Diario de Aquitania 75

ESCRITO EL DÍA DE MI CUMPLEAÑOS

Rotos bronces, aleteos leves de ocas.
Mi mundo agoniza. Pasé temporadas en
colegios de Irlanda y París, y ahora estoy
enclaustrado en una invivible aldeúcha.
La escena se vuelve oscura, ennegrece
el cielo ininterrumpidamente lluvioso.
Veo mi antigua casa a través de boquetes;
drogadictos y mendigos frente a una cuba,
arrastran pesados libros y hacen un fuego
con ellos. Niebla y miedo en los labios.
Eterna soledad con amplia luz de invierno.
Una sociedad egocéntrica centrada en
el rendimiento y no en el saber, desarraigo,
depresión y ansiedad crónicas. Las bibliotecas
tapiadas con tableros de madera, hierbajos
y cañas en las salas de lectura, estanterías
y sillas antes elegantes, inservibles. Imaginé
un futuro muy distinto a esta desmemoria.
Para esto, para esta ignorancia y bajeza,
no me prepararon ni mis padres ni mi vida.

Diario de Aquitania 74

(Catalogue of scientific books in the Library of the Royal Society)

«El bibliotecario, con botines blancos, calvo y orejudo en su biblioteca. ¿Bibliotecas? Ideas en alaúdes alrededor mío, en cajas de momias, embalsamadas en especia de palabras. Tot, dios de las bibliotecas, un dios pájaro, coronado por la luna. Y yo escuché la voz de ese sumo sacerdote egipcio. En cámaras pintadas cargadas de tejas largas y carbón”, Joyce.

«Toda la nave estaba emparedada con estanterías y sus correspondientes anaqueles; en todas partes aparecían escaleras para subir hasta los libros más altos, y catálogos y bibliografías cubrían los pupitres y mesas; en suma: la quintaesencia del saber y, sin embargo, ningún libro decente para leer; nada más que libros sobre libros; olía también a fósforo cerebral y no me equivoco si afirmo que me parecía haber conseguido algo. Pero naturalmente, cuando el hombre quiso dejarme solo, sentí una cosa especial, yo diría que angustia, recogimiento, intranquilidad […] se me paralizaron las piernas, y el mundo me pareció una farsa. Te vuelvo a decir cómo llegué a tranquilizarme: pensando que allí fallaba algo esencial. Tú objetarás quizá que no hay por qué leer todos los libros. Y yo te contesto: también en la guerra no hay por qué matar a todos los soldados uno a uno; sin embargo, todos y cada uno son necesarios. Dirás: también todos los libros son necesarios. Pero ves, aquí es donde falla algo, porque esto no es verdad; ¡se lo he preguntado al bibliotecario!», Musil.

«Todo ser humano necesita una patria, aunque no como la conciben esos patrioteros primitivos o cualquier religión, insulso anticipo de una patria ultra terrena. No, una patria en la que el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el espacio espiritual confluyan en un todo natural y organizado, en una especie de cosmos propio. La mejor definición de patria es una biblioteca […] mi supremo anhelo es poseer una biblioteca bien surtida, ordenada y herméticamente protegida, en la que ningún mueble ni persona superfluos pudieran distraerlo de sus serias elucubraciones […] libros, si queréis que os arrojen de vuestra patria y os dispersen por el mundo, si queréis ser evaluados, manoseados y comprados como esclavos con los que nadie habla y a los que se escucha a medias cuando realizan sus tareas, esclavos en cuya alma nadie lee, que la gente tiene pero no ama, que deja estropear o revende para obtener beneficios, que utiliza pero no comprende, ¡cruzad entonces los brazos y entregaros al enemigo! Pero si aún os queda un corazón altivo, un alma valerosa y un espíritu noble: ¡alzaos conmigo e iniciemos una Guerra Santa!», Canetti.

