonar vibra hasta herir el corazón, hasta besar los labios gordezuelos pintados de carmín) Y, a veces, también, las palabras son un cielo bajo ahogando el amanecer (no hay por dónde escapar) Silencio… La maquinaria se para. Tembladera de frases y remordimiento. Y más silencio…

***

Damián Aurelio Cartapluma fue un narrador y diarista argentino nacido en Rosario en 1908 y muerto en Buenos Aires en 1981. Estudió Filología clásica en La Plata, pero nunca terminó la carrera. Llenaba cuadernos cuadriculados con una prosa barroca, obsesiva, donde cada párrafo seguía el ciclo de una carta astral.

Decía que Mercurio regía los adverbios, Saturno las subordinadas, Júpiter las enumeraciones exuberantes y la Luna todos los pronombres personales. Para su sistema delirante, un buen párrafo debía distribuir “aspectos gramaticales” de forma semejante a una buena carta astral.

Según él los signos de fuego (Aries, Leo, Sagitario) corresponden a verbos activos y transitivos; los signos de agua (Cáncer, Escorpio, Piscis), a adjetivos afectivos y metáforas líquidas; los signos de aire (Géminis, Libra, Acuario), a conectores lógicos, conjunciones, incisos; los signos de tierra (Tauro, Virgo, Capricornio), a sustantivos concretos y nombres propios.

A mi juicio sus mejores libros -léanlos- son: «Gramática de las Constelaciones», Buenos Aires, Editorial Minerva, 1952 y «El Almanaque Alquímico», Buenos Aires, Editorial Horizonte, 1957.

Ad hominem 66

¿Por qué esta compulsión a escribir lo que pienso, lo que siento (tules y tafetanes de organdí), a escribir las miasmas de la voluntad, las volutas incineradas del entendimiento, lo que arrastro -plagiado- en carros de plata y oro? Escribo quizá por miedo a desaparecer, quizá para demostrarme que existo. La psicología del escritor es una mezcla de duda constante y de orgullo luciferino secreto, de autoflagelación a su pasado y de alta vanidad por su futuro.

Hipersensibilidad, autoexigencia torturante, lucidez corrosiva, tensión identitaria, misticismo de encierro, una mezcolanza en alguien (yo: un escritor de domingo y aldea) para quien no escribir sería una enfermedad ¿Escribir? ¿Escribir? Hay mentiras que quiero exponer, hechos que quiero que se conozcan, sensaciones que quiero fijar para siempre. O escribir para descubrir lo que estoy pensando, lo que estoy mirando, lo que veo -y lo que significa aquello que veo. Escribo para honrar la memoria de mamá y papá, una memoria de visones y champaña. ¿Escribir? Una fatalidad resuelta en la mejor forma de existir fuera del caos. Escribo para transformar el mundo, para aceptarlo, para corregirlo, para crear una herejía, para fundar una ortodoxia, para burlarme de él y, finalmente, para soportarlo.

Edmund Hartley, lógico inglés (1909–1972): «Escribo porque pensar no basta. El pensamiento es gaseoso; la escritura es su solidificación. Cuando no escribo, mis ideas se dispersan como polvo en un pasillo. Cuando escribo, se vuelven habitables».

Ad hominem 65

El desorden me irrita, el ruido me destroza, ahí, en mi despacho, donde escribo y leo. Estantes llenos, una mesa despejada y una luz que no tape las palabras. Mi mesa, mi ordenador, son mi patria. Mi gabinete de trabajo, mi estudio, representan un refugio ideal contra el tiempo. No había allí más reloj que el ritmo interior (arborescentes pompas de jabón) de las frases. Mientras afuera el mundo amenaza con derrumbarse -nuestro mundo astrológico de plástico y cliché- ese pequeño cuarto continua erguido como un templo. En él vivía, por unas horas, en la eternidad, en la crasa y brutal felicidad.

