Ad hominem 59

No fui un erudito, fui un apasionado; no enseño, ensayo; me gustaría ser letrado, pero soy apenas un curioso, un diletante. En su sentido originario italiano, «dilettare», designaba al que ama un arte por puro placer, no por obligación profesional. El diletante verdadero -como Montaigne, Browne, Pessoa, Joubert, Cioran, Pater, Borges- suele ser superior al especialista porque escribe desde un fuego interno, no desde un expediente académico.

Estudié en la universidad algo de matemáticas, un poco de filosofía e idiomas. Nunca literatura, de la que era un gran aficionado y lector, pero que no estudié de forma oficial o reglada. Esto me creó cierta inseguridad. A veces percibo en mi formación humanística lagunas, o huecos en mi saber literario. Puedo afirmar con convicción (también exagerando un poco) que soy solo un dominguillo de las letras.

¿Qué atributos, condiciones o disposiciones interiores exigen el oficio de escritor? Acaso sea preciso vivir (vivirla entera) la necesidad de la escritura. Y probidad para no permitir la frase floja, el sentimentalismo cursi, la imagen fácil, el tono forzado. Y gran afición a pulir, repulir, escamondar, limar, trabajar, podar, lijar los textos. Escribir tiene algo de sacrificado oficio tiránico. No basta con ser un erudito de la gramática ni con una biblioteca espléndidamente surtida. Hace falta una cierta manera de ver el mundo, una mirada idiosincrásica, ese lugar donde solo tú pones la la cámara.

Y la mente necesita algo similar al ocio para pensar. Y una vida interior que exija expresión. Vivir con una atención febril, con un oído siempre despierto, dispuesto a registrar aquello que nadie oye. No buscar el dinero, el aplauso, la fama, la recompensa inmediata. Y una paciencia de copista medieval, y un fervor de místico, y el desapego del jugador que sabe que puede perderlo todo.

Henry James, «The Art of Fiction»: «El único requisito indispensable para ser escritor es poseer una mente vorazmente receptiva. El escritor debe ser capaz de vivir mil vidas, de sentir los matices más sutiles de cada emoción, de observar sin descanso. Todo lo que ve, todo lo que oye, todo lo que experimenta, debe transformarse en parte de su capital imaginativo. La experiencia personal importa menos que la intensidad con que se la percibe. No hay tema indigno si el ojo que lo mira es lo bastante atento: el talento del novelista es, en esencia, un talento para percibir».

Cesare Pavese, «Il mestiere di vivere»: «Para escribir no basta con observar la vida: hay que vivirla dos veces. Una cuando sucede y otra cuando la recordamos. Solo lo que ha penetrado hasta lo más profundo, lo que ha dolido o iluminado en exceso, se convierte en materia literaria. El escritor es aquel que, incluso en el instante del placer o del sufrimiento, siente en el fondo de su alma una segunda voz que dice: «No lo olvides; algún día lo escribirás»».

Stefan Zweig, «El mundo de ayer»: «El escritor es, por naturaleza, un ser de sensibilidad peligrosa. Siente demasiado, ve demasiado, recuerda demasiado. Donde otros encuentran solo hechos, él percibe presagios. Donde otros sienten una emoción, él siente veinte variaciones de esa emoción. Esta capacidad es un don y una condena. Sin esa exageración interna, sin esa vibración continua, no hay verdadero escritor».

En resumidas cuentas, el peor enemigo del escritor es la complacencia. Uno debe desconfiar de todo lo que escribe demasiado fácilmente, de todo lo que halaga al lector, de todo lo que se acomoda al gusto del tiempo. La única obligación del escritor es ser fiel a su propia verdad, aunque esa verdad ofenda a todo el mundo.

Ad hominem 58

La prosa artística -la verdadera, la que aspira a belleza y precisión- es uno de los oficios más difíciles que existen, infinitamente más arduo que la poesía breve y que la narrativa “de aeropuerto”.