«La bibliotecaria, a quien nunca había visto antes, custodiaba la biblioteca como podía hacerlo un perro de pajar, uno de esos pobres perruchos, deliberadamente maleados a golpes de cadena y de hambre; o mejor aún, la defendía como en “El libro de la selva” custodia el tesoro del rey la vieja cobra desdentada y pálida por tantos siglos de tiniebla. La bibliotecaria era pequeña, sin pecho ni caderas, cerúlea, desmembrada y monstruosamente miope; llevaba unas gafas tan gordas y cóncavas que, vista de frente, sus ojos de un celeste casi blanco, parecían lejanísimos, pegados al fondo del cráneo. Daba la impresión de no haber sido nunca joven, aunque seguramente tendría más de treinta años, y de haber nacido allí, en la sombra, entre aquel vago olor a moho», Alicia Esther Borinsky.

“Al día siguiente, a las siete en punto, el señor Sariette se incorporaba a su puesto en la biblioteca y catalogaba. Cuando estaba sentado en su escritorio lanzaba a todo visitante una mirada envenenada de Medusa, con el temor de que alguno le pidiera libros prestados. Habría deseado que esa mirada fuera capaz de petrificar no sólo a los magistrados, políticos y prelados que se aprovechaban de su familiaridad con el señor de la casa para pedir cualquier obra, sino también al señor Cayetano, que, como benefactor de la biblioteca, cogía de vez en cuando alguna antigualla licenciosa o impía para los días lluviosos en el campo, o a la señora de Renato Esparvieu cuando venía a buscar algún libro para leer a los enfermos del hospital, e incluso el propio Renato Esparvieu, que por lo común se contentaba con el Código Civil de Dalloz. Cada vez que alguien se llevaba el menor legajo se le desgarraba el alma. Con el fin de poder negar los préstamos a aquellos que tenían los mayores derechos para solicitarlos, el señor Sariette inventaba mil excusas ingeniosas o burdas, y no le importaba dejar en mal lugar su propia administración, ni suscitar dudas sobre su vigilancia, alegando que se había extraviado o perdido algún volumen que un segundo antes examinaban sus propios ojos, y que ahora apretaba contra su pecho. Y cuando, finalmente, no le quedaba más remedio que entregar un libro, antes de abandonarlo definitivamente se lo quitaba veinte veces de las manos al solicitante. Temblaba sin cesar cada vez que un objeto confiado a su custodia no aparecía. Conservador de trescientos sesenta mil volúmenes, tenía constantemente trescientos sesenta mil motivos de alarma. A veces se despertaba repentinamente en plena noche bañado en sudor frío y lanzaba un grito de angustia porque había visto en sueños un hueco en uno de los estantes de sus armarios. Le parecía monstruoso, inicuo y desolador, que un libro abandonara en algún momento su estante” A. France

«La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además, muy fría. Las negras estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba sentada la señorita Crail, la bibliotecaria», V. Woolf.

«Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer un enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de sí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces de los vasos sanguíneos», Luis Sanz Leví.

“Estoy sentado leyendo a un poeta. Hay muchas personas en la sala, pero no se las oye. Están en sus libros. A veces se mueven entre las hojas, como hombres que duermen y se dan vuelta entre dos sueños. iAh! qué bien se está entre hombres que leen ¿Por qué no son siempre así? Podéis acercaros a uno y rozarle; no sentirá nada. Podéis empujar a vuestro vecino al levantaros, y si os excusáis, hará un movimiento de cabeza hacia el lado de donde viene vuestra voz, su rostro se vuelve hacia vosotros y no os ve, y sus cabellos son semejantes a los de un hombre dormido ¡Qué bueno es esto! Estoy sentado y tengo un poeta iQué suerte! Quizás sean trescientos los que están en esta sala leyendo; pero es imposible que cada uno tenga un poeta (¡Sabe Dios qué será lo que leen!) Además, no existen trescientos poetas. En cambio, qué suerte la mía: yo, quizá el más miserable de estos lectores, yo, un extranjero, tengo un poeta. Aunque sea pobre. Aunque mi chaqueta, que llevo a diario, comience a estropearse por algunos sitios, aunque a mis zapatos se les pueda hacer este o aquel reproche. Sin duda, mi cuello está limpio, mi camisa también, y podría, tal como soy, entrar en cualquier confitería, en los grandes bulevares, y adelantar sin temor la mano hacia un plato de pasteles», Miłosz.

