
En el castillo de Axel

pero sin el glamour de la vida de los Fitzgerald o el lujo de Symonds,
sin la prosa de Ruskin o Hölderlin, no, la mayoría no son Panero,
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.
No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo. Esos ojos
pastosos, y miradlos que como ardillas enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo. Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa besa sus labios. Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-, qué son sus lunas tapizando
o iluminando un mundo que sólo para ellos existe; es la melancolía,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las galaxias
y deja una estela o trenza muy menuda y quieta de luz.
Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable tedio a medicinas.
Una acuosa percepción del silentium como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo. La muchacha anoréxica
solloza y se avergüenza porque en el instituto todos saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos a las explicaciones
de un tipo singular hablando sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen por toda la sala los gritos
mezclados con rezos de un chaval árabe que lleva siete horas atado.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera despertará mañana a los pacientes
pero, ay, nunca con sexo erótico ni con alta música de flauta mozartiana.
Es curiosa observar como prácticamente nadie mira el televisor.
Detén, oh dios de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita. Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias y doradas. Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías. Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la mejor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre sobre la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros trenes de madrugada
se diría que a la nada, o a un infierno, les conducen.
Poema a la manera de la autoayuda

Calicles apostó por el libertinaje.
-«Feliz es el que puede hacer lo que quiere, querido Sócrates».
-«Feliz es el que es bueno, querido Calicles».
Yo soy virtuoso pero infeliz.
Yo soy pobre, pero feliz.
Yo soy cristiano, pero infeliz.
Yo soy efímero, pero feliz.
Yo tengo amigos, y no los amo.
Yo no tengo mujer, y la amo.
Si amas, cultiva tu espíritu; no rías ni lloras, pero comprende.
Nada hay más feliz que mi frente dentro de un libro.
Nada hay más feliz que un libro entre las manos.
Nada hay más feliz que la soledad del sabio retirado.
Itaca
Lo desaprovechaste. Itaca te pudo
proveer de Amor (¿y qué hay mayor que Eros?)
Itaca puso en tu camino
el entusiasmante mar de su cuerpo
suave como un crepúsculo en Finisterre,
suave como rastros de hierba en el cuello.
Si no pudo ser,
no culpes a Itaca,
Itaca no merece tal desdoro,
si fuiste cobarde, vagabundo o hastiado.
No seguiste las huellas en la nieve,
no bebiste el néctar
de rocío sobre las hojas.
No bebiste el carpe diem
de sus piernas florales
ni el carpe noctem
del sol frutal.
Que te arrastre el Leteo
y que no te broncee
el fausto veneno de la luna.
Si planeaste patéticos suicidios
con más rigor y osadía
que ideado hermosos planes de Amor,
no culpes a Itaca.
Si no acariciaste el flequillo de las ninfas,
Itaca te dio tal oportunidad.
No te quejes si ahora Itaca
es una jauría de perros
marcando con su orín
el ácido lugar de la muerte.
Penia y Poros

Érase una vez Alicia.
Le gustaba lanzar al pozo gatitos
y arrancarle las alas a los pajarillos.
Fornicaba con discernible ninfomanía
y sus piernas eran doradas como un Libro de horas.
Alicia era rica y propendía al sadismo,
era radiactiva y perfumada,
y su alma cortaba la noche como un bisturí.
Todos anhelábamos
los bárbaros olores de Alicia,
pues tenía esa hermosura
que derrite a los relojes antiguos.
Y hete aquí que un día,
puesta hasta arriba de coca,
se encontró, en el container
contiguo al prado de fuera de la discoteca,
dormido a Marcos,
un chaval pobre, perroflauta y bondadoso.
Enseguida se acomodó su verga, lo cabalgó y lo violó.
Y del hijo de ambos nació el Amor.
El Amor es, pues, hijo de una Diosa y un Mendigo,
dulce y pacífico como un bonobo,
pero también malvado y ácido cual femme fatale.
El Amor es Madre de la Riqueza y padre de la Carencia.
Tal es su peliaguda doble naturaleza.
Si amáis, recordadlo, sabedlo, no lo olvidéis nunca.
Están todos ustedes avisados.
Nota: El otro día, escribiendo «Fray dislate», advertí que no era un poema sino el borrador incipiente de un poema. Su origen fueron frases sueltas que soñé -y apunté al despertar. No estoy orgulloso al afirmar que esa noche tomé un cigarrillo de hachís ya que el insomnio a veces es insoportable (he llegado a estar cinco días sin dormir) La carga del insomnio y el alucinógeno provocaron una cascada de imágenes verbales herméticas y surreales. Nunca tengo problemas ni bloqueos de escritor y mi consumo de drogas es muy ocasional. Este poema en cambio lo encontré en una carpeta antigua y, pese a que se puede reformular o reescribir de muchas diferentes maneras, la idea me parece feliz. Sí, el amor -quien lo probó lo sabe-, es a la vez rico y pobre, generoso y cobarde, muy claro y muy oscuro, que se alimenta como una hidra de lo mejor y de lo peor de nosotros. Sagrado a la vez que muy vulgar, quien ama vive, como también muere. Viva vida, viva muerte; terrible dios es el Amor. Están avisados (si, quien me lee, es muy joven o muy idealista)
Osamenta que cruje

