Ad hominem 49

«Si me dieran a elegir entre leer y escribir, elegiría siempre leer. La lectura es la forma más íntima de la amistad: uno entra en la conciencia de otro, pero sin estorbarle. Cuando leo, soy libre; cuando escribo, en cambio, estoy atado al deber, a la responsabilidad de esa página en blanco que exige un orden. Leer es una felicidad más honda, más secreta, más parecida a la de estar vivo sin tener que justificarse. Escribir, en cambio, me obliga a justificar lo que soy», Borges.

«Si yo pudiera, viviría entregado únicamente a la lectura. En los libros encuentro un reposo que la escritura me niega. Leer es recibir; escribir es desgarrarse. La lectura, cuando es profunda, me vuelve un contemplador; mientras que la escritura me convierte en un obrero que suda, que se golpea contra la frase que no quiere ceder. A veces pienso que nací para leer, y que la escritura es un castigo accesorio», Flaubert.

«¿Qué otra cosa deseo sino leer? Leer sin interrupción, leer sin obligación de producir nada. Cuando leo, todo parece tener un sentido secreto; cuando escribo, en cambio, debo inventarlo. La escritura me disloca, me exige, me vacía, mientras que la lectura me eleva a un territorio donde no soy responsable de nada. Si la vida fuera sólo leer, quizá yo sería un poco más tolerable para mí mismo», Kafka.

«No escribo para tener libros; escribo porque los libros que leo me obligan. Confieso que hay días en que preferiría perder todo lo que he escrito con tal de conservar todo lo que he leído. La lectura me transforma más que ninguna página mía: me sacude, me agranda, me irrita, me pone frente a mis flaquezas. La escritura, en cambio, me estrecha, me vuelve calculador, me convierte en alguien que mide cada palabra. Si fuese un hombre libre, solo leería», Elias Canetti.

Ad hominem 48

Me siento vacío, pero no es un vacío limpio, sino uno lleno de basura, de fragmentos rotos que se niegan a convertirse en palabras. Cada frase que intento trazar se retuerce, pierde su sentido, se burla de mí y se transforma en un monstruo abyecto. Y sin embargo, el no escribir es todavía peor: me siento corroído por dentro, como si me tragara a mí mismo. Nada me pesa más que mi propia incompetencia. Vivo en la tensión perpetua entre la necesidad y la imposibilidad.

Me avergüenza mi propia esterilidad, y, sin embargo, me asfixio si no trabajo. Esta lucha me destruye: siento que el talento existe, pero que se me escapa entre los dedos. Todo lo que escribo me parece falso, indigno. No es que no tenga qué decir: tengo demasiado, y todo se obstina en permanecer informe. ¡Qué tortura esta de querer encontrar la palabra justa y no hallarla! Estoy como un alquimista que busca oro en el barro y solo encuentra barro. No hay mayor miseria para un escritor que sentir la lengua paralizada, ver cómo la idea brilla en la mente y se pudre en la página. A veces temo que la literatura me haya abandonado para siempre.

Quiero escribir, pero todo lo que escribo parece un eco desvaído, un murmullo sin fuerza. Es como si el pensamiento estuviera atrapado en una red invisible. La mente se mueve, pero la mano se queda suspendida, vacilante, inútil. Me frustra esta impotencia, este estar lleno de frases que no encuentro manera de pronunciar. Cuando intento trabajar, las frases se quiebran, se vuelven enemigas. Nada se deja modelar. Entonces me desespero: quiero escribir porque es mi manera de existir. Pero hay días en que la existencia me rechaza como un cuerpo extraño.

Sí, hay días enteros en los que no consigo escribir una sola línea que no quiera después destruir. Es como caminar sobre un pantano: cada paso es un hundimiento. La terrible fatiga de crear me pesa como un hierro al rojo. No puedo explicar este estado más que comparándolo con una enfermedad: uno está consciente, lúcido, pero inválido. A veces paso semanas sin lograr escribir nada que valga la pena. No es falta de deseo: es un bloqueo que nace de la intensidad misma. Cuando siento demasiado, no consigo traducir nada. Me quedo suspendido, como si tuviera una emoción enorme, pero sin palabras.

