Burton 131

(Diego A. Manrique)

Ud. escribe con un compás muy marcado: usa frases sincopadas, incisos punzantes que funcionan como golpes de platillo («ejem», «no se fíen», «sí, torció el morro») y un balanceo constante entre la elegancia y la mordacidad de la crónica de costumbres. Es un crítico musical rítmico. Dada su melodía, prosodia y eufonía le asocio en mis imaginaciones culturalistas con «El Speculum Stultorum» (El espejo de los necios) de Nigel de Longchamps (c. 1180) El mismo «andante con brío» (el verso elegíaco de Longchamps tiene una cadencia idéntica su prosa: galopante, pero controlado. Avanza con fluidez, pero se detiene para encasquillarnos una ironía)

También me recuerda a «The Shaving of Shagpat» de George Meredith. Arabescos y percusión. Aliteraciones e incisos fulgurantes. Un si es no es victoriano y acelerado.Y a Jacques Laurent, no tanto al novelista de «Les Bêtises», sino al cronista y ensayista. Bamboleos entre lo culto y coloquial, sordina irónica, digresiones que nunca rompen el hilo, o esa manera de deslizar juicios críticos mediante pequeñas modulaciones, sin necesidad de subrayarlos. Usted es un cruce de Jacques Chardonne con André Thérive, mamando de Jean Mambrino (no por los temas, sino por la mampostería de la frase)

Enhorabuena, maestro.

Burton 130

«[…] coleccionar no tiene por qué tener tanto que ver con la obsesión de poseer como con la voluntad de cuidar y proteger».

Esta frase que dejas en tu texto es, en realidad, el núcleo del verdadero bibliófilo. Lo pienso al recordar De bibliothecis syntagma de Justus Lipsius, editado en Amberes por la Officina Plantiniana en 1602. El primer tratado moderno sobre la historia de las bibliotecas.

El lomo, fatigado y virando hacia tonos hueso, conserva el rastro en tinta ferrogálica de una mano del siglo XVII que escribió: «Lipsii de Bibliothecis».

El papel de tina plantiniano, regalando un olor seco, a lino viejo y polvo frío. No cruje; se dobla con una densidad que parece respirar bajo los dedos, y si lo pones al trasluz, la filigrana —un compás, un lirio— emerge como un vestigio de aquella Europa.

Custodiar un objeto así no es poseerlo. Es asumir que somos un eslabón, un espacio de acogida para que esa memoria siga viva. Tu propuesta para el IVAM y el empeño silencioso de un bibliófilo nacen del mismo lugar.

Burton 129

No solo hay que atribuir inteligencia a «El gallo de Sócrates» o «El loro de Flaubert». La tienen, y en abundancia, el «Polycraticus», de Juan de Salisbury, o la «Metanasiana», de Thémiseul de Saint-Hyacinthe. Y se constata al repasar artículos del «Dictionnaire» de Bayle, o la undécima edición de la «Britannica» (la preferida por Borges)

Y al estudiar la «Mirifici Logarithmorum Canonis Descriptio» («Descripción de la maravillosa regla de los logaritmos», en español, conocido informalmente como «Descriptio»), un libro del terrateniente y aficionado a las matemáticas escocés John Napier, donde expone, por vez primera, el método de uso de los logaritmos, o asimismo el «Liber abaci» (1202), libro histórico sobre aritmética de Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci.

La vida es mortal. Pero acaso podamos hacer en ella un hueco para despertar el cerebro con Juan Clímaco, abad de la comunidad de monjes del Sinaí, autor de «Liber ad pastorem» (existe una «Vida» de Juan Clímaco, escrita por Daniel de Raitu, ciertamente pobre en informaciones precisas) La obra que dio a Clímaco celebridad duradera fue sobre todo «Scala paradisi». Siguiendo una imaginería inspirada en la escala de Jacob, describe las etapas de la ascensión espiritual en treinta escalones, que corresponden a los treinta años de la vida oculta de Jesús. Escrita con mucho sentido psicológico (descripción de la gula o de la acidia, por ejemplo), en una lengua vigorosa y a menudo llena de imágines, la «Scala paradisi» tuvo gran influencia en Oriente, donde fue comentada con frecuencia.

Agudeza en el pensamiento vemos en Jan van Ruysbroek, ordenado presbítero en 1317, que llegó a «vicarius» y después a «capellanus» de Santa Gúdula. Sus escritos místicos son de un valor excepcional; obras maestras literarias, monumentos de literatura, descripciones preciosas. Lean «La piedra resplandeciente», opúsculo de una belleza y sutileza pasmosa. Ruysbroek habla, como los renanos, de un más allá de las palabras y los conceptos, de la «profundidad abismal del silencio» y del «desierto» al que se llega solo por el no saber.