Anaïs Delmar, novelista francesa (1901–1959): «Mi despacho era un cuarto casi triangular, prácticamente una buhardilla. Allí aprendí que la escritura no requiere belleza, sino clausura. En una habitación incómoda se escribe mejor que una lujosa: en ella el cuerpo desea escapar, y la mente, acorralada, se abre paso. Los libros nacen del encierro, jamás de la comodidad. La escritura es un acto litúrgico y el despacho, una capilla. Escribo, mejor dicho, me voy desmigajando. No envidio al querido Montaigne en la torre de su château».

Ad hominem 64

(i) Pascal. El divertissement y el vacío

«Nada es tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin ocupación, sin diversión, sin aplicación. Siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Inmediatamente brotará del fondo de su alma la tristeza, la melancolía, el tedio, el despecho, la desesperación».

«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: de no saber permanecer en reposo en una habitación».

(ii) Kierkegaard. La desesperación como enfermedad del yo

«La desesperación es la enfermedad en el espíritu, en el yo. Así como la fiebre envuelve el cuerpo, la desesperación envuelve la conciencia. No es que el desesperado no tenga un yo: es que no soporta tenerlo o desea ser un yo que no puede ser. Y esta contradicción interior es la forma más oculta y más ardiendo de sufrimiento».

«La mayor desgracia no es sufrir desesperación, sino no saber que se desespera; vivir disperso en infinitas posibilidades, sin llegar jamás a ser uno mismo».

(iii) Hannah Arendt. El desierto espiritual moderno

«La soledad, la verdadera, no la simple separación de los demás, es aquella en la que uno está abandonado por sí mismo. Y esta soledad espiritual, donde el pensamiento ya no puede encontrarse con la experiencia, es el terreno fértil para las ideologías totalitarias. Allí donde los lazos humanos se disuelven, las masas buscan refugio en cualquier ficción que prometa restaurar un sentido perdido».

«Nuestra época ha desarraigado al hombre del mundo. Al romper las tradiciones y las certezas comunes, lo ha devuelto a la desnuda interioridad, donde el yo no encuentra ya nada sólido a lo que aferrarse».

(iv) Max Weber. El desencantamiento del mundo

«El destino de nuestro tiempo se caracteriza por la racionalización, la intelectualización y, sobre todo, por el “desencantamiento del mundo”. Ya no hay misterios sagrados que nos hablen. Todo está disponible, todo es calculable. Pero este mundo sin dioses no satisface el hambre de sentido. La ciencia puede explicar, pero no puede dar un porqué último».

(v) Charles Taylor. La era del yo absoluto

«La cultura contemporánea nos ha encerrado en lo que llamo el “yo encapsulado”: una subjetividad cerrada sobre sí misma, autosuficiente en apariencia, pero en realidad privada del horizonte trascendente que daba profundidad a la existencia. Esta clausura espiritual produce fragilidad, ansiedad y un vacío que las sociedades tratan de llenar con placeres, identidades o causas efímeras».

(vi) Zygmunt Bauman. La modernidad líquida

«Ser moderno significa estar condenado a la búsqueda perpetua: de identidad, de felicidad, de sentido. Pero todos esos objetivos se disuelven antes de ser alcanzados. Nada es sólido, nada dura, y por eso nada satisface. Las relaciones se vuelven frágiles, los vínculos se diluyen, y la vida interior se convierte en una sucesión de tentativas sin reposo».

(vii) René Girard. El deseo mimético y el resentimiento

«El hombre moderno cree desear objetos, pero en realidad desea el ser de otros hombres. Su deseo no es espontáneo ni autónomo: es mimético. Y esta imitación, que en apariencia parece inocente, engendra rivalidad, resentimiento y violencia. La sociedad sin trascendencia es una sociedad librada al contagio universal del deseo».

«Cuando desaparecen las barreras simbólicas que limitan el deseo, este se vuelve infinito y, por tanto, destructivo. La crisis de nuestra época es, ante todo, una crisis del deseo sin mediación».