Ad hominem 47

Cuando escribo, mi cerebro encuentra una especie de válvula de seguridad. Si no escribiera, literalmente tendrías síntomas físicos: inquietud, ansiedad, saturación, dolor muscular, mareo interior. Mi yo sólo adquiere contorno cuando escribe, solo se desarrolla frente a la funesta manía de escribir. Al escribir «creo ser»: a veces me devora la sensación de no tener forma. La escritura es mi único yo real.

Mucho mejor que yo lo explicaron los genios. Kafka, en carta a Max Brod (1922):

«Escribir es para mí una forma de oración. No escribo para el público ni para la gloria: escribo porque, de no hacerlo, me sofocaría. Todo lo que no escribo se convierte en una llaga que me duele dentro del cuerpo. No tengo otro modo de existir más que este: poner en palabras aquello que si permaneciera dentro de mí me haría estallar. La literatura no es una profesión, sino una maldición y, a la vez, una salvación. Escribo porque el espíritu exige una salida, y porque me niego a vivir en silencio».

O Clarice Lispector, en sus «Diarios»: «Escribo como quien en la oscuridad palpa una pared para no caerse. Escribo porque tengo necesidad de comprender lo que mi propia vida me oculta. La escritura es mi única manera de asirme a mí misma. Cuando no escribo, siento que desaparezco, que mi existencia se torna invisible. Escribir es un llamado que no puedo desoír, un mandato tan implacable como el hambre. Escribo para no perderme, para no olvidarme, para no morir antes de tiempo».

Pessoa, en el «Libro del desasosiego»(fragmento 209): «Escribo por liberación, porque si no lo hiciera, mi alma se ahogaría dentro de mí. Escribo para olvidar la vida, para la cual no fui hecho. Escribo porque soy un enfermo del pensamiento, un habitante del intersticio entre el sueño y la vigilia. Escribo porque no sé sentir de otra manera. Todo en mí busca la palabra, como si las palabras fueran mi única patria. Si dejo de escribir, me disgrego, me diluyo, desaparezco».

Si pudiéramos resignarnos a la realidad, conformanos con lo común, adaptarnos a lo habitual, no tendríamos necesidad de literatura. Pero hay en muchos de nosotros una inquietud insaciable, un desajuste, un monstruo con fijeza de ojos verdes, un malestar que solo la escritura calma durante un instante. El que escribe es alguien que intenta sobrevivir a sí mismo. La idea es evidente: o escribo, o me muero.

Apresar lo informe y darle un hilado de tapiz. Atravesar la niebla, salir de la niebla con un yo más completo que antes. No escribo para entretener, ganar dinero ni con propósitos sociales o políticos. Escribo empujado por fuerzas incontrolables, escribo aunque nadie escuche, aunque nadie lea, aunque todo parezca inútil. Escribo porque no escribir sería traicionarme, envilecerme, arrastrarme por el fango. La literatura puede ser muchas cosas, menos un pasatiempo de dominguillos. Si no escribo soy un perro sarnoso abandonado en las esquinas más sucias y pobres de la ciudad.

Como dijo el hoy muy olvidado Domingos de Lencastre (1704–1766): «He intentado muchas veces dejar de escribir, y cada vez que lo he hecho, un malestar intenso se apoderó de mí, como si me faltara el aire. El escritor es un esclavo voluntario: se entrega a su tarea porque sabe que fuera de ella solo encontrará una confusión e insoportable caos. Cuando escribo, todo se ordena, todo adquiere un lugar en el gran universo de las cosas. Mas cuando no escribo, me disperso, me fragmento, me vuelvo un espectro de mí mismo. Así comprendí que la escritura no es una elección, sino un destino. Y quien intenta huir de su destino, se apena y extravía».