La poesía admite cierto fulgor repentino; la novela comercial, cierta inercia; pero la prosa artística es una construcción continua, un esfuerzo sostenido de precisión, ritmo, ideas, imágenes y respiración. Quien dice que “escribir prosa es fácil” escribe prosa funcional, no literaria. Escribir es como mantener girando muchos platos en unas varillas sin que ninguno caiga al suelo (el léxico, el ritmo interno, la respiración sintáctica, las metáforas coherentes, el tono, la precisión, la eufonía, la imagen, la proporción del párrafo, las transiciones lógicas; cada uno de esos platos puede caer)

La frase solo existe cuando puede cantarse en voz alta (Flaubert) Ser buen escritor es como ser un virtuoso del arpa. Y el escritor debe ser capaz de examinar cada frase como un cirujano examina un órgano vivo: con cuidado, con frialdad, con una especie de amor feroz. No hay concesiones. El lenguaje debe ser una herramienta precisa, no un vehículo caprichoso. La verdad no se improvisa: se persigue, se cava con una pala diminuta, se limpia grano a grano. La frase perfecta se esconde, se burla, se desvanece. Y uno avanza a tientas, con miedo, con sospecha, con una especie de terror tranquilo. Cuando, después de horas, encuentas una frase que fluye, que ilumina, que parece inevitable, cuando, tras denodado esfuerzo, derribaste o hiciste un boquete en la pared, sientes algo parecido a la felicidad. Pero es una felicidad paradójica y fugaz, porque sabes que a la mañana siguiente la pared está alzada de nuevo, frente a ti, que la frase vuelve a resistirse.

Me gustaría acabar esta nota con una cita de Goethe. En ella traza el itinerario de un escritor con su sabio -e inevitable- colofón final:

«El arte de escribir no consiste en acumular palabras, sino en depurarlas. El estilo nace cuando uno ya no busca adornarse, sino hacerse claro. Lo más difícil es la simplicidad, pues exige haber pasado por todas las complejidades. Los escritores jóvenes quieren brillar; los maduros quieren decir. Y, sin embargo, solo después de escribir mucho y de equivocarse mucho se llega a una frase que parezca sencilla. Toda obra grande tiene detrás un largo proceso de renuncias: renuncias a lo inútil, a lo inflado, a lo que distrae. El estilo es la victoria sobre uno mismo», Goethe, «Conversaciones con Eckermann».

Ad hominem 57

Debido a mis problemas de salud (con dos infartos a cuestas se puede decir que escribo contra la muerte, con su guadaña cada vez más cerca del cuello) preferí la «quantitas» a la «qualitas». Escribí mucho, durante poco tiempo, y no corregí lo suficiente, ni dejé reposar los manuscritos largo tiempo en sus carpetas. Me arrepiento de los defectos de mi obra, un si es no es precipitada en demasía. Uno de los secretos de la buena literatura son la recurrente corrección, el reescribir y reescribir sin prisas.

La urgencia sustituyó al reposo, el ímpetu reemplazó a la decantación, la necesidad sustituye a la artesanía, el “tengo que decirlo ahora” desplazó al “lo perfeccionaré después”. Prisa de vivir antes de no poder. Ningún escritor que escribe desde la urgencia mortal puede producir obras perfectas, pero sí puede producir obras verdaderas.

Kafka corregía obsesivamente y Pavese trituraba sus diarios y Flaubert tardaba semanas en un párrafo. Pero yo no pude vivir en esa condición fisiológica; mi cuerpo marcó un ritmo y obedecí ese ritmo que el destino me impuso. La mía es una literatura torrencial, urgente, febril, más que pulida y gota a gota pensada. No me voy a juzgar ahora como si hubiera escrito en condiciones ideales. Es injusto.

Gustave Flaubert. Veamos su obsesión absoluta por la corrección:

«No te imaginas el suplicio que es para mí escribir. No avanzo, ¡no avanzo! Ayer pasé seis horas para escribir una página y media, que hoy he vuelto a borrar por completo. He llegado a la conclusión de que la literatura es un trabajo de caracol: uno avanza dejando un rastro viscoso de esfuerzos y frustraciones. La frase solo existe cuando puede cantarse en voz alta; si la musicalidad falla, la idea se derrumba. Y así corrijo, suprimo, deformo, rehago, hasta que todo parezca inevitable. No sé escribir de otro modo. Mi obsesión es que cada palabra esté exactamente donde debe estar, aunque para eso tenga que sacrificar días enteros».

