Burton 121

Según Montaigne (una fresca percepción) la vida es «ondayant». Pensando en el adjetivo que más cuadra con nuestro poco fausto gobierno se me ocurre «ténébreux» (con pringoso color petróleo)

Veamos: «El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”, analizó Klemperer. Mutatis mutandis, la claridad, el honor de las palabras y de las promesas, deviene insensiblemente en palabras-anfibias y en promesas-serpiente. Si los nombres no son correctos, el lenguaje no está de acuerdo con la verdad de las cosas. Si el lenguaje no está de acuerdo con la verdad de las cosas, los asuntos del Estado no pueden llevarse a cabo con éxito. La democracia se funda en la verdad de los hechos; de otro modo el discurso público se convierte en una fantasmagoría para zombis. Deliberamos juzgando los hechos; si se nos escamotean los hechos, las ideas pierden pie.

El siglo XXI corre el riesgo de ser recordado como el siglo de la mentira (bulos, posverdad y propaganda digital) La política no debería ser una rama de la ciencia ficción. Este es uno de los grandes peligros del buen regimiento de la cosa pública.

Me gustaría concluir con unas palabras visionarias del escritor J.C. Ballard: «El novelista ya no tiene que inventar la ficción; la ficción ya está ahí. La tarea del escritor es más bien inventar la realidad. A lo largo del siglo XX, los papeles de la ficción y la realidad se han invertido. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de todo tipo: la publicidad masiva, la política como una rama de las relaciones públicas, los simulacros instantáneos de la televisión… En el pasado, siempre asumimos que el mundo exterior representaba la realidad… y que el mundo interior de la mente representaba la fantasía. Hoy esa relación se ha invertido. El mundo exterior es ahora la gran ficción, donde las políticas de los gobiernos se ejecutan como guiones cinematográficos de ciencia ficción y los líderes actúan como personajes de reparto. Lo único real que nos queda es el espacio interior de nuestras mentes, el único lugar donde podemos intentar reconstruir lo que es verdadero».

Burton 120

Felicitar al editorialista efusivamente. Si les leyera Quintiliano aplaudiría la «dispositio» (la organización) y el uso preciso del estilo medio. El texto cumple a la perfección el principio del «bene dicendi» (hablar bien para convencer). Encontraría en el primer párrafo un exordio impecable que eleva el tono histórico. Apreciaría especialmente el uso del antítesis («no para conceder privilegios, sino para garantizar derechos»; «no consiste en producir líderes infalibles, sino en impedir que dirigentes falibles puedan destruirla»). Para Quintiliano, este texto posee «auctoritas» porque apela a las virtudes cívicas universales mediante una sintaxis armónica y equilibrada. Insisto, mi enhorabuena.

Demóstenes alabaría que el texto no se quede en el elogio vacío, sino que plantee una tesis combativa: las instituciones no se defienden solas, exigen ciudadanos con voluntad de luchar. E Isócrates estaría entusiasmado. El estilo de Isócrates se caracterizaba por periodos sintácticos largos, simétricos y un profundo sentido de la misión histórica. Este editorial encaja con su visión: presenta a EE. UU. como una fuerza civilizatoria de Occidente y contrasta de forma panorámica su éxito con las trágicas recaídas de Europa en el totalitarismo. Es el tipo de prosa que Isócrates escribía para recordar a las polis griegas sus valores fundacionales comunes. Por tercera vez, den una medalla al redactor.

Ciertamente, «la capacidad de enmienda», los contrapesos coronan la fortaleza de la democracia americana. El argumento más implausible de su excelso artículo, acaso porque no se ajusta del todo al rigor histórico, es su visión algo idílica de la «pax americana».

Me gustaría exponer la editorial del Wall Street Journal, muy sagaz: «El experimento que comenzó en Filadelfia hace dos siglos y medio sigue siendo una anomalía histórica milagrosa: un gobierno basado en ideas y no en lazos de sangre. Sin embargo, la celebración de este Semiquincentenario no puede camuflar la erosión de sus pilares. La constitución sobrevive, pero el verdadero enemigo de la República hoy no es un monarca extranjero, sino la complacencia interna. Una nación asfixiada por la deuda, la polarización identitaria y una burocracia federal que devora la iniciativa individual corre el riesgo de olvidar lo que la libertad requiere. El verdadero homenaje a 1776 no son los fuegos artificiales, sino el retorno estricto a los límites del poder estatal que los fundadores esculpieron.»

Le Figaro por su parte escribía: «…la gran paradoja de este aniversario es que el modelo que inmunizó a Occidente durante el siglo XX sufre hoy una crisis de legitimidad sin precedentes en su propia casa. El peligro para la democracia liberal no es que sus instituciones sean destruidas por un enemigo externo, sino que la polarización tribal vacíe de contenido los templos de su República.»