Ad hominem 46

Estoy solo, tan solo que a veces tengo miedo de oír mis propios pasos dentro de mí. La soledad es mi compañera inevitable, un animal silencioso y peligroso que vigila cada uno de mis movimientos. Ella me obliga a mirarme con un espejo que no perdona. Cada gesto humano me parece inútil, cada palabra o ternura humana, un error. Cuando me adentro demasiado en mi soledad, encuentro una especie de vasta habitación blanca, fría, sin muebles, sin ventanas, con leves marcas de heces en el mosaico del suelo, donde retumba mi nombre como si viniera de lejos. Y allí me dejo estar, sin saber si soy todavía yo o apenas un eco que insiste en repetir algo que no entiende en absoluto.

Me gustaría que la soledad me proveyera de una rara sabiduría. Un reino que, pese al peligro, fuera amparo. Una profundidad fértil. Una fuente inagotable de lucidez. Pero no es el caso. Inmóvil como una piedra en el fondo del río, me ahogo. El silencio profundo me rodea con su fondo de sangre. Estoy en un territorio donde la lengua se detiene y donde el pensamiento baja a la sima de sí mismo. Allí, en el silencio y la terminante y compacta soledad, uno oye las huellas de sus recuerdos y el rumor muy tenue de lo que aún no existe; así brota y se desarrolla mi locura.

Solo descubro mis límites y mis excesos. Descubro que estoy vivo de un modo extraño, como si todo lo que soy estuviera suspendido en un hilo muy fino, a punto de cortarse a la menor excusa. Pero también descubro algo más: que, pese a mitologías de filosofías, no soy capaz de escuchar el pequeño latido de lo que todavía no sé decir, no sé articular una originalidad expresiva, no sé poner en palabras mi vida. Me asfixio. El aire denso y subterráneo me ahoga.

No, no me gusta, me hace mal mi soledad silenciosa. Pese a que esté condenado a vivir toda la vida en ella.

Ad hominem 45

Soy un tipo hecho de sensaciones súbitas, de ráfagas de luz y sombra, de voces (a veces imaginarias) que vienen de muy lejos. No tengo una sustancia fija: cambio, oscilo, vibro; me fugo de una esencia permanente. Mi mente es un estanque sobre el que apedrea un granizo continuo de impresiones. A veces me observo como desde un acantilado y me digo: éste soy yo, esa serie de movimientos, ese temblor infame. Y otras veces no me reconozco en absoluto. Todo en mí es tránsito y remolino. Nada y nadie.

Estoy hecho de miedo, de locura, de escrúpulo y de un sentimiento de insuficiencia. Habito más el pensamiento que el mundo. Me he sentido desde joven como alguien que vigila y traduce, que toma el pulso a las ideas y escucha la respiración o trama de los siglos, y poco el flujo de la vida. Apenas sensitivo. No sé quién soy. Dicen de mí que soy noble y bonachón, pero percibo que vive dentro de mí algo abyecto, una tara, una rata. Soy solitario, gordo y tristón.

Ad hominem 44

Seguramente, entre los peores poetas de la historia, se encuentra Ulperto de Abenuz (1811–1870) Nacido en la comarca portuguesa de Tras-os-Montes, Ulperto se autoproclamó “el Shelley de Braganza”, aunque no sabía inglés y pensaba que spleen era un tipo de bacalao seco (confidencia de su sobrino Teófilo)

Escribió poemas encendidos a su prima Leocádia, comparando su amor con embutidos, guisos y potajes locales.

Una muestra de su desinhibido verso:

«Tu amor me aprieta la vida
como una morcilla ardida».

«Ella era blanca, muy blanca, tan blanca
que parecía harina en saco».

«Tus ojos son dos faroles
que alumbran mis sinsabores».

«Leocádia, flor de repollo,
que guiso, amo y como».

