Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
El autor se retira, a sus palacios de invierno, para ensimismarse en la cobriza y rojiza luz de su aldea. Coronó su obra, sin esperanza, con convencimiento (ésta es una coda de reflexión y autoanálisis de la misma)
Las aves cavilaron sobre sus migraciones, los árboles se visten con los tonos frenéticos o pálidos de la decadencia, y miríadas de hojas esparcidas por el suelo, para que ni siquiera los propios pasos perturben el reposo de la tierra y de los muertos, mientras nos regalan un aroma de eucalipto mojado (¿perfecto, falso analgésico para el apocalipsis?)
El jardín del pazo del autor se aviva en el melancólico resplandor de la mañana. Las estatuas de los dioses antiguos tienen el color verdinoso del liquen; las fuentes -rotas- parecen cansadas de llorar. Sobre los boj recortados se despeja la primera neblina, y un perfume agrio de hojas muertas envuelve el aire.
Sean felices, queridos. Pronto se echará la noche, con la plata ya en sus alforjas, y, junto a los “toxos”, bajo las nieves de diciembre, no habrá más que huesos descarnados y capillas sin sol (¿acaso no los hay ya?)
“He dado a mi época más de lo que ella podía darme”, Nietzsche. Y, Flaubert, en carta a Louise Colet, 1853: “He amado demasiado la perfección para sobrevivir a ella”
Sean felices en su modorra. Merezco los no lectores que tuve.
Los cañones del Sil, magnificencia que nuestras rutinas, a menudo embrutecedoras, no apagan, corazón que busca ataraxia -el reloj respira despacio-, contornos precisos curados por algodones para niños de cajitas de farmacia, dormida y alborotada religiosidad de meiga murmurando entre «carballos», «santa compaña» y espinosas «xestas».
El sonido del río se va haciendo cada vez menos mortecino hasta volverse sibila, rosa y añil, de luz con tu rostro. Levanto la cabeza y lo saludo desde el sillón. Noche y lluvia. Ritmos traqueteantes: un fraile musita su cansada oración mientras el viento atraviesa el refectorio. Noche color azabache húmedo, bajo una luna de aspecto de drama tópico lorquiano. Bach sonando en la radio. El bosque exhalando un fantasma de tempus fugit, de rosa rosae aldeano. Acaso, acaso empiece a entender.
“La cultura es el esfuerzo del hombre por hacerse a sí mismo; la educación es el medio de transmisión de esa cultura. Sin ambas, la vida humana se disuelve en barbarie.”, «Misión de la Universidad» (1930)
“La incultura no es ignorancia, sino ausencia de dirección vital. La cultura, al contrario, da sentido, orientación y jerarquía.”, Ortega y Gasset, «Ideas y creencias».
“La educación es el camino que conduce del salvajismo a la civilización, del apetito al principio», Burke, «Letters on a Regicide Peace» (1796)
«El peligro actual del mundo es que la cultura deje de ser un lujo y aún no haya llegado a ser una necesidad.”, Valéry, Conferencia en Ginebra, 1932.
“La cultura puede describirse simplemente como aquello que hace que la vida merezca ser vivida.”, Eliot, «Notes towards the Definition of Culture».
“La educación que no inculca el respeto por la tradición es estéril; la tradición que no admite la crítica es muerte”, Eliot, Conferencia en la Universidad de Cambridge, 1947.
“La decadencia de una cultura empieza cuando las palabras pierden su sentido”, Eliot, «The Use of Poetry and the Use of Criticism» (1933)
“El primer paso de la ignorancia es presumir de saber”, Baltasar Gracián, «Oráculo manual y arte de prudencia» (1647)
“El saber y el buen gusto son los cimientos del trato humano», Gracián, «El discreto» (1646)
“Hombre sin cultura es mundo al revés”, Gracián, «El criticón» (1651-1657)
“Importa más tener cultura que fortuna; la fortuna sin cultura hace necios felices, la cultura sin fortuna hace sabios contentos”, Máximas apócrifas atribuibles a la tradición gracianesca.
“Escribir es educar; el que escribe mal, educa mal”, Larra, «El Pobrecito Hablador» (1832)
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“La educación desarrolla las facultades, pero no las crea”, Voltaire, «Diccionario filosófico», voz “Educación”.
“El hombre no será nunca libre mientras no sea instruido», Diderot, Enciclopedia, artículo “Autoridad política”.