(viii) Byung-Chul Han. La psicopolítica y el cansancio del yo

«La hiperactividad y el rendimiento constante no son expresión de libertad, sino de un nuevo tipo de coacción. El sujeto neoliberal, que se explota a sí mismo en nombre de la autonomía, es simultáneamente esclavo y señor. Esta autoexplotación conduce al agotamiento, la depresión y la frustración permanente».

«La desaparición de lo secreto, lo oculto y lo sagrado en favor de una transparencia total empobrece el alma. La transparencia es pornográfica: destruye la distancia necesaria para la contemplación y para la profundidad».

(ix) Simone Weil. La desgracia del alma sin raíz

«El alma necesita raíces más que el cuerpo. Allí donde no hay un centro, no hay medida; donde no hay medida, no hay límite; y donde no hay límite, el deseo se vuelve loco y nos arrastra hacia la nada».

Ad hominem 63

Todo lo que escribo es malo, excesivamente malo, redundante, prolijo y malo; mi pasión por la escritura es una dedicación absurda; tras de mí dejo un puñado de libros pedantes, vacíos y caóticos; no merece (de ningún modo) quedar nada mío.

Mi destino es no ser leído nunca, el ser ignorado antes y después de la muerte. La verdad es que me siento como un hombre enterrado en vida: mis libros nacieron ya muertos. Estoy seguro de haber fracasado.

***

EPITAFIO

Caminante que lees estas palabras
treinta años después de mi muerte;
en vida no fui escritor para nadie,
ni lo seré para los que nazcan
un siglo o dos después.
Todo lo que escribí solamente fue
un susurro en el vendaval,
vanas palabras de agua.
Libros tullidos, arcaicos.
Soliloquios enfermizos, incultos.
Balbuceos que no sobrevivían ni un mes.
Todo fue la obra de un don nadie.

Como las hojas que caen
navego destinado a un silencio eterno.

La gloria no llega siempre
con seguros pasos de fantasma.

Que la lápida diga, pues:

«Aquí yace el olvidado, el sin posteridad.
Aquí descansan los huesos
de quien no venció al tiempo.
Pero, tú lector, no creas ser distinto a mí».

Ad hominem 62

Schiller, antes de ponerse a escribir, olía manzanas en descomposición o, T.S. Elliot, que, mientras escribía, se pintaba la cara de verde para sentirse más poeta. Robert Walser, se dedicaba a recorrer kilómetros y kilómetros mientras hilaba sus pensamientos. Víctor Hugo, para poder cumplir con el plazo de entrega de una obra, ordenó a su servicio que le escondiera toda la ropa. Hemingway escribía de pie (como el ensayista E. Said o Philip Roth, Virginia Woolf y Lewis Carroll) y tenía como amuleto una pata de conejo. La rutina de Alice Munro era casi una coreografía diaria: levantarse, desayunar, cumplir una cuota de páginas escritas y, acto seguido, salir a estirar las piernas por su vecindario canadiense. Jean-Paul Sartre se rodeaba de ruido, tabaco y alcohol (y anfetaminas) A Kafka, escritor nocturno, la oscuridad le iluminaba la mente. Heidegger se retiraba a su cabaña en la Selva Negra. Truman Capote, Mark Twain, Vicente Aleixandre y George Orwell escribían ¡acostados! Karl Marx pasaba el día entero en el Museo Británico, desde que abría hasta que cerraba. Balzac tomaba ingentes cantidades de café…

Supongo que la inseguridad pertenece a la psique de un escritor, por lo que entiendo estas manías o rituales estrafalarios. Y digo estrafalarios y chamánicos porque escribir es, a mi juicio, una actividad eminentemente epistémica y no una obra de druidas. Pero creo que el ritual no contradice lo epistémico: lo prepara. El ritual no busca conocimiento, sino el estado mental propicio para que el conocimiento fluya. En otros términos: la razón necesita un umbral irracional para activarse. Incluso el matemático lo sabe: Hardy jugando al cricket, Grothendieck cultivando huertos, Wittgenstein construyendo una cabaña en Noruega.

