Tentativas 95

-¿Cuál es la primera obra de arte que recuerdas haber amado?

-Los yates del club náutico de Barcelona, único club al que pertenecí, pues me inscribieron solo nacer. Aquella blancura bajo el sol, el leve temblor de los cascos, apenas perceptible, que convertían el agua en un espejo nervioso.

-Si tuvieras que quedarte con una sola obra para el resto de tu vida, ¿cuál sería?

-No se puede reducir a solo una. Son multitud. Pero, siguiendo su juego, «El bufón Calabacillas» de Velázquez. Un ser que ya no deforma, sino que revela, entre otras cosas, la esencia de España. Si tuviera que hacer una definición general sobre lo que me quedaría de todas las artes, sería algo como un ejercicio conceptista bañado no pocas veces en el «humour» inglés, en una especie de ejercicios prácticos de ingenio.

-¿Qué obra te ha hecho sentir algo que no sabías que podías sentir?

-Siendo adolescente me leí la Enciclopedia Británica. Abrir uno de esos volúmenes era entrar en un espacio donde la dispersión encontraba forma, donde el caos se dejaba traducir en lenguaje. Hoy, esa ambición nos parece excesiva; pero en ella residía una forma de esperanza. Ese sentimiento todavía me acompaña.

-¿Has vivido alguna vez una experiencia estética casi “mística”?

-Tenía trece años y cayó en mis manos «Ada or ardor» de Nabokov, editada por Argos Vergara. La leí en estado de trance porque intuí la dimensión estética del lenguaje, no su mera dimensión informativa. Con las palabras se podía crear un sustituto de la religión. Aquella emoción cambió mi vida y mi vocación. También me transfiguraron los poemas que leía en el ABC.

-¿Qué museo o lugar artístico sientes como propio?

-El MNAC (Museo Nacional d´Art de Catalunya) El museo de Montjuïc tiene una ventaja sobre otros: no abruma. Las pinturas románicas, con sus colores apagados y su hieratismo, producen una impresión curiosa: parecen haber sido hechas no para ser vistas, sino para durar. El Ábside de Sant Climent de Taüll, el Frontal de altar de Avià, la Virgen dels Consellers de Lluís Dalmau, por citar a tres, no son narración, sino presencia y luz.

-¿Qué obra te gustaría volver a experimentar por primera vez?

-Bach, Schumann, Chopin, Mozart, los arpegios de un rojo de laca fresca y la melodía de un azul tostado.

-¿El arte te ha salvado alguna vez?

-Me salva la vida. No me mato para poder seguir releyendo la «Naturalis Historia» de Plinio el viejo, el «Speculum Maius» Vincent de Beauvais, por releer a Borges, por ver las olas de Houkusai, los bucles autorreferenciales de los grabados de Escher, por ver en el recuerdo el óvalo bellísimo como huevo de Pascua de la cara de mi madre, o la voz de la Callas. La cultura es por lo único que vale la pena vivir.

-¿Qué lugar ocupa el arte en tu vida?

-Un bendito lujo, una inveterada costumbre, una inexorable necesidad. Se excita y vibra mi glándula pineal con los buenos libros, las pinturas, la música, etc. Pero, y ya concluyo, las meditaciones solitarias que siento ante una tela o un busto vistos en el museo no tengo el mal gusto de pasarlas a escrito.

Tentativas 94

Revolucionario libro de Erasmo: «De incerta scriptura et fide probabilistica» (c. 1524) En él, bajo la apariencia de un diálogo erudito entre un teólogo escolástico y un humanista fatigado de certezas, aparece —casi de pasada— la frase:

“Scriptura non est certa, sed probabilis: Deus ipse, si loquitur, cum humana fragilitate loquitur, et quasi sub conditione”.