En Gerona existió un centro activo que contó con cabalistas sobresalientes: Juda ben Yaqar, Ezra ben Salomón, Azriel, Jacob ben Sheshet, Moisés ben Nahmán. Sus escritos han sido casi todos editados y traducidos. Léanlos y disfruten.

Y a Polidoro Virgilio (citado en El Quijote) O la «Historia de mi vida», de Enea Silvio Piccolomini. O las «Memorias», de Philippe de Commynes, uno de los grandes memorialistas políticos del tránsito medieval-renacentista. E «Introduction to Mathematical Logic», «A Mathematical Introduction to Logic», «Computability and Logic», «Gödel’s Proof», o «Principia Mathematica» (La lógica es el arte de obligar a la inteligencia a seguir el camino de la necesidad. Allí donde termina la opinión y comienza la demostración, comienza también la lógica)

En fin, si algo no sobran son libros inteligentes en el mundo.

NOTA BENE: Disculpen la fatuidad desmedida, la pedantería fatigosa de esta nota.

Burton 128

El fin de semana no visito esa delgada franja de arena dorada que se extiende hasta donde alcanza la vista, bordeada por un mar azul y verde que rompe en olas suaves y espumosas. Nada sé de estelas de espuma blanca disolviéndose en la arena húmeda, ni del aire fresco y limpio con aroma a sal y algas que evoca recuerdos de veranos pasados.

Ignoro también el pulso del techno, ese que apenas se escucha con los oídos y se siente, más bien, en el esternón: una vibración de frecuencias bajas que hace temblar los vasos de plástico en la barra y dicta el ritmo involuntario de los párpados. Desconozco la pista de baile como un mar de cuerpos anónimos —esa masa orgánica y sudorosa que se mueve bajo una tormenta eléctrica programada— y las luces estroboscópicas de color azul cian y magenta cortando el aire como cuchillas de neón.

El fin de semana lo paso jodidamente encerrado en casa (como escribiría Bukowski). Un escritor trabaja los siete días de la semana, sin días de asueto en el sentido convencional; el sábado por la mañana se produce exactamente igual que un lunes o un miércoles.

El verdadero cambio que experimenté el último mes radica en qué leo y qué escribo. Ahora ya no frecuento libros, sino periódicos, cuyos artículos comento a través de una lectura demorada, basándome principalmente en sus aspectos retóricos y lógicos. Existe un maligno placer en detectar falacias y contradicciones en periodistas célebres que cobran, al menos, cinco veces más que yo. A veces, incluso, ensayo algunos aportes propios. No sé cuánto me durará esta funesta manía; lo cierto es que, pese al inmenso esfuerzo invertido, sigue sin leerme nadie

Burton 127

Leí con atención a Xavier Vidal-Folch. Pese a su indudable prestigio, es una firma que nunca ha terminado de atraparme, y este texto ilustra muy bien el porqué: describe acontecimientos geopolíticos brutales como si fueran hechos históricos consumados. Nos habla de un secuestro militar de Nicolás Maduro, de la conversión de Venezuela en un protectorado estadounidense y de una guerra de agresión contra Irán que terminó en una humillante rendición tras un bloqueo de 110 días.

¿Cuál es la trampa implícita? Que Vidal-Folch juega a la proyección distópica y a la ucronía. Utiliza la ficción literaria para advertirnos sobre lo que él cree que Trump deseaba que pasara, presentándolo con la fuerza narrativa de una crónica real para amplificar el pánico moral del lector. Es un «aviso para navegantes» ante la cumbre de la OTAN que eleva la peor de las hipótesis a la categoría de noticia de portada. A mi juicio, esto revela un análisis intelectual endeble.

Desde el punto de vista lógico y argumentativo, el artículo es defectuoso y tramposo; se sostiene sobre falacias monumentales. En buena lógica, resulta imposible extraer conclusiones verdaderas a partir de premisas manifiestamente falsas. Al inventarse una invasión de Irán y la caída de Venezuela, todo su diagnóstico sobre el «desplome del neobelicismo» carece de base empírica. Construye un hombre de paja gigante: diseña un escenario hiperbólico para luego celebrar que ha fracasado.