Diario de Aquitania 73

La condición canónica de Marcel Proust se debe al reconocimiento de sus pares, los otros escritores, y al latido fúlgido que hay en su escritura. También se debe a que, a críticos, profesores y gentes cultas en general, su obra les parece indiscutiblemente cimera.

Proust, en realidad, empezó desde abajo: auto-editando el primer volumen de «A la busca del tiempo perdido» y recibiendo rechazos editoriales (es conocido el que le asestó André Gide) Y murió sin ver publicado el ciclo completo de su novela, así como numerosas obras más o menos menores o accidentales, que aparecieron póstumamente.

Me sé de memoria esta cita de “Por la parte de Swann”:

«Para estas, chic es una emanación de unas cuantas personas que lo proyectan en un radio bastante amplio -y con mayor o menor fuerza, según lo que se diste de su intimidad- sobre el grupo de sus amigos o de los amigos de sus amigos, cuyos nombres forman una especie de repertorio. Este repertorio lo guardan en la memoria las gentes del gran mundo, y tienen respecto a estas materias una erudición de la que sacan un modo de gusto o de tacto especiales; así que Swann, sin necesidad de apelar a su ciencia del mundo, al leer en un periódico los nombres de los invitados a una comida, podía decir inmediatamente hasta qué punto había sido chic, lo mismo que un hombre culto aprecia por la simple lectura de una frase la calidad literaria de su autor».

Prosa de adamascado frívolo, prosa chic la de Proust, aromáticos candelabros, cositas de salones y vidrieras, olores en el jardín veraniego, pieles de liebre en museos de oro, linterna mágica azabache y couché filosófico. Miren esto:

«-Hay en las nubes de esta tarde violetas y azules muy hermosos, ¿verdad, compañero? -dijo a mi padre-; un azul, sobre todo, más floreal que aéreo, el azul de la cineraria, que choca mucho, visto en el cielo».

Y así durante un millón doscientas mil palabras, amigos. Delicioso, queridos. Soberbio, ladies and gentlemen.

Leer no es solo DESCODIFICAR, sobre todo es COMPRENDER. La mayor parte del tiempo el lector interpreta lo que lee en función de lo que ya ha leído (o escuchado) Si no ha leído (o escuchado) lo suficiente, su comprensión se estrellará sin remedio contra el arrecife de sus lagunas. A la hora de comprender hay dos elementos particularmente importantes: el lenguaje y los conocimientos. Se aprende a leer, leyendo. La amplitud, variedad y las experiencias ricas de lectura, te convierten en un lector asimismo rico. Proust es un experto en orfebrería de alta precisión. A una competencia vital e intelectual deficiente, corresponde, como sombra que sigue al sol, una competencia o rendimiento lector deficiente.

Se necesita una cantidad enorme de palabras para describir un prado que, en cambio, físicamente se percibe con demasiada facilidad, como ilustra el siguiente texto de Víctor Hugo, publicado en 1886. Texto que transcribo y dedico a mi maestro el botanista, médico y humanista, que dedico a mi amigo el Dr. Gracia:

“La hierba en Guernesey es la hierba que se ve en todas partes, pero un poco más rica; un prado en Guernesey es casi el mismo césped de Cluges o Géménos. En él encontrarás festuca y poa, que son las primeras hierbas que brotan, pero también grama común y esteba, y barbas de macho, con sus espigas en forma de huso, y alpiste de Canarias, el agróstide que proporciona un pigmento verde, y ballica inglesa, lupino amarillo, holco, que tiene lana en su tallo, margarita de la lluvia, ajo de oso, cuya flor es tan suave y su olor, tan áspero, fleo de los prados, aciano, cuya espiga parece un pequeño garrote, estípites para elaborar canastas y barrón, tan útil para fijar las arenas movedizas ¿Eso es todo? No, también hay dáctilo, cuyas flores se apelotonan, panizo, camarroja, cerraja, y según ciertos agrónomos locales, hasta andropogón. Es la hierba característica del archipiélago (se necesita granito en el subsuelo y el océano para regarla) Y corren dentro de este prado y vuelan por encima de él, escarabajos longuicornios, longuinasos, calandrias, hormigas que ordeñan pulgones, saltamontes babosos, mariquitas; en el aire, la libélula, el icneumón, la avispa, los abejorros de terciopelo, los hemeróbidos de encaje, los crisídidos de panza roja, las ruidosas moscas de las flores, en fin, a junio y en mediodía, un paraíso de entomólogo un tanto soñador y de poeta un tanto naturalista”, Víctor Hugo.

