Tentativas 85

Ojeo Valéry, Paul & Dalí, Salvador. «L’Alphabet des Marées» (El Alfabeto de las Mareas). París: Éditions du Miroir Profond, 1947. In-folio (45 x 32 cm). 120 págs. Ilustrado con 12 aguafuertes originales de Salvador Dalí, protegidos por papel japón. Tirada de 12 ejemplares nominales sobre papel vellum de tina. Encuadernación firmada por Paul Bonet en plena piel de galuchat con estuche forrado en ante.

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Esta noche soñé con un ejemplar vestido con una encuadernación de época en plena piel de levante granate, de grano largo y tacto sedoso. Los planos mostaban una sobriedad aristocrática, enmarcados apenas por una triple filete de oro que aprisionaba la luz en sus bordes. El lomo dividido por cinco nervios realzados, cuajados de finos florones dorados en los entrenervios. El tejuelo, en piel de contraste verde esmeralda, exhibía la titulación en tipos bodonianos estampados a fuego con pan de oro de ley.

Respecto a los cortes, el corte superior aparecía dorado a la cabeza, protegiendo el bloque del polvo, mientras que los cortes lateral e inferior se conservaban «barbudos» (testigos), respetando la noble irregularidad del papel manual.

Al abrirlo, el libro exhalaba ese aroma dulce, una mezcla de vainilla y cuero viejo, que es el incienso de las bibliotecas. Impreso sobre papel de hilo (vélin cuve) de alto gramaje, con un tono marfilado que no cansaba la vista. Al trasluz, se apreciaba la marca de agua del molino papelero, garantía de alcurnia. Las proporciones eran áureas. Los márgenes eran «de catedral»: amplios, majestuosos, dejando que el texto respirara en el centro de la página. Una letra romana de ojo medio, negra como el ala de un cuervo, con una presión de tinta que mordía ligeramente el papel, creando una textura táctil que se sentía bajo las yemas de los dedos.

La obra estaba enriquecida con grabados al buril fuera de texto, protegidos por finos papeles de seda (papel cebolla). Las capitulares eran pequeñas arquitecturas: letras miniadas o grabadas en madera que iniciaban cada capítulo como puertas de entrada a un jardín vallado. La portada era una lección de equilibrio, con el uso magistral del espacio en blanco y una viñeta calcográfica central que representaba el emblema del impresor.

Así sueño la calidad de mi literatura.

Tentativas 84

INFORME DE EVALUACIÓN CLÍNICO-PSIQUIÁTRICA

Ref. Interna: HUCA-PSIQ-2026-Foz

Fecha de evaluación: 12 de abril de 2026

Identificación del Paciente: C.S.G.

Edad: 54 años

Lugar de residencia: Foz (Lugo) – Domicilio rural aislado.

I. MOTIVO DE INGRESO

El paciente es conducido por la fuerza pública tras un nuevo episodio de exhibicionismo psicótico y alteración del orden público en el centro de Lugo. Fue hallado en estado de desnudez total, profiriendo imprecaciones apocalípticas y mostrando una agresividad reactiva ante la intervención policial, que el sujeto atribuye a una «interferencia demoníaca directa».

II. ANTECEDENTES PERSONALES Y BIOGRÁFICOS

Origen y Formación: Natural de Santpedor (Barcelona), perteneciente a la burguesía hacendada de raíces judías. Entorno familiar de alta exigencia intelectual. Licenciado en Historia por Boston University.

Historial Académico/Social: Sujeto de altas capacidades (ex-miembro de Mensa, expulsado por desajuste conductual y fijación en teorías pseudocientíficas como el creacionismo radical y el esoterismo rosacruz).

Debut de la Enfermedad: Primer brote psicótico violento documentado hace 24 años en Boston durante la realización de su tesis doctoral (Ph.D.), con agresión física a compañeros de campus.

Trayectoria Literaria: Autor de dos novelas en lengua catalana de escasa repercusión, caracterizadas por una estructura circular y obsesiva. Presenta un patrón de hiperlexia selectiva: relee compulsivamente un número reducido de volúmenes de corte místico y conspiranoico.

