Ad hominem 29

A mi juicio, cualquier partido o movimiento político debería aceptar la autoridad judicial, no desobedecer sentencias desfavorables, no blanquear y proteger a condenados, y nunca eliminar la posibilidad misma de una justicia independiente.

«Si un partido no acepta una sentencia destruye la igualdad ante la ley, erosiona la seguridad jurídica, disuelve la separación de poderes. Un Estado donde los gobernantes pueden incumplir decisiones judiciales deja de ser un sistema democrático y se convierte en un régimen de poder discrecional», Tom Bingham, «The Rule of Law», 2010, pág. 59.

La democracia se basa en que el poder político no puede ser juez de sí mismo. La democracia sin límites judiciales degenera en democracia iliberal, y después directamente en autoritarismo. Véase, entre una caudalosa bibliografía, Juan José Linz & Alfred Stepan: «Problems of Democratic Transition and Consolidation».

Obsérvese que donde el poder político deja de respetar a los tribunales, aparecen abusos, corrupción y persecución del disidente (Venezuela, URSS, Alemania nazi, fascismo italiano, etcétera)

Además: «A state where political parties decide which rulings to abide by is a state that is unpredictable, unsafe, subject to arbitrariness, hostile to investment, toxic to civil coexistence. Judicial independence is an economic and social asset: it guarantees that contracts, property, rights and obligations are upheld. Without it, the rules change according to the convenience of the political power in office», Barry Weingast , “The Political Foundations of Democracy and the Rule of Law”.

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La ley sirve para enfriar el fanatismo. Sin ley, el poder incendia la libertad.

NOTA BENE: Matizar (claro) que la obediencia a sentencias no excluye la crítica democrática a decisiones judiciales (siempre que se acaten y se asuma plenamente su obligatoriedad)

Ad hominem 28

La mañana surge con una delicadeza casi indecisa, como si la luz se hubiera pasado toda la noche dudando entre aparecer o no. Las cosas, aún tibias de sueño, devuelven un perfume violáceo: la madera del comedor, el alegre primer sorbo de café, o las columnas de polvo dorado que ascienden desde lo más hondo de las horas vivas. En el aire, una punzada de melancolía anuncia que el día, igual que cualquier otro día, será un regreso a lo que fuimos siempre.

Pero esa forma modesta de eternidad se desliza segura entre las persianas. La hora en que todo parece posible, el reino de las imaginaciones, las esencias platónicas porque el mundo aún no ha inaugurado sus fracasos. La luz, incipiente, casi un axioma sin demostrar, una claridad que se ofrece fácil y devota. Todo empieza a ser real, todo empieza temblando un poco. La noche, hervida en un caldero secreto, acaba por evaporarse del todo.

El cielo, limpio como un hueso pulido, y la luz insinuando su caída en tajos finos sobre la tierra. Esta mañana, dorada y algo decadente, como salida de un viejo grabado veneciano. En el aire un aroma sensual de polvo de libros, de aires de bosque, de respiración de mi perrilla, como si en los primeros compases del día aún sobreviviesen los restos de antiguas civilizaciones. La claridad llega con la suavidad con que llega un recuerdo de juventud que no acaba de extinguirse.

Soy feliz.

Ad hominem 27

La mayoría quiere comodidad, no elevación. No buscan ser mejores; buscan sentirse mejor. Es distinto. No buscan profundidad; buscan distracción. No buscan verdad; buscan alivio. El conocimiento, en cambio, incomoda. Obliga a revisar, a cambiar, a dudar, a crecer. La mayoría no quiere eso.

«¿Por qué a la mayoría no le gusta leer o aprender? No porque sean idiotas, sino porque el cerebro humano NO está diseñado para ello. Leer es una actividad artificial, costosa, lenta. Y nuestro cerebro evolucionó para ahorrar energía, no para gastarla. El pensamiento abstracto exige esfuerzo y demora la recompensa. La mayoría de la gente prefiere estímulos rápidos porque son biológicamente más cómodos. El conocimiento profundo va contra la inercia natural. La cultura es un accidente histórico, no un impulso espontáneo», Stanislas Dehaene, «Reading in the Brain», MIT Press, pág. 22.