Yo, lo admito, tengo mi propia escenografía, sin la que me sería muy difícil escribir: la luz orensana, el café, el paseo entre las estanterías de mi biblioteca, el olor de los libros viejos, el ritmo matinal de lectura y la noche como umbral de introspección.

***

Gustave Flaubert. Carta a Louise Colet, 1853:

«Me he pasado el día entero encerrado, buscando una frase que se me escapa como un pez vivo. A veces camino por la habitación, a veces grito, a veces me siento en la silla sin moverme durante horas. Necesito que cada palabra encaje con la necesidad interna de la frase, como una nota en una partitura. No puedo escribir si en la habitación hay el menor desorden, si una silla no está en su sitio, si la lámpara está mal orientada. El mismo acto de sentarme significa ya aceptar la tiranía del estilo. Y en cuanto empiezo, todo se vuelve un combate entre el sueño de la frase y la posibilidad de realizarla».

Franz Kafka. Diarios, 1910–1923:

«De nuevo la noche me salva. La oscuridad me recoge como una vieja madre comprensiva. Durante el día no puedo escribir: mi mente está cercada por la vida vulgar, por el ruido del mundo. Pero al llegar la noche todo adquiere transparencia: mis pensamientos se vuelven dóciles y me siguen. Mi cuerpo casi desaparece, solo queda una claridad febril en la cabeza. Escribo hasta que me duelen los huesos, hasta que la silla me rechaza. Y aun así, en esas horas, siento que cumplo el verdadero destino de mi espíritu».

Ernest Hemingway. The Paris Review, entrevista (1958):

«Cuando estoy escribiendo una novela, siempre comienzo al amanecer. No hay ruido, nadie interfiere. Escribo en una mesa alta, de pie, porque me mantiene despierto y alerta. Me detengo cuando todavía sé lo que va a ocurrir después; es una vieja estratagema para engañar al agotamiento. Durante el resto del día, mientras camino o bebo o miro el mar, las frases siguen ardiendo en mi cabeza. Lo importante es proteger el fuego».

Virginia Woolf. Diarios, 1929:

«Escribo por la mañana, siempre de pie, ante una mesa demasiado alta para mí, lo cual me obliga a una especie de inestabilidad que parece avivar mis ideas. Me rodeo de silencio absoluto: cualquier voz humana me interrumpe como una piedra arrojada a un estanque. Necesito el rumor lejano de la casa, sí, pero no su presencia. El manuscrito ha de respirar solo».

Thomas Mann. Carta a Agnes Meyer, 1941:

«No puedo comenzar la jornada sin un mínimo de ceremonia. Debo ducharme, vestirme con corrección, poner en orden la mesa y afilar los lápices. Luego me siento y espero. A veces no ocurre nada durante media hora: pero esa espera es mi manera de inclinarme ante el trabajo. La literatura exige reverencia».

Como colofón señalar las rarezas del poeta y novelista Arnau Soldevila i Bruch (n. 1988, Vic) Cito de la entrevista en la revista “Fulls de Tramuntana”, nº 14 (2024):

«Jo no puc escriure sense abans practicar el que anomeno la litúrgia del contrast. A les cinc del matí, quan el cel encara no ha decidit si vol ser nit o dia, baixo al pati interior del meu pis de l’Eixample amb una palangana plena d’aigua gelada i una altra d’aigua gairebé bullent. Després hi submergeixo alternativament els peus, en una i en l’altra, mentre recito en veu baixa versos d’Ausiàs March i fragments de manuals d’electrodomèstics dels anys setanta.

Quan noto que la pell comença a tremolar, torno a dins de casa, col·loco tres mandarines a l’ampit de la finestra (sempre tres, mai dues ni quatre: supersticions de la meva àvia), i em poso uns guants de làtex color fúcsia que només faig servir per escriure. Encenc aleshores una llumet molt petita que vaig comprar en un mercat d’Olot i començo a escriure sempre la mateixa frase, que després esborro, però que és necessària per obrir la comporta interior: “Cap paraula no és digna si no ha estat remullada abans en silenci.”

