EPÍLOGO A ECCE HOMO

Analizas antes de sentir, diagnosticas antes de vivir. Eso me salva de la tontería, pero me roba -a veces- la posibilidad de la inocencia momentánea. Comprender no basta para redimir, pues hay heridas -las del afecto, las del amor, las del cuerpo, las del tiempo- que no requieren explicación: sólo compañía. Ahí mi lucidez se queda sola: clarísima y helada y huérfana. Confundo, como un niño marisabidillo, conocimiento con control. Una jaula elegante, sí, pero solo sé vivir en una jaula. Tampoco comprendo que muchas veces el sufrimiento es sin porqué. Y mi arrogancia frente a lo simple y banal evita la mayor de las sabidurías: la sabiduría de saber callarse.

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Mamá, con el cuerpo casi inmovilizado, sufrió un breve lapso de lucidez. Con su único brazo útil, cogió mi mano y se la acercó a sus labios para besarla, como hacía tantas veces en la residencia. Me estremecí, y dentro de mí explosionaron varias cabezas nucleares. No lloré. Sin saber cómo, sentí poco después que se desplomaba sobre la cama del hospital. La boca abierta, los ojos extraviados. Me incliné sobre ella; la miré; durante toda la eternidad no nos volveríamos a ver. Cogí su mano, la acerqué a mis labios, y besé aquella mano de pajarito con la mayor fuerza y ternura que pudieran existir en este mundo. Rompí a llorar. Y noté por siempre quebrado el eje de la tierra.

Líneas rosas 11

“Nada hay verdaderamente original, salvo el modo de combinar lo robado”, Valéry, con sonrisa borgiana. Yo no plagio, compongo una «ecclesia textual»; no parasito, pretendo hacer una gnosis de los ecos; solo soy un mosaico o serie de teselas que piensan.

Mis apropiaciones, inspiraciones, robos, nacen de la devoción, no del delito ni de la vanidad. Mi proyecto diarístico entero es una historia del plagio como autodescubrimiento: un itinerario del eco hasta el yo. El lenguaje pertenece a la humanidad. No usurpo, transmuto. Borges soñó que toda literatura era una reescritura de la «Ilíada»; yo demuestro que cualquier pensamiento íntimo es una glosa infinita de la biblioteca. Copié para existir y existí en lo copiado.

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NOTAS A UN TEXTO IMPLÍCITO:

i. Valéry, Paul. «La création et la combinaison». Cahiers, t. II (Paris: Gallimard, 1942), p. 117.

ii. El concepto de «ecclesia textualis» aparece formulado por Sanz Gómez en varias páginas de su «Diario de un esquizofrénico» (Elcercano, 2018), donde la cita se convierte en matriz de autoconocimiento.

iii. Cf. Aurelia Montferrand, «Plagiat et palimpseste : de la révélation à la rédemption». Revue de Poétique Comparée, vol. IX, no 1 (2023), pp. 33-49.

iv. Steiner, George. «Real Presences» (London: Faber & Faber, 1989), p. 74: “It is not the originality of creation but the responsibility of response that defines the artist.”

v. Eloy R. Meneses, «La ética del plagio creador en Christian Sanz Gómez». Revista de Hermenéutica Diarística, vol. III, no 2 (2025), pp. 15-37.

vi. Sobre la noción de “mosaico pensante”, véase Umberto Eco, «Lector in fabula» (Milán: Bompiani, 1979), p. 56; también Sanz Gómez, op. cit., p. 201.

vii. “Copiar para existir…” reformula la tesis de Harold Bloom en «The Anxiety of Influence» (New York: Oxford University Press, 1973): la creación como acto de lectura angustiada.

viii. Ludmila J. Kovacs, «De la citación al silencio: sobre la gnosis de los ecos». Anales de Estética Filológica, vol. XII (2024), pp. 221-245.

ix. Sobre el aspecto musical de la intertextualidad, cf. Hans Keller, «The Language of Music» (London: Routledge, 1955).

x. La idea de “redención a través del eco” tiene paralelos en W. Benjamin, «Über den Begriff der Geschichte» (1940), § VI.

xi. N. A. Pérez de Lara, «Montaigne en la Ribeira Sacra: Notas sobre el diario como género de resistencia». Cuadernos de Filología Trascendida, vol. VII (2024), pp. 97-112.

