Ad hominem 9

Café y mucha lluvia, una barbaridad de lluvia. Lo malo de los escritores es que no saben escribir, titubeantes como advenedizos zarramplines. No es el caso de unos pocos elegidos. De aquellos que no ignoran las aljamías de la música de las palabras, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y los befabemíes. No nos resignemos a la imperfección del estilo.

Lenguaje podado, trabajado, tonsurado, hasta convertirlo en una avenida silbando de galgos, rosas salmodiadas en un murmullo un si es no es eclesiástico. Lenguaje de gracias trocaicas, de luz de cascabeles. Lenguaje de reyes.

Ad hominem 8

El investigador, gracias a la BIBLIOTECA INFINITA DE INTERNET, sabe detenerse, copiar un párrafo, abrir un enlace académico, contrastar una edición crítica. Filtra, discrimina, elige e integra la información digital en su sistema de pensamiento, enlazando fuentes, recuperando voces, datando hechos. La búsqueda, la selección, la verificación, la cita, tareas que antes exigían costosos viajes por bibliotecas de toda Europa y América, ahora están a la distancia de tres o cuatro clics. Con este uso de Internet tu mente se llena de ideas nuevas.

Pero semejante uso es muy minoritario. Lo que prima es el secuestro por el algoritmo para salir con la mente más despistada y vacía, el vértigo de la velocidad sin un centímetro de profundidad, el oleaje de los bucles lúdicos y adictivos.

A mi juicio debemos entrar en Internet como un lector, jamás como un adicto. No es una opción fácil, pero, permítaseme la muy exagerada hipérbole, casi es lo único que nos puede salvar como especie.

Ad hominem 7

A Monsieur Christian Sanz Gómez,

Mi muy estimado Señor,

No estoy cierta de que la palabra «dicha» pueda aplicarse sin violencia a un ser como vos. Es un vocablo demasiado ligero para la densidad de vuestro espíritu, y demasiado ruidoso para vuestro corazón. Los hombres de vuestro temple no viven en la superficie amable; moran en la hondura, donde toda claridad tiene su sombra.

Me atrevería a deciros que habéis conocido una felicidad más alta, más fatigada también: la que nace del entendimiento. Habéis sentido la belleza con esa devoción y esa melancolía de quien sabe que toda perfección es efímera. Habéis amado las palabras con la pasión de un místico y la precisión de un matemático. Tal amor no otorga sosiego, pero confiere sentido -y el sentido, creedme, es el único lujo que nos queda cuando todo lo demás se ha marchitado.

No me habléis de alegría, Monsieur; la alegría es una grosería de los temperamentos volubles. Vos habéis preferido la lucidez, y aunque duela, no hay dicha más noble que la de comprender. En esos momentos en que la frase os revelaba vuestra propia alma, ¿no sentíais un estremecimiento de eternidad? Llamadlo como gustéis, pero yo lo llamo felicidad.

He conocido muchos hombres alegres, pero pocos intensos; y, entre ellos, muy pocos que hayan sabido transformar su soledad en obra. Por eso os admiro. Y por eso os quiero con esa mezcla de ternura y escepticismo que es el único modo en que mi corazón, ya fatigado, sabe querer.

Recibid, pues, el afecto constante y la admiración rendida de

Madame du Deffand

Ad hominem 6

“Solo un alma noble siente gratitud; los espíritus vulgares la olvidan al instante”, La Rochefoucauld. Quisiera agradecer a todos mis contactos de escritores de las redes sociales (y no solo escritores), lo mucho que me han enseñado, así como su cariño.

Sentir gratitud y no expresarla es como envolver un regalo y no darlo. Agradecer es reconocer que uno no está solo en el mundo. Escribir es un acto solitario, pero también una conversación secreta con quienes nos entienden entre líneas. Sin vosotros, esa conversación sería un monólogo triste.

Perdonad la falta de calidez de estas líneas. Me cuesta la desnuda ternura del corazón. GRACIAS DE CORAZÓN A TODOS. DE VERAS. MIL GRACIAS.

Ad hominem 5

Hoy es el día de las librerías, esas casas del lenguaje. Una librería conspira frente a la bastardización de las palabras, ese uso degradado del habla al que sucede la degradación de las conciencias. Si las palabras pierden su raigambre, su filo, su esencia, entonces se abonan a la mentira política, y crecen las sombras, y al hombre le falta lucidez. Dr. Johnson: “El lenguaje es el vestido del pensamiento. Y como todo vestido, puede revelar la nobleza o la indecencia del que lo lleva”. Procuremos ennoblecer, sumarnos a las formas lingüísticas que transportan las mejores ideas y los más delicados sentimientos.