El pasaje estaba rodeado de una reflexión que resuena con el tono erasmista más audaz:

“Nosotros, que pretendemos fijar en definiciones lo que apenas comprendemos en signos, exigimos a la Escritura una claridad que ni el lenguaje humano posee ni la divinidad necesita. Dios, si se digna hablar en nuestra lengua, no puede sino aceptar sus imperfecciones; y así, lo que nos llega no es una evidencia geométrica, sino una insinuación suficiente. La fe no consiste en poseer la certeza, sino en habitar la probabilidad con dignidad”.

Tentativas 93

Revolucionario libro de Erasmo: «De incerta scriptura et fide probabilistica» (c. 1524) En él, bajo la apariencia de un diálogo erudito entre un teólogo escolástico y un humanista fatigado de certezas, aparece —casi de pasada— la frase:

“Scriptura non est certa, sed probabilis: Deus ipse, si loquitur, cum humana fragilitate loquitur, et quasi sub conditione”.

El pasaje estaba rodeado de una reflexión que resuena con el tono erasmista más audaz:

“Nosotros, que pretendemos fijar en definiciones lo que apenas comprendemos en signos, exigimos a la Escritura una claridad que ni el lenguaje humano posee ni la divinidad necesita. Dios, si se digna hablar en nuestra lengua, no puede sino aceptar sus imperfecciones; y así, lo que nos llega no es una evidencia geométrica, sino una insinuación suficiente. La fe no consiste en poseer la certeza, sino en habitar la probabilidad con dignidad”.

Tentativas 92

«Querido mundo, me voy porque estoy aburrido. Siento que he vivido lo suficiente. Cuidad de mi perrita y de mi hermana. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura y vuestra mierda fertilizante en esta dulce letrina. Buena suerte. George”, George Sanders, Castelldefels.

«Querida Linda:

Estoy en mitad de un vuelo a San Luis para dar un recital. Estaba leyendo una historia del New Yorker que me ha hecho pensar en mi madre y, sola como estoy en el asiento, le he susurrado: “Lo sé, madre, lo sé”. Y he pensado en ti —“algún día estarás volando sola a algún sitio, cuando quizás esté muerta, y desearás hablarme”—. Y quiero contestarte. Linda, a lo mejor no es un vuelo, a lo mejor es en nuestra mesa de la cocina, por la tarde, tomando té, cuando tengas cuarenta años.

Cuando sea, quiero volver a decirte que:

1) Te quiero.

2) Nunca me dejaste tirada.

3) Lo sé. Yo estuve una vez ahí. Yo también tuve cuarenta años y una madre muerta a la que aún necesitaba.

Esto es un mensaje para la Linda a los cuarenta años. No importa lo que ocurra, siempre fuiste mi ojito derecho, mi muy especial Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Lo sé. Y ahora tú también lo sabes. Donde quiera que estés, Linda, háblame. Pero he tenido una buena vida, he vivido al máximo. Hazlo tú también, Linda, ¡vive al máximo! Hasta la extenuación. Te quiero. Linda de cuarenta años, y amo lo que haces, lo que sientes, lo que eres. Sé la dueña de tu vida. Pertenece a aquellos que te quieren. Habla a mis poemas o habla a tu corazón; estoy en ambos, si me necesitas. Mentí, Linda: sí que quise a mi madre y ella también me quiso. Así son las cosas.

Besos y abrazos,

Anne».

Anne Sexton

Carta a su hija, cinco años antes de su muerte.

Tentativas 91

Aspiro ya a una vida recogida. Leer muchísimo, sobre todo releer, escuchar música, pasear con la perra por el monte y corregir lo que ha sido escrito en exceso.

Leer debidamente: no avanzar, sino demorarse; no acumular páginas, sino fijar una frase hasta que empiece a irradiar. Hay libros que no se leen, se frecuentan; y uno acaba viviendo en ellos como en una estancia sobria donde cada objeto ha sido elegido y nada admite sustitución.