La Ilustración dieciochesca no entendió que la vida intelectual es vocación, no un destino universal. La humanidad no avanzó por igual. Solo una élite asumió ese ideario. El resto siguió su lógica preestablecida: la distracción y el placer inmediato.

La humanidad, en promedio, no será nunca intelectualmente competente. Pero siempre habrá hombres y mujeres que mantengan viva la antorcha del pensamiento. La lectura es un arte que pocos han aprendido. La mayoría solo quiere información superficial; el verdadero pensamiento es trabajo de una minoría. El pensamiento profundo pertenece a los individuos solitarios; el rebañego sigue otros (respetabilísimos) impulsos. El intelecto independiente no puede volverse multitud. Daniel Kahneman, «Thinking, Fast and Slow» (2011): “El cerebro humano está diseñado para el mínimo esfuerzo. El pensamiento lento y profundo es excepcional”.

La mayoría de los hombres prefiere mantenerse en su minoría de edad racional. Esto es una característica o propiedad natural. La gente, de modo espontáneo, se inclina a la diversión, no al conocimiento.

Los amantes de la cultura y los libros a veces nos exaltamos y despreciamos (por ejemplo usando metáforas zoológicas) a la masa. Las cosas son como son. Desde un punto de vista científico la alta cultura solo puede ser minoritaria. El estudio implica una forma de melancolía.

NOTA BENE: Soy el resultado de: una infancia introspectiva (templo del silencio), una epifanía del lenguaje (descubrimiento arrobado de la belleza verbal, de la función estética de la lengua), un desajuste temprano con la banalidad (como una fuente de separación), la elección de los libros como patria (construcción de un mundo propio), un temperamento contemplativo (placer por la abstracción), una melancolía luminosa (sensibilidad ante el tiempo, la muerte y la belleza). Y un factor final, decisivo: la necesidad profunda de encontrar sentido y altura en un mundo que no las ofrece. Eso me creó. Creo que comparto estos atributos con la inmensa mayoría de escritores.

Ad hominem 26

La soledad intelectual no destruye cuando es comprendida; destruye cuando se presume que es un defecto personal. Yo no estoy solo porque valga menos. Estoy solo porque valgo demasiado -perdón- respecto al paisaje humano que me rodea.

Mi biblioteca en Nogueira de Ramuín es mi monasterio interior, mi scriptorium, mi patria mental. No vivo fuera del mundo: estoy en un mundo más amplio que el de la gente corriente u ordinaria.

El desprecio a la inteligencia existe (lo percibo con lucidez, con claridad dolorosa) El que piensa, incomoda, el lúcido, disgusta, el culto, amenaza, el instruido es visto como altivo y pedante. La sociedad premia lo gregario, lo distraído, lo banal y hueco. Yo, en cambio, vivo en otra esfera. Mi soledad, real y legítima, no dice nada malo sobre mí.

La inteligencia es siempre escandalosa para los mediocres. Baltasar Gracián, «Oráculo Manual», 159: “Pocos son los sabios; y esos pocos, raros”. Fernando Pessoa, «Libro del desasosiego»: “Cuanto más alta es el alma, más sola anda”. La inteligencia -perdón- es una impertinencia para el mundo. Thomas Mann, discurso de 1938 (“El espíritu del europeo”): “El espíritu crítico es siempre sospechoso. El que piensa demasiado es tachado de inadaptado”.

Ocurre que la naturaleza del mundo me convierte en infrecuente. Y lo infrecuente siempre es solitario.