El peso de una frase imperfecta es insoportable. La buena prosa no es una cuestión de espontaneidad, sino de disciplina: es el arte de escudriñar cada cláusula, cada matiz, cada inflexión, hasta que el conjunto respire con naturalidad. Debemos modelar la frase como se talla una joya. La literatura solo llega después del décimo, vigésimo o trigésimo repaso. Quien no corrige no escribe: deja caer palabras.

Recordemos a Marguerite Yourcenar. Entrevista, 1981:

«Reescribir es un acto moral. El escritor no tiene derecho a la negligencia. Cada frase exige una vigilancia extrema, porque cada frase puede traicionar el pensamiento. Un libro nunca se acaba: simplemente llega un momento en el que deja de corregirse. Pero ese límite no es una victoria; es una renuncia. La escritura responsable exige volver una y otra vez al texto, como quien revisa una plegaria para que no pierda su verdad».

Y Paul Valéry:

«Corregir una obra es ingresar en un laberinto donde cada solución abre un nuevo problema. Nada está nunca terminado. Reescribir es el movimiento natural del pensamiento que se examina a sí mismo. Publicar es apenas un accidente; la obra verdadera es la que sigue desplegándose en la mente del autor. El escritor vive en una forma de infinito, en el que cada palabra admite variantes infinitas. La corrección es nuestra vida».

Pido perdón a mis dos o tres lectores, y, si no la diño muy pronto, prometo enmendarme. De veras.

Ad hominem 56

A veces, y es algo que me avergüenza como si enseñase mis genitales en público, deseo pasar a la historia con mis libros. La razón -fina, ecuánime y sensata- pondera y apacigua el juicio, haciéndome ver que, por un mero contraste elemental, hay una diferencia abisal entre los libros de los Inmortales y los míos. Y no es modestia de postín ni complejo de inferioridad, sino una constatación científica como la ley de Gay-Lussac o la de la caída de los graves.

Pero sueño, como un adolescente lleno de granos, feo y gordito, con ser un superhéroe fornido del que se enamoran todas las chicas. Creo que a este mecanismo psicológico se le llama en psicodinámica «fantasía compensatoria». Mi obra fracasó pre-mortem y se olvidará post-mortem. Late mi corazón de frustración ¿Por qué yo no pude ser y otros sí? Permítanme esta purga pueril del corazón.

Kafka soñaba con la inmortalidad. Beckett también. Borges más que todos. Incluso Pessoa, que parecía escribir desde la nada, fantaseaba con un lector futuro que lo rescatara. Lo que llamo “avergonzante fantasía compensatoria” acaso sea, en realidad, el motor secreto del arte. No existe escritor verdadero que no haya soñado, aunque fuese una sola hora una sola noche, con entrar en la historia y en el olimpo. Comprendan mi pudor normal: confieso una indecorosa pulsión narcisista y exhibicionista. Perdonen, insisto. Perdonen a este autor irracional de una obra demasiado irrelevante y sin trascendencia alguna.

***

Lord Byron, carta a Thomas Moore, 1813:

«Si la posteridad me concede un lugar, no será por mis actos políticos ni por mis aventuras galantes, sino por mi pluma. No escribo para el aplauso inmediato sino para un lector que aún no ha nacido, un lector que sabrá entender que viví como pocos y que hablé como ninguno. Tengo la sensación extraña -casi física- de que mis versos no morirán conmigo. Otros, quizá más virtuosos que yo, se eclipsarán; pero lo que he escrito permanecerá. No es vanidad, es una certeza tranquila, como quien sabe que el sol saldrá mañana».

Víctor Hugo, prólogo a «Les Contemplations», 1856:

«Lector: cuando los siglos me hayan borrado a mí, mis versos seguirán en pie. No lo digo por orgullo, sino porque sé escuchar la voz que me dicta. La literatura francesa no podrá olvidarme, porque he puesto mi alma entera en estas páginas, y un alma no puede morir. A través de mis libros hablará siempre el exiliado, el enamorado, el legislador, el soñador. Acepto la posteridad como se acepta un deber: no es gloria lo que busco, sino permanencia».