Pero el error más grave es su contradicción interna sobre el poder. El autor ridiculiza a quienes ven el «poder blando» como un idílico «mundo de Heidi». Sin embargo, para demostrar que ese poder blando y la razón tienen las de ganar, no recurre a la victoria de las instituciones o del Derecho Internacional, sino al fracaso militar de Washington frente a una «dictadura de los ayatolás imbatida». Es decir, valida la tesis de que a los puños solo los frenan otros puños más resistentes. Cómo añoro en estos debates a mi maestro Jesús Mosterín, que nos daba clases en la UB y nos vacunaba contra estas ligerezas conceptuales.

Donde sí arrasa Vidal-Folch es en la retórica y la estilística. Es un orfebre extraordinario. Si Isócrates analizara esta pieza, diría que es un despliegue magistral de elocuencia destinado a conmover (pathos) y a fijar una postura moral implacable (ethos). Le concedo y le admiro su riqueza léxica, su tensión dramática y sus metáforas poderosas. Es una prosa soberbia que te atrapa por el oído. Pero el periodismo y la historia exigen rigor. Y ante la razón, su argumento se desmorona.

Burton 126

Les seré sincero: poco o nada me importa el destino de Sánchez, Feijóo o Abascal. Mis desvelos, lo que pido urgentemente a mi nación, es una ciencia de vanguardia, un país culto y educado que evite el maleficio del dogmatismo, y una educación que eleve el nivel académico en lugar de imponer una visión ideológica del mundo. Exijo una justicia independiente y una administración eficaz, que no debilite el mérito ni coloque a peones afines; una economía puntera de pleno empleo, con escaso déficit y tecnológicamente avanzada; una industria con altas cotas de I+D; una España sin problemas de vivienda y, por encima de todo, concordia social, honestidad y nula corrupción. Para lograrlo, se requerirían pactos de Estado entre los partidos y una decidida visión a largo plazo.

Sin embargo, tal y como señala Vallespín, nos asola una partitocracia que no busca la prosperidad, sino generar odio y miedo. Desmantelan nuestro futuro a costa de su propia supervivencia, inoculando de arriba abajo el veneno de la confrontación para movilizar el voto a través de la víscera. Bajo este sistema, el líder político queda eximido de ser competente: le basta con azuzar el fantasma del oponente.

La maquinaria partidista ha secuestrado el interés nacional y la centralidad sociológica de un país donde el ciudadano medio es, paradójicamente, templado. La sociedad española, en su conjunto, no es extremista; desea exactamente lo mismo que yo: menos bronca y que se gobierne en busca de la excelencia. Pero a las siglas no les resulta rentable el éxito a largo plazo de la nación si este no cotiza a su favor. Ese es nuestro gran drama. Los partidos han dejado de ser herramientas al servicio de la sociedad para convertirse en fines en sí mismos, alimentando una dinámica de polarización obsesionada con la conquista del poder a corto plazo. Para ellos, la política ya no consiste en gestionar la realidad, sino en agitar las identidades y los miedos.

Simone Weil ya advirtió que cuando la política se reduce a una pasión identitaria, el Estado se vacía de excelencia. Terminamos esta nota con su admonición:

«Un partido político es una máquina de fabricar pasión colectiva. Un partido político es una organización de tal manera constituida que ejerce una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que forman parte de él. El fin único de todo partido político es su propio crecimiento, y este sin límite alguno. Por este triple carácter, todo partido es totalitario en germen y en aspiración. […] Si el crecimiento del partido es un criterio de bien, se sigue de ahí una inversión de la relación entre el bien y la verdad. La verdad ya no es el fin; el fin es el partido. El criterio de lo que es justo y verdadero pasa a ser el interés del partido. Lo que es útil para el partido es justo; lo que le es perjudicial, es falso e injusto. Se llega así a una completa subversión de los valores. […] Un hombre que no ha tomado la decisión de ser fiel exclusivamente a la luz interior de la verdad, no es un hombre libre».

Burton 125

Con el ilusionante proceso de la Transición, se unieron a la causa común profesores, empresarios y científicos: los aristoi de la sociedad civil. Sin embargo, ante la dramática degradación del lodazal político —con sus guerras intestinas y sus apuñalamientos—, cundió el desencanto y aquellos patricios desertaron en masa. En la actualidad, salvo contadas excepciones, reina una mediocridad embarazosa y una bilis incivil.