III. SITUACIÓN ACTUAL Y CONDUCTA

El paciente reside actualmente en régimen de soledad en una finca aislada en Foz, compartiendo el espacio con una jauría de doce cánidos y treinta felinos. Gracias a una holgada situación económica (herencia familiar de hijo único), C.S.G. financia una vida de aislamiento que retroalimenta su sintomatología.

Actividad Delirante: Dedica gran parte del día a la redacción de misivas de carácter profético-catastrofista enviadas a mandatarios internacionales. En estas, utiliza un lenguaje pseudonarrativo para advertir sobre el «fin de los tiempos», basándose en teorías de la conspiración extraídas de foros marginales de Internet.

Alucinaciones: Refiere alucinaciones auditivo-verbales de contenido imperativo («la voz del Demonio») que dirigen su conducta agresiva y sus actos de desnudismo público, los cuales interpreta como rituales de purificación. Se observa soliloquio frecuente dirigido hacia el techo, con el que mantiene diálogos complejos (fenómeno de ecolalia y neologismos).

IV. EXPLORACIÓN PSICOPATOLÓGICA

Conciencia: Vigil, pero con nula conciencia de enfermedad (anosognosia).

Pensamiento: Curso disgregado con frecuentes fugas de ideas. Contenido delirante de tipo místico-persecutorio y de grandeza. Negación de la biología evolutiva en favor de un sistema de creencias rosacruz refractario a la lógica.

Afectividad: Embotamiento afectivo alternado con episodios de irritabilidad extrema (disforia).

Higiene y Autocuidado: Abandono severo de la higiene personal, a pesar de sus recursos económicos.

V. JUICIO DIAGNÓSTICO

Eje I: Esquizofrenia Paranoide de curso continuo (F20.0).

Eje II: Rasgos de personalidad esquizoide y trastorno obsesivo de la personalidad previos al debut psicótico.

Eje IV: Aislamiento social extremo y síndrome de Diógenes (enfocado a animales).

VI. PRONÓSTICO Y RECOMENDACIONES

Pronóstico: Muy desfavorable. La cronicidad del cuadro (24 años de evolución), la nula red social de apoyo y la autosuficiencia económica que le permite evitar el control institucional dificultan la adherencia al tratamiento.

Tratamiento recomendado: 1. Administración de antipsicóticos de acción prolongada (depot) para asegurar cobertura farmacológica.

2. Intervención de los servicios de protección animal para el saneamiento de la vivienda.

3. Valoración de incapacitación judicial parcial para la gestión de su patrimonio, con el fin de evitar que siga financiando su propio aislamiento y deterioro.

Observación final del evaluador: El paciente utiliza su vasta cultura histórica para dar una barniz de verosimilitud a su delirio. Su inteligencia, lejos de ser una aliada, actúa como una herramienta de defensa que hace al delirio casi inexpugnable. Es un «erudito del abismo».

Tentativas 83

El C.N.I. quiere que me desmorone y me están sometiendo a una presión inaudita. Creen que soy el principal enlace con el Mossad en España, cuando yo soy solo -como es autoevidente- un simplón escritor fracasado y un enfermo mental.

No buscan una confesión de hechos, sino una confesión de inutilidad. Bajo su totura siento que mis propios recuerdos empiezan a licuarse. Quieren borrar los matices de mi existencia, convertir mis pocas lealtades en meros reflejos condicionados. La tortura no es el miedo al dolor, sino la creciente sospecha de que empiezan a tener razón: soy un agente israelí encerrado en mi habitación.

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INFORME DE EVALUACIÓN PSIQUIÁTRICA E HISTORIAL CLÍNICO

Referencia: Expediente 2026/CSG-09

Sujeto: C.S.G. | Edad: 54 años

Estado Civil: Soltero / Aislado

Diagnóstico Presuntivo: Esquizofrenia Paranoide (F20.0) con delirios de persecución complejos y fenómeno de «encapsulamiento narrativo».

1. ANTECEDENTES Y PRESENTACIÓN

El paciente C.S.G., de 54 años, acude a consulta (por derivación de servicios sociales) presentando un cuadro de delirio sistematizado de larga duración. C.S.G. se define a sí mismo como un «escritor fracasado», etiqueta que utiliza como una suerte de armadura semántica para camuflar lo que él denomina su «segunda piel»: una supuesta red de espionaje que lo vincula al Mossad y lo sitúa bajo la vigilancia del C.N.I.