Walt Whitman, “Prefacio” a la primera edición de «Leaves of Grass», 1855:

«El tiempo y los continentes me vindicarán. Sé que mis palabras, aunque ahora parezcan extrañas, serán algún día la lengua natural de millones. El poeta se adelanta a las generaciones futuras y respira el aire que ellas respirarán. Escribo para los que aún no han nacido, para los que vendrán con una mirada más amplia y un corazón más fuerte. Cuando mi cuerpo se haya disuelto, estas páginas seguirán creciendo como la hierba que cubre las tumbas».

James Joyce, carta a Harriet Shaw Weaver, 1921:

«He puesto en Ulysses tantos enigmas y rompecabezas que mantendré ocupados a los profesores durante siglos. Estoy convencido de que, cuando al fin entiendan lo que he hecho, verán que he construido un monumento que no pertenece a una época sino a todas. Quizá ahora me ataquen o me nieguen, pero el futuro es mío. La posteridad siempre distingue al artesano del genio».

Fiedrich Nietzsche, prólogo a «La genealogía de la moral», 1887:

«No soy un hombre, soy dinamita. Escribo para un tiempo que aún no ha llegado. No espero comprensión inmediata, ni siquiera reconocimiento. Pero sé -con esa seguridad que da el destino- que un día mis libros serán leídos como una revelación. El siglo XX me entenderá. El XXI me confirmará. Y los que vengan después verán que hablé para ellos».

Oscar Wilde, «De Profundis», 1897:

«Cuando se hayan apagado las voces de mis enemigos y se hayan cansado mis admiradores, mis obras seguirán vivas. No es presunción: es la conciencia de que he dado forma a la sensibilidad de mi tiempo. La belleza no muere, y yo he sido un humilde servidor suyo. El futuro me juzgará con más justicia que el presente».

***

Yo, Christian Sanz, con D.N.I. par, capricornio y lector feliz, no me considero escritor; solo soy un hombre enfermo que intenta ordenar su ansiedad mediante palabras, pero sé que estas palabras seguramente no sobrevivirán. Todo lo mío desaparecerá. Mi voz y mi mundo son demasiado pequeños, demasiado excéntricos, además, para traspasar la puerta de mi casa y entrar en el tiempo.

Sigo escribiendo por una compulsión oscura, por un mandato interior que no sé explicar, pero estoy seguro de que mis libros no tendrán posteridad. No me hago ilusiones respecto al porvenir. Todo lo que he escrito será barrido por la indiferencia. No soy un autor para esta época, ni para ninguna. El destino de mis libros es el polvo y la desintegración. Los grandes me han eclipsado, y yo desapareceré con la misma rapidez con que vine al mundo. Alea jacta est. A 29 de noviembre de 2025, 16: 18.

Ad hominem 55

A veces soñé con la página perfecta. Como un párrafo de Ruskin, como unas líneas de Borges, como un verso sereno y ponderado de Kavafis. Donde la impresión, la intención de aquello que se quiere decir, tuviera una exacta correspondencia o trasunto con la expresión, con lo escrito. Y hubieran unas perfectas transiciones en el fluir rítmico, y la palabra fuera, a la vez, tan evocadora como exacta. Sueños imberbes de perfección, puerilidades de soñador. Todo escritor -creo-, incluso el más veterano, conserva en lo más hondo un adolescente que cree -o quiere creer- que algún día escribirá algo tan justo, tan idéntico al impulso interior, que ya no tendrá que corregir, ni tachar, ni revisar ni dudar. Ese sueño no desaparece jamás: se vuelve más discreto, más cínico, más oculto, pero sigue ahí, como una lámpara iluminando tus estancias despiertas y oníricas.

El sueño secreto de toda literatura: que el sentir y el decir coincidan, que no haya residuo, ni se pierda nada en la traducción del espíritu al lenguaje. Pero esa exactitud no existe. El lenguaje es siempre un mediador, nunca un espejo perfecto. La emoción es infinitamente más compleja que las palabras que la contienen. Y sin embargo…

***

Gustave Flaubert, carta a Louise Colet, 16 de enero de 1852:

«Lo que busco es algo que quizá no existe: una frase perfecta, una frase que no pueda ser alterada sin destruir el conjunto. No quiero que se note en mí al escritor, sino al artesano. Paso horas escribiendo una línea, una sola, para lograr que su ritmo caiga justo donde debe caer, para que cada palabra pese exactamente lo que tiene que pesar. Es mi sueño -y mi suplicio- que un día el lector pueda sentir la impresión que yo sentí al concebirla. Pero esa correspondencia rara vez se alcanza. Y sin embargo, sigo buscándola como un loco, empujado por una fe casi religiosa en la música secreta de la prosa».