“Los pueblos libres están orgullosos de su libertad, y es preciso instruirlos para que la merezcan», Montesquieu, «El espíritu de las leyes» (1748)
«La instrucción pública es el fundamento de la libertad.”, Condorcet, «Informe sobre la instrucción pública» (1792)
«Las formas de la vida civilizada nacen de la educación», Christian Sanz
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Pero lo que no era esperable es que la cultura iletrada creciera como un tumor hasta ser dominante, lo cual ha sido posible porque la cultura letrada ha perdido la batalla de la comunicación. Y mientras la degradación de la educación impedía la formación de anticuerpos defensivos, la cultura iletrada ha dispuesto a su antojo de los medios de comunicación de masas, la televisión y las llamadas redes sociales.
El analfabetismo de ese mundo paralelo ha evolucionado hasta convertirse en la cultura de quienes carecen de otra. Sus víctimas son millones, y resulta un referéndum cotidiano en el que la calidad es sustituida por la popularidad descerebrada, y descubren subproductos que pueden digerir sin esfuerzo, con cuya mediocridad se solidarizan porque reafirma y ennoblece la suya.
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Para los griegos -especialmente en Platón y Aristóteles- la «paideia» es el paso del instinto a la forma, del cuerpo a la idea.
No se trata solo de instruir, sino de dar figura espiritual al caos interior. En «La República», Platón describe la educación como una «periagogé», una “conversión” del alma desde la caverna hacia la luz de lo verdadero.
El Renacimiento redescubre la paideia y la transforma en un ideal humanista: «humanus fieri», llegar a ser humano. Pico della Mirandola escribe: «El hombre ha sido hecho sin forma fija ni propia naturaleza, para que pueda labrarse, moldearse y transformarse en lo que desee”.
La «humanitas» ya no es simple medida; es proyecto, una autocreación moral y estética. La educación se convierte en la vía regia donde el ser humano se construye al igual que una obra de arte: el «humanus fieri» es, literalmente, el hacerse humano a través de la cultura, el lenguaje, el arte y la razón. Articulación lingüística y saberes, lo propiamente humano.
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“La esencia de la educación griega consiste en convertir lo natural en espiritual, lo instintivo en moral, lo individual en forma”, Werner Jaeger.
“El fin supremo de la existencia es la más elevada y proporcionada formación del hombre como totalidad”, Wilhelm von Humboldt.
“No hay riqueza más noble que el hombre cultivado; porque se basta a sí mismo aun entre la pobreza y la ruina”, Vives.
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MICHELET. MAESTRO EN LA SORBONA
(Carnero)
Si habéis de entenderos con los bárbaros, sabed que ni os temen ni os envidian: solo odian lo que escapa a la fuerza ciega de la manada.
No les habléis de Homero ni de Virgilio, ni del ritmo de Píndaro o de Cicerón; creerán que queréis embaucarlos con un truco o con una jerga arcana.
Mencionad solo lo que conocen, con tono sentimental y mercantil: la cocina, el corral, el dormitorio, las anécdotas que se cuentan en las ferias.
Porque los ignorantes toman por verdad el grado más pueril de la retórica, y llaman rabiosa sabiduría a la emoción más ruin y más lacrimosa.
Unos versas de un poema (bellísimo) de José María Álvarez rezan:
«Cuando tus ojos ya no juzguen sino contemplen, cuando ya sólo agradezcas. Esa es la edad de Roma, la edad de pasear por Roma».
Roma no es aquí solo la ciudad física, sino símbolo del espíritu clásico, del orden sereno después del combate interior, del reposo tras el juicio erudito. Se abandona el ego, sustituido por la pasión de la visión estética. La existencia es un don equilibrada por una aceptación inteligente.
«Pasear por Roma”; metáfora de la «otium sapientis»: caminar entre ruinas gloriosas sin necesidad de reconstruirlas, sólo para admirarlas.
Aspiro a esa serena sabiduría. Llega un momento en que el creador -si no ha sido del todo devorado por su propio fuego- comprende que su energía puede transformarse en claridad. Cuando ver es ya un acto de amor. “Ya sólo en amar es mi ejercicio”, Juan de la Cruz. “Si la única oración que pronuncias en toda tu vida es ‘gracias’, bastará”, Eckhart.
Cada piedra dice: “fui imperio y ahora soy silencio”, y ese silencio no humilla, sino que consuela. Roma: el «amor fati» nietzscheano hecho arquitectura. No hay ningún poder que pueda destruir la gracia. No juzgar, no comparar, no calcular. Solo contemplar.