La verdadera vida —si es que hay alguna que merezca tal nombre— se hace en la lectura, en la conversación escogida, en el paseo lento, en la música (Alexander von Zemlinsky rozando la penumbra de Alexander Scriabin, o esa elegancia casi inadvertida de Karl Goldmark, o la luz menor, lateral, de Pablo Luna) que uno aprende a escuchar como si fuera pensamiento. He procurado siempre una existencia donde el tiempo no se gaste, sino que se destile.

Pocas distracciones. Mucha lectura. Una atención sostenida. Aprender a leer bien, a releer, a escuchar música con atención y a pasear sin finalidad. Todo ello forma el gusto, y el gusto es la única brújula fiable. No escribir: corregir. Volver sobre lo ya dicho con una paciencia casi hostil, retirando adjetivos, limando cadencias, expulsando toda facilidad.

Escribí doce libros. He escrito lo suficiente como para saber que la abundancia es una forma de error. No se trata de añadir, sino de reducir hasta que el texto quede en pie por sí solo, sin apoyos, sin indulgencia.

Deseo no dispersarme más.

Tentativas 90

(El lujo de la mente)

Cuando las imágenes, en apariencia caóticas, encuentran de pronto una organización coherente. Momento que no es el resultado de un razonamiento consciente paso a paso, sino de una incubación inconsciente prolongada, en la que la mente trabaja silenciosamente. La lógica interviene después, no para descubrir, sino para justificar.

El lujo de ese pensamiento que no se satisface con la verdad inmediata: exige relaciones, correspondencias, simetrías, patrones. Allí donde otros ven meros hechos, atreverse con advertir estructuras. Una disciplina de la atención: una manera de sostener las ideas sin dispersión, de llevarlas hasta sus últimas consecuencias sin ceder a la fatiga o al desorden.

***

Siempre una mente ordenada. Que martillee exactitud y paciencia. Con atención extrema al mundo y el lenguaje. Un instrumento de sensibilidad aguda, fresca, organizada, capaz de registrar las variaciones más sutiles. No utilizar palabras, vivir en ellas. Pensar y analizar lo que se piensa, sentir y analizar lo que se siente. Pensar con coherencia.

La mente lúcida, viperina y fulminante de Quevedo. La lapidaria y desconfiada de Gracián. La abisal e inevitable de Gauss. La vertiginosa y combinatoria de von Neumann.

Tentativas 89

La felicidad no es una categoría que quepa en grandes acontecimientos; es más bien una especie de iridiscencia que aparece en los bordes de los pequeños detalles.

Nada hay más aristocrático -lujoso- que elegir los propios placeres sin someterlos a la utilidad. Leer a solas, beber un vodka excelente sin compañía, demorarse en un verso que no conduce a nada, son actos de resistencia contra la vulgaridad del mundo. El lujo no es acumulación, sino selección: la fidelidad a aquello que nos eleva, precisamente por inútil.

Darse el capricho clandestino de un volumen leído sin prisa, una conversación que no busca conclusiones, una tarde en la que el tiempo parece suspenderse: todo ello constituye una forma de lujo que no puede medirse ni exhibirse. Vivimos rodeados de objetos, pero carecemos de la educación del goce; por eso confundimos el lujo con el precio, cuando en realidad depende de la finura de la atención.

El lujo es tener tiempo para perderlo, para dejar que la luz resbale sobre las cosas, para no hacer nada con elegancia. Una taza de té, un jardín, un bollo con crema, pan crujiente, un cuenco, la luz de una lámpara, un porche al atardecer, el sonido de los insectos, escribir, la música de cámara. Todo lo demás es negocio.

Tentativas 88

-¿Cuál es, para ti, el verdadero lujo?

-Un «The Annals of Tacitus» en su edición de The Folio Society. Encuadernado en tela de alta calidad, con estampaciones en oro que evocan la sobriedad imperial: su elegancia es clásica, casi estoica, como el propio Tácito. El papel, de gramaje generoso y tono marfil, ofrece una superficie mate donde la tipografía —nítida, bien espaciada— se asienta con una claridad que no fatiga. Los márgenes, amplios sin exceso, permiten que el texto respire; no hay prisa en estas páginas.