Nunca debiera olvidarse aquel apotegma de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”.

El lenguaje es algo fresco y rosáceo, azul cobalto, casi azul de Prusia, un urente “presto agitato”, un cencio compás de duración inagotable. El lenguaje no es solo un esqueleto polvoso, sino sendero “enclotat” de musgo. No es solo espinas de sardina, no es solo una biblioteca mustia que contiene unos pocos libros de hojas amarillentas, sino rojo palacio con gotas de sangre de duquesas, sangre de luz lagunar. A leer se aprende leyendo y viviendo. A escribir se aprende escribiendo y viviendo. Un lector que no conoce en absoluto el terreno al que hace referencia el escrito, se quedará con un palmo de narices. Es indispensable contar con un bagaje lingüístico sólido y opulento para leer y aprender a leer.

Puede que, más pronto que tarde, un algoritmo de IA se apodere tan bien de la mente de Proust (dada la amplia base de datos de él) que escriba como Proust, pero la IA nunca logrará que tú leas a Proust y lo entiendas sin una gran inversión de esfuerzo (y placer) Las estructuras de conocimientos preexistentes que se inyectan en un texto y permiten así su comprensión y captación de significado, nunca se las puedes ceder a un ordenador, a no ser que desees un mundo todavía más chancho e imbécil que el que se está diseñando. La riqueza lingüística, el lenguaje natural, el idioma es patrimonio del hombre, no de la hosca inteligencia artificial.

Proust es necesario e insustituible, la IA, prescindible.

Diario de Aquitania 72

25 DE DICIEMBRE, 2024

Hoy nace su Dios. San Jerónimo, escribiendo
a Leta de cómo debía criar a Paula, dice:
“Ninguna cosa se aveze oír, ninguna sino
perteneciente a la alabanza de Dios”. Harta
yesca para todos los males es el mundo de la
religión. Hoy nació su Dios. Yo rehúyo entrar
en casa de cristianos, en especial cuando están
de fiesta. Prefiero las Letras a estos juglares
chocarreros, baladrones comilones y católicos.
Hoy nació su Dios. Anochece. Un perfume frío
encubre el viento y la Luna deshoja en los vidrios
de las ventanas. Durante todo el día me poseyó
un voluptuoso y lascivo deseo de leer, incitado
por las habitaciones de la casa llenas de libros,
por su resplandor y claridad de rama soterrada en
el agua. Leí más de seis horas. Aunque nazca su
Dios, ¿qué me importan a mí sus alegrías y pesares?
¿las supersticiosas circunstancias, tantas cosas?
A mí me ha creado la Soledad y la Monotonía
de falso aristócrata encerrado en su Biblioteca.
¡Alta mendacidad de un Dios pobretón! Solo deseo
este sentimiento que me embarga: el Libro, esa pura
sensación que todo lo transforma, y la Tranquilidad,
y este murmullo de Libertad que me evita el Horror.

Diario de Aquitania 71

Se creó un pequeño escándalo mediático al filtrarse el correo electrónico de un profesor de la Universidad de Bretaña Occidental, donde calificaba a los estudiantes de «casi retrasados, en el caso de no pocos de ellos, incapaces de entender el sentido de un texto sencillo o de leer sin balbucear».