«Como un cocido bien hecho
te robo un beso.
Amor, a lo hecho, pecho».

Estos versos, que hoy provocan una risa difícil de contener, fueron leídos en su época con una mezcla de estupor, ternura y vergüenza ajena.

El crítico Fructuoso Magalhães, en su célebre panfleto «Observações sobre um Desastre Lírio» (Oporto, 1856), escribió: “Ulperto confunde a mulher com o porco, a paixão com o tempero, o suspiro com a cebola dourada. Não é poeta: é um cozinheiro sentimental sem noção de metáfora”.

Más duro aún fue Tomé da Cunha e Silva, en «A Desolação Estética de Tras-os-Montes» (Lisboa, 1862): “Ler Ulperto é assistir a um cozido mal cozido. Primeiro cheira bem, depois cansa, por fim dá azia”.

A pesar de ello, Ulperto perseveró. Ignoró críticas, burlas y advertencias.

Un poeta cuyo verso terrible es una oscura obra maestra involuntaria del desastre cómico. Fue tan malo que creó un género.

Honores a Ulperto.

Ad hominem 43

VARIACIONES A UN POEMA DE GINSBERG

En mi hambriento cansancio,
en busca de imágenes que comprar,
entré al supermercado de
neón, soñando con fantásticas
enumeraciones…

¡Qué melocotones y qué
penumbras! ¡Familias al completo
haciendo la compra!
¡Pasillos llenos de maridos!
¡Esposas donde los aguacates,
bebés donde los tomates! —¿y tú,
poeta aldeano, qué estabas
haciendo allá abajo, junto a las
sandías melancólicas?

Veo maricas hurgando entre
las carnes del refrigerador y
echando el ojo a los muchachos
de las verduras.
Oigo a chicos guapos intentar ligar
con jóvenes muchachas rubias:
«¿Qué valen los plátanos?
¿Vienes mucho por aquí?»

Brillantes montañas de
latas te siguen: pasta, legumbres,
conservas, congelados, platos preparados;
artículos de limpieza me vigilan,
igual que me vigila el agente de seguridad.

Todo está dispuesto:
el orden perfecto de los objetos pulimentados,
las latas brillantes como exvotos,
la leche prometiendo infancias gozosas.

No compramos comida:
compramos espejismos en un azul desierto.
Compramos la ilusión
de que la vida puede organizarse
en secciones y órdenes exactos.

Y, sin embargo,
en el fondo de esta cueva de Alí Babá
late una verdad antigua:
somos criaturas frágiles
pidiendo abrigo,
vagamos por los templos de la cantidad
con la nostalgia del hambre…

¿Caminaremos acaso soñando en
la perdida humanidad del amor
mientras pasamos junto a rojos
automóviles aparcados en
el parking, ya de camino
a nuestra silenciosa casa?

Ah, humeante ribera del consumo,
demasiado peligrosamente,
demasiado humana…

NOTA: Este poema ha sido compuesto por Christian Sanz con la colaboración creativa de una IA de ChatGPT, cuyo apoyo técnico y estilístico agradezco sinceramente. Rareza en nuestra literatura, de coautoría -por tanto- tanto humana como de IA. Ojalá algún día figure en una antología sobre nuestras letras.

***

«En la sociedad líquida, el supermercado ha sustituido a los antiguos lugares de reunión y de rezo, porque ofrece lo que ninguna institución tradicional puede garantizar: una felicidad inmediata, tangible, repetible. Allí, entre pasillos que nunca duermen, el individuo siente que la promesa del bienestar está a su alcance. No se trata de la posesión del objeto, sino de la sensación de posibilidad incesante. El placer de elegir, de comparar, de añadir algo al carro, contiene más consuelo que la mayor parte de los discursos sobre el sentido. El consumidor feliz no es el que compra, sino el que sigue buscando», Zigmunt Bauman.