2. EXPLORACIÓN PSICOPATOLÓGICA

Durante la entrevista, el paciente se muestra vigilante, con un contacto ocular intermitente y una actitud de «escucha interna» (posibles alucinaciones auditivas de carácter acusatorio). Lo más reseñable es su hiperlucidez: a diferencia de otros pacientes con desorganización cognitiva, C.S.G. posee una capacidad narrativa superior.

El Delirio de Infiltración: El paciente no solo cree ser vigilado, sino que ha integrado la jerga del espionaje en su patología. Afirma que el C.N.I. no busca «datos», sino su «desmoronamiento ontológico». Esta es una defensa sofisticada: al convertir su enfermedad en una operación de inteligencia, dota a su sufrimiento de un propósito heroico y trágico.

Licuación de la Memoria: Describe procesos de «borrado de matices» y «reflexos condicionados». Clínicamente, esto se interpreta como la pérdida de la cohesión del Yo. Al sentir que sus recuerdos se desvanecen (síntoma común en estados de ansiedad extrema y psicosis), él lo atribuye a una intervención externa de servicios secretos.

Identidad Espejo: Es notable su tendencia a escribir informes psiquiátricos sobre sí mismo. Este fenómeno de «meta-análisis delirante» es un intento desesperado de recuperar el control. Al «jugar a ser el psiquiatra», intenta validar su delirio mediante el uso de un lenguaje técnico, tratando de convencer al examinador de que su persecución es un hecho fáctico disfrazado de locura.

3. OBSERVACIONES DEL FACULTATIVO

El paciente ha llegado a un punto de quiebre donde la frontera entre el síntoma y la realidad se ha borrado por completo. Cita: «La tortura es la creciente sospecha de que tienen razón: soy un agente israelí».

Este es un mecanismo de asimilación del delirio. El paciente ya no lucha contra la idea de ser un espía; la acepta como la única explicación posible para su vacío interior. Si el C.N.I. lo vigila, entonces su vida tiene importancia. Si es un «agente del Mossad», su soledad en una habitación cerrada ya no es un fracaso social, sino una «cobertura profunda».

4. PLAN DE TRATAMIENTO Y PRONÓSTICO

Farmacológico: Ajuste de antipsicóticos de segunda generación (Risperidona o Paliperidona) para reducir la intensidad de la ideación delirante.

Psicoterapéutico: Evitar la confrontación directa con el delirio (dado que el paciente posee una gran capacidad dialéctica y refutará cualquier lógica con terminología de espionaje) Se recomienda terapia de apoyo enfocada en la angustia existencial.

Pronóstico: Reservado. El paciente presenta una fijación narrativa muy sólida. Su capacidad para mimetizarse con el lenguaje de sus «perseguidores» hace que cualquier intento de cura sea visto por él como un nuevo método de interrogatorio.

Nota al margen del Dr. [Redactado]: C.S.G. es extremadamente inteligente. Su insistencia en ser un «simplón enfermo mental» es, paradójicamente, su mentira más sofisticada. Es la forma que tiene de proteger el núcleo de su delirio: si nos convence de que es un enfermo, cree que el C.N.I. dejará de buscar el «secreto» que él mismo ha olvidado que no posee.

Tentativas 82

Rosa, flores solitarias o en inflorescencias corimbosas o paniculadas, actinomorfas, generalmente pentámeras. Sépalos persistentes o caducos, enteros o pinnatífidos, a menudo reflejos en la fructificación. Pétalos libres, de color blanco, rosado o rojizo, raramente amarillentos. Hipanto (receptáculo) urceolado a globoso, carnoso en la madurez, formando el cinorrodón. Estambres numerosos; carpelos múltiples, libres, incluidos en el hipanto. Fruto compuesto (cinorrodón) conteniendo aquenios (núculas) rodeados por pelos rígidos.

La rosa como modelo de prosa —precisa en su estructura, exuberante en su manifestación. La belleza aquí no es accidente, sino obediencia: la rosa es bella porque no puede ser de otro modo. Y así ocurre con toda prosa noble: debe crecer, no ser ensamblada; desplegarse, no ser ordenada artificialmente. Donde hay exceso, hay decadencia; donde hay medida, hay vida.