Jorge Luis Borges. Prólogo a «Historia de la eternidad», 1936:

«Uno escribe una página con la esperanza de que al terminarla parezca inevitable. La ambición secreta es que el lector crea que el párrafo no pudo haber sido de otro modo, que la expresión corresponde exactamente a la intención. Pero sé que esa es una expectativa absurda; el lenguaje es siempre un poco ajeno, siempre una traición. Sin embargo, a veces ocurre el milagro: una frase cae en su sitio con la precisión de una flecha que da en el blanco. Entonces creo -por un instante- que la página perfecta existe. Después vuelvo a escribir, y la ilusión se desvanece».

Paul Valéry, de «Variedades», 1938:

«Una obra nunca se termina, solamente se abandona. Esta frase es interpretada como ironía, pero es una verdad simple: cada línea que escribo podría ser mejorada indefinidamente. El ideal de perfección es una línea que persigo sin llegar jamás a tocarla. Y, sin embargo, escribo con la esperanza absurda de que un día la coincidencia sea perfecta, que la palabra diga exactamente lo que la mente ha concebido. Pero el espíritu es una llama fluctuante, el lenguaje un instrumento torpe. Entre ambos, la perfección es un espejismo: nos guía, pero no nos pertenece».

Vladimir Nabokov, «Strong Opinions», 1973:

«La única página que me interesa es la que se acerca a la perfección, esa página donde la estructura, la música interna y el sentido se combinan con absoluta inevitabilidad. Sé muy bien que esta perfección es un ideal que se escapa, pero es justamente esa fuga lo que me estimula. Escribo y reescribo hasta que el ritmo es exacto, hasta que la palabra no puede ser reemplazada sin destruir el conjunto. No busco la emoción inmediata: busco la forma perfecta, la transparencia cristalina. Es una ambición absurda, pero sin ella la literatura no tendría para mí ningún interés».

John Ruskin, de «Modern Painters», 1843:

«La verdadera excelencia del estilo consiste en que la impresión producida por las palabras coincide con la impresión que el autor ha recibido. Si no existe esa correspondencia, la prosa es un artificio vacío; si existe, es un acto de verdad. He dedicado mi vida a perseguir esa exactitud, a describir la luz, la atmósfera, la emoción con una fidelidad que no traicione lo vivido. Esta búsqueda es interminable, pero cada vez que logro acercarme a esa unión -aunque sea por un instante- siento que el arte ha cumplido su promesa».

Ad hominem 54

Cada mañana me levanto con la esperanza de que algo, lo que sea, me golpee en la cabeza y me permita arrancar con esa pasión-febril, fatal- llamada «escribir». Me siento frente al ordenador sin saber si la inspiración (ese subterfugio para zánganos) va a concederme su visita o me dejará sentado como un pasmarote. Pero descubrí que hay una forma de incitarla: escribir, escribir y escribir. Aunque sea basura, aunque sean frases deslavazadas y párrafos que te avergüencen por su indignidad estética. No importa. Lo único que importa es disponer mecánicamente el cuerpo frente a la pantalla. Una página mala puede corregirse; una página inexistente no tiene salvación. Si esperas a estar inspirado, eres un cadáver. Si escribes, aunque sea mal, ya estás vivo. El truco es ése: insistir hasta que los dioses aparezcan. No hace falta drogarse ni beber. Solo emborronar maníaco con el teclado.

A veces tardas horas en encontrar esa frase verdadera; otras, un día entero. Pero una vez la tienes, el resto viene solo. El peor enemigo del escritor es ese forcejeo tenso con la página en blanco. En esos casos sal del mundo obsesivo que te ahoga: habla con gente, cocina, arregla cosas, recopila citas, escucha conversaciones en la tertulia de El Cercano, mira la tele, pasea con la perrilla. Y entonces, sin aviso, algo empieza a moverse dentro. Las palabras maduran en secreto, igual que semillas bajo tierra. Cuando vuelvas al despacho ya no estarás solo con tus obsesiones estilísticas: traes contigo el rumor de la vida. Uno no puede escribir desde un pozo vacío. Hay que llenarlo, aunque sea con la experiencias más humildes.