Como señalan ustedes muy bien el orden político tiene como columnas la arquitectura institucional y la vigilancia de la sociedad civil. Que esta efeméride no nos lo haga olvidar.

Burton 119

A veces el comprensible factor humano puede enturbiar y hacer saltar los filtros editoriales. Sixto Ríos fue un patriarca de la estadística matemática en España, un académico reverenciado y de gran prestigio. Ya mayor, los estragos del tiempo hicieron mella en él; empezó insidiosamente a demenciarse. Pero Ríos seguía enviando trabajos a la Gaceta de la Real Sociedad Matemática Española y a los boletines de la Academia; un tipo de notas inconexas, con ideas repetidas o que carecían del menor sentido matemático. Los editores los publicaron por compasión y deferencia hacia su pasada eminencia científica. Aquel emotivo «pacto de silencio», humanamente comprensible, se estudia hoy en los comités de ética como el ejemplo de cómo la pleitesía puede corromper el rigor de una revista.

A principios de los dos mil, un joven físico alemán que trabajaba en los Laboratorios Bell, Jan Hendrik Schön, deslumbró a la comunidad mundial del campo de la nanotecnología. Prometía revolucionar el mundo con transistores de tamaño molecular, y publicaba en Nature y Science a un ritmo inusitado: un paper cada ocho días. Con apenas treinta años, los comités del Nobel ya estaban previendo su galardón. Pero la quimera se derrumbó en 2002, cuando la competencia se puso a mirar con lupa los gráficos de sus artículos. Descubrieron la trampa: Schön había copiado y pegado exactamente el mismo «ruido» de fondo en experimentos completamente distintos. No investigaba; fabricaba los datos en su ordenador. Su caída fue fulminante. Pero el verdadero desdoro cayó sobre los revisores de las revistas más prestigiosas del planeta.

Dos historias que recuerdan una misma verdad: el prestigio de un autor nunca puede sustituir al juicio crítico de un editor.

Burton 118

Ana Iris, a ver si algún día quedamos para tomar una olla de San Antón, cabeza de cordero asada, sangre encebollada, zarajos, crestas de gallo, lengua de vaca, sesos, criadillas, manteca colorá y unas gachas con gallinejas. De postre: orejas de carnaval y botellas de anís de Chinchón.

No siempre es consistente una apología de la humildad: hay pobres y buenas personas, pobres y malas personas, ricos y buenas personas, y ricos y malas personas. La vía regia a la excelencia moral no la tasa el parné. Pero sí, el contraste es llamativo. Cuatreros, chorizos, rateros y mangantes encorbatados abundan no poco en estos días de nuestra atribulada España. El pobre virtuoso es infinitamente más noble que el rico vicioso. Lo escribió Cervantes: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas (…) Al pobre le toca ser virtuoso, y la virtud es la verdadera nobleza, que vale por sí sola lo que la sangre y la cuna no valen».

Andrés no necesita armiños ni coronas, tafetanes ni la adulación de súbditos. Le basta la ganancia de mostrarse al mundo sin altivez.

P.S.: Felicidades por el artículo y te envío un abrazo afectuoso.

Burton 117

El texto exhibe la prosa característica del artículo de fondo de la tradición periodística europea: solemne, perentoria y de una cadencia pulcra, directa y casi trágica. Utiliza con maestría el claroscuro. La técnica central del texto es la amplificatio por antítesis. Quintiliano aconsejaba amplificar el discurso no solo acumulando palabras, sino confrontando realidades. El editorial contrapone el arco ideal (los ideales ilustrados y el doble salvamento de Europa) y la llaga (el tenebroso Trump en lontananza, e incluso la propensión de EE. UU. al imperialismo). Cuando cita a Luther King, mueve nuestros afectos con elocuencia. Insisto: enhorabuena al feliz editorialista.

Leí el artículo tres veces y me quedan algunas incertidumbres: ¿Afirmar que la alianza con la oligarquía tecnológica o el uso de criptomonedas equivale directamente a la «demolición» de los ideales de 1776 no es, quizá, un salto hiperbólico? ¿Trump aspira realmente a demoler los ideales de 1776? Desearía —cautamente— argumentar esta última pregunta. A mi juicio, más que demoler, Trump pretende una restauración nacionalista. Según sus ideas, el verdadero alejamiento de 1776 lo cometió el consenso globalista y tecnocrático de Washington, que diluyó la soberanía popular en favor de organismos supranacionales y burocracias no electas. Trump suele apelar al espíritu de rebelión de 1776 contra una nueva «aristocracia» política. Discrepo de este punto de vista populista.