«El supermercado no es sólo un espacio comercial: es un escenario afectivo. Allí las luces, los colores uniformes y la inmensa repetición de productos producen una extraña calma. En los pasillos, donde cada cosa tiene un lugar y cada marca una identidad reconocible, la vida parece menos caótica. Uno empuja el carrito con la sensación de que, por unos minutos, los ruidos del mundo exterior quedan suspendidos. No se va a comprar únicamente: se va a recuperar la ilusión de orden», Don DeLillo.

«El supermercado encarna la forma ligera de felicidad propia de las democracias de consumo. No exige compromiso, no reclama tiempo ni esfuerzo: basta entrar, recorrer los pasillos, dejarse llevar por el juego de las promociones, tocar los productos, comparar precios, añadir algo al carro, sentir la falsa plenitud de la abundancia. La felicidad allí no es fuerte ni profunda, pero sí accesible, frecuente y socialmente compartida. Es la euforia simple de un mundo que promete sentirse bien sin tener que pensar», Lipovetsky.

«El supermercado, como los centros comerciales que lo rodean, es una utopía climatizada donde la sociedad se piensa feliz. Allí todo es limpio, pulido, ordenado, sin conflictos visibles. Los pasillos son corredores sin historia, diseñados para que la vida parezca sencilla. Las personas se deslizan sin urgencia, sin mirarse demasiado, envueltas en una luz constante que elimina las sombras. Si alguien me preguntara dónde reside hoy la idea de bienestar, señalaría esos lugares: templos sin dioses donde la felicidad se compra en envases brillantes», J.G. Ballard.

«En el supermercado cada objeto tiene una etiqueta, un número, un precio, un código. Nada se esconde, todo está previsto. Y es precisamente esa previsión la que produce una especie de alivio. El mundo, fuera, es caótico; dentro, cada estante, cada anaquel, cada frasco parece garantizar que todavía es posible la coherencia. Quizá por eso tanta gente siente allí una felicidad tranquila: porque durante unos minutos, la realidad se vuelve legible», George Perec.

«Observé, no sin cierta perplejidad, que el vulgo encuentra en los tenderetes bien ordenados una especie de alivio que jamás logra en las prédicas. No es que la mercancía otorgue dicha, sino que distrae del infortunio. Y para muchos, distraerse equivale a ser feliz», Silvestre de Valdearenas (1734–1799)

«¡Ay del hombre que acude al mercado buscando delicia! Allí no hallará sino el fango del alma. Porque quien compra no adquiere bienes, sino cadenas de cieno. El mercader ofrece el fruto de la perdición, y el comprador, como un necio, extiende la mano para tomarlo. Mejor es dormir con hambre que despertar esclavo del precio», Frater Anselmus de Borealibus (ca. 1210–1274), «De Ruina Mercatorum».

«El que acude al mercado por necesidad es hombre; el que acude por gusto es ya medio demonio. Porque al demonio le place lo que brilla y engaña. Y todos los tenderetes del mercado son espejos del mismo engaño: cada objeto promete lo que no cumple, y cada comprador cree lo que no entiende», Abbot Theodericus de Bravium(1222–1277), «Homiliae de Manu Vacua».

Ad hominem 42

Pensar… ¿qué es pensar? Un vaivén interminable, un oleaje que nunca llega a la orilla. Pensar es un acto tan extraño que a veces temo -permítanme la exageración- estar abusando de él. Se instala en mí como una enfermedad, pero una enfermedad deseada. Todo se retira para dejar paso a una sola corriente que se impone. Uno intenta agarrar una idea y ésta se disuelve como espuma. Luego otra se acerca, se eleva, murmura algo casi audible y vuelve a perderse. No hay descanso posible en ese mar delicado y cruel que es la mente.

Cuando pienso, cierro las puertas, bajo las cortinas, apago la luz: me encierro en mí mismo. El pensamiento exige un cuarto hermético, sin ventanas al mundo, donde el tiempo se adormezca y solo las ideas respiren, como animales viejos.