El peor pecado del escritor es la corrección prematura y perpetua. Cuando te bloqueas seguramente es porque ya estás intentando juzgar el párrafo antes de haberlo escrito. Entonces dite: “Christian, suéltalo todo. Escríbelo todo. No importa que sea malo. Solo escribe”. Cuando dejo de intentar escribir bien, escribo bien. Cuando renuncio al control, la voz, el tempo, el ángulo, la visión vuelven. Creo que el bloqueo no es falta de talento: es exceso de vigilancia.

Escriban pavadas, textos sin sentido, hagas dedos como el pianista, imaginen diálogos entre objetos, o palabras que se persiguen por el sonido, jueguen con la sinestesia y los calambures y los palíndromos. Verán que, de pronto, aparece una frase verdadera en medio de las chorradas, como un pez brillante en aguas turbias. La literatura no siempre nace del esfuerzo; muchas veces nace del juego.

Ad hominem 53

Christian Sanz no tiene el desparpajo narrador de Márquez, ni la simpatía arrolladora de Divisa, ni la capacidad de ternura y horror en un mosaico «trencadís» de Colell. Sus ratas -confesémoslo- se acumulan en el desván y lo envenenan y corroen provocándole un temblor perpetuo. Su interior, como en Virginia Woolf, es cárcel y paraíso (psicológicamente es un péndulo: pasa del entusiasmo iluminado al hundimiento abismal, pero incluso en la caída mantiene un orden secreto, una lucidez capaz de observar su propio derrumbe) Nunca sospechó de las personas demasiado apasionadas. Me temo que la razón es un instrumento más bien tosco; prefiero la sensibilidad, la ternura a flor de piel, que es un arma más delicada y, quizá (o sin quizá) más misericordiosa. Aquí se diferencia de Borges (su genial y victoriana elegancia: esa forma de moral que consiste en no molestar al lector, en no imponerle su yo) ¿Lo sublime en lo impuro? ¿Amar lo que destruye? ¿Roer la propia sombra? Sí y no. No es estrictamente baudeleriano; a veces prefiere el prudente punto medio aristotélico.

La luz torcida de la tarde, las páginas leídas que entran y salen de mi mente, el descanso tras la visión confusa, la imposibilidad de alcanzar una pequeña perfección, el recuerdo de mamá, las voces y miradas que me ven, las voces e imágenes que sueño…solo deseo estas pequeñas certidumbres.

Ad hominem 52

Christian Sanz es un hombre de salud precaria, pero aquella fragilidad está envuelta en un aura selvática. Tiene la piel fina, casi transparente, como si estuviera iluminada desde dentro. Sus ojos bonitos, guardados en gruesas gafas pasadas de moda, ojos castaños, miopes y brillantes -ojos de insomne perpetuo- dominan un rostro que parece siempre en estado de espera, atento al más mínimo matiz. La voz es grave, propia de un fumador, muy pastosa, con un ir arrastrándose que a veces se confundía con una borrachera. Sus manos, cardenalicias, demasiado largas para su cuerpo, parecen flotar en el aire cuando habla, como si escribieran líneas invisibles o dirigieran una orquesta sinfónica de talla mundial.

En fin, un aire de pájaro frágil y alerta. Cabello oscuro cayendo inexorable en calvicie descuidada sobre una frente amplia y pensativa. Su boca, de dibujo perfecto, tiene un gesto de ironía perpetua. Su rostro parece el de alguien que hubiera visto demasiado: anguloso, magnífico, con una intensidad de animal bondadoso. Hay algo mineral en su expresión, una especie de dureza luminosa. Y sin embargo, cuando sonríe -no pocas veces-, esa luz se vuelve humana, cálida, como si por un instante la distancia entre él y el mundo se cerrara.

Ad hominem 51

«A veces me parece que todo lo que hago se ha vuelto extraño y hostil. Quisiera escribir y no puedo; quisiera hablar y tampoco puedo; todo en mí se vuelve lento y pesado como la sangre en un enfermo. Es como si una puerta que antes se abría libremente se hubiese cerrado de repente y me encontrara ante un muro desnudo. Y entonces llegan los días en los que no puedo arrancar ni una palabra de mi interior, y cada frase que intento se me rompe en las manos como un objeto mal fabricado. Pero quizá estos días sean necesarios, quizá en ellos se gesten fuerzas oscuras que aún no conozco», Rilke, «Cartas a un joven poeta».