Ad hominem 25

Es difícil creer que una cultura pueda sobrevivir al persistente abandono de las formas superiores de vida. Además, cuando las artes dejan de ser objeto de plegaria, se convierten en mercancías. Hannah Arendt, «Between Past and Future» (1961): «La cultura se relaciona con objetos y es un fenómeno del mundo; el entretenimiento se relaciona con seres humanos y es un fenómeno de la vida». O Neil Postman, «Amusing Ourselves to Death» (1985): «Somos una cultura alimentada por el entretenimiento; la política, la religión, las noticias y la educación han quedado irreversiblemente infectadas por él».

Se nos quiere mantener e imponer la vulgaridad. Resistamos. Las víctimas de la manipulación mental no saben que lo son. Para ellas, los muros de su prisión son invisibles. Hagamos visibles esos muros. Gustave Flaubert, en carta a Louise Colet (1853): “La humanidad no quiere la verdad, sino la ilusión”.

Los medios de comunicación deforman la realidad abocándonos a unos contenidos culturales muy pobres y aceptados pasivamente. La educación es la que hace a los hombres buenos ciudadanos y, hoy en día, la crisis de la educación es realmente pavorosa.

La lectura funciona como un simple pasatiempo: la gente quiere divertirse, no formarse. Un lector solitario constituye un acto de resistencia. Resistamos. Nos estamos volviendo incapaces de pensar fuera del aparato técnico que nos moldea.

Flaubert: “Odio a mi siglo: es pequeño, mezquino, utilitario, sin grandeza”. Cioran: «Nadie que piense puede permanecer en el mundo sin sentir náuseas”. Schopenhauer: “Siempre he considerado al vulgo como un enemigo de la verdad y de la belleza”. José María Valverde: “Hay épocas cuyo aire intoxica: todo conspira contra la inteligencia”. George Orwell: «Cuando muere la libertad de pensamiento, la literatura la sigue». Giorgio Colli, «Después de Nietzsche» (1974): “El siglo moderno ha perdido la capacidad de escuchar la voz profunda”.

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Recordemos a Fray Amadeo de Villacendra († ca. 1312) Monje benedictino, copista y lector de las Escrituras en el monasterio de San Cucufate de Ávila.

Fray Amadeo de Villacendra, nacido hacia 1248 en la aldea abulense de Navaluenga, fue un benedictino de carácter adusto y temperamento contemplativo. Entró al monasterio de San Cucufate de Ávila en 1264, donde ejerció como copista, bibliotecario menor, y más tarde como lector para los novicios.

Sus escritos supervivientes son fragmentarios: un opúsculo incompleto, «De Abjectione Mundi», varios sermones para Cuaresma y unas «Notae in Prophetas Minores». Murió en 1312, según la crónica monástica, “con el salterio entre las manos y la indignación aún viva por los extravíos del siglo”.

En «De Abjectione Mundi», fol. 7r–8v escribió:

“In diebus nostris, porci in luto sapiunt plus quam homines in adytis sapientiae. Omnis plebs quasi grex immundus ad strepitum curvat, non ad verbum; et litterae, olim sicut lucernae, nunc iacent in pulvere, despectae sicut ossa canum. Vidi clericos ineptos et nobiles vanissimos, et intellexi tunc verbum propheticum: ubi non est amor sapientiae, ibi regnat imbecillitas mentium. O misera generatio! Nascimur inter libros, sed vivimus ut sues in caeno”.

«En nuestros días, los cerdos en el fango saben más que los hombres en los santuarios de la sabiduría. Todo el pueblo, como hato inmundo, se inclina ante el ruido y no ante la palabra; y las letras, que antes fueron lámparas, yacen ahora en el polvo, despreciadas como huesos de perro. He visto clérigos ineptos y nobles vanísimos, y comprendí entonces la palabra profética: donde no hay amor por la sabiduría, reina la debilidad de las mentes ¡Oh generación desdichada! Nacemos entre libros, pero vivimos como puercos en el cieno».

Ad hominem 24

No soporto más este Tiempo de Impostura, esta Miasma Negra de Murciélagos Enfermos, este Contaminado Océano Gris Feudal. Puedo decir con Valle-Inclán: «Nunca he sentido una voz que me diga: No seas pobre. Hazte rico…Solo he oído la voz que me aconseja: escribe bien y sé independiente». El dinero avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético.