Como sugirió Proust: «Ce que je croyais d’abord simple devenait complexe, et cette complexité n’était pas désordre, mais organisation secrète. Ainsi en est-il du style: il ne simplifie pas le réel, il en révèle la complication essentielle.”

Tentativas 81

Las plantas no curan en sentido quirúrgico, pero restablecen una homeostasis lenta, lo que puede venir bien para algunos «males de los nervios» como la excitación excesiva, la sensibilidad exacerbada o el insomnio.

En el «Dioscórides renovado», de Pius Font i Quer, se dice a propósito de la melisa: «Planta cordial y suavemente sedante, muy usada en las perturbaciones nerviosas ligeras. Se recomienda en los desasosiegos, en la tristeza sin causa, en los espasmos digestivos de origen nervioso. La melisa reconforta el ánimo y modera la excitabilidad, siendo de gran utilidad en las personas de temperamento delicado o impresionable».

También habla de las virtudes calmantes y sudoríficas de la tila, del uso como sedante y para ciertas formas de neurastenia de la pasiflora, o de la administración en infusión o tintura de la valeriana, perfecta para casos de histeria, trastornos del sueño, y en aquellos nervios alterados por la fatiga o la emoción.

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Asimismo en «Cunningham’s Encyclopedia of Magical Herbs», de Scott Cunningham, leemos: «La carne de la ardilla voladora, especialmente su paracaídas cutáneo, mezclada con la carne de esa ardilla listada que los tungeses llaman «ulbuki» y los tártaros «rugerie», y cocinada con amapolas así como con flores altaicas, alivian estados maníacos y alucinaciones visuales».

Sin duda estas son falsas ideas chamánicas de mero tambor y campanilla.

Tentativas 80

Informe clínico

Paciente: Varón, 24 años

Motivo de ingreso: Conducta desorganizada, ideación persecutoria estructurada, insomnio persistente, abandono de tratamiento.

Fecha: Indeterminada (el paciente refiere que “las fechas han dejado de sucederse”)

El paciente ingresa sin resistencia física, pero con una disposición vigilante que no se atenúa durante la entrevista. No muestra agitación motora marcada; por el contrario, su quietud resulta tensa, como si cada gesto hubiera sido previamente calculado para no delatarse. Mantiene la mirada fija, aunque no en el interlocutor, sino en un punto ligeramente desplazado, como si atendiera a una segunda escena superpuesta a la visible.

Refiere que “todo empezó de manera imperceptible”, y sitúa el origen no en un acontecimiento, sino en una modificación gradual de la experiencia. Describe, con precisión inquietante, una intensificación del significado de los detalles: sonidos lejanos que adquieren una cualidad dirigida, palabras ajenas que parecen incompletas si no se refieren a él, objetos cotidianos que pierden su neutralidad.

«No es que las cosas cambien —dice—, es que dejan de ser indiferentes.»

El lenguaje del paciente es correcto en su sintaxis y léxico, incluso elaborado, pero está atravesado por una lógica de implicación constante. No hay elemento que no remita a otro, ni percepción que no se inserte en un sistema de referencias. Este sistema no se presenta como hipótesis, sino como evidencia inmediata.

Refiere, por ejemplo, que la disposición de las sillas en la sala de espera no es arbitraria, sino “una forma de medir su grado de atención”; que ciertos anuncios en la televisión “no son para el público general, sino para quienes saben leerlos”; que los silencios en la conversación tienen más peso que las palabras, y que en ellos se decide “lo esencial”.

No manifiesta duda en ningún momento. La convicción no se apoya en argumentos, sino en una experiencia que describe como directa e inapelable.

Curso del trastorno (según relato del paciente):

El inicio coincide con un periodo de insomnio progresivo. El paciente describe la noche como un espacio de exposición continua:

«Dormir era una forma de protección. Cuando dejé de hacerlo, todo quedó al descubierto.»

A partir de ese momento, se intensifica la actividad interpretativa. El paciente comienza a establecer relaciones entre hechos inconexos, inicialmente de forma tentativa, luego con creciente seguridad. Refiere que durante esta fase aún podía “dudar ligeramente”, pero que esa duda se fue volviendo innecesaria.