Només després d’aquest petit desvari matinal puc començar a treballar. Sé que és ridícul, però cada paraula que escric sembla més vertadera quan ha passat pel sedàs del meu petit caos ritual. Sense estridències no hi ha estil. Sense un toc de follia, la prosa no respira».

Ad hominem 61

Christian Sanz, aparente escritor de Facebook, no es tal escritor, sino un ex-analista de inteligencia que sigue comunicándose con su equipo mediante códigos insertados en publicaciones aparentemente literarias.

Publico un post supuestamente inocente para que un agente lo decodifique después. Algo como: «La luz es la sonrisa de la materia», en realidad significa: “Caja 12 reactivada. Analizar tráfico. Esperar indicaciones”. Si publico sobre libros raros, tipografías, pergaminos, imprentas antiguas…mi equipo sabe que estoy enviando información sensible. Así, si escribo “Garamond”, ellos leen: “informe preparado”. Cuando escribo “Baskerville”, leen: “riesgo”. Cuando digo “papel ahuesado”, leen: “cierre de operación”. Mis comentarios breves a amigos escritores no son comentarios: son indicaciones operativas camufladas como cortesía o comunicación literaria.

Cuando me retiré, mi equipo necesitaba un canal de comunicación discreto. Nada de satélites. Nada de canales cifrados de tipo militar. Demasiado obvio, demasiado vigilado. La solución fue tan absurda como brillante: utilizar mis posts literarios como mensajes encriptados.

Inventé protocolos secretos:

Sistema L.A.M.P.: la tercera palabra de cada párrafo activaba una orden.

Método Scriptorium: el siglo del autor citado indicaba el tipo de acción.

Operación Me Gustas: las reacciones de los lectores funcionaban como semáforos tácticos.

Código Hórreo: cualquier referencia a Galicia señalaba una ubicación.

Variante Ita: una foto de Ita era, en realidad, una alerta de Nivel 2.

La gente ve literatura donde solo hay logística o heurística de servicio de inteligencia. La tecnología empleada es el Cifrado Esteganográfico L.A.M.P. (Literary Asymmetric Messaging Protocol), parcialmente desencriptada por el C.N.I.

Ad hominem 60

Yo trabajé algo más de 20 años en la DGSE. Leía, analizaba y redactaba informes. Al jubilarme, perdido en la vida, pretendí que el resto de mi existencia se ciñera a leer y estudiar, un modo de vida que me parecía (y parece) especialmente poco envilecedor. Pero se reactivó mi juvenil vocación literaria y Facebook fue el lugar regio de la vida literaria, al igual que una experta y nutrida escuela de escritura.

Por lo que todos ustedes merecen mi agradecimiento más hondo, la cordial bujía iluminada del afecto. G. K. Chesterton: «La gratitud es la más exquisita forma de cortesía. Pero para mí es algo más: es la respiración misma del alma. Cuando dejo de agradecer, dejo de ver; las cosas se vuelven opacas. Solo el agradecimiento vuelve transparente el mundo. No se puede ser infeliz y agradecido a la vez: la gratitud es la salud del espíritu».

La duda me libra de los dogmas; la gratitud de la soberbia. El que agradece sabe que no es dueño de sí mismo del todo, que recibe más de lo que cree dar ¿Agradecer? Como quien enciende una lámpara en un cuarto donde se había perdido la llave.

Como escribió Don Silvestre de Valdearenas (1734–1799), ilustrado español: «Agradecer es un arte del ánimo, no de la lengua. Muchos pronuncian gracias como quien se sacude el polvo del camino; pocos la dicen con la plenitud de quien reconoce que un bien recibido lo mejora y lo obliga moralmente. Agradecer es aceptar que no somos suficientes por nosotros mismos».

Así que, apuntando con mi corazón a cada uno de sus mullidos corazones, GRACIAS A TODOS. GRACIAS DE VERAS.