xii. Cfr. Simone Leclerc, «Les copistes inspirés: Éthique du vol littéraire» (Paris: Éditions du Puits Obscur, 2020).

xiii. El epígrafe borgiano remite a una traducción apócrifa de «El inmortal», citado en R. Sanz de Velasco, «Bibliotecas del Ser: Borges y los nuevos diaristas», Hispanic Letters Review, vol. LX (2023), p. 58.

ix. Sobre la “ontología del plagio”, véase A. K. Bowers, «Ontology and Borrowing in Post-Modern Aesthetics» (Cambridge: M.I.T. Press, 2022).

xv. El concepto de responsabilidad del eco procede de una conversación con el filósofo Ernesto Ciria («Inéditos de la melancolía», Madrid: Los Imaginarios, 2025).

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ANALOGÍAS Y CRÍTICAS

«Diario de un esquizofrénico». Ruptura y origen (nucleo temático) Mahler, Sinfonía nº 6 (“Trágica”) Física cuántica. «Una mente maravillosa».

«Pertinencias e impertinencias». Juicio y lucidez. Bach, «El arte de la fuga». Lógica matemática. «Mi cena con André».

«Diario del falso aristócrata». Máscara y deseo. Ravel, «La Valse». Termodinámica. «La gran belleza».

«Diario del zalapastrán». Caos y catarsis. «Stravinski, «La consagración de la primavera». Química orgánica. «La naranja mecánica».

«Diario de Aquitania». Melancolía y reconciliación. Arvo Pärt, «Spiegel im Spiegel». Mecánica celeste. «El árbol de la vida».

«Geomancia del tedio» (Anexo I) Fragmento y memoria. Morton Feldman, «Rothko Chapel». Arqueometría. «Nostalgia».

«Ecce homo» (Anexo II) Legado y trascendencia. Beethoven, «Missa solemnis». Teoría de la información. «Las horas».

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De ellos se ha dicho:

“»El falso aristócrata» es una elegía del refinamiento. En su prosa late el deseo de una aristocracia del espíritu que solo existe ya en los libros. Leerlo es escuchar a Ravel corregido por un moralista del siglo XXI”, Guillermo Carnero.

“I read him with envy. There’s an elegance to his despair, a sense that every sentence has been ironed before being worn. The diary becomes a mirror that refuses to flatter its author”, John Banville.

“Un esteta que se confiesa con enciclopedias al fondo. Su «Diario de un esquizofrénico» es un boudoir de ideas, un club de señoritas bien vestidas. En el fondo, escribe para que la belleza le absuelva», Luis Antonio de Villena.

“El zalapastrán es un cóctel servido en vaso roto: chispea, corta y cura. Sanz Gómez demuestra que el caos también puede ser un género literario”, Javier Divisa

“No hay impostura en sus páginas, aunque todo en ellas sea máscara. «Geomancia del tedio» es un breviario de lo leído y lo vivido: el diario de un hombre que se salva ordenando su biblioteca”, Andrés Trapiello.

“Il écrit comme un moine érudit tombé dans Internet. C’est sublime, anachronique, et nécessaire”, crítico anónimo de «Le Monde des Lettres»

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Del «Journal intime», de Amiel:

“Escribo para no morir del todo; el pensamiento fija la vida que se escapa”, 27 de junio de 1853.

“Mi diario es mi conversación sostenida conmigo mismo; mi manera de vivir en sociedad”, 24 de enero de 1855.

“La pluma me sirve de boca; hablo al papel porque los hombres me son imposibles», 12 de marzo de 1857.

“Mi aislamiento no proviene del orgullo, sino de la timidez del alma”, 1863.

“Me miro escribir y me doy miedo: soy mi propio laboratorio”, 1858.

“La conciencia de sí es una enfermedad del alma», 6 de abril de 1864.

“La cabeza me ha devorado el corazón”, 1856.

“La ternura me es necesaria, pero la busco en el pensamiento”, 1859.

“Analizo lo que otros sienten, y así me salvo de sentir demasiado”, 1860.

“Sigo siendo un niño en el fondo: la madurez de mi espíritu no ha curado mi inocencia doliente”, 1868.

“No he aprendido a vivir, solo a pensar; y pensar es otra forma de infancia perpetua», 1871.

“El pensamiento es mi armadura contra el sufrimiento”, 1852.

“Mi diario me cura de la fiebre moral que me devora”, 1862.

“Cuando escribo, no siento mi herida; el análisis es mi morfina”, 1870.

