Burton 141

Benjamín Prado publica sus memorias, ughs. Gacetillero con pinta de Quasimodo, pelmazo, redactor de crónicas rockeras: un choclo crudo e indigesto. “Todo es tan gris e incómodo que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme”, comentó Nabokov sobre Beckett. Perfectamente aplicable a Prado, el de la prosa rapada.

La «Historia calamitatum» es el acta de nacimiento del intelectual en Occidente. Abelardo posee una grandiosa autoconciencia; se sabe superior a su tiempo y no hace nada por disimularlo. Todos sabemos a Benja muy inferior a su tiempo. Cellini se describe a sí mismo como un genio inmune a las leyes de los hombres comunes: escultor, músico, tirador de primera, soldado y asesino. Su narración de la fundición del Perseo en Florencia, luchando contra la fiebre, el fuego y la falta de metal, es uno de los pasajes más épicos de la literatura universal. Insuflar vida al bronce y al oro. Nuestro memorialista sabe insuflar palabras solo a las mentes precarias.

Leamos «Monodia» (o Recuerdos de mi vida), de Guibert de Nogent, el «Libro de la vida y costumbres de Pero Niño», de Gutierre Díez de Games, o el «Diario» (Efemérides) de Luca Landucci. Evitemos los libros malos. Los libros malos son perjudiciales: primero, porque se lee una cantidad ingente de ellos y se desperdicia un tiempo precioso que debería dedicarse a las obras maestras; y también porque el hábito de la mediocridad embota tanto el discernimiento como el gusto. Los lectores de Prado son seres blandos, perezosos, incapaces de comprender una verdad trágica o una «beauté difficile» . Yo hace siglos que no lo leo.

Burton 140

Esa gargantilla hecha con la crin de caballo de arcos de violín rotos es una genialidad prácticamente mística. El mismo material que durante años frotó las cuerdas para producir un sonido efímero en el Conservatori del Liceu, se solidifica ahora en una joya de pasarela.

Yo pasaría meses enteros clasificando, nombrando, describiendo y contemplando las gemas de Oriente: el crisopraso, verde como la savia de un árbol joven; el granate, con su color de vino tinto espeso; y la alejandrita, que muta del verde del mar bajo el sol al rojo purpúreo de las antorchas en la noche.

La buena vida es un olivino de tintes dorados. La felicidad cabe entera en el topacio de ámbar encendido y en los diamantes amarillos. El Bien, la Verdad y la Belleza se estremecen ante el rubí de Birmania o el zafiro de Cachemira

El arte perdura en la penumbra de la caja donde mamá guardaba sus joyas.

P.S.: Un enorme abrazo, Alba.

Burton 139

Corría mediados de los ochenta. Casi cada día mi familia y yo íbamos al «restaurant» «Le gens que j´aime»: hilo de Venecia, plata, cristal y luz. Mantel de lino de Flandes blanco, planchado a pulso directamente sobre el tablero para evitar cualquier arruga, bajoplato de porcelana. En el gran comedor, que el sol de la tarde inundaba aún con un oro decadente, las mesas ya estaban dispuestas, cubiertas de manteles de un blanco tan rígido que parecían esculpidos en mármol blanco. En el centro, un arreglo bajo de orquídeas y ramas de eucalipto perfumaba el aire. Los cubiertos de plata, pulidos hasta el extremo, reflejaban la luz parpadeante de las velas de cera. Y muchas flores.

Fui un niño rico. Apenas puedo separar la noción de mi propia infancia de la noción de una opulencia perfectamente natural y, por tanto, invisible para mí en aquel entonces. El dinero lo teníamos quienes debíamos tenerlo, y el aire olía a helado apasionado de nube. Mi madre me acariciaba el cabello con manos suaves, y mi padre, siempre elegante, hablaba con voz grave y cuajada de razones. Las estanterías de nogal de la enorme biblioteca, los libros encuadernados en cuero. Todo me parecía -y parece- de una delicadeza infinita. Las tardes oliendo a madera encerada. Y la voz de mamá que me “agombolava” solo con oírla.

Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenada, educada y sólida, sobrepujaba el pensamiento augusto, fluía magnánimo el gesto. Sentir esa intemporal existencia de ser propietario.

Burton 138

En «Remembrances of Things LSD: The Sourcebook», de Betty Eisner, así como en «D-Lysergic Acid Diethylamide in the Treatment of Schizophrenic Children», de Lauretta Bender, se propone curar e integrar a los esquizofrénicos mediante LSD.

Las palabras se disuelven en la sopa de la tarde. El enfermo no habla, es hablado por una máquina de escribir oxidada que tartamudea en el sótano. ‘Compre un Haydn flexible’, dice el lóbulo frontal izquierdo. La habitación está llena de luz líquida y los ojos de los pacientes se vuelven del revés.

Al gran consejero Sr. Sanz de las geometrías de humo:

Los caballos eléctricos han firmado el tratado de la sal. No hay más carne en el alfabeto del pan. Exijo que se me devuelva la clavícula izquierda que los radiadores me robaron el martes de ceniza mediante el método del agua estancada. Las chimeneas respiran al revés y el coronel de las cucharas ha ordenado el arresto de los geranios.

A veces la mente es una odisea: una mariposa mordida por una dentadura postiza.

