TEODICEA

No reces más; el demonio es optimista si cree que puede hacer mejores a los hombres.
La altanera riqueza de la noche lo expresa perspicuamente:
los hombres solo son decentes en la medida que no tienen poder.
La noche mueve a los mastines del odio.
El día mueve a los gallos del odio.
El odio dilapida sus acordes creativos.
El porvenir solo pertenece a los que saben odiar.

ODI PROFANUM VULGUS

La verdad siempre fue de los pocos, pero ¡cuánta sofistería y fantasmagoría!
Observadlos -grotescos-, ¡son en verdad espantosos!,
sus palabras como un reguero gerundio de miguitas sin hilo de Ariadna,
y oscuros desiertos acunando sus ropas,
y pavorosos ocios tabernarios por incapacidad (nada saben) de libertad.
¡Querubes de Instagram!
¡Alcachofas de twitts en lugar de flores de azafrán y prímulas centelleantes!
Sin ideas para pensar el mundo,
sin ideas para comprender el mundo,
sin ideas para cambiar el mundo.
No hay en ellos oro de tritón de gloria bizantina,
ni de vihuela románica,
creen la realidad -encima- poco real, como un descascarillado.
huevo de Pascua. Qué de petróleo en sus pupilas.
Su romanticismo descriptivo es trampa para ratones.
Nacen, trabajan, se casan, gastan, mueren. Abusan de la tele
y el deporte. Nacen, trabajan, mueren, sin otras plegarias.
Gastan y solo desean gastar más.
Cual fanáticos bichos calumnian e insultan en las redes.
Leen -si leen- libros para Sanchos.
No se cansan por pensar, pues poco piensan.
Razonan a golpes de ceguera.
Ellos son esa gran grey que recorre tapando el silencio de la luna,
son los fieles al bochorno cotidiano,
los grotescos libadores de cerveza barata,
los que anhelan, no la Noche, sino la Nada, su grave Señora.
Así que tú Christian, tímido marqués de vacas y verduras,
cultiva las camelias, las dulces camelias, y sueña en tu celda,
reza, mima a mamá, desbroza, ara, lee,
que no lleguen a tus labios sus corazones encebollados
y mira las diez tonalidades de verde en un palmo del jardín
y, en el pazo solitario,
deja a tu cuidado
el pájaro que oyes al alba,
el manto de las mil y una estrellas que te cobijan.
No ser como tus enemigos.
No ser -jamás- como ellos.
Vivir dentro de tu incendio forestal.