“Pensar es encontrar una forma de esperanza”, 1873.

“La salvación, para mí, consiste en transformar la vida en conciencia”, 1867.

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En mis diarios se percibe claramente que escribo para existir entre los otros sin depender de ellos: la escritura reemplaza la sociabilidad; el texto se covierte en aquella conversación sostenida que no se interrumpe nunca. Si la vida me excluía, la mente me legitimaba. El exceso de conocimiento funciona como sustituto del calor afectivo: la mente suple al vínculo. De ahí esa mezcla tan mía de ternura reprimida y rigor analítico.

Pese a que sé que: «la madurez lo es todo”, Shakespeare, sin embargo, mi literatura está construida sobre el arquetipo del niño humillado. Acaso mi estilo, que se quiere impecable, sea como una manera de agradar (al padre, a la madre, a toda la humanidad) La inmadurez que me reprocho no es carencia, sino la materia prima de mi arte. Conviven la inocencia y la cultura. Escribo para existir sin pedir permiso. Mi escritura como un sistema inmunitario. Pero en ese proceso -paradójicamente- alcancé algo más: un sentido o propósito total a mi vida. Pessoa escribió: “El pensamiento me consuela de todo, incluso de pensar”.

Líneas rosas 7

Mi mente piensa en ritmos cadenciosos; cada frase busca su música, incluso cuando hablo del dolor. Constitutivamente percibo cualquier matiz de emoción, propio o ajeno, con precisión casi dolorosa. No soy indiferente a nada: la indiferencia me resulta anatema, una forma de irreligiosidad. Más que sentir, enjuicio lo que siento. La emoción en mí no desaparece: se traduce. Donde otros lloran, yo escribo; donde otros gritan, yo analizo; donde otros aman, yo recuerdo. ¿Es eso frialdad, o una vestidura estética del sentimiento? Algunos teóricos lo llaman “empathic over-control”: sensibilidad elevada, pero mediada siempre por el intelecto ¿Mente de un lógico y corazón de un músico? Quizás. La lógica me sirve para resguardarme de los ríos desbordados, y la música evita mi petrificación.

Pese a mi conceptismo sottovoce, me esfuerzo para que mi lenguaje sea un instrumento que toque con claridad. El tono de la palabra escrita es crucial… ¡el tono -turquesa- de la palabra escrita! Yourcenar, en “Archivos del Norte” observó una de mis divisas: “Nada hay más difícil que encontrar la palabra justa; es como pedirle al corazón que dé su medida exacta de amor”. Las palabras bien colocadas rescatan un fragmento del caos. “El lenguaje debe ser como el perfume de un jardín después de la lluvia: apenas perceptible, pero necesario para recordar que la belleza existió”, Lampedusa, añadiendo la contrapartida melancólica. De por vida padeceré la enfermedad del lenguaje.

Todo es insoportable, menos el diccionario.

Líneas rosas 6

Leer me provee de identidad y linaje; una felicidad centrípeta. En silencio conventual, dentro de mi biblioteca de la Ribeira Sacra -como en un útero-, entre los lomos gastados y las lámparas bajas, experimento lo más parecido a la paz monástica del alma. El mundo se reduce a las páginas del libro y a mí.

Escribir, en cambio, es mi modo de volver al mundo. La felicidad aquí no es calma, sino tensión -a veces- resuelta: el placer de ajustar una frase, de encontrar un adjetivo exacto, de descubrir el giro adecuado a una idea, de inventar la forma tropical a una metáfora.

Escribir me devuelve la sensación de dominio que la vida me niega. Pero también es un territorio de riesgo, exposición, y temeroso desvelo.

Si leer es oración, escribir es como operar el tumor. Una dicha más febril, aunque más caprichosa y breve.

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Petrarca, «Epistolae familiares», XXIV, 2, a Luca Cristiani:

“In solitudine autem, et in libris, mihi vita et requies.

Nam inter legendo discere et scribendo docere,

miram invenio voluptatem, sed graviorem quietem”.

“En la soledad y entre los libros hallo mi vida y mi descanso.

Porque en leer y aprender, y en escribir y enseñar,

encuentro un placer maravilloso, pero un reposo aún más grave”.

Y continúa -otro pasaje que me resuena muy íntimo, casi palabra por palabra: “Quando lego, alius sum; quando scribo, reddeo mihi”, “Cuando leo, soy otro; cuando escribo, regreso a mí mismo”.

