Ad hominem 39

Mael Senedorf (1899-1978), el escritor de la frase infinita. Mael Senedorf nació en Friburgo en 1899, hijo de un ingeniero suizo y una profesora de piano. Ya de niño mostraba una vocación enfermiza por la exactitud. Vivió toda su vida en una buhardilla de Sankt Gallen, rodeado de diccionarios, variaciones y versiones mutiladas de la misma frase. Nunca llegó a escribir un libro. Solo una frase. Siempre la misma.

Admiraba a Flaubert, pero le parecía “poco riguroso”. A Valéry lo consideraba “un apresurado”. De Thomas Mann decía: “demasiada prolijidad”. Y cuando leyó a Kafka anotó: “interesante, pero sin calibración”. Senedorf afirmaba: “La frase perfecta existe, pero exige la vida entera”. Y por eso dedicó 8 horas diarias, 6 días por semana, durante 53 años, a escribir y corregir la misma frase.

De aspecto ascético, pulcritud excesiva, mirada fija y sostenida. Hablaba con lentitud quirúrgica, como si cada palabra fuese un bisturí que hubiera que afilar previamente. Su obra se resume en 3.842 variantes manuscritas de la misma frase, 1.127 versiones mecanografiadas, 14 cuadernos de anotaciones colaterales, 0 publicaciones.

Se puede consultar su «obra» en la Universität Sankt Gallen – Zentrumsarchiv für Sprachpathologie und Literarische Devianz (ZSLD) Dirección: Guisanstrasse 12, 9000 St. Gallen, Schweiz. Fondo documental: Nachlass Mael Senedorf. Código de fondo: ZSLD–NS/47

Ad hominem 38

«Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. Debes confesar ante ti mismo si morirías si te prohibieran escribir. Y si la respuesta es afirmativa, entonces tu vida debe adoptar esa dirección. Escribir es como respirar: algo que se hace sin esfuerzo y sin sufrimiento, porque nos es tan natural como la vida misma», Rainer Maria Rilke, «Cartas a un joven poeta». O Cortázar: «Yo escribo porque me divierte, porque me da placer físico. Cuando una frase cae en su sitio siento un bienestar casi corporal, como si hubiera bebido un buen vino. Nunca me identifiqué con la idea del escritor sufriente. Escribir me alegra, me acompaña, me justifica». Y Bradbury: «Escribir es para mí la más grande diversión del mundo. Si fuera tormento, ya lo habría abandonado hace décadas. La escritura es alegría, impulso, necesidad, una explosión de vida. Uno debe amar escribir más que a sí mismo».

Yo escribo para estar bien, no para sufrir ante la página. Claro que hay momentos difíciles en la escritura, momentos es que escribir se aleja de la fiesta -orgía- perpetua (no logras esa cadencia interior que te llama, el adjetivo o el giro es trivial y mecánico, las frases no encajan, no se ordenan con tu idea, la escritura no fluye etcétera)

Siento miedo los días que no escribo, pero escribir me provee de una vida y alegría exuberante. Sé que una línea o un párrafo se abandonan, y que son susceptibles de una corrección eterna. Sé que en una gran cantidad de escritores se agazapa el perfeccionista neurótico, pero, a mi juicio, no debemos afrontar la escritura como un drama permanente, sino como un acto natural y fisiológico, lejos -acaso- de las obsesiones flaubertianas, y de las correcciones interminables proustianas.

No sufro ante el papel en blanco. Disfruto como un enano. Acaso la calidad de mi escritura se resienta por ello. No lo sé.

Ad hominem 37

El primer café de la mañana es una manera de organizar el mundo. Antes de beber, no soy más que un conjunto de pensamientos dispersos; después, soy voluntad, reciedumbre. Hay en ese líquido negro una rigidez que me alcanza, una lucidez que se despliega en mí como un ala fría y medida. Con él empieza el día, no porque me despierte, sino porque me ordena.