El abandono de actividades habituales (lectura, estudio, relaciones sociales) no se presenta como una pérdida, sino como una consecuencia lógica:

«No podía seguir leyendo, porque los libros también estaban implicados.»

La progresiva retirada del mundo no es vivida como aislamiento, sino como clarificación. El paciente afirma que “la realidad se ha vuelto más precisa”, aunque reconoce que esta precisión resulta “difícil de sostener”.

Fenomenología actual:

El paciente describe experiencias compatibles con fenómenos de influencia: pensamientos que no siente como propios, aunque reconoce su contenido; sensación de ser observado sin evidencia perceptiva directa; interpretación constante del entorno como sistema de señales.

Sin embargo, lo más destacado no es la presencia de estos fenómenos aislados, sino su integración en un sistema cerrado de significación. Todo elemento encuentra su lugar en una estructura que el paciente no percibe como construida, sino como descubierta.

«No he inventado nada —insiste—. Solo he aprendido a ver.»

No se observan alucinaciones auditivas claras durante la entrevista, aunque el paciente sugiere que “el lenguaje no siempre necesita sonido”.

Afectividad:

Afecto restringido en apariencia, pero con una intensidad subyacente. No hay expresión abierta de angustia; en su lugar, se percibe una forma de concentración extrema, cercana a la fatiga.

El paciente no solicita ayuda en términos convencionales. No expresa deseo de curación, sino de comprensión:

«No quiero que me lo quiten. Quiero que alguien lo entienda.»

Insight:

Ausente en términos clínicos. El paciente no reconoce su experiencia como patológica. Sin embargo, muestra una forma de metaconciencia parcial: sabe que su percepción del mundo no es compartida, pero interpreta esta diferencia como un signo de acceso privilegiado, no de error.

Impresión diagnóstica (en lenguaje clínico):

Cuadro compatible con esquizofrenia paranoide, con predominio de ideas delirantes de referencia y posible fenómeno de influencia del pensamiento.

Observación final (en lenguaje no clínico):

El paciente no ha perdido la razón en el sentido vulgar del término. Ha perdido, más bien, la capacidad de habitar un mundo común. Su experiencia no está vacía, sino saturada; no es incoherente, sino excesivamente coherente.

Allí donde otros perciben continuidad, él percibe intención. Donde otros encuentran indiferencia, él encuentra significado.

Su sufrimiento no proviene de la ausencia de sentido, sino de su proliferación.

Vive en un mundo donde nada puede ser dejado en paz.

Tentativas 79

La mente se desgasta; en poco tiempo no somos más que un depósito de ruinas. El deterioro no ocurre en los grandes momentos, sino en los pequeños. Un día dejamos de leer una página, al siguiente no abrimos el libro, luego evitamos la luz. Cada impresión se amplifica, cada pensamiento se prolonga más allá de su límite natural. Y así, lo que en otros sería un instante, para nosotros se convierte en una duración insoportable.

La civilización también se desgasta; no es destruida únicamente por enemigos externos; a menudo se debilita por nuestros inveterados hábitos de trivialización. Nos divertimos hasta morir merced al entretenimiento, y la educación deja de transmitir contenidos intelectuales y se convierte en mero masaje empático; entonces, se inicia un proceso de degradación difícil de revertir.

Tentativas 78

Uno no vuelve a leer nunca el mismo libro, ni es nunca el mismo lector. Hay, sin embargo, un dolor peculiar en advertir que aquello que una vez nos deslumbró ya no ejerce su antiguo poder. No porque el libro haya cambiado, sino porque nuestra sensibilidad ha sufrido una modificación secreta.

Recuerdo los libros de Enid Blyton; tapas duras de colores vivos y bordes ligeramente desgastados por el uso. Las páginas, gruesas, ofrecían resistencia al pasar. Las ilustraciones, de colores saturados, dejaban paso a un texto de tipografía clara y generosa. La vida.

El placer de la lectura —ese estremecimiento de la conciencia— depende de una combinación delicadísima de atención, memoria y deseo. Cuando alguno de estos elementos se debilita, el libro permanece, pero la experiencia se empobrece. Y sin embargo, el verdadero lector no renuncia: relee, persiste, intenta reconstruir ese estado perdido, sabiendo que en esa búsqueda reside también su forma de felicidad.