«Hoy he pasado horas sentada ante el papel, sin lograr que brotara una línea que valiera la pena. Es como si la mente se hubiera vaciado de un solo golpe. Sé que hay algo que quiere salir, lo siento detrás de una especie de cortina vibrante, pero en cuanto intento asirlo desaparece. Me irrita esta esterilidad como si fuera un defecto moral ¿Cómo he podido escribir otras veces? ¿Quién era esa mujer que escribía sin esfuerzo? No la reconozco. Ahora solo conozco esta mente fatigada, obstinada en su silencio», Virginia Woolf, «Diario», 20 de abril 1921

«No he escrito nada. Ni siquiera una frase mínima. Y sin embargo, cada día me devora la necesidad de hacerlo. Pero en cuanto tomo la pluma, me paralizo. Me siento como un aparato que ha perdido la corriente. No es que no haya pensamientos; al contrario, hay demasiados, y todos pugnan por entrar a la vez, y esa lucha los aplasta. De este modo, lo que podría ser claro se vuelve turbio, y lo que era vivo se marchita antes de nacer. No conozco tormento mayor», Kafka, «Diario», 21 de agosto de 1913

«La verdadera desgracia no es no escribir: la verdadera desgracia es querer escribir y no poder. He pasado la tarde entera en mi habitación, absolutamente incapaz de poner una palabra detrás de otra. Es un cansancio que no proviene del cuerpo, sino del alma. Se diría que la sangre deja de circular por el espíritu. A veces pienso que esta impotencia es el verdadero rostro de mi vida. ¿Para qué sigo intentándolo? Y sin embargo, si no lo intento, es peor todavía», Cesare Pevase, «Il mestiere di vivere», 1938.

«Hoy he trabajado durante cuatro horas y no he producido una sola página que no me avergüence. Es un estado espantoso: la voluntad sigue ahí, pero la mano está muerta. Y cuando esto ocurre, uno se siente como un músico que ha perdido el oído pero no la memoria de la música. Hay días en los que escribir es un sufrimiento físico, como si el pensamiento se negara a entrar en la palabra. En otros momentos, cuando releo lo escrito, me parece que soy un desconocido para mí mismo», Stenvenson, carta a Edmund Gosse, 1885

«No consigo escribir. Siento dentro de mí algo inmenso queriendo definirse y, al mismo tiempo, huyendo de toda definición. Me desespero. Es un estado de falta de forma que me oprime. No sé si es ausencia o exceso, si es silencio o ruido. Cuando estoy así, no soy capaz de comenzar ninguna frase: todo nace muerto, todo se deshace antes de tener nombre», Clarice Lispector, carta a Olga Borelli.

Ad hominem 50

«Los estudios sirven para el deleite, para el adorno y para la capacidad. Su principal uso para el deleite se da en la vida privada y en el retiro; para el adorno, en la conversación; y para la capacidad, en el juicio y en la disposición de los asuntos. Los hombres expertos pueden ejecutar, y quizá juzgar cada detalle por separado; pero los consejos generales y la organización y ordenamiento de los asuntos proceden mejor de los que son instruidos […] No se ha de leer para contradecir y refutar, ni para aceptar ciegamente y dar por sentado, ni para tener conversación y charla, sino para ponderar y considerar […] Algunos libros están hechos para ser sólo probados, otros para ser tragados, y algunos pocos para ser masticados y digeridos: esto es, algunos libros deben leerse sólo en parte; otros deben leerse, pero no con minuciosidad; y algunos pocos deben leerse enteramente, con diligencia y atención […] También hay libros que pueden leerse por delegación, y otros pueden extractarse por un tercero; pero esto solo conviene en argumentos de menor importancia y en libros de menor categoría; de otro modo, los libros destilados son como las aguas destiladas comunes: cosa insípida y desvaída», Francis Bacon, «De los estudios»