Burton 137

Hoy gozo de un día magenta, italiano y musical. No me apetece el escalpelo ni usar mi parco cerebro en su modo analítico, desmontando brazaletes, coronas, muelles o rotores como un relojero. El arte, ciertamente, es como dar cuerda a un antiguo y delicado reloj dorado.

Recuerdo los pliegues de las telas como una carnadura en «La Virgen de los Consejeros», de Lluís Dalmau, o el «San Hugo en el refectorio de los Cartujos»: los negros aterciopelados, profundos pero nunca absolutos; los ocres y tierras apagadas, como madera encerada; los rojos contenidos. Colores, se diría, recién salidos de las «Musikalische Exequien». Nada tienen que envidiar —antes al contrario— a otras piezas del arte mundial.

Aplicar las tesis de Pascale Casanova en «La República mundial de las letras» al mercado y a la historia del arte es un ejercicio no solo viable, sino sumamente revelador. Artur Ramon propone que los artistas españoles dialoguen con extranjeros en el Museo de Orsay y no en el Reina Sofía. Esto es puro Casanova: para que un artista español rompa la barrera de la periferia, debe ser exhibido en los templos del “centro” legitimador. Esos centros, meridianos nodales y radiantes, son los que visibilizan el arte internacional. Madrid no está en el eje de esa trama.

Estoy totalmente de acuerdo con la tesis del articulista: el arte español ha quedado reducido con frecuencia a una anomalía exótica, una hermosa rareza de frontera, en lugar de ocupar el lugar que le corresponde como uno de los pilares de la tradición europea.

Burton 136

Las manos de mi madre, que en su juventud habían sostenido abanicos y anillos con una gracia ligera, se habían convertido en un laberinto de nudos calcáreos, una cordillera de articulaciones ajadas sobresaliendo en una epidermis descolorida, desprovista de savia viva, transparentes como papel de fumar.

Manos que besé en su agonía con la mayor ternura que se puede demostrar en este mundo, manos deformes gastadas por la artrosis, mates y pálidas; las ruinas hermosas del ser a quien más amé en esta vida, y más allá.

Burton 135

Taylor Swift». «Ta-y-lor». La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Ta. Y. Lor. «T», hato compacto de cuarzo o de calcedonia; «y-lor», bloque casi carmesí, con el azulino de la «l», de joya de condesa de Flavigny, y la «o» con textura de trapo de tafetán verdoso al ser rasgado (todo del color del lodo dorado en los canales al atardecer); «w», chispa ovalada de azul de Patinir; «i», gomosa caoba; «f», el casteñeteo blanco; «t», bosquetes de la ripisilva, rasgeo de hipo naranja y fotovoltaico.

Burton 134

Llegó julio con un cielo blanco de calor, un cielo que parece de piedra caliza calcinada. Columnatas de luz patentes contra el cielo y su resplandor límpido. Una luz de hangar encendido y campos amarillos. La tierra se abre en costras sedientas y los pinos, quietos, fijos bajo el resplandor vertical del mediodía, perdiendo su verde ceniza, se quedan de metal fundido. Las chicharras, ocultas en la costra de los troncos, aserran el silencio del campo con un zumbido rabioso. Miro arder todas las tardes las copas de los álamos, el perfil de los montes, cada piedra minúscula, enjoyada del río, del dios río que llena de frutos nuestros pechos. Aquí, en estas riberas, donde atisbo el verano.

Burton 133

Riadas valleinclanescas de veraneantes, arrastrando neveras de plástico azul, bolsas de lona repletas de fiambreras y sandías cartesianas que habrían de enfriarse luego entre los pliegues de la orilla. Los cuerpos, untados de aceite, se doran.

Yo me repantingo en la hamaca y me dispongo a leer «Théorie des ensembles et logique mathématique», de Jacques Patarin. Reverberan teoremas y demostraciones en el azogue de mi memoria. Alfilerean las ideas como nervios o raíces hundiéndose en la arena. Me cuesta concentrarme en el hilo del cálculo mientras revolotean pelotas de Nivea y asorda el transistor cercano con una música espantosa. He visto también, ça va sans dire, un matemático que bailaba brevemente un calipso.

Burton 132

(Antonio Muñoz Molina)

Sus periodos avanzan por acumulación y variación tímbrica (lo sé muy bien, maestro; ya hace más de veinte años que lo leo) Y asoman deliciosas, como el café por la mañana, las pequeñas cadencias que impiden la monotonía. Gravedad de órgano y peso de granito.

Resulta muy fértil compararlo, y le aseguro que la conexión no es arbitrista, con la «Missa pro defunctis», de Jean Gilles. Caoba barnizada de cellisca, cachorro corrreteando por la habitación que anuncia el alba (las cadencias de Gilles rara vez producen una sensación de cierre definitivo; funcionan como respiraciones antes de una nueva expansión del tejido contrapuntístico. Esa misma impresión producen los párrafos de Muñoz Molina: nunca parecen detenerse del todo, sino tomar impulso)

Prosa que recuerda (avanza exactamente como sus coros) a la «Trauermusik» de Johann Ludwig Bach, por la gravitación de lápida mortuoria en el ritmo. Y que recuerda al acero buscando un remanso de luz de «El idilio de Sigfrido», y al «El entierro del conde de Orgaz», y a la «Vista de Toledo», y a los «Los cazadores en la nieve».

Ud. no recuerda tanto al piano o al violín como al órgano barroco. Ud. no recuerda tanto al talento como al genio.