La política es, o debería ser, el noble arte del argumento y la deliberación; un espacio donde no tienen cabida la palabra degradada ni la zafiedad. Hoy, en cambio, se defenestra el argumento y se elude la lógica, sustituidos ambos por una agresividad ineducada. En lugar de premisas, desarrollo y conclusión, imperan el barullo, el insulto y el griterío. Esta quiebra del razonamiento ha entronizado la posverdad: la mentira ya no es el recurso desesperado para tapar un error, sino una estrategia institucionalizada. Se lanza una falsedad a sabiendas de que, para cuando los datos la desmientan, el impacto emocional ya habrá cumplido su propósito. La corrección posterior jamás logra el alcance del bulo inicial.

En la República Romana, la política se erigía sobre la auctoritas —el prestigio y la autoridad moral— y la dignitas. Si Cicerón hubiera subido a la tribuna del Senado a proferir insultos tabernarios o argumentos burdos nacidos del bajo vientre, habría cometido un suicidio político instantáneo. Allí no se admitían sandeces. Los senadores eran educados en retórica, filosofía y derecho desde la infancia, y el público del Senado constituía un jurado implacable que detectaba cualquier falacia ipso facto. Los discursos se escribían para perdurar, concebidos como piezas imperecederas tanto literarias como jurídicas. Hoy, por el contrario, proferir una estridencia grotesca garantiza la apertura del telediario y millones de interacciones.

De igual modo, en la era de lord Palmerston, Benjamin Disraeli y William Gladstone, los debates en la Cámara de los Comunes se prolongaban durante horas. Los diputados no leían folios redactados por asesores de comunicación; improvisaban réplicas cimentadas en un conocimiento profundo de la historia, la economía y la literatura clásica. Palmerston era célebre por su estilo directo y a veces combativo, pero sus intervenciones poseían una finura intelectual indiscutible. Su famoso discurso Civis Romanus sum (1850), en el que defendió los derechos de un ciudadano británico en el extranjero, duró cinco horas y mantuvo a la Cámara en vilo apelando al orgullo nacional, al derecho internacional y a la historia clásica.

De aquella excelencia hemos descendido a nuestra más crasa vulgaridad. El diputado actual ya no es un ciudadano reflexivo, sino un gladiador que hoza en el barro. La decadencia avanza, incontenible.

Burton 124

Veo la televisión, escucho la radio u oigo a la gente hablar en la calle. Se propala una habladuría roma, una cháchara vaga, destartalada e incompetente que implica un pensamiento tan inane como idiota. Es un lenguaje innoble, rebajado a moneda de curso común, de nulas ideas o con ideas pésimamente expresadas. Un hombre que posee un idioma pobre vive en un mundo pobre. No saber nombrar o articular las cosas provoca una incapacidad para percibir; y si no se sabe percibir, uno está abocado a morar en la cueva platónica. Sin vocabulario se antoja muy difícil la discrepancia o el razonamiento crítico, lo que tiene consecuencias directas en la calidad de nuestra democracia.

Debe de ser triste vivir en la jaula construida con los ladrillos del habla cotidiana e irreflexiva. Vivir una buena vida también es vivir una vida reflexiva; vivir, en definitiva, con los ojos abiertos. Percibo una sintaxis descabalada y casi infantil. Steiner advierte cómo se ha devaluado la palabra: «Hemos roto el vínculo entre el verbo y la verdad. El lenguaje de nuestro tiempo se ha vuelto de una vulgaridad expansiva; está saturado de jerga mediática, de clichés publicitarios y de una trivialidad que devora la capacidad de recogimiento de la mente. Cuando las palabras se rebajan a este estado de desgaste absoluto, cuando ya no requieren ningún esfuerzo de elaboración ni por parte del que habla ni del que escucha, el idioma se vacía de su fuerza vital. Lo que queda no es comunicación, sino una moneda falsificada que ha perdido todo su valor adquisitivo espiritual». La negligencia es descorazonadora. El estilo resulta chato y muy rudimentario. Un revoltijo de consignas y clichés: frases hechas que se pegan a la lengua como costras. Tropel e inflación de la palabra hueca. Hay una zafiedad en el hablar que no es sino el reflejo de la zafiedad del sentir y del pensar. Me estremece ver cómo se maltrata el idioma en la calle y en los medios.