Asistimos a una verdadera disociación entre el título y las competencias intelectuales. El creciente número de graduados universitarios solo indica que el nivel de cretinos titulados no deja de aumentar. Titulados incapaces de acceder a los contenidos científicos y humanísticos más ricos y elaborados. Para ellos, la lectura y el estudio, no son un viaje, sino un castigo. Son los gammas de «Un mundo feliz».

***

Ante el desplome en cantidad y calidad de la inteligencia, ante el ínfimo nivel mental de políticos y gobiernos, no me queda más que pensar que tal vez Joseph de Maistre tenía razón cuando, en 1810, escribió al conde Razumovski, ministro ruso de Educación, que «la experiencia demuestra, del modo más patente, que cada nación tiene el gobierno que se merece».

Diario de Aquitania 70

Recuerdo que, hace más de treinta años, mi profesor de la U.B., el lógico y matemático Josep Pla, nos decía (reproduzco sus palabras de memoria). “La matemática, casi como el lenguaje, es un constructo de la mente humana con una vitalidad propia que nos hace pensar que existe con independencia de su conocimiento y de su creación. Esto, permitidme, ser rotundo, es erróneo”. Yo discrepo de esta filosofía; las matemáticas se descubren, no se crean. Permítanme, también, ser rotundo. Quieran o no las matemáticas, los dioses están aquí para quedarse. Más profundo, mejor y más verdadero: quieran o no los dioses, las matemáticas están aquí para quedarse.

Cuando muera mis cenizas irán a parar al mirador de un valle junto a las de mi madre. Deseo que la Academia Prusiana de Ciencias compre la propiedad, la dignifique, e instale una valla. Y que honren mi memoria matemáticos y poetas depositando coronas de flores anualmente y encargando una corona de plata como recuerdo permanente.

Pronto seré ceniza. Santo Domingo de Guzmán presidirá la hoguera donde se quemarán mis libros heréticos. Libros que a veces sueño que tendrán el mismo valor que la famosa “Biblia de 42 líneas” que Gutenberg publicó en Maguncia en 1456, libro en dos volúmenes de tamaño folio, que alcanza más de 1200 páginas.

Pronto seré ceniza. Y viví en una tierra de libros. Una tierra más preciosa que cualquier otra, por su belleza y por las maravillosas, graciosas y placenteras cosas que albergaba; rosas y lirios y flores y violetas, hierbas y plantas olorosas de todas clases. Una tierra donde corría el Karatschú, donde se oía el relincho de caballos junto a mi tienda, donde desayunaba un poco de leche, miel, fresas y un puñado de piñones, y dormía “entre lusco e fusco”. Una tierra, melancólicamente apacible, como la “matinée” concurrida en la ciudad más bella del mundo. Pronto seré feliz ceniza.

Diario de Aquitania 69

(Sobre «El burrito sabanero», de Bisbal)

Policarpo, obispo de Esmirna y Padre de la Iglesia, dijo en el siglo II, según se lee en la Patrología de Migne: “¡Dios mío! ¡En qué tiempo me habéis hecho nacer!”

Solo puedo, en fin, lamentarme como Taine «¡Ay! Dios mío, ¡qué tontería habéis hecho al ponerme en el mundo!».

Schopenhauer: “La tontería es la madre y nodriza del género humano”. O bien Palingenio: “Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!” («Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino».

Solo puedo decir de mi siglo lo que Leopardi declaró del suyo: «feo y estúpido». O sumarme a Catulo cuando se quejaba amargamente de un siglo lleno de generaciones de hombres ausentes de gusto y gracia, «O saeculum insipiens et infacetum!».

«Me abstuve de las vergüenzas de la época», Platón, carta VII.

***

«¿Qué es poesía?» dice la ministra
mientras clava en mi pupila
su mollera de grisú:
el supermercado eres tú.

***

Tengo un recuerdo brumoso de la prosa de Zoé Baldes, Rosa Regás y Lucía Etxebarría. Una impresión de mujeres turbadas por el apelotanamiento de dudas o amnesias sobre no sé qué. Acaso del abecedario.