«En América, la libertad se considera como el mejor instrumento y la mayor garantía de la paz social y del orden industrial… La gran ventaja de los americanos no consiste, pues, en ser más ilustrados que otros pueblos, sino en tener la facultad de reparar los errores que cometen», leo en Tocqueville. Me parece un elogio merecido y verdadero.

Trump es un prescriptor del voluntarismo puro: cree que su voluntad personal está por encima de las restricciones institucionales. Esto es la antítesis exacta del conservadurismo madisoniano, el cual sostiene que las instituciones y las leyes deben ser rígidas e impersonales para evitar, precisamente, que los caprichos de un solo hombre dicten el destino de la república (de una entrevista a George F. Will).

Trump, narciso y deslustrado, será barrido por la historia.

Burton 116

(A Karina Sainz Borgo)

El arco de Filoctetes no puede ser manejado por nadie más que por su dueño, y el dueño es un hombre con una llaga incurable. Esta es la paradoja del artista: la sociedad lo necesita por su fuerza mágica (su arco), pero lo margina o lo compadece por su asquerosidad o su debilidad (su llaga). La literatura es la forma en que el escritor intenta curarse y, al mismo tiempo, ordenar el mundo circundante. Recuerdo que decía (cito de memoria) Edmund Wilson.

Karina escribe con una llaga que gotea vida entre alaridos. Una melancólica úlcera que nunca es adorno ni retórica vana. Escribir es un acto de restitución: devolver la palabra a tu padre, a tu madre, a tus abuelos. Karina es una copista en un monasterio sitiado por la barbarie del entretenimiento de masas.

La literatura se mueve en un terreno donde la verdad no es una cuestión de decreto judicial, sino de intensidad de vividura. La verdadera función de un escritor no es ilustrar una teoría política o una postura moral dogmática, sino hacer justicia a aquel que ha sido silenciado o reducido a la categoría de animal o enemigo. La escritura es una forma de hospitalidad. El arte de la palabra debe desvelar las fuerzas secretas que mueven al hombre: su capacidad para la abyección, pero también su misteriosa sed de luz y de ternura.

Enhorabuena por el premio. El talento es una forma de insubordinación frente a la intemperie.

Burton 115

El mayor deber de un gobernante es evitar que su gobierno huela a podredumbre, porque los grandes hombres no solo vician la sociedad al corromperse ellos mismos, sino que la inundan de su propio veneno al acostumbrar a los ciudadanos a tolerar el fango, expresó hace siglos Cicerón de «De re publica». A Sánchez se la refanfifla. A cualquier mente sana nos parece de una mezquindad intolerable que un político, cuando las cosas salen mal o cuando la corrupción infecta sus ministerios, se limite a decir que él no sabía nada, que sus subordinados le engañaron o que sus intenciones eran puras. Para la ética de la responsabilidad (Weber), la ignorancia no es una eximente. Al caradura de nuestro líder por un oída va y por el otro sale.

Él solo se excita ante el escalofrío del poder absoluto. Ama la sumisión ignara de parte de su pueblo (manejados como polichinelas) y se deleita en su desvergüenza. Gobierna con ese rictus de momia que se le ha puesto últimamente y con los ojos de vidrio entelados de perfidia. De su astucia, de sus trampas, no asoma ni sombra de pudor. El tipejo es de órdago.

Godoy tejió una red clientelar donde jueces, corregidores y militares le debían el cargo directamente a él. Colocó a sus secuaces en los puestos clave de la administración y la recaudación, ignorando las críticas de una Ilustración que veía cómo la nación se hundía en la bancarrota y el descrédito internacional. La trampa de Sánchez con el censo tiene un obvio paralelismo histórico: Francisco Romero Robledo (1838–1906) Ministro de la Gobernación durante la Restauración, fue el gran artífice de la manipulación sistemática de las leyes y del censo electoral. Encarna al político amoral que ve las elecciones no como un ejercicio democrático, sino como una simple burocracia que hay que amañar. Nada nuevo bajo el sol.

Burton 114

Piotr Stepánovich Verjovenski en «Los demonios» es el líder de una célula revolucionaria; no le importa la justicia social, solo la destrucción del orden establecido y la manipulación de las personas como peones de ajedrez.