-¿Qué objeto humilde ha llegado a parecerte indispensable, y por qué?

-La regadera de latón, olvidada junto al seto de lilas, que retiene en su vientre curvado un sol doméstico, ligeramente verdoso por la oxidación incipiente, como si la luz hubiera decidido envejecer allí.

-¿Recuerdas el primer lujo que te concediste con plena conciencia de estar excediéndote?

-La compra de un anillo de oro a mi primer y único amor. El anillo se templaba con la piel, como si respirara con ella. Su oro no relucía: era una claridad suave que parecía guardar en su círculo las horas por vivir.

-¿Qué forma de gasto te resulta intolerable?

-Los Lamborghinis, los áticos en Dubai, las esculturas de Koons, los aviones privados. Me parece todo una horterada incomparable.

-¿Cuál es el lujo más silencioso que practicas —aquel que nadie ve ni podría envidiar?

-Esa invención mental que no consiste en hacer combinaciones al azar, sino en discernir, entre una multitud de combinaciones posibles, aquellas que son fecundas.

-¿Te resulta más placentero adquirir o conservar? ¿Por qué?

-Conservar. Los huevos de Fabergé y el samovar de la casa de mis padres, las editio princeps de Ferrater, los cuadros de Vidal Quadras. Si algo no tiene la pátina del tiempo y el pulimento de la tradición me parece mera hojalata sin aura.

-¿Qué pequeño gasto —casi trivial— te devuelve, sin embargo, una sensación de orden o de dignidad?

-El zumo de naranja con una tostada de pan con aceite, sal, tomate y jamón serrano cada mañana en el bar.

-¿Qué lugar representa para ti la forma más pura de lujo?

-Un paseo que serpentea suavemente, una arboleda que se abre sin rigidez, una pradera que parece no haber sido tocada por la mano del hombre. Y cualquier biblioteca.

-¿Qué relación guardas con el exceso: lo temes, lo buscas o lo domesticas?

-El orden es una forma de sabiduría. Pero propendo a los palacios del exceso.

-¿Cuál ha sido el lujo más inútil que te has permitido?

-Perfumes, terciopelos, tejidos. Vivo de sueños.

-¿Existe para ti un lujo moralmente sospechoso, aunque estéticamente irresistible?

-El cuerpo de una meretriz bella. Piel de tersura argentada, exquisito y opulento y escandaloso amor mercenario.

-En tiempos de escasez, ¿qué capricho mínimo te niegas a abandonar?

-La luz de Velázquez.

-¿Qué gesto funciona en ti como una forma de restitución?

-Tomar un café lento cuyo leve amargor —esa aspereza delicada que precede al calor— organiza de nuevo el mundo.

-¿Cuál sería, para ti, el lujo último?

-Serían dos: el tiempo y el silencio. El silencio, en particular, no es nunca completo: siempre está tejido de minúsculos accidentes —la respiración apenas perceptible, el roce del viento, el latido del propio pensamiento. Pero hay momentos en que esos fragmentos se ordenan de tal modo que producen la ilusión de una quietud absoluta. Esa quietud es el lujo último.

Tentativas 87

Hay lectores que leen libros; otros, más raros, leen bibliotecas. Estos últimos viven en una tensión perpetua entre el deseo y la imposibilidad. Saben que no alcanzarán nunca a leerlo todo, y sin embargo continúan acumulando, como si en esa proliferación residiera una forma de consuelo contra la finitud, nos señala Manguel.

El coleccionista de libros habita una locura dulce: rescata fragmentos de la historia para impedir que el tiempo los devore. Cada biblioteca privada es un pequeño acto de resistencia contra el olvido. Hay algo de náufrago en quien reúne libros: construye su isla con palabras, rodeado de voces que le impiden sentirse solo.

