Burton 81

Un catálogo de imprecisiones categoriales, metáforas biológicas mal aplicadas y un misticismo de las «entrañas» que confunde la respuesta fisiológica con el juicio ético.

Desde una perspectiva analítica, el principal defecto del escritor es la inexactitud expresiva: utiliza términos con carga emotiva para camuflar la ausencia de proposiciones con valor de verdad verificable. Analicemos minuciosamente algunas de sus tesis principales:

«Intento apelar a una razón narrativa o poética (…) porque muchas veces la razón no alcanza y sí alcanza la emoción». Este enunciado es un contrasentido semántico. La «razón» se define por su capacidad de operar mediante inferencias lógicas, conceptos unívocos y criterios de verdad o falsedad. Hablar de «razón poética» es un oxímoron deliberado (un conceder sin definir) Si la razón «no alcanza», lo que la sustituye es un estado neuroquímico o afectivo (la emoción), pero llamarlo «razón narrativa» es un intento tramposo de dotar a la emotividad de la autoridad cognitiva que solo posee el pensamiento lógico. Una emoción puede motivar una acción, pero jamás puede justificar la validez de una proposición ética. La emoción no «alcanza» una verdad; simplemente experimenta un estado.

«Hay un enorme potencial político en la náusea, en sentir el estómago revolverse (…). Quiero pensar que esas arcadas ante el desplegar de brutalidad nos puede llegar a pensar mejor».

El autor confunde un síntoma fisiológico (el reflejo de expulsión gástrica) con un criterio normativo. Carnap señalaría esto como una flagrante confusión de categorías. Las «arcadas» pertenecen al ámbito de la biología y los arcos reflejos; el «pensar mejor» pertenece al ámbito de la deliberación racional. No existe ninguna conexión lógica ni empírica entre la intensidad de un espasmo estomacal y la corrección de un juicio político. Los fanáticos inquisidores del siglo XVI también sentían auténtica «náusea» y repugnancia física ante los herejes, y eso los llevaba a quemarlos en la hoguera. Elevar la respuesta visceral a la categoría de brújula moral es un billete de ida hacia el irracionalismo político. El estómago no piensa; digiere.

«La tolerancia nació para encarar el fanatismo y hoy se asemeja más a la indolencia y la dejadez». La tolerancia liberal no es «indolencia»; es una virtud activa que exige contener la pulsión de aplastar al que piensa distinto. Al mezclar la tolerancia clásica con el acto de «hacer scroll» en Instagram frente a una desgracia, Díaz Álvarez emborrona el lenguaje. La palabra adecuada para lo que describe es apatía, anestesia o desensibilización, no tolerancia. Pero claro: decir «la apatía es indolencia» sería una tautología