Montaigne, «Essais», II, 10: «Mis pensamientos se me escapan si intento atraparlos; van más rápido que yo. Los dejo correr, como quien deja suelto a un caballo. Yo los sigo con el paso que puedo; a veces me adelantan, a veces se pierden, pero siempre me conducen por caminos que no había previsto». Flaubert, en carta a Louise Colet, 7 de abril de 1853: «La cabeza me arde como si dentro hubiera una fragua; y no obstante, no siento movimiento alguno. El pensamiento no hace ruido: trabaja en la sombra, obscurece la sangre, se apodera de cada rincón y de cada vaso como una fiebre muda. Cuando pienso, no vivo: me abandono, me hundo, me disuelvo. Y sin embargo, esa disolución es la vida misma».

Veámoslo en un tipo de pensador especialmente intenso: el matemático. Henri Poincaré, «Science et méthode»: «Es en los momentos en que mi espíritu parece totalmente inactivo, en los que dejo de luchar contra un obstáculo, cuando las ideas surgen, se ordenan, se encadenan. El trabajo consciente prepara el terreno; el inconsciente hace el resto. Luego el pensamiento reaparece, iluminado, como un paisaje visto tras disiparse la niebla. Pensar en matemáticas no es forzar la máquina, sino esperar con paciencia a que una armonía oculta se revele». David Hilbert, conferencias de Königsberg, 1907: «Cuando realmente trabajo, desaparece el mundo: no oigo nada, no veo nada, no deseo nada. Una fórmula se apodera de mí y exige toda mi alma. Puedo pasar horas en un solo símbolo. Pero ese símbolo es un universo, y si uno entra sin temor, acaba por revelar sus secretos». G. H. Hardy, «A Mathematician’s Apology»: «Cuando un matemático piensa de verdad, no calcula. Contempla. Está frente a un objeto que solo existe en la mente y que, al mismo tiempo, le supera. Pensar es entonces afinar el alma para que pueda percibir la estructura de algo que no pertenece al mundo físico».

Kurt Gödel, recogido por Hao Wang en «Reflections on Gödel»: «Las matemáticas, cuando se las piensa con suficiente profundidad, conducen a una región donde la mente ya no distingue entre lógica y filosofía, entre símbolo y ser. Pensar con intensidad equivale a arriesgarse al abismo: uno siente que la razón misma empieza a tambalearse bajo la presión de lo infinito». Paul Erdős, conversaciones recogidas por Ronald L. Graham: «Cuando estoy pensando, el tiempo desaparece. Como mucho, oigo un leve zumbido: es el ruido del universo calculando. Las ideas vienen como un enjambre; hay que atrapar a las buenas antes de que huyan. Pensar es entrar en el Libro del que siempre hablo: ese donde Dios ha escrito las pruebas perfectas».

Alexandre Grothendieck, «Récoltes et semailles»: «Para pensar en matemáticas debo dejar crecer una jungla entera bajo mis pies: árboles, malezas, ríos, criaturas extrañas. Solo cuando ese mundo exuberante está completo, puedo caminar por él y descubrir el camino que buscaba. Un matemático no fuerza una idea; la cultiva y la deja madurar». John von Neumann, en notas de sus conferencias en Princeton: «Una vez que uno piensa con suficiente intensidad, la mente deja de sentirse humana. Se convierte en un instrumento extremadamente afinado que opera en un ámbito más amplio que la experiencia. Lo que llamamos “pensar” es, en rigor, observar cómo una estructura se despliega dentro de nosotros sin haber sido invitada».

Pensar, colores tapados con un manto, conversación en una esquina de Alejandría. Ojos de lince, la mejor música coincidente por igual con vigilia y sueño; la agudeza y lo vegetativo, el oleaje y el mirador. Golpear con un martillo de oro.