Ay esa larga hostilidad intelectual (antichesternoniana) contra la muchedumbre y la defensa, a su vez, de una minoría “elegida” por su mayor gusto, sabiduría o virtud.
Sea éste nuestro lema, gentlemen, ladies, et electi animi:
“Contra mundum, pro forma”. Y recuerden a Platón: “El pueblo no ama la verdad: ama su eco”.
Tengan estos apotegmas presentes:
Nietzsche: “Los espíritus libres son meteoros: brillan solos, y a nadie calientan”. Ortega y Gasset: “El hombre-masa no es un tipo social, sino un peligro cósmico». Flaubert: “La estupidez popular es la misma en todas las épocas: cambia de sombrero, no de esencia”. Feijoo (Teatro crítico, Disc. VII): “El vulgo tiene por blasón lo que es afrenta”.
Como contrapunto necesario: “Lo más extraordinario del mundo es que la gente corriente es extraordinaria”, Chesterton, «Heretics». Y asimismo: “Los aristócratas siempre fueron los verdaderos enemigos de la aristocracia”, «The Napoleon of Notting Hill».
NOTA BENE: Lo anterior es una leve addenda a una abigarrada nota que escribí en uno de mis libros:
«Henry Miller, mediocre escritor, durante un tiempo ejerció de profesor universitario y escribiría de sus alumnos (en esto no se equivocó como en sus -olvidadas- novelas): «Se convertirán en carpinteros, abogados, farmacéuticos, funcionarios…gente tan respetable como lamentable». Y Ruano: «La calle está llena de panaderos con su vilísima honradez». Hago míos a Horacio y Darío: «Yo odio la chusma irreverente y la mantengo alejada de mí» y «Vulgo espeso y municipal». Acaso, sí, sí: «Nadie puede amar la verdad y el bien si no odia las multitudes», Giordano Bruno. O Séneca en el «De vita Beata»: «Nihil ergo magis praestandum est quam ne pecorum tiru sequamur antecedentium gregem»: «Nada debe preocuparnos tanto como seguir cual ovejas al rebaño que nos precede». Y «Seguid a los menos, y no al vulgo», Petrarca. Siempre Platón: “Cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos.” Y tambien meditemos con Jünger: «Cuando no compartimos un error generalizado, se nos considera un estorbo». Multitudo non est sequenda, amigos; lema sabio, ladies and gentlemen. Clemente de Alejandría (Strom V3, 17, 655 p): «Pues el vulgo no tiene juicio inteligente ni justo, ni bello, sino que en pocos hombres podrías encontrarlo». «Plebs sordida», así definía Tiberio a su pueblo, según nos relata Tácito. Poco -nada- mudó el Tiempo.
La turbamulta, el follón, la aglomeración, los conglomerados, son bobos y cerriles. Sé que el género de la invectiva contra la necedad popular, y el no poder asimismo soportarla, tienen una larga historia. El vulgo jamás resplandece con luz propia. «Non consilium in vulgo, non ratio non discrimen, non diligentia», decía Cicerón. No hay dentro de este vasto cuerpo popular suficientes luces. No olvidemos a Feijoo: «Estando una vez Foción reprendiendo con alguna aspereza al pueblo de Atenas, su enemigo Demóstenes le dijo: «Mira que te matará el pueblo si empieza a enloquecer.» «Y a ti te matará -respondió Foción- si empieza a tener juicio.» Sentencia con que declaró su mente, de que nunca hace el pueblo concepto sano en la calificación».
¿Qué hacer? «Vulgus dividi in oppositum contra sapientes, quod vulgo videtur verum, falsum est», Roger Bacon. «La plebe se opone a los hombres sabios; lo que la plebe considera cierto, es mayormente falso». «…mihi parua rura et / spiritum Graiae tenuem Camenae / Parca non mendax dedit et malignum / spernere uolgus», Horacio. «…pero pequeños campos, / y un leve aliento de la griega musa / me dio la Parca, y despreciar al vulgo, / siempre maligno». «Posse tibi res meas, pater optime, que ut paucis placeant, laboro», Petrarca. «Que sean de tu agrado, querido Padre, estos escritos en los que trabajo para complacer a unos pocos».