Después del primer sorbo, ya estoy condenado a escribir. El sabor amargo es el gusto de la propia existencia, una claridad que hiere y consuela. Mientras bebo, siento que la vida me observa, silenciosa, desde el fondo de la taza. Y cada sorbo es una breve comprensión del día que empieza y que, sin pedirlo yo, me pedirá todo. Medio despierto, medio libre, medio esclavo de la escritura, antes de que el deber y el ordenador me llamen

Ad hominem 36

Ayer estuve todo el día en librerías de viejo y de lance en Santiago. En esas tiendas de libros usados tengo la irreprimible, la unívoca impresión de que el tiempo no ha transcurrido del todo; que se acumula en los rincones como una materia lenta y metafísica. Toco un libro y una vibración lejana me alcanza, como si en el papel persistieran los ecos de quienes lo han poseído. Esos lugares son cámaras de resonancia: cada hoja es el polvo dorado y fértil de una vida.

Voy tocando los volúmenes como quien palpa reliquias sumergidas. Y si compro demasiados libros no es por vanidad, sino para preservar la posibilidad infinita de que uno de ellos me diga algo que aún ignoro, pero que deseo saber. Las librerías son mis gimnasios y palacios mentales. Camino entre los libros para sentir cómo mi inteligencia se expande, se irrita, se excita, se tensa y vibra. Los libros no están ahí para calmarnos, sino para iluminarnos con sus descargas nucleares. Una librería es una máquina de visión. Salgo de ella no más culto, sino más vivo, más rigurosamente lúcido, más desprejuiciado y libre, más incandescentemente vivo.

Busco entre las estanterías como quien rebusca en trincheras: a ver qué sobrevivió, a ver qué cadáver respira todavía y debo salvarlo. Me detengo entre ellos con la devoción de un médico que revisa pacientes silenciosos.

Aelricus de Montfaucon en un scriptorium-librería de Borgoña (1317) : «Intra bibliopolium quasi in speluncam temporum: libri ibi non stant, sed vigilent. Tangere volumen est tangere vitam alienam, et folia se aperiunt sicut cicatrices veteres. Quem librum eligas, ipse te eligit. In libraria veritas dormit et simul te acecha», “Entra en la librería como en una caverna de tiempos: los libros allí no reposan, vigilan. Tocar un volumen es tocar una vida ajena, y las hojas se abren como cicatrices antiguas. El libro que eliges es el que te elige. En la librería la verdad duerme y a la vez te acecha”.

Borges, siempre el ciego Borges: «Nadie puede leer todos los libros que encierra una librería antigua; pero es delicioso imaginar que lo intenta. Divago entre los estantes como un hombre que recorre los sueños que no ha tenido, y cada tomo es una puerta a un tiempo que no me pertenece. Tal vez leer sea esto: saberse intruso en la memoria ajena».

Ad hominem 35

La estancia en la biblioteca es menos una cura que un descenso geológico a las capas más hondas del espíritu. No fluyo, floto, en estado de suspensión lento. Me demoro en los estantes. Cuando abro un libro, las frases parecen mezcladas con el polvo, cubiertas por una pátina imperceptible. Leer es una manera de entrar en los espacios de la memoria, donde cada objeto, por insignificante que fuese, es un receptáculo del pasado.

Leo, no porque quiera, sino porque debo; y el deber es el de la fatalidad. Y leo con esa lentitud dolorosa con que se arrastra una criatura herida, sangrando paso a paso entre los arbustos de un bosque. Mi alma es un desierto nocturno donde las miradas son de tristeza, y todo lo que sueño está hecho de ceniza disuelta. Nada en mí avanza. Soy un viajero que nunca partió y que, sin embargo, siempre regresa. Leeré mientras me quede un átomo de vida.