***

Pregunta de un perodista joven a Borges:

«Desde su ceguera. ¿Ha cambiado su forma de ver las cosas?».

Diario de Aquitania 68

VARIACIONES A UN POEMA DE EMIL MAN MARTÍNEZ

El descompuesto por los besos carmín de una scort,
la seda de los palacios y la carne de las salonnièrs,
el barrio burgués, venerable, noble y silencioso
donde nací, con callecitas limpias y casas amplias,
allí donde “el cel fa vibrar el seu blau lluminós com una
llançada”. La tranquilidad estoica de las bibliotecas,
las madrugadas en Boston, la belleza del Orient Express.
Tertulias largas en cafés de rojos mármoles, Li Po,
el adormecido asfódelo de la Luna, Wittgenstein,
la mala suerte que gira página y entonces de ti
se enamoran rosadas chicas posadas sobre la arena
rubia de las playas, el aliento claro y dulce de mamá,
la suprema elegancia del salón Verdurin, Grecia y Roma,
los hotelitos de París, las salas de lectura en las
mansiones victorianas. Europa los dos últimos siglos,
las misteriosas coreografías rusas, Platón y el álgebra,
esos pronombres de la alegría, el mar donde con tablas
de surf bellas universitarias planean las olas diríase que
encendidas de lava, la pedrería del bosque, este
ininterrumpido allegretto de mi perrilla “Ita”,
el leve muro azuloso de la Ribeira Sacra en que vivo,
lentos paseos por bulevares de árboles y teatros,
ese cuarteto de cuerda sonando en los corredores y
salas de las casas felices, y leer de noche o caminar
bajo el sol. Enumeración breve de dones que
deleitan sentidos y mente, y de la muerte nos alejan.

Diario de Aquitania 67

¿QUÉ NOS HAN HECHO LOS LIBROS?

(Emilio Manuel Martínez Eguren. “Sentido de la llama”)

Dime, ¿qué nos han hecho los hombres?
Ni buenos, ni nobles ni sagrados, la gran
mayoría pesados por milibares o micrones,
rutinas embrutecedoras y ojos llenos de malicia
o sarcasmo, saltando de estupro en insulto,
manuales de psicopatologías, con dobles
o triples intenciones, casi bestias,
afanándose momorocos o momoscles
por el dinero. A ver si llega pronto el atardecer
y puedo leer y releer los libros que me dan
vida, los libros verdaderos. A ver si
preparo mi vodka con naranja, y meditando
en la cosa ésta ancha y extraña del mundo,
logro escribir unos versos que, al menos,
reflejen un ritmo y pálida memoria de lo
que fui (aunque solo subí un escalón en la
escalera del Arte, eso no está al alcance de
cualquiera); líneas medidas con dificultad,
pero fieles a mi tono menor y mi desorden.
Leer libros memorables y celestiales que,
como mamá, todavía me siguen protegiendo.
¿Qué nos han hecho los libros? Solo soy
un filólogo papirológico, un escoliasta de la
excentricidad. Ocupo la canonjía de oficio
que se ofrece a los Letrados. Inmenso orgullo.
Y paseo por mi biblioteca de estanterías
dobladas, tomo un viejo volumen como
cuerpo henchido de ideas, y, al igual
que un poeta helenístico dentro de un
mundo más bello, exacto, y ordenado,
en mi oscura provincia de oropéndolas
con sabor a sal de mar y adolescente,
pienso y escribo, mientras las horas huyen.

Diario de Aquitania 66

Entrevista que me hizo «La Región», el pasado día 15 de diciembre de 2024.

***

-Me gustaría saber cómo es la vida de un escritor. Qué partes de su trabajo son las más divertidas y cuáles las más tediosas.

-Pregúnteselo a un escritor… Yo devolví esa medalla hace décadas, entre otras razones porque no había nada que hacer.

-Pero pertenece a ese club, ¿no?

-Yo solo he pertenecido al Club Náutico, al que me inscribieron al nacer.

-¿Qué cree que diría el licenciado Vidriera sobre el Papa Francisco o Sánchez?