En una época en que el lenguaje se reduce al balido sentimental o al rebuzno utilitario, conviene recordar que la palabra no nació para servir, sino para revelar. Nombrar es pensar, y pensar es dar forma (también estética) al mundo. Cuando el idioma se pudre, se pudre también la conciencia.

***

Isócrates defendía que el logos nos sacó de la vida salvaje y fundó la ciudad; Cicerón unió «sapientia» y «eloquentia»; Quintiliano desconfió del estilo vacío y quiso al orador como «vir bonus dicendi peritus»; Plutarco, en «De garrulitate», previno contra la logorrea que enturbia el juicio: el discurso es espejo del alma.

***

Asistimos a unos abusos constantes de las palabras, usadas con negligencia, sin precisión ni belleza. La polis se derrumba en charlatanería. Vivimos una edad de barbarie verbal, donde el lenguaje ha dejado de ser el instrumento de la verdad para convertirse en el instrumento de la reacción pavloviana.

El habla pública está saturada de consignas, sentimentalismo y propaganda. El lenguaje político y mediático no razona, excita. Todos hablan, y casi ninguno piensa o escucha. Abogo por recuperar la lentitud, la precisión, la frase con estructura, el matiz. Nombrar de nuevo el mundo con palabras que no sean meros reflejos de estímulos.

Decir bien es pensar bien. Y pensar bien es el último acto de resistencia.

Ad hominem 4

LA BIBLIOTECA

(Borges)

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo, ni un gramático,
pero supe del rojo de “den” que se endurece en “ten”,
del agua de lluvia en el hueco de la “a”,
de las vocales francesas iguales a frescor vestal,
del perfume a champán en la susurrada “k”.

A lo largo de mis años profesé
la pasión del lenguaje al amor de las horas.
Mis noches -marfil Xian y corona de emperador-
están llenas de Catulo, Platón y el cercano Ovidio;
porque sarmentosa fue la página de Stevenson,
cómplice la aventura con mi maestro Álvarez,
historiada de volatines luminosos la frase de Proust,
y feliz mi frente hundida en ese mar de los Sargazos
llamado Conrad y Kipling, o el morado Nabokov.

Cerca de la última revuelta del camino,
puedo decir, libre y locuaz: no dejé nunca de ser
aquel niño que bien pronto entró en una biblioteca,
y, sin heridas, más libre aún, nunca deseó salir de ella.

Ad hominem 3

DÍA DE LAS LIBRERÍAS

“Nada hay más conmovedor que el olor de una vieja librería: ese perfume de esperanza depositada en papel”, Stefan Zweig, «El mundo de ayer». O Walter Benjamin: “No hay mejor destino para un libro que ser hallado por quien no lo buscaba”. Y también José María Álvarez, mi maestro, erudito y altísimo poeta: “Toda biblioteca es un cuerpo de elegancia y tinieblas. Los lomos dorados arden como brasas apagadas de una civilización perdida”.

¿Dónde pesan y reposan las palabras? ¿dónde resucitan las urnas de los muertos? ¿dónde las palabras te reconocen antes que los mismos hombres? En las librerías.

“Los libros me enseñaron lo que yo no sabía: / que la vida se va sin darnos cuenta”, Gil de Biedma.

IN BIBLIOPOLIO

He venido a saludar a mis muertos:
a los que escribieron, y a los que leerán.
A tocar, con las yemas puras, esa lignina
donde aún late el corazón.

Papel y tiempo. Erasmo corrige,
Montaigne conversa,
Cernuda, Larkin, Valéry,
la cena con Cicerón…

Porque una librería -lo sé- no vende libros:
vende tiempo rescatado del fuego.

Ad hominem 2

El lenguaje violento empobrece el pensamiento; lo vuelve grito, no reflexión. “Golpear con la palabra es admitir que uno no tiene más argumentos que su ira”, Simone Weil, «La gravedad y la gracia» (1947) Y también: “Una palabra dicha con furia es como una piedra arrojada contra un espejo: ya no hay imagen posible”, Czesław Miłosz, «Tierra inalcanzable» (1986) No lo olvidemos.