El antimoderno

En la más apacible bonanza y la más compacta, frondosa sobriedad, vivo como una reliquia de mí mismo una vida antimoderna entre mi alta y feudal aldea gallega. Bi bene, ibi patria, «donde bien estés, tu patria está». La mano asesina de Internet acabó con mis dulces amores, con los usos y costumbres de mi mamá y de mi papá, acabó con el dinero, los libros, el arte, el periódico de papel, las canicas, los sombreros, el cine, la amistad, el sexo, la educación, las costumbres en general, la moral universal en particular. En mi exilio feudal gallego vivo una forma arcaica de vida que me justifica. Venceréis, mas no convenceréis. Engañad a la vegetación con vuestra nube de gases venenosos. Cambiad la conveniencia sin tensión de esos hogares iguales a nichos, cambiad el tumulto de la mente, cambiadlos por los viajes en coche y avión y la hipoteca. Birlad los bienes del prójimo usando a destajo ese latrocinio llamado «comercio». A Polibio, cuando llegó a Corinto poco después de la derrota griega, le horrorizó ver a soldados romanos utilizar el reverso de valiosas y hermosas pinturas como tableros de juego. Yo me siento lo mismo que Polibio. La corona cívica era un atuendo militar alrededor de la cabeza, un conjunto de hojas de roble que se concedía a aquellos romanos que habían salvado a sus conciudadanos en la batalla. La única corona de ahora son los dineros, el arrastrado -gusano que repta a ras de tierra- el arrastrado parné. Pero una voz interior me dice que se acercan las hordas galas y plebeyas, y que murió lo singular y patricio, el valor, el bien, lo sólido, y la delicadeza del gusto, y la pasión por la libertad. Yo resisto. Solo, pero resisto. En mi cueva arrullado. En mi latebra acolchado. Mascullando mi indefensa verdad: el mundo se equivoca, yo no yerro. Para mí, ultimus romanorum, escuchar al lobo en la honda noche, el gallo al amanecer, para mí la lechuza y la atrabilis. Suetonio refirió varios espectáculos cruentos en la era de Nerón. Suetonio es el hoy del ahora. Anna Ajmátova declaró más que convincentemente que el siglo XX fue «peor que cualquier otro». Leopardi declaró el suyo «feo y estúpido». ¿Hablaremos al final del XXI como Anna del XX o Leopardi del XIX? Se avecinan siglos de incuria, dolor e hiel, siglos de desmigarse el corazón y el hojaldre de la belleza, el orden y la sabiduría. Un mundo cuya única música es la del ascensor; ése está destinado a perecer. Lejos de Sefarad mi refugio es la Europa de Carlomagno o el norte de África de Agustín de Hipona o los Moralia de Plutarco. Mi refugio es esta inconcebible soledad donde secluso escupo mis invectivas. Oh mi aldeíta, mi Nogueira de monarquía plenipotenciaria. El rey Luis XVI intentó no perder la cabeza y el poder. Intentó un consenso mediante unas necesarias reformas. Pero al convocar los Estados Generales abrió una temible espita. El 14 de julio de 1789 vino la horda. La plebe asesina y es ruin, el populacho es bestia, verdulero y tonto, la arboladura zafia y roma de la bobería. Cuando conducían al cadalso a Luis XVI, en la carreta, pidió a un ciudadano que por favor entregara una carta de amor y de despedida a su reina; el vil ciudadano -engreído y tosco- se negó afirmando que él no era súbdito de nadie: ¡Pobre diablo!¡Iluso y cándido! Cuando iban a guillotinar a María Antonieta el verdugo pisó sus lindos botines; la dama de estricta educación prusiana profirió entonces sus últimas palabras «Pardon, messie» Que Grecia y Roma, y la Francia de Luis XVI, como una golondrina, como una golosina, anide en mi casa y mi aldea, y que no anide en ellas la lujuria turista, el FMI e interné. Que Marco Aurelio guíe mis pensamientos, o el generoso Tomás de Aquino, y no los mamarrachos coachs o el organum diabolicum del televisor. Abro mi baúl con flejes de hierro y saco una antigua edición de Platón. También excoraciones en mis ediciones de Gnósticos. Rímel verde de prados orensanos tascan hierbas y pacen senequistas vacas en mis tierras este año no muy lluvioso. El silencio y la soledad pitusa se ajustan a mi carne. En mi galería leo, veo pasar en cofradía tanto la bendición de los dioses como la pudrición súbita y paulatina del mundo. Sueño recurrentemente con una especie de nuevo renacimiento ficiniano. Me cuesta alcanzar, empero, algunas veces, un sueño sereno. Temo, también, algunas veces, mi locura.
Os desprecio, hombres-máquina.
Solo amo la luna.
Solo amo mi soledad de leopardo y yerbas.
Solo pienso en el pasado augusto.

Basura

Grafólogos, quiromantes, practicantes del Reiki, chifladuras de la Era de Acuario, portentosas imbecilidades de ovnis y embajadas galácticas, clarividentes de hojas del té, echadores del Tarot, médiums risibles y perturbadas, astrólogos bujarrones, brujas con su bola de colorines, quemaduras con forma de huevo en un campo por parte de una supuesta nave espacial, infames horóscopos ; todo un sinfín de degradadas y cómicas histerias astrales, de absurdas insensateces evidentes, de morralla borderline, de pillos y estafadoras, de irracionales exorcismos ante el eclipse de Dios y la teología.
Bolas y engrudos de mantequilla adolescente provenientes de Air India.
Absolutos rotos con labios de barro.
Teologías para incapaces de autonomía de razón.
Síntomas de la barbarie de un mundo educativamente catastrófico y decadente.