-Estaría horrorizado. Detestaba a los eclesiásticos ignorantes; o a la ignorancia en bruto.

-¿Qué opina de las mujeres?

-Los niños las manosean, los mozos las gozan, los hombres las entienden y los viejos las celebran. Solo esas me interesan.

-¿Cuál es su mito sexual?

-Ayuso, a poder ser en déshabillé, desde casi mi infancia (o antes)

-¿Cómo ve la literatura española actual?

-Tan mala como los poemas que leía cada semana y que publicaba el Times Literary Supplement. Todo me suena más o menos igual.

-¿Qué está escribiendo ahora?

-Una obra teatral sobre una merienda a la que invita el antiguo duque de Alba, Jesús Aguirre, en su gabinete del palacio de Liria; un té con pastas y bombones un poco revenidos a la sombra de un paisaje de Thomas Gainsborough, y bajo la mirada, desde la estantería, de los retratos de Aranguren y Walter Benjamin.

-¿Cuáles son los mensajes de sus libros?

-Curiosa pregunta. Olga Rudge, que fue una concertista de violín y pareja de Pound, tiene entre sus méritos el haber rescatado algunas piezas perdidas de Vivaldi. Saber eso es mi único mérito. No de escritor, de ser humano.

-¿Qué escritores le han influido?

-Ninguno. Yo sólo leo mis libros, solo me interesa la influencia de mi mente sobre sí misma. Pero resulta que tardo varios meses en releerlos a causa del intenso aburrimiento que me producen.

-Critica mucho la situación cultural, ¿tan mal estamos?

-No moribundos, sino cadáveres. Me divierte escribir, me aburre leerme, insisto, pero no escribo para nadie. Le dedico a la escritura media hora al día. Me roba tiempo y no me da ni un euro, por lo que sería una contradicción que me aburriera escribir. Escribir es, en principio, un acto inocente. Luego resulta que hay alguien que lo edita, alguien que lo compra (en mi caso nadie), alguien que incluso lo lee (menos aún) y hasta quien después lo comenta (en mi caso nada de nada) Como estoy, está bien. El futuro, desengáñese, es de Piqué y Shakira.

-¿Qué desea de sus lectores?

-Que me superen. Que adviertan que la pentalogía en realidad es un mismo libro en cinco capítulos, un libro que guarda un gran secreto, donde el yo moral explícito que juega con ideas como si fuesen personajes de novela, en realidad son escolios o comentarios a un yo oculto o implícito. Desearía que no me leyeran literalmente, sino alegóricamente, y que me superasen ampliamente en inteligencia y sagacidad. Siempre, siempre los «happy few».

-Le enerva especialmente la estupidez. ¿Ha llegado a la literatura?

-Recuerde: “Qué difícil es/cuando todo baja/no bajar también”. El tiempo destinado al uso masivo del ocio digital se retrayó de los libros, y además, los libros más vendidos tienen un destino fúngico. La incultura es atroz. Uno no debe escribir para ganar dinero, influencia o ser famoso; se escribe para que los Grandes -vano mencionarlos- si te leyeran, no se avergonzasen demasiado.

-¿Qué dio sentido a su vida?

-Aquella foto de mi mamá en Vespa, las rubias que saben latín, un búcaro de rosas, magret de pato y granada, una editio princeps de Arthur Symonds, entregarse a grandes pasiones sabias como el arte y la ciencia, la música historiada de Proust, lavarse y no tatuarse, recordar de noche el busto visto en el museo a la mañana, cosas de ese jaez.

-¿Su obra ha sido traducida?

-Sí, del español a español, del español al español con dibujitos (mi editor desea ganar dinero)

-¿Cree en el capitalismo?

-Por supuesto, por quién me toma. La propiedad privada es una de las bases de la civilización, junto a los Antidisturbios. Para ser perfecto, el capitalismo debería encerrar a locos y borrachos. Y revivir la «Ley de Vagos y Maleantes».

-Su color favorito, ¿es?

-Demos por terminada su amable entrevista.