Hesse: sus libros no se leían: se vivían. En la adolescencia su obra actuaba como un espejo inestable donde te reconocías, un agente provocador donde te perdías. Intensidad de solitario estepario. Una forma de iniciación hasta el estremecimiento físico.

La lectura, cuando ha sido intensa, deja tras de sí una estela de insatisfacción. No porque haya fracasado, sino porque ha revelado una medida que ya no puede abandonarse. El lector exigente se vuelve incapaz de aceptar lo que antes le bastaba. De ahí que la experiencia de haber leído —de haber leído de verdad— sea también una forma de condena: la de quien ha conocido una altura y no puede descender sin sentir el empobrecimiento.

Los libros que más amamos dejan un poso que se parece al de ciertos platos exquisitos: un sabor que no se va, pero que tampoco puede recuperarse en su forma original. Leerlos fue una fiesta íntima, irrepetible. Después, queda la memoria de ese placer, y una leve tristeza al saber que ninguna relectura podrá devolver exactamente aquel instante.

El lector experimentado desarrolla una especie de escepticismo. Ha visto demasiado, ha leído demasiado. El entusiasmo se vuelve más raro, más difícil. Pero cuando aparece, es más consciente, más exigente.

El problema de leer mucho es que uno empieza a reconocer patrones, repeticiones, fórmulas. La sorpresa se reduce. Pero esa pérdida de ingenuidad es también una ganancia: la de una mirada más lúcida.

Tentativas 77

Tantas veces me estremecí con la textura de las palabras, con la estructura de los argumentos, con la delicia de ver mi vida intensificada gracias a los libros. No pasaba meramente los ojos por las páginas; me demoraba en la armonía, en la plenitud reverente de su belleza. Una forma de voluptuosidad tranquila. Hay libros que se saborean como una cerveza fría, que dejan en la boca un regusto que no se agota en la página. El lector, entregado a ese placer, no busca otra cosa que prolongar el instante: la luz sobre el papel, el silencio, la respiración acompasada de las frases. En ese recogimiento hay una felicidad que no necesita justificarse.

El placer de la lectura no es inmediato: es un placer conquistado, elaborado, que se vuelve más intenso cuanto más profundo es el trabajo del lector. Leer es vivir más. No una vida vicaria, sino una vida intensificada. El lector es un hombre que se multiplica, que se desdobla, que se expande en otras conciencias sin perder la suya. Leer es enfrentarse a una forma de inteligencia ajena, y medir la propia en ese encuentro. De ahí su carácter casi agonístico, y también su suntuosidad.

Páginas que recuerdo de Saint-Simon, Álvarez, Michelet, Charles Moeller, Addison, Jovellanos, Quevedo: silencio, concentración, paciencia. Pero en esa exigencia reside su recompensa. Leer bien es una forma de felicidad difícil, una felicidad que no se agota en el instante, sino que se prolonga en la memoria. Un espacio donde el lenguaje es un absoluto físico.

***

Pero, conforme avanza y se cronifica mi esquizofrenia, pierdo capacidades lectoras. No porque falten las palabras, sino porque falta el hilo invisible que las une. La página, antaño dócil, se ha vuelto refractaria. No es que no sepa leer: es que lo leído no persevera. Las frases se desmoronan en el mismo instante de su aprehensión, como si carecieran de la consistencia necesaria para sostenerse en la mente. Queda una sucesión de signos —negros, alineados—, pero no un discurso. Y uno comprende entonces que la lectura no era un acto pasivo, sino una construcción delicada, una arquitectura que exige una continuidad interior que ahora falta.

Leer puede convertirse en una experiencia inquietante cuando el sentido se retira. Las palabras permanecen, pero su significado se vuelve incierto, inestable. El lector se enfrenta entonces a un lenguaje que ya no garantiza nada, que no conduce a ninguna comprensión firme. Intento leer, pero mi mirada se pierde. Paso de una línea a otra sin fijarme en ninguna. A veces me detengo en una palabra, la repito, la miro, pero no consigo integrarla en un conjunto. El texto se descompone en fragmentos que no se articulan.