Epitafio

Si mi nombre y deseo quieres saber, caminante,
soy Christian, el aldeano,
a quien los poetas enseñaron a vivir,
y los filósofos a morir,
y los santos cordialmente a sufrir.
Recorre el áspero camino y búrlate de mí,
que mucho ceceé en mis versos,
príncipe de vanos silencios.
Procuré hacer el bien y evitar el mal,
no fui nunca feliz,
y mi riqueza fue una pequeña alma
que aquí reposa
junto al hórreo y la alberca
Duermo la noche perpetua
y espero ver tu cauta sonrisa cómplice, caminante,
que esbozarás al leer estas palabras,
y que un día, como un niño, serán rasgo y oficio de tu soledad.
Pensemos ahora mismo esas justas palaras juntos como hermanos.

Fe de vida

Es ingrato negar las felicidades del mundo,
porque mamá se acaba poniendo su pañuelo de siempre,
y el mar también siempre vuelve.
Hay una línea de Montaigne para que la leas solitario en la sombra y ramas de palmas datileras que parecen escofinas.
Hay margaritas gruesas por el suelo.
Hay polillas con su última canción.
Esta mañana sencillamente quieres decir que te gusta la vida, que le das un Sí sabroso, rojo y de caramelo, fresco y de sandía, un Sí grotesco y musical, sátiro y azul.
Es difícil cavar agujeros en mi corazón. Lo tengo fortificado frente a ataques sioux.
Es ingrato negar las dichas del mundo, si amas y te aman, si tu corazón propende a amar a borbotones. Queda una línea de Lucrecio, el sabor del café por la mañana, los zigurat que aguantan los templos del mundo.
Es una irreligiosidad no creer en la fe verdadera del mundo.
Una irreligiosidad no creer en la alegría.

Muerte del aldeano

Ni hablar de morir en Hospital, en Ciudad,
entre híspidos médicos estúpidos e imberbes agilipolladas enfermeras
que te llaman “abuelo”.
Que me embalsamen al fraternal pino en solicitud generosa,
y sean las losas viejas de mi casa nuevas raíces o un nuevo origen, que el testimonio de la piedra de mi casa
sea testimonio de mi ultratierra. Un poco de morfina, no más.
Y el malva y la yedra y el musgo por los muros,
por la boca las piedras,
y mi voz ronca rugiendo, no sopranista o atiplada
por estúpida química ciencia hospitalaria.
Y la Gran Dulzura por lo que sobrepasa el significado:
el agua que bebe el lobo, las cabras que rompen la escarcha,
la cocina con su escoba y sus paños,
el sol que resquebraja los labios,
la luna que da el último ímpetu al jabalí herido.
Todo en vez de morir lugar de enfermedad infecciosa y viciosa en un desafecto Hospital.
Porque Elegancia no está reñida con Rectitud,
ni el enconado dolor con las Bienaventuranzas,
así como poco se aviene mi fe con blancos despachos, jeringas y catéters.
Siento la hermosa honra de entoldar mi boca y ojos en Casa,
siento el ilustre matinal de morir acurrucado en Casa y Aldea,
no a la turbamulta de la turbia higiene.
Con sudor y el sacho abrí canales en el campo.
La Ley, el Poder y la Autoridad son mi jaculatoria.
Porque aldeano soy
y únicamente aquí y ahora
quiero entregar al Altísimo mis pecados.

 

Mi democracia

Mientras no consigamos que los hombres sean ángeles, o príncipes de la virtud y donantes universales de sus riquezas, yo me conformo con que lo mejor que podemos hacer para agradarnos y querernos los unos a los otros es parecernos a los franceses y ingleses que frecuentaban el salón de Madame du Deffand. Ese día creeré en la democracia.

Bar y democracia

Hoy estuve toda la mañana en el bar. Ignorando el ingenio más refinado abundaban las bromas sexuales de un sermo decinctus entre hombres rudos, así como el análisis político más grosero. Dedicar el tiempo hábil al estudio, a un saber en mitad de un otiun studiosum o bien en pleno otium cum dignitate, eso deseo. Hubiera convenido a los parroquianos la definición del sermo erudito que leemos en Macrobio: concentus in dissonis, in unum conspiratio, y quitar de sus mientes palabras gruesas y romas sentencias.
Creeré en España o la democracia cuando ir al bar en este bajo siglo xxi fuera o fuese como acudir a un salón de Madame du Deffand o Madame de Sévigné en el siglo xviii. Ah esta Edad de Piedra Electrónica, esta Edad Media Tecnológica, estos Bares Orangutanescos…