«Odio el poema cíclico, y no me gusta el camino que de aquí a allá lleva a la muchedumbre. No bebo en la fuente pública. Todo lo popular me repugna». Eso afirmó en un epigrama Calímaco. Imposible no sentirse como Verlaine o Baudeliare: «Je suis l’Empire à la fin de la décadence», «Je suis comme le roi d’un pays pluvieux». El pueblo siempre será ignaro y hortera, eterno menor de edad (Flaubert). No creo, sé, que una vulgaridad cualquiera, esté dónde esté, ofende a las formas divinas. ¡Cómo temen (tenderos, ejecutivos, funcionarios, oficinistas…) morder la cabeza de la serpiente, mujerucas cobardes! Que el grueso de mi ejército cruce las fronteras. Solo con una orden: ¡Sin prisioneros!».
La masa es plural y negar valor a la mayoría puede justificar formas autoritarias. Muchas veces las formas populares (novelas, canciones, costumbres) preservan verdades humanas que la alta cultura ignora.El desprecio puro (no un tropo estético, como en mi caso, sino un dogma intelectual) empieza a parecer reaccionario y miope. La verdad tiene como madre a una rubia pija sádica y como padre a un bonachón y melenudo hippy.
La pálida luz ámbar del sol cae sobre los árboles rojizos de octubre. Blancas flores de manzano cubren el suelo como nieve. Un zumbido agrio de moscas rezagadas ¿No es este un auténtico día de otoño? El crepúsculo del año donde la sombra y la oscuridad se encuentran. Justo la melancolía que me encanta, la que hace que la vida y la naturaleza armonicen.
Las aves cavilan sobre sus migraciones, los árboles se visten con los tonos frenéticos o pálidos de la decadencia, y miríadas de hojas comienzan a esparcirse por el suelo, para que ni siquiera los propios pasos perturben el reposo de la tierra, mientras nos regalan un aroma, perfecto analgésico para la mente inquieta.
Aunque las vacaciones se terminaran y se acumulen las obligaciones, aunque llueva día tras noche en esta Ribeira Sacra mía ¡Delicioso otoño! ¡Delicioso fin de octubre! Esta pobre hora de tranquilidad; y el amor ¿se alejará de nosotros?
Mi alma está esposada con el otoño, y si fuera un pájaro volaría por la tierra buscando los sucesivos otoños.
26 de octubre, 14:15 p.m., más o menos dos horas menos de hora solar
La luz asoma, se ensancha, entre ocasionales nubes blancas, de su balcón de rosas ribereñas. El sol cae como un fruto de fuego maduro. Pese a la fría luz, mejor, pese a la luz caramelizada de frío, el aire es de cristal de Murano de agua. Las hojas caídas como crepes dorados al sol. Existe una luz en el otoño imperceptible en ningún otro momento del año.
La luz gallega a menudo no es luz de sol: es niebla y resplandor de saudade. Luz de hórreo y de piedra, sosegada, pero viva. Luz barroca, teatral, agónica. Ah esta luz de Nogueira ahorita mismo, herida, sangrando oro por las frondas.
Día frío de generoso sol. Releo a James Boswell, «Vida de Samuel Johnson», Acantilado.
El jardín del pazo se avivaba en el melancólico resplandor de la mañana. Las estatuas de los dioses antiguos tienen el color verdinoso del liquen; las fuentes -rotas- parecen cansadas de llorar. Sobre los boj recortados se despejaba la primera neblina, y un perfume agrio de hojas muertas envolvía el aire.
En la vega y en la colina el sol va despaciosamente reinando. Frío. Orense, tierra fuerte de campesinos graves. El sonido de las campanas mezclado con el de los tractores y con el «chocallo» de las vacas. Montes verdes y húmedos, cubiertos de robles y castaños, cierran el horizonte.
Todo tiene un aire de «saudade fonda», como si el mundo estuviese rezando
Sin gimotear ni protestar, aceptar sin corregir. Advertir como la textura de la luz cada vez se vuelve menos mortecina, hasta que, poco después, restalla en eucaristía divina. Caminar dando zancadas budistas, no larguiruchas ni nervudas.
Y arabescos color cobalto en los ojos que me permitan ver ¿Paso firme y regular? Paso acompasado a la circulación del universo.
La mente, como el metal, también se templa enfriándola. Fueron unos años escribiendo la pentalogía y sus anexos, de gran tensión mental. Se me ocurre un «Diario de reposo»; escribir, eso siempre, notas de lectura impresionistas, desde mi sistema solar, o testimoniando sin remordimiento los días iguales que me toquen por vivir (el color del aire, el color de las muchachas, del trigo…)
Volverme un escritor misericordioso; quizá la misericordia sea aceptar, mirar sin querer corregir, como en la cerámica japonesa del kintsugi, donde la grieta se rellena de oro.