El ex libris es una declaración de propiedad que roza lo mágico: como si nombrar el libro bastara para retenerlo. Pero todo coleccionista sabe, en el fondo, que su biblioteca le sobrevivirá y que esas marcas no son más que notas al margen en la historia anónima de los libros.

El bibliómano verdadero desarrolla una sensibilidad extrema hacia los enemigos del libro. El polvo, si bien inevitable, debe ser combatido con diligencia; la humedad, en cambio, debe ser temida como una plaga. He visto bibliotecas enteras arruinadas no por el descuido manifiesto, sino por esa infiltración lenta y traicionera que hincha el papel y desfigura las encuadernaciones hasta volverlas irreconocibles.

Tentativas 86

La bibliofilia española del XX es profundamente romántica y humanista. El libro raro se siente como una reliquia viva. Marcelino Menéndez Pelayo, aunque falleció en 1912, su legado dominó la bibliofilia española del XX:

«No hay alegría más pura ni más exenta de egoísmo que la de rescatar de la oscuridad de una almoneda o del polvo de una covachuela un libro que se creía perdido. La maravilla del libro raro no es su precio en el mercado, sino el hecho de que, al abrir sus páginas, se siente el latido de los siglos y se establece un diálogo místico con el autor que lo pensó y el artesano que lo compuso.»

José Porter en «¡Papeles, papeles!», 1954, libro de lectura deliciosa, murmuró:

«El libro raro tiene una fisonomía propia, un rostro que nos mira desde el estante. La maravilla de encontrarlo es similar a la del arqueólogo que desentierra una ciudad: no es solo papel lo que compramos, es el derecho a custodiar una belleza que ha sobrevivido a guerras, humedades y desidias. Ser bibliófilo es ser un centinela de la cultura».

Para los británicos, el libro raro es el centro de una cosmogonía personal. Destaca la figura del bibliófilo como un «explorador» de mundos de papel. Holbrook Jackson, en «The Anatomy of Bibliomania»:

«Un libro raro es un objeto milagroso; es un cuerpo físico que contiene un alma inmortal. Aquellos que se maravillan ante una primera edición o un ejemplar de gran lujo no son meros fetichistas, sino adoradores de la continuidad humana. En el silencio de una biblioteca, estos volúmenes raros cantan con una voz que el tiempo no ha podido apagar, y su posesión nos otorga una suerte de inmortalidad por asociación».

O A. Edward Newton, que en «The Amenities of Book-Collecting», nos advierte:

«Muchos se preguntan por qué pagamos fortunas por un libro que podemos leer en una edición barata. La respuesta es sencilla: la maravilla reside en el contacto. Tener el libro que estuvo en las manos de su autor, o que salió de la prensa de un impresor legendario, es una forma de viaje en el tiempo. El libro raro es un talismán; tiene el poder de transformar una habitación ordinaria en un palacio de la sabiduría».

Los franceses son los maestros de la descripción sensorial del libro. Para ellos, la «maravilla» es táctil, visual y casi carnal.

Valery Larbaud. «Ce vice impuni, la lecture»:

«Existe un placer casi pecaminoso en el manejo de un libro raro. Es la maravilla de la proporción perfecta entre el margen, la mancha del texto y la textura del papel de hilo. Estos ejemplares no son para la multitud; son para el iniciado que sabe que la verdadera elegancia es discreta y se esconde en una marca de agua o en una encuadernación firmada por un maestro. El libro raro es el refugio final contra la vulgaridad del mundo moderno».

Y Anatole France. «Le Livre du Bibliophile»:

«¡Oh, la maravilla de los libros viejos! Son como los vinos nobles: ganan en espíritu lo que pierden en color. Un libro raro es un testigo mudo que ha visto pasar generaciones. Cuando lo acariciamos, no tocamos solo cuero de levante, tocamos la historia de la sensibilidad humana. Quien no se conmueve ante la tipografía de un incunable o la fragilidad de un folleto único, tiene el alma cerrada a los placeres más sutiles de la vida».