«Yo hojeo los libros, no los estudio: lo que en mí permanece de ellos es algo que ya no reconozco como ajeno; ya no es más que mío. La semilla no queda tan bien sembrada como para conservar su forma primera. Nada hago sin alegría; y la continuidad y la obligación de mantener un mismo pensamiento me irritan y fatigan. Frecuento los libros, más por sus partes frívolas, salvo cuando un autor me caricia por otro lado. Y cuando me siento cansado, lo dejo. Tomo los libros sólo para darme placer, y si ya apenas los leo es porque he aprendido a hacer de mí mismo mi propio libro», Montaigne, «Essais», III, 3 («De trois commerces»)

El mundo es de una tristeza irremediable, pero los elegidos saben hacer de esa tristeza un modo de estar vivo. Con la belleza de su biblioteca y con la belleza de los cuerpos. Amo la belleza y la inteligencia por encima de todas las cosas, y las busqué en los rostros, en los libros y en los cuerpos que durmieron a mi lado. Nada he detestado tanto como la vulgaridad, esa lepra silenciosa.

Sospecho que, más que feliz, tuve una vida cumplida.

Ad hominem 34

Para Fernando Sanchez Esteban

Michel de Montaigne: “Essais”, II, 17: «Hay más erudición en un paseo que en cien libros mal digeridos. He visto hombres que sabían muchas palabras, pero que no sabían vivir. Un libro no enseña a montar a caballo, ni a morir con serenidad, ni a gobernar el ánimo en la desgracia. Prefiero un campesino que haya mirado el cielo con sus propios ojos a un docto que lo haya leído solamente en Plinio». Y Friedrich Nietzsche: “Humano, demasiado humano”: «Los libros son el sepulcro de la experiencia; los lectores profesionales, sus enterradores. Aquel que vive demasiado entre libros termina respirando aire muerto. Nada tan peligroso como confundir la lectura con la vida. El que no arriesga el cuerpo, arriesga el alma». Y eso sin olvidar a D. H. Lawrence: «Los libros son un mal sucedáneo del mundo. Mientras el hombre lee demasiadas páginas, la savia de los árboles se eleva sin él, las estaciones pasan sin él, la mujer amada envejece sin él. La vida no está en las palabras: está en la sangre, en la piel, en la respiración».

Y, muy poco conocidos, Don Jerónimo de la Sima y Téllez (1599–1668): «El ratón de biblioteca, ese infeliz, no mira el campo sino en un grabado, no conoce mujer sino por metáforas y no sabe del mundo más que lo que le soplan los libros viejos ¡Ay del que vive entre pergaminos! Se vuelve pálido como ellos, frío como ellos, inútil como ellos. Y si el hombre fue creado para el trato humano, ¿cómo habrá de agradar a Dios quien se encierra en un arca de papel como un triste Noé sin familia?». O la admonición de Fray Basilio de Carbajales (1472–1521): «El Demonio, Padre de la Soberbia, inventó los libros para tentar al hombre con la palabra muerta ¿Qué mayor blasfemia que preferir las letras del papel a las que Dios escribe en el cielo? He visto a hermanos que, tras abrir un volumen, quedaban turbados, inclinados, ida la mirada, como si un espíritu les soplara en los oídos. No es el saber lo que buscan, sino el veneno suave de la presunción ¡Cerrad los libros, hijos, que allí se esconde Lucifer agazapado entre las líneas!»

Ray Bradbury nos avisó: «No temo a quienes queman libros, sino a quienes nunca salen de ellos. El libro ha de ser un trampolín, no un hogar para siempre». Eduard S. Pennington despreciaba el eruditismo seco: «He conocido hombres que sabían cada línea de los clásicos, y ninguno sabía consolar a un amigo, ni mirar un paisaje, ni perder a una mujer sin decir una cita».

Sépalo el que leyere de más.

Ad hominem 33

Heráclidas de Lampsaco (ca. 234 a. C.), catalogador de manuscritos en la biblioteca de Lampsaco: «Nada turba tanto el alma del lector como una mujer. Donde entra una esposa, salen por la ventana la gramática, la dialéctica y el sosiego».