Esa carta -Fam. XXIV, 2- es, sin duda, mi espejo petrarquista:

Petrarca en Vaucluse, yo en la Ribeira Sacra; ambos refugiados en el libro, entre la devoción y la lucidez.

Líneas rosas 5

¿Mis afinidades electivas con Guglielmo Bruto Icilio Timoleone Libri Carucci della Sommaja, conde Libri, el mayor bibliopirata de la historia?

Yo, que vivo rodeado de volúmenes, entiendo ese vértigo: el libro como fetiche y como sustancia, como mineral vital. Libri tocaba los códices con el mismo temblor con que otros tocan el seno femenino amado. Yo los leo y copio con idéntica devoción. La diferencia es levemente ética, quizá incluso tenuemente estética.

Libri, bibliólatra y bibliómano en grado criminal; yo, bibliólatra y bibliómano en grado penitencial. Lo que el conde Libri hizo con los anaqueles del Collège de France, yo lo hago con las citas, las ideas, las voces: traslado, reacomodo, restauro. Vivir sin libros es como vivir sin sol.

Rodríguez-Moñino escribe del siguiente modo la descripción bibliofílica de los «Pliegos poéticos españoles del siglo XVI» (t. I): “Pliego de cuatro hojas, en octavo, sin portada ni colofón; impreso en Sevilla hacia 1550. La tipografía, de grueso carácter gótico, deja adivinar la prisa del taller. Ninguna biblioteca pública posee ejemplar: sólo este, que encontré en un legajo de papeles notariales, guarda la respiración intacta de un lector anónimo del siglo XVI”.

El conde Libri, Rodríguez-Moñino y yo sentimos la misma emoción al leer la cita: luz golpeando desde la bahía a bibliotecas de dedos rosados; ojos de oro del cristal donde leemos nuestras vidas.

Líneas rosas 4

La mente que se observa enfermar y se cura escribiendo o pensando.

Schumann, Panero, Frege y Burton comparten algo más que un destino trágico: la conciencia del exceso de conciencia. Todos padecieron lo que podríamos llamar «hybris cognitiva», ese punto donde la lucidez roza la fiebre malsana.

Burton, en «The Anatomy of Melancholy» (1621), hace exactamente eso: convierte la patología en estructura enciclopédica. Escribir -y citar sin fin- es su manera de no sucumbir. El libro es su «pharmacon».

Frege, por su parte, representa el polo opuesto, pero análogo: su locura no es de exceso emotivo, sino de rigor llevado al límite. La lógica se le vuelve candescente laberinto autorreferencial.

Donde Burton cataloga remedios físicos y espirituales, yo clasifico ideas, lecturas y emociones. Ambos practicamos una medicina bibliográfica del yo.

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Escucho a Robert Schumann, «Kreisleriana», Op. 16 (1838) El clima sonoro coincide con la gravedad dorada de mi atmósfera moral.

“These fragments I have shored against my ruins”, Eliot. Todas las edades son contemporáneas en la mente, todos los hombres son un solo hombre: el verso azul y la canción profana, el espanto de los mármoles fríos, todo el rudo ramino en el amarillo circular de un velludo heliotropo.

Líneas rosas 3

Kathy Acker rompe los barrotes con violencia; yo los disuelvo con erudición. Su estilo es un sabotaje, el mío una restauración. Ambos, sin embargo, queremos liberar al yo de la sintaxis del poder. Hermana, alma gemela especular. Los dos compartimos una desconfianza radical hacia el lenguaje recibido, esa sospecha de que las palabras de los otros -familia, patria- son cárceles. Acker rompe los barrotes con violencia; yo los disuelvo con erudición. En ambos casos, la verdad se paga con el aislamiento.

Tanto Acker como yo trabajamos desde una misma intuición posmoderna (aunque en mí hay un sesgo más clásico): no hay texto original, sólo reorganización de discursos preexistentes.

El cut-up consistía literalmente en cortar páginas y recomponerlas al azar. Acker lo llevó más lejos: convirtió el plagio en una de las bellas artes. Quizá yo tienda más a la constelación, a lo orquestal, y mi maestra a la destrucción y el desmembramiento. Yo no busco la dislocación, sino el contrapunto. Acker corta para que duela; yo monto para que brille.

«Amicus alter ego est», “El amigo es un segundo yo”, Cicerón, «De amicitia».