Día de cielo de panza de armadillo tísico, lluvioso, neurasténico como un heterónimo pessoano, delictivo como la ancianidad. Cielo de goma negra, chirriante, de chicle reseco y oscuro, de piel pilosa sucia de vaca, de antecámara a una letal explosión.
Vivo con la fantasía paranoica de un inminente fin del mundo. Muchas veces percibo o creo percibir, como un perro ante el próximo terremoto, que esta juerga capitalista uniformemente acelerada, que esta fiesta alcohólica de consumo y posesión de bienes, que este capitalismo que todo lo ocupa con un afán de obesidad mórbida, tiene sus horas contadas. Percibo una osamenta que cruje, un mecanismo que vibra, un océano que ondula, y ese crujido quiebra la osamenta, y esa vibración rompe el aparato, y ese oleaje evacua toda el agua. ¿Es económicamente sostenible el propio sistema económico capitalista? Su propio éxito será su fin; llegará un ciclo depresivo que será el definitivo. No es lógico idear un sistema en que los bisabuelos sean más pobres que los abuelos, los abuelos más pobres que los padres, los hijos más ricos que los padres, los bisnietos más ricos que los nietos, y así ad infinitum. Distribuir la riqueza entre generaciones de modo que cada vez sean más prósperas funcionó entre el siglo XIX y finales del XX, pero creo que la juerga se acabó. Y, en sueños, como un profeta, como una visión, oigo voces apocalípticas, tremor de la tierra y la carne triste, una bulbosa melodía grasienta y sangrienta.
Deberemos reaprender a vivir. Siendo muchísimo más frugales, respetando ecológicamente esa cáscara del planeta donde moramos, invirtiendo valores y prelaciones en nuestras prioridades. Seguir con el actual engranaje y statu quo es suicida. Deberemos convertirnos en pieles rojas. Estos blancos están todos locos.
Fray dislate o sobre la fecundidad plástica del silencio

¡Queroseno! ¡tiburones! ¡avestruces! ¡aerosoles!
Lo que significa -lo raro- el lamento de silencio del gimnosifista
es que la abubilla se inviste de coronas bautismales
y el pececillo rosa se encuentra ahuesado en el fregadero liso del Ritz.
¡Queroseno!
Psique se enfrenta a un rumor de caravanas chipiotras
y la parda nube ocupa las cocinas de restaurantes económicos.
«Quedamos a las cinco, al lado del cine».
¡Aerosoles!
Y el queroseno carboniza el silencio astronómico de los ábsides.
Y el queroseno humea ronco y bronco en las bocas pintadas de los áspides.
Nunca fue tan hermosa la basura,
nunca la fina estupidez insufló tantas almas,
nunca el silencio tan lejano de las estrellas y las camas.
Educación moderna

Educación moderna: lograr los objetivos con el menor esfuerzo posible. Desprestigio de la memoria y la memorización. Falta de autoridad de los maestros y de los padres. Victimización a todo (el sistema, los deberes, el profe «hueso», el aburrimiento) menos a uno mismo, como una exculpación automática y universal de uno mismo. Darles plastilina y que se expresen (la neopedagogía) o talleres de masturbación si ya crían pelo en las axilas. Enseñarles con tablets y gráficos electrónicos.
Conclusión: generación del botellón, de un orbe de pasotas y del molesto paro. Así sale la Generación Rufián y no la Generación Mozart o con Mozarts.
Lectura de Víctor Lenore

El libro a reseñar es Espectros de la movida. Se lee esta crónica amarga de la movida en dos horas o poco menos. El libro es ameno y fácil como una crítica musical desprejuiciada y de énfasis directo. La tesis subyacente, un poco desperdigada aquí y acullá, es que la movida fue un movimiento acomodaticio, nada contestatario, frívolo e insustancial. Mi generación, desde un punto de vista cronológico, fue la inmediatamente posterior a la movida, la llamada, por el libro de Mañas, finalista del Nadal, generación Kronen. La mía fue una generación de tatuajes y rockeros, de discotecas y televisión, de cómics y películas. A mí me tocó muy tangencialmente; de joven tuve una desmedida pasión intelectual por la física, y mis gustos literarios se encontraban en la biblioteca de casa, adonde no arribaban ni Lucía Etxebarría, ni Mañas, ni Pedro Maestre, ni Ray Loriga, etcétera. En el fondo siempre los he despreciado artísticamente. Me parecen débiles y fraudulentos, y, además, sus referencias vivenciales y culturales no fueron las mías. Respecto a la movida, su idolatría de la droga y el consumo, su amaneramiento kitsch, su pop-art de bisutería, siempre me dejaron más bien frío. El retrato de Lenore es desalentador y descacharrante, pero sin hacer sangre innecesariamente, especialmente la visita de Warhol a Madrid -toda una apología berlanguiana de Bienvenido Mr. Marshal- o bien la figura de Alaska y Mario Baquerizo, verdadera parodia este último de la movida, su estética y su querencia cultural y sus ideales. Leí un libro de Villena, Madrid ha muerto, donde se noveliza el periodo (y, por cierto, donde también se narra la venida de Warhol como un profeta o mesías)
Un libro, en resumidas cuentas, ágil, periodístico, liviano, grácil, una suerte de cara B negra a la dichosa movida -en puridad una posmodernidad hortera y pueblerina, chata y chusca y grotesca-, al supuesto esplendor enfín -que fue miseria: consumismo ante toda cosa, anglofilia en lugar de cosmopolitismo, petardeo en lugar de valores universales, adherencia a estructuras inmovilistas de poder, apoliticismo o ideas políticas surreales, ingenio frente a obra bien hecha, chupópteros del PSOE de Felipe frente a discurso crítico, hedonismo de pacotilla y francotirador frente a placeres superiores e inteligentes…- de la dichosa movida madrileña.
Vanidad

Acíbar, tedio y hastío no más
es la vida, y fango el mundo.
Queda la página leída al anochecer,
el busto visto en el museo,
la belleza frágil de la hierba,
la leyenda amante de la luna.
Pero todo, en el fondo, todo es vanidad, liviandad, cera y humo,
vanidad de vanidades, ciega y rota escarcha helada.
En puridad mejor fuera no haber nacido.