Barnaby Wexford (1674–1730) Clérigo anglicano, bibliómano, fundador del “College of Modest Libraries”. Predicador abrasivo, lector sublime. Dedicó su herencia a construir una biblioteca de cuarenta mil volúmenes, todos con ex-libris de color azul celeste. Intentó casarse tres veces; las tres prometidas huyeron al descubrir que dormía abrazado a sus encuadernaciones en piel marroquí : «El matrimonio es una sociedad de enemigos; la bibliofilia, un sacerdocio. Quien sirve al altar del papel no puede servir además al fogón doméstico».

Théophile Dourmont (1802–1861) Bibliófilo parisino, crítico feroz, misántropo elegante. Amigo de Nodier y enemigo de todos los libreros. Era famoso por entrar en las librerías con guantes blancos y salir insultando al dependiente por no saber distinguir una Didot de una Caslon. Vivió en un ático abarrotado de ediciones raras de Montaigne. Se le atribuye la frase «Le mariage tue le catalogue». Escribió: «Una mujer se refocila en el odio, nos envilece con su rencor, nos subyuga con su belleza aparente y efímera; una biblioteca exige sobre todo felicidad, y no aburridos diálogos de sobremesa».

Sir Reginald Marsh-Pickering (1827–1902) Excéntrico victoriano (sacaba a pasear gallinas y topos por Londres), coleccionista de primeras ediciones y enemigo declarado del vínculo matrimonial. Aristócrata, pasó su vida persiguiendo primeras ediciones de la literatura inglesa, especialmente novelas “que ninguna mujer razonable querría leer”. Tenía un perro al que llamó Quarto y un jardín que usaba para secar encuadernaciones. Nos advirtió lúcido: «Nada se opone tanto al estudio como un abrazo arrebatado y unas piernas bonitas».

Máximo Caravaggio Belsué (1931–2002) Eminente bibliófilo español. Zaragozano, poseedor de la mayor colección privada de “manuales inútiles” de Europa: guías de alfabetos, catálogos de sellos, índices de archivos desaparecidos. Su mujer lo abandonó en 1964 por monomaníaco intratable. «Las mujeres y los libros… Lástima que ambos exijan ser acariciados con exclusividad absoluta».

Ad hominem 32

Me fascina una Garamond bien aireada, una Baskerville honesta y limpia, una Bodoni con su elegante arrogancia geométrica. Me conmueve una página con buen interlineado, márgenes generosos, numeración sobria y una capitular bien dibujada. He llegado a interrumpir lecturas porque el kerning era indecente. Y no hablemos del papel: offset grisáceo y poroso, no; dame vergé, dame hilo, dame un ahuesado noble que cruje apenas al pasar la página, como si tosiera con discreción inglesa.

Soy, en el fondo, un pobre hombre sin remedio: un bibliófilo de provincias, arruinado de deseos, al que esquivan las mujeres. Carezco de pecunio, de capital, de patrimonio -antes fui rico, ahora pobre, ay triste destino-, pero padezco una enfermedad obsesiva y cara: me gustan los libros… y además me gusto a mí mismo leyéndolos.

Una de mis manías es coleccionar repertorios bibliográficos, esas damiselas tímidas y modosas de la bibliofilia. En mi biblioteca, estoy viéndolos, se encuentran, entre otros:

Alonzo Church, «A Bibliography of Symbolic Logic» (Association for Symbolic Logic, 1936), esa joya maravillosa que intenta abarcar la producción de lógica simbólica desde 1666 hasta 1935.

Los volúmenes de la serie «Ω-Bibliography of Mathematical Logic» (Perspectives in Mathematical Logic, Springer, años 80), donde gentes razonables decidieron que no bastaba la lógica: hacía falta un multivolumen para catalogar la lógica.

La Bibliografía de la literatura española del siglo XIX que va actualizando Enrique Miralles en la Biblioteca Virtual Miralles, una cartografía paciente y obsesiva de novelistas, cuentistas y poetas dieciochescos tardíos y decimonónicos.