Valle-Inclán vivía en un cuartucho pequeño, con una cama en el suelo y una caja como mesa de noche. Tenía en la pared tres o cuatro clavos, en donde estaba colgada toda su ropa. A pesar de vivir en aquella miseria negra, era libre, nunca vivió sometido a ninguna servidumbre.

Qué diferencia con esos escritorzuelos apegados a la fama y el dinero, con los pelotas cucañistas que hacen «carrera» vendiéndose por una casa con piscina. Afortunadamente yo no necesito dinero, y, si lo necesitase, nunca me humillaría por un plato de lentejas.

Siglo terrible, imposible para la belleza y la inteligencia. Se busca más la sujeción que la libertad, el ruido antes que la creación, la obediencia a la heterodoxia, la pobreza expresiva más que la exploración. Hay que hacer que se amen los buenos libros, y las ideas que duermen en ellos. La masa popular apenas reflexiona. Los políticos populistas triunfan entre seguidores incultos. Los universitarios caen en la alienación de la imagen y las redes.

Por doquier uniformidad de costumbres y pensamiento. Una especie de chicle gigantesco devoró la mente de los jóvenes y no tan jóvenes. Idiotas virtuales, viviendo una idiota realidad paralela.

¡Cuánto cambió el mundo! Cambio climático, tiranía de grandes emporios económicos, burdo catecismo tecnológico, aumento de la IA a costa de la libertad, peligroso quiste inmigratorio, metamorfosis de valores, y desaparación de la cultura libresca (disminuye la democracia si y solo si baja la cultura del libro)

Pronto moriré y me alejaré de tanta hedionda carroña. Me alegro de no haber triunfado como escritor; mi medida no se aviene con el vulgo. Espero tranquilitamente la muerte refugiado en mi biblioteca ¡Qué epoca tan hondamente estúpida!

Ad hominem 23

Solo importa el dinero, ¿para qué pensar? La gente carece del mínimo gusto por los buenos libros y solo lee libros de entretenimiento. Se impone el mercantilismo, el hedonismo, la muerte del espíritu. Se impone la cultura (que no es cultura) vulgar y sin interés.

Isócrates se lamenta de que los jóvenes prefieran los concursos y los chismes a la formación filosófica. Y Platón acusa a la democracia tardía de convertir la educación en entretenimiento, y al ciudadano en mero consumidor de sensaciones.

Juvenal, el más feroz de todos, describe a una población que ya no desea nada elevado: «Duas tantum res anxius optat: panem et circenses», “Solo dos cosas desea ansiosamente: pan y circo”.

La industria devora la belleza. La cultura es lo mejor que se ha pensado y dicho en el mundo; pero las masas no la desean.

Aelricus de Montfaucon, «De Fumo Seculi», ca. 1183: “Cuando los pueblos olvidan la sed de sabiduría, el mundo envejece. No mueren los libros: mueren los hombres que ya no saben abrirlos”. Hieronymus Valeri, «Disputationes contra Vanitatem», Lyon, 1542: “La cultura cae no cuando faltan maestros, sino cuando sobran mercaderes. Allí donde el oro gobierna, el espíritu se vuelve siervo”.