Ad hominem 41

Quizá algunos conozcan a Aurelianus von Falkenberg (1903–1987), el Bibliófilo Absoluto, el obseso devorador de papel, el hombre que no vivió: únicamente leyó.

Pero no leía con los ojos, sino con toda la energía de los ojos de la memoria y la pasión. Se diluía en las estanterías como un perfume antiguo. Sus libros no pretendían formar su espíritu: eran su mismo espíritu. Aurelianus amaba su biblioteca como una memoria pasada convertida en promesa de futuro. No leía para aprender, sino para respirar, para ser y existir. Entre los miles de libros que poseía, no hay uno solo que no fuera tocado, interrogado, amado o -a veces- rechazado con una intensidad furiosa. Leía como vivía: dejándose llevar por el gusto, por la curiosidad, por el impulso secreto de la inteligencia. Y por eso su lectura era tan verdadera. Leía no meramente para acumular conocimientos, sino para mantenerse despierto, real. Por sus venas no corría sangre, sino la savia de las letras de las palabras.

Se le podría aplicar lo que escribió Steiner en «Errata»: «He amado los libros con una intensidad que a veces me ha asustado. Hay libros que no he podido terminar porque temía el vacío que vendría después de la última página. Hay libros que he tocado como se toca un cuerpo querido, con una mezcla de reverencia y temor. El lector que se deja atravesar por un texto sabe que cada libro puede cambiar su vida, arrancarla de cuajo, trastocar su respiración. Ser lector es aceptar este riesgo. No hay lectura inocente».

Su biblioteca, una de las más delirantes que conoció el siglo XX, contenía 37.000 volúmenes, 128 incunables, 4 ejemplares únicos, 1 edición príncipe del «Hypnerotomachia Poliphili» que nunca se atrevió a abrir por respeto, 600 manuales de encuadernación del siglo XVIII, y 1.200 libros cuya compra no recordaba. Aurelianus poseía un temperamento obsesivo, ceremonioso, ritualista. No abría un libro sin guantes. No aceptaba visitas si no llevaban calzado blando para no alterar la acústica de los lomos al crujir. No soportaba que alguien hojease demasiado rápido. Aurelianus ni cató ni picó hembra, murió, respecto al sexo, completamente intonso. Nunca jugó al fútbol. Nunca trepó a un árbol. A los siete años, corrigió a su padre la fecha de edición de una Biblia de 1683. Nunca viajó.

Todavía existe disputa sobre si fue un monstruo o un angélico Dios.

Ad hominem 40

Los mejores poemas que leí en mi vida no los encontré en una biblioteca, ni en una editio princeps, ni en Gredos, ni en Oxford Classical Texts, sino en retretes o lavabos de discotecas, bares, pubs y lugares públicos.

En la discoteca Atlántida, de Sitges, escrito en la puerta del baño con rotulador negro, leí: «Que le vaya bien al que ama. / Que perezca el que no quiera amar. / Y que perezca el doble». Asombroso. En la estación de Sants, antes de que privatizaran los lavabos, encontré esta maravilla: «Aquí chupé muchos penes. / Aquí me encularon muchos. / Por qué lo hago, quizá te preguntas: / el placer solo guia mi virtud». Y en los aseos de la Biblioteca Nacional, hallé lo más extravagante, ¡un grafito erótico helenístico! Escribió el anónimo erudito, sin traducir: «Καλλίστης εἰμί μανίας.», «Soy la locura más hermosa».

También recuerdo ripios memorables y jocosos: «“No soy poeta ni espero, / pero aquí me inspiro entero”. «Quien aquí planta un pino / después se menea el pepino”, «“Estudio poco, duermo mal; / chúpamela, que cateo igual”.

En fin, todo excelentes muestras de «Lírica Parietal”, poesía escrita en paredes, del latín «paries» (pared)

Nada describe mejor a un pueblo que lo que escribe con prisa en un baño. El genio de los poetas anónimos entre olor a orines.