Nicolás Gómez Dávila escribió: «El hombre moderno no habla, sino que repite los ruidos que ha escuchado. Su lenguaje es una colección de escombros verbales, un habla abajada que ha extirpado sistemáticamente todo vestigio de nobleza, de reverencia y de misterio. Cuando una sociedad renuncia a la jerarquía de las palabras, cuando celebra lo inculto como si fuera auténtico y lo trivial como si fuera cercano, no está liberándose; está hundiéndose en un pantano de ramplonería. La pérdida del estilo es el síntoma definitivo de una civilización que ha decidido que ya nada merece ser expresado con grandeza». Ramplonería cotidiana, ciertamente, que no supera la inmediatez. La lucha por un lenguaje elaborado y preciso es, en el fondo, la lucha por mantener la mente alerta ante la anestesia generalizada que nos impone la cultura de masas. Por todas partes oigo un habla deshilachada, una prosa pedestre que ya no busca la belleza ni la verdad, sino únicamente la satisfacción de la comunicación más baja. Frente a este desierto, uno se queda solo, hablando en la penumbra.

Burton 123

Estimado Sostres:

Para despejar equívocos, he de decirte que te considero uno de los mejores articulistas de España. Pululan en el gremio periodistas de aprobado raspado, acaso de notable; tú eres un escritor luciferino en el cuadro de honor. Me adentro por tu frase como si viese a una mujer movediza, de perfil: al principio parece bonita, sencilla, alta y rubia; pero después, ansiedades de por medio y sinestesias a través, veo un rojo insomnio, un bermellón de efes y aes pulido por una luz ventosa; pequeño, complejo, moreno y conventual.

Escribamos frases elegantes (Burke, De Maistre, Revel, Aron…). La siniestra, por su demostrado «gen rojo», solo se embrolla en un feísta terrorismo verbal en permanentes vacaciones por una gnóstica ininteligibilidad galáctica (Althusser, Marx, Lacan, Derrida et caetera). Nosotros debemos escribir mejor para pensar mejor. La siniestra piensa con zancos torcidos y subida de tripis.

A Polibio, cuando llegó a Corinto poco después de la derrota griega, le horrorizó ver a los soldados romanos utilizar el reverso de valiosas y hermosas pinturas como tableros de juego. Yo siento lo mismo que Polibio. La corona cívica era un atuendo militar alrededor de la cabeza, un conjunto de hojas de roble que se concedía a aquellos romanos que habían salvado a sus conciudadanos en la batalla. La única corona ahora son los derechos de resentidos y desastrados. Una voz interior me dice que nos inundan las hordas plebeyas de los hunos, y que murieron lo singular y patricio, el valor, lo sólido, la delicadeza del gusto y la opinión, y la pasión por la Libertad. Resisto. Solo, pero resisto. Algún día todo renacerá. Renacerá con frases bien escritas y joie de vivre.

Te mando un saludo afectuoso.

Aleix Leví Carballo.

Burton 122

JUARISTI UTILIZA UN ERROR DE INTERPRETACIÓN EN UNA ENCÍCLICA PAPAL SOBRE EL MITO DE BABEL PARA DEMOSTRAR QUE, MEDIANTE LA FILOLOGÍA, BABEL SIGNIFICA «CIUDAD DE DIOS» Y NO «CONFUSIÓN». CON ELLO CONCLUYE QUE EL LENGUAJE ES INHERENTEMENTE AMBIGUO, QUE EL SIGNIFICADO LO IMPONE QUIEN TIENE EL PODER, Y QUE LOS SERES HUMANOS ESTAMOS DESTINADOS A VIVIR EN ESA «BABEL» DE CONFUSIÓN NATURAL, INTENTANDO ACLARARNOS ANTES DEL FIN DE NUESTROS DÍAS.

Puse en mayúsculas, enfatizándolo, lo que considero el núcleo del artículo. Juaristi acude a las fuentes (la Vulgata, la Biblia de Ferrara, la Reina/Valera) para demostrar que antes de la Torre de Babel, la humanidad tenía «una sola lengua y unas mismas palabras». Por lo tanto, el proyecto originario de Babel era uniforme. Si la diversidad de lenguas surge después como un castigo divino para hacer fracasar la torre, el Papa comete una incongruencia narrativa al oponer la «ciudad justa que protege la diversidad» a Babel, ya que la Babel histórica e idealizada era, precisamente, monolingüe.

Infiere, con argumentos filológicos semíticos, que Babel y la «Ciudad de Dios» no son opuestos disyuntivos; etimológicamente son lo mismo. El nombre original encierra una contradicción absoluta con el mito.

El artículo es denso, pero deslumbrante. Te deja patidifuso la limpidez lógica irreprochable del razonamiento. Lo que hace el autor es coger las premisas de su oponente (el Papa) y demostrar que, si se llevan a sus últimas consecuencias utilizando los textos sagrados y la filología, el argumento papal se cae por su propio peso. El Papa es un licenciado en matemáticas autocontradictorio.

Sobresaliente cum laude.