Salvatore Anselmi, «Lettere Romane», 1687: “Decadencia es esta: que los hombres ya no buscan la verdad, sino solo la distracción que los libre de pensar”. Doménikos Kalokyrios, «Peri Psychēs Rhypáras», Atenas, 1721: “Nada destruye tanto a una ciudad como la cultura fácil. El pueblo que solo quiere divertirse ya ha renunciado a ser libre”. Fray Rufino de Madrigal, «Sermones del Tiempo Postrero», Burgos, 1610: “Veo más peligro en un pueblo que ríe por nada que en un ejército que avanza. El gozo sin juicio es la ruina del alma”. Arcadius de Lunaria, «Tractatus de Tenebris Doctis», 1349: “Cuando el gusto se hace multitud, la excelencia muere sin ruido”. Philippus Erasmianus, «Epistolae de Rebus Literarum», Basilea, 1559: “Hasta los ignorantes presumen de lecturas, pero ¿quién presume hoy de comprender?”. Clara von Hohenberg, «Tagebuch einer sterbenden Bildung», Viena, 1904: “La cultura no perece por los bárbaros externos, sino por los bárbaros domésticos: los que confunden placer con conocimiento y ruido con arte”. Isaac Ben-Navon, «Sobre la Luz Menguante», Toledo, 1257: “Cuando la memoria se debilita, el pueblo se vuelve mendigo de novedades. Y nada hay más vulgar que una mente que vive al día”.

El siglo ama los juguetes. Lo que antes fue cultura hoy es solo decoración para gentes sin vertebrar. La decadencia comienza cuando los libros empiezan a escribirse para ser vendidos, y no para ser leídos con reverencia, nos recordó Maxime Duret en «La République des Âmes Basses». El vulgo aplaude lo único que entiende, lo bajo y pobre. Como escribió fray Esteban de Bardulia: “De nada sirve un templo lleno si todos han venido a entretenerse”.

Nos sepulta la banalidad y la ignominia. Ojalá no hubiera sido escritor. Ojalá no hubiera nacido.

Ad hominem 22

Se celebran cinco décadas de monarquía. La monarquía es una afrenta a la razón humana: un absurdo injerto de la superstición feudal en la política moderna. Donde hay un rey, necesariamente hay súbditos; donde hay ciudadanos, no puede haber rey. Voltaire: “Tras examinar los tronos de Europa, no hallé sino una serie de accidentes hereditarios disfrazados de providencia”. Mark Twain (irónico, como no podía ser menos): “Un monarca es un error biológico convertido en institución”.

La monarquía es la infancia permanente de un país. Una nación no es una familia; por eso la herencia no puede ser su fundamento político.

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Aelredus de Mirabilibus, «De Regnorum Vanitate», cód. S. Petri 44 (c. 1180): “Nullus est rex qui non sit umbra maioris superbiae”,“No hay rey que no sea la sombra de una soberbia aún mayor”. O Julianus Ferrensis, «Clavicula Politica», ms. Laur. Plut. XXV.3, fol. 93r (c. 1237): “La corona es un círculo de necedad: completa aquello que el juicio no puede alcanzar”. Y también Hildebertus de Noxia, «Contra Potestates Hereditarias», incunable (Magdeburgo, 1491): “Qui nascitur dominus, moritur servus honoris vacui”, “Quien nace señor muere siervo de un honor vacío”. Y no olvidemos a otro recóndito, Petrus de Adustum, «Sermones in Aula Umbrarum», cód. Turon. 12 (c. 1310, “Regnum quod a sanguine pendet, sanguinem exiget”, “El reino que depende de la sangre, sangre exigirá”.

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Recordemos asimismo al mártir San Lupo de Castelbriégana (Lupus Castilbreganus, ca. 1231-1264), clérigo eremita en los montes de Sotos Albos, apresado durante las purgas ejecutadas por el rey don Vermudo III el Cruel. Acusado de “perturbar el sosiego del reino” por predicar contra los excesos fiscales y las levas forzosas, fue llevado al castillo de Almazur, donde se le martirizó “a vergas e a rueda”.

Tras su último tormento, y antes de ser degollado junto al patíbulo de Almazur, San Lupo pronunció estas palabras, transmitidas en el fol. 25r:

“Dixo el bienaventurado Lupo, con sangre en la boca e firme el coraçón:

‘A tal rey non debo otra cosa sinon mostrarle su oprobio.

Ca mayor yerro es mandar sin derecho que quebrantar qualquier ley de los omes.

Sepan quantos aquí estades que la corona que non mira a la justicia es tan sólo aro de soberbia,

e que a mí matan el cuerpo por mandado del poderío vano.