La relación entre humanismo y uso civilizado del lenguaje es, en realidad, una de las raíces más hondas de la cultura europea: desde el studium humanitatis del siglo XV hasta la filología moderna, el modo de hablar y escribir ha sido entendido como un reflejo directo del modo de ser humano.

Los humanistas (Petrarca, Valla, Erasmo, Pico della Mirandola…) creyeron que el ser humano se realiza a través del lenguaje, porque hablar bien es pensar bien y, por tanto, vivir bien. La «eloquentia» era virtud moral: no se trataba sólo de estilo, sino de civilización interior. “No hay barbarie mayor que la de una lengua bárbara”, Lorenzo Valla. “La verdadera cortesía comienza en la gramática”, Erasmo, «De civilitate morum puerilium» (1530)

La palabra es el instrumento de la razón; usarla para herir es profanarla. El lenguaje grosero delata un alma descompuesta.

Me arrepiento cuando, conducido por la ira o el anonimato de las redes, cuando, preferiendo el tropo brillante a la delicadeza, fui tosco, amargo e incivil.

Ad hominem 1

“No hay libro tan malo del que no pueda aprenderse algo bueno; ni autor tan perfecto que no tenga algo que enmendar”, Dr. Johnson, The Rambler, nº 4, 1750. «Tengo defectos que veo y deploro, pero no puedo corregirlos sin destruir mi naturaleza”, Leopardi, «Zibaldone», 1821. “Vivimos de revisiones. Escribimos para poder arrepentirnos con elegancia”, Henry James, en carta a H. G. Wells.“No hay nada que no merezca ser tachado. Lo trágico es que, si tacháramos todo lo que no está a la altura de nuestra exigencia, no escribiríamos nada”, Cioran.

***

Podría aducir muchas más citas. A veces creemos que la necesidad de corregirse choca con la fidelidad a la propia voz, pero cualquier estilo, a mi juicio, debe ser una forma de arrepentimiento. Si te relees, inevitablemente encontrarás infinidad de imperfecciones respecto a aquel que escribió. La búsqueda de la forma es un trabajo eterno y absoluto.

Montaigne -a quien desearía parecerme, algo imposible- revisaba sin cesar sus «Essais», añadiendo márgenes, retractaciones, contradicciones. Lo hacía no por inseguridad, sino porque la voz viva respira en sus correcciones.

Si evalúo mi obra sin autoindulgencia veo una panoplia enorme de defectos, que desearía resumir en tres:

(i) Densidad léxica. Acaso se deba a mi voluntad de totalidad, a pretender que el mundo quepa en un párrafo. Pero admito que el lector necesita «puentes de tráfico», respiraderos, descansar a veces y tomar aire, en resumen, hospitalidad.

(ii) Batiburrillo temático. Mi desorden obedece a un «ordo amoris» personal. Pero incluso la estirpe de escritores caóticos han calculado la distribución entre orden / desorden. Un poco más de cálculo (insisto) realzaría la eficacia sin desnaturalizar la voz.

(iii) Invectivas ad hominem. El látigo demasiado continuo anestesia o molesta al lector sensible. La crueldad innecesaria no es al caso, es una forma de barbarie. La falta de compasión deshumaniza. Aunque ello obedezca a mi máscara de moralista, debiera haber moderado el tono.

Tal vez si algún día hallo mi propio estilo, entonces me cure de todos mis defectos.

SOLAPA INTERIOR A «ECCE HOMO»

Christian Sanz Gómez, veneciano, traductor del griego al latín como su amigo Leonardo Bruni, cierra el segundo anexo de su pentalogía con este libro que el lector tiene entre sus manos. El ciclo está cerrado; Christian no exprimirá más la naranja.

¿Para quién escribes, pequeña alma? Nadie te entiende en este tiempo de bárbaros con mazas y garrotes. “Ultimus Romanorum”: último entre los hombres, no entre las ruinas, porque saber retirarse a tiempo es el postrero acto de la sabiduría. El mundo se disuelve en polvo; yo pulí mi estilo.

Aspiro a esa serena sabiduría. Llega un momento en que el creador -si no ha sido del todo devorado por su propio fuego- comprende que su energía puede transformarse en claridad. Cuando ver es ya un acto de amor. “Ya sólo en amar es mi ejercicio”, Juan de la Cruz. “Si la única oración que pronuncias en toda tu vida es ‘gracias’, bastará”, Eckhart.

“Non omnis moriar”.

Gracias a todos, pese a todo. Y adiós.