En este pasaje, Piotr Verjovenski expone a Stavroguin su plan maestro para controlar a la sociedad a través del caos, el chantaje y la destrucción de la moral común, reflejando una amoralidad política absoluta: «¿Sabe usted que ya somos terriblemente fuertes? Los nuestros no son solo los que degüellan e incendian, o los que hacen disparos clásicos. Esos no hacen más que estorbar. Yo no entiendo nada sin disciplina. Yo soy un ratero, no un socialista, ¡ja, ja! Escúcheme, los he contado a todos: el maestro de escuela que se ríe con los niños del Dios de ellos y de su cuna, ya es nuestro. El abogado que defiende al asesino culto demostrando que es más instruido que sus víctimas y que no pudo por menos de matar para agenciarse dinero, ya es nuestro. Los escolares que matan a un campesino para experimentar la sensación del asesinato, son nuestros. Los jurados que absuelven a los criminales a troche y moche, son nuestros. El procurador que tiembla en el tribunal por miedo a no ser bastante liberal, es nuestro, ¡nuestro! Entre los funcionarios, entre los literatos, ¡oh, son muchos, muchísimos los nuestros, y ellos mismos no lo saben! […] Escuche, nosotros haremos una revolución general. […] Se proclamará el trastorno; ¿por qué? ¿por qué idea? Pues porque el pueblo está aburrido del orden. Romperemos los cimientos, propagaremos los incendios… Crearemos una borrachera como nunca se ha visto, una borrachera tal que todo se tambalee. Dios no existe, la moral es una patraña de los débiles. Lo que hace falta es una fuerza que dirija esa masa borracha, y esa fuerza seremos nosotros».

El alma de Sánchez no le cabe en el cuerpo de lo pura roñosa que es. Solo le importa que el dinero corra y acabe en su cajón y en el de su pandilla de secuaces cleptócratas. Fluye como un río de hiel, chupado, sin sofocarse, inmune a la vergüenza, arrastrando la indignidad de los que le rodean con total pachorra. Desde Fernando VII no teníamos un amoral tal. Para él la verdad no cotiza en el mercado de abastos ni en la más elemental transacción humana. Felón pantanoso. Ruin pegajoso.

Burton 113

«La política no tiene que ver con la realización de conceptos abstractos, sino con la satisfacción de necesidades prácticas […] El estudio de las fuerzas que dan forma, dirigen y modifican la vida del Estado es el punto de partida de todo conocimiento político. La ley del poder gobierna el mundo de los Estados de la misma manera que la ley de la gravedad gobierna el mundo físico. La vieja política se perdía en ideales idealistas; la Realpolitik reconoce que las ideas no gobiernan, sino que el poder de las circunstancias y las fuerzas reales son los verdaderos motores de la historia», Ludwig von Rochau, Fundamentos de la Realpolitik.

Un político no está para hacer de juez moral de nadie, sino para salvaguardar el futuro de su pueblo aprovechando cada oportunidad que le brinde el equilibrio de fuerzas. No se puede ser un calvinista moral; el exceso de idealismo ciego siempre termina siendo destructivo. Es verdad que la paradoja de la Realpolitik es que, si se practica sin moderación o sin una visión de orden superior, acaba destruyendo el propio equilibrio que intenta proteger. Pero Juanma Moreno será capaz de mantener ese equilibrio. A veces la derecha liberal peca de maricomplejines. El pacto con VOX es inteligente y, por encima de todo, plenamente legítimo.

Burton 112

Noche de julio, europea y musical. Noche de verano como un gran estanque oscuro y tranquilo, en cuyo fondo las formas familiares de los árboles y los cobertizos flotan sin peso, disueltas en una penumbra de tibieza plateada. Brasero encendido del cielo, desnudadas estrellas de albahaca. «Una nit d’estiu, d’una calma absoluta, calenta i pesada. L’aire no es mou. La llum de la lluna, d’un blanc blavís i fred, cau sobre les teulades del poble i els camps de pomeres, deixant unes ombres retallades, dures, d’una precisió gairebé mineral». nos recordó Pla. Las polillas se estrellan contra las luces de mi lámpara.

Me atenaza la funesta manía de escribir, la compulsión de emborronar en la pantalla unas vagas palabras. Pero, confesémoslo, no leí el Leviatán, ni Ser y tiempo, ni la Fenomenología del espíritu, ni la Estética de Adorno. Soy todo huecos y lagunas culturales. Me abochorna mi incultura. Toda mi vida leyendo, y prácticamente no sé nada (y sin el «prácticamente») Siento el vértigo helado ante lenguas que estudié y ahora balbuceo precariamente. Y me invade una intensa amargura por todo lo que no sé. Es la sensación de haber sido alimentada con migajas mientras otros se sentaban a la mesa completa.

El sabio torrencial Llovet es un cráneo privilegiado y lo opuesto a un impostor. Yo soy -y no me engaño- un diletante falsario. Siento el impulso de confesarlo: poco más allá voy del analfabeto. Perdónenme el vómito indecoroso de intimidad. Es insoportable ser tan limitado.