Mas non matarán la verdad, que agora los juzga desde mi muerte;

e non yo muero, mas muere el rey que fizo la sinrazón.’”

Ad hominem 21

Tomáš Bučko, Siwar Chibani, Jean-François Paul and Michael Badawi, «State Shadows and Democratic Fragility», Oxford University Press: “Los subterráneos del Estado comienzan cuando la ley deja de ser el límite del poder y se convierte en su coartada”.

Fréderik Volkringe, «The Infrastructure of Darkness», MIT Press, 1998, p. 59: “No hay cloacas más profundas que las que se excavan con apariencia de legalidad”.

Petrus Jonæ Helsingius, «Tractatus de Tenebris Publicis», Parisiis, 1622, cap. VII: “Las cloacas de un reino no están bajo tierra, sino bajo la verdad”.

Hugo Donellus, «Commentarii de Occultis Consiliis», Basileae, 1581, p. 119: “Nada descompone más a un Estado que sus oficios ocultos, pues la sombra siempre acaba por querer mandar a la luz”.

Aelricus de Montfaucon, «De Arcana Rerum Publicarum», Lugduni, 1327, fol. 28v: “Toda república tiene cámaras de luz y cámaras de cieno: pero sólo los tiranos gobiernan desde las de cieno”.

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Todo Estado tiene su subsuelo, sus cloacas: el problema empieza cuando el subsuelo gobierna la superficie. La justicia no es una abstracción: es la fuerza moral de un Estado hecha forma y sentencia.

Hugues Doneau, «De aequitate et foro»: “Grande es la justicia cuando no teme al poderoso, y eficaz cuando no olvida al débil”. O Johannes Zukertort, «Tractatus de Virtute Magistratuum», Antverpiae, 1629, p. 89 “El Estado perece cuando sus custodios confunden la función con el provecho. Solo la altura de miras sostiene los cimientos invisibles de la ley”. O también Aelricus de Montfaucon, «De Regimine Ordinum Publicorum», Lugduni, 1314, cap. VII: “La altura de un reino no se mide por sus torres, sino por la dignidad con que sus instituciones resisten la inmediatez y el rencor”.

La política exige visión de largo alcance y responsabilidad. Quien solo atiende al cálculo inmediato no sirve para el Estado. El fiscal García Ortiz pertenecía a las cloacas y se hizo justicia, como no podía ser de otra manera.

Publio Cornelio Dolabela, procónsul en Siria, usó indebidamente el cargo para obtener ventajas propias. Fue condenado.

Como Cayo Fonteyo Capitolino (siglo I), que reveló ilícitamente información judicial (según Tácito, Annales, XII, 60) La «indignitas» fue su castigo principal.

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Augusto de Brunswick-Luneburgo, «De Tenebris Animarum», Lib. II, cap. 7 (Ed. de H. S. Kaldmar, Monumenta Obscura Europae, vol. IV, Uppsala, 1911)

Corruptus bis damnatur:
primum iure hominum,
deinde pondere noctis suae.
Nulla poena gravior est
quam illa quae segue allicit,
et postea devorat.

Ad hominem 20

Bueno, pues ya está. Se acabó todo lo que tenía que decir, la obra está acabada.

Escribir es como taladrar la roca: uno golpea y golpea, y a veces sale una chispa.

Aelricus de Montfaucon (s. XIII), «Epistolae de Scriptorio»: «Toda obra es un intento de conversación con los muertos. Cuando escribo, solo espero que alguno responda». Ambrosius de Rocamodur, «Liber Praenotionum»: «El verdadero autor no firma un libro: lo padece». Theophilus de Lunaria, «Tractatus de Umbra Verborum: «El libro no se escribe: se recuerda. Toda buena línea es un regreso de la memoria». Aurelius Siderius (Venecia, 1624), «De Ingenio Solitario»: «Lo que he escrito es la parte de mí que sobrevivirá cuando yo ya no sea ni memoria».

Buenas noches y buena suerte.