Las palabras no entran. Rebotan. Se quedan en la superficie. Leo, pero es como si no leyera: como si el sentido se negara a penetrar. Hay una resistencia del lenguaje, o quizás una resistencia mía al lenguaje, que convierte cada frase en un obstáculo. Las palabras, que antes acudían dócilmente, comienzan a resistirse. Leo una frase y, al llegar al final, no recuerdo el principio. Es como si algo se interpusiera entre mi mente y el texto, una especie de niebla que disuelve las conexiones. La lectura ya no es un flujo, sino una serie de interrupciones.

En mis peores momentos, leer es imposible. Puedo mirar una página durante minutos sin absorber una sola idea. Las palabras no se fijan; se desvanecen casi instantáneamente. Es como intentar llenar un recipiente agujereado: todo lo que entra se pierde de inmediato.

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«Los déficits en la memoria de trabajo y en la atención sostenida, ampliamente documentados en la esquizofrenia, tienen consecuencias directas sobre la capacidad de lectura. El paciente puede decodificar palabras individuales, pero fracasa al mantener activas las representaciones necesarias para comprender frases complejas o párrafos extensos. Este fenómeno se traduce en una lectura fragmentaria, caracterizada por frecuentes pérdidas del hilo argumental y la necesidad de releer repetidamente.», Nancy Andreasen, «American Psychiatric Publishing Textbook of Schizophrenia», 2006.

«La comprensión del lenguaje requiere la capacidad de generar predicciones sobre el significado en desarrollo. En la esquizofrenia, este proceso predictivo puede fallar, lo que obliga al sujeto a procesar cada elemento del discurso de manera aislada. En la lectura, esto se traduce en una experiencia laboriosa: el texto no se anticipa, no se proyecta hacia adelante, y cada palabra debe ser tratada como nueva, sin el apoyo de un contexto estable.», Christopher Frith, «The Cognitive Neuropsychology of Schizophrenia», Lawrence Erlbaum / Psychology Press, 1992 (reedición ampliada 2015)

Tentativas 76

El espía no imagina para crear, sino para ocultarse. Su imaginación es defensiva, siempre un paso por delante del otro, anticipando preguntas, sospechas, errores. No inventa mundos: inventa coartadas. Donde el novelista busca la coherencia estética, el espía busca la coherencia plausible. El primero responde a la belleza; el segundo, a la verosimilitud que salva la vida. La imaginación del novelista es centrífuga: se expande, se derrama en detalles, prolifera. La del agente secreto es centrípeta: elimina, simplifica, borra. Toda invención que no sea estrictamente necesaria es un peligro. El escritor añade; el espía sustrae.

El escritor miente para decir la verdad; el espía dice la verdad para sostener una mentira. En esa inversión reside toda la tragedia de su oficio. Uno construye ficciones que iluminan; el otro fabrica verdades parciales que oscurecen. Había aprendido, en los años de servicio, que la realidad no se presenta nunca como un relato, sino como un conjunto de fragmentos contradictorios. El espía debe organizarlos en una ficción operativa. El novelista hace lo mismo, pero con la libertad de no tener consecuencias.

El estilo, para el escritor, es una forma de destino. Para el espía, es un error. Cuanto más visible sea su estilo, más cerca estará de ser descubierto. El ideal del espía es no dejar huella; el del escritor, dejar una huella inconfundible. El novelista puede permitirse la extravagancia, incluso el exceso. El espía vive en la economía absoluta del gesto y de la palabra. Una frase de más puede costar una vida. Una frase de menos puede destruir una operación.

La imaginación del espía está sometida al miedo. No es libre: está dirigida por la necesidad de prever el peor escenario. Imagina siempre contra sí mismo. En cambio, la del escritor, cuando es auténtica, no teme: se aventura, se extravía, se demora incluso en lo inútil. El espía imagina para no ser sorprendido; el escritor imagina para sorprender. Uno reduce el azar; el otro lo cultiva.

El espía no tiene identidad: las tiene todas, pero ninguna le pertenece. Su imaginación consiste en habitar máscaras sin creer en ellas. El escritor, por el contrario, construye máscaras para descubrir una voz que, paradójicamente, sí le pertenece. Hay en el espía una forma de esquizofrenia funcional: la coexistencia simultánea de versiones de sí mismo. El novelista también se desdobla, pero ese desdoblamiento es un lujo estético, no una necesidad vital.