Y, para coronar el delirio, manuales y catálogos de literatura inglesa rara, como Lowndes, «The Bibliographer’s Manual of English Literature», con sus noticias de libros curiosos, útiles y raros, fundamento de tanta bibliofilia anglosajona; o catálogos de colecciones como la del Carl H. Pforzheimer «Collection of English Literature 1475–1700», que convierten el simple listado de títulos en un mapa del deseo stevensoniano.

***

Buceando aquí y allá, encontré algunas almas gemelas, hermanos de corazón. Edmund Stapleton Hartley (1819–1887), relojero e hijo de relojero, que se dio cuenta que le interesaban menos los relojes que las cubiertas en tela de los libros victorianos. Hartley publicó un volumen hoy inencontrable: «Hints towards a Universal Catalogue of Neglected Authors», Londres, 1863, en el que proponía listar exclusivamente a los escritores de segunda fila, “pues los grandes se citan solos”. Coleccionaba no tanto libros como rastros de libros: catálogos de librerías cerradas, listas de bibliotecas subastadas, anuncios de novedades ya olvidadas. Un hermano, un querible amigo íntimo en la distancia.

Y Leandro de Villacampa y Lledó (1834-1907), un pequeño funcionario del Ministerio de Fomento y grandísimo enfermo de librerías de lance. Villacampa apenas leía novelas: lo suyo eran los repertorios. Tenía una devoción casi religiosa por los índices de materias y las abreviaturas bibliográficas. En 1878 publicó por suscripción privada un librito delirante, «Ensayo de clasificación de los bibliómanos del Reino de España», que se cotiza actualmente en el mundillo a precios astronómicos. Su ex-libris decía: “Leandro de Villacampa, conde de Nada, señor de sus libros y de su ruina”. Otro espíritu afín a mi corazón.

Un buen destino para mis propios libros sería que vayasen a parar a una paradójicamente conservada bibliografía de libros perdidos.

Ad hominem 31

La noche desciende como una enorme losa de frío estancado, de humedad cómplice, de un silencio saturado que parece fermentar entre los árboles. No hay bordes ni horizontes: sólo aquella negrura viscosa que se desliza entre los helechos y se enrosca en los troncos como un animal furtivo.

Una noche que empieza primero dentro de mí antes de que llegue al mundo. Al principio un temblor, un desajuste invisible de las palabras, como si cada una quisiera salirse de su sitio. Luego, lentamente, el cuerpo va perdiendo su peso y su alma, si es que existe, se hace transparente y vulnerable, como un cristal empezando a derretirse. Fuera, la noche se extendía sin forma, sin propósito, sin centro; pero dentro, en el interior de mi intimidad expuesta, la noche es todavía más vasta: un espejo quebrado donde las emociones se reflejan sin orden, sin la geometría diurna que las mantiene en jaulas delicadamente construidas.

Con gesto sumiso y solemne se despliega una túnica de terciopelo morado. Un inmenso animal de terciopelo avanzando por los pasillos, por los zaguanes, por el vestíbulo, por el comedor, una oscuridad de densidad insólita en el bosque y el río. La noche, en suma, es el único momento en que el tiempo deja de ser tiempo y se convierte en sustancia habitable.

Tal vez sea extraña, misteriosamente feliz.

Ad hominem 30

Dentro de un mes se celebra Nochebuena. Buen momento para recordar a Don Silvestre de Valdearenas (1734–1799), escritor, moralista, clérigo secular y ensayista ilustrado.

Nacido en Ávila en 1734, hijo de un abogado del Consejo de Castilla y de una familia de hidalgos menores, Don Silvestre de Valdearenas estudió filosofía y teología en la Universidad de Salamanca, donde se formó en el tomismo tardío con notables influencias del racionalismo francés. Fue discípulo del jesuita Manuel de Rada antes de la expulsión, experiencia que marcó profundamente su pensamiento moral.

Respecto al tema que nos atañe, escribió en «Sermones domésticos para el cristiano común»: «La Navidad es construir un fuego interior en medio del frío exterior; es el calor del alma triunfando sobre el invierno».

Una idea cálida, optimista y hermosa.