«En este libro se aprende a leer, se aprende a leer de manera lenta, profunda, atenta, circunspecta, con segundas intenciones, con puertas abiertas y los dedos finos. Amigos míos, esta obra exige una cosa de vosotros, que quizá no la hayáis aprendido todavía: un arte de leer que está a punto de perderse. Es un arte que exige hoy, más que nunca, casi lo mismo que exigía para los antiguos lectores de poesía: la rumia, la digestión lenta, el detenerse ante cada frase, la descomposición de cada palabra. Leer lento es leer dos veces, tres veces, diez veces. Solo así el texto revela su arquitectura secreta, sus ritmos interiores, su pensamiento más delicado y su veneno más sutil. Y no tengo prisa alguna. Yo, maestro de la lectura lenta, considero una virtud el no pasar de página hasta haber sorbido de ella la última gota de sentido. Toda lectura apresurada es lectura perdida», Nietzsche, «La gaya ciencia», § 381: “Elogio de la lectura lenta”.

«Uno aprende con los años a reconocer, incluso antes de abrir un libro, si merece ser leído. El título, el índice, la bibliografía, la manera en que el autor ha distribuido los capítulos, las notas al pie o la ausencia de ellas, todo ello constituye una suerte de perfil genético del libro. A menudo bastan diez minutos de inspección para saber si un libro es competente, mediocre o indispensable.

Este examen preliminar no sustituye a la lectura, pero la orienta, la prepara, la purifica. La lectura verdadera empieza cuando el lector ha eliminado, con esa primera mirada, toda expectativa vana. Es entonces cuando el libro habla con su voz propia y no con la que nosotros imaginábamos. Y si merece ser releído, entonces ya no es un libro: es una habitación más de nuestra mente, un pasillo de la biblioteca interior que se amplía cada vez que volvemos a cruzarlo», Umberto Eco, «De Bibliotheca. De los espejos y otros ensayos».

«Leer de verdad significa escuchar. Escuchar una voz que viene de lejos, del pasado, del otro, y que exige de nosotros un silencio activo. No hay lectura verdadera sin una disposición de reverencia, de atención. Un libro que merece ser leído exige ser interrogado.

Primero lo abrimos con cautela, después lo seguimos con confianza, finalmente lo enfrentamos con lucidez crítica. La lectura es un proceso en tres tiempos: reconocimiento, acompañamiento, combate. Todo gran lector sabe que el libro sólo se entrega después de la tercera fase, cuando ya no lo contemplamos, sino que discutimos con él, lo contradecimos, lo incorporamos», George Steiner, «Lenguaje y silencio».

«Antes de comenzar la lectura profunda de un libro, el lector debería concederse un plazo razonable para efectuar una lectura de inspección: abrir el volumen, examinar su prólogo, recorrer su índice, detenerse brevemente en los capítulos principales y sondear algunos pasajes. Esta exploración preliminar no pretende sustituir la lectura, sino orientarla: permite comprender la arquitectura general de la obra, descubrir su intención fundamental y advertir si merece una atención más rigurosa. La lectura analítica, en cambio, exige del lector un esfuerzo sostenido. No se trata solo de seguir las frases, sino de identificar cuáles son las preguntas a las que el autor intenta responder, cuáles son sus afirmaciones esenciales y cómo las sostiene. El lector debe reconocer no solo qué dice el autor, sino también cómo lo dice, qué estructura organiza el argumento, y qué supuestos lo sustentan. Esta forma de lectura convierte el libro en un objeto de estudio: se lo desarma, se lo clasifica, se lo compara consigo mismo para reconstruir su lógica interna. Pero la forma más elevada de leer es aquella en la que varios libros se ponen en relación entre sí. La lectura sintópica obliga a consultar diversas obras sobre un mismo problema, no para adoptar la opinión de un autor, sino para confrontarlas, ordenarlas, contradecirlas si es preciso y, finalmente, para llegar a comprender el asunto mejor que cualquiera de los autores considerados aisladamente. Esta lectura comparativa y paralela es la más difícil, pues convierte al lector en juez entre autores y no en discípulo de uno solo. Requiere una mente que no se limite a recibir ideas, sino que sepa relacionarlas, clasificarlas y superar sus aparentes contradicciones. Solo así se alcanza la forma madura de aprender mediante los libros», Mortimer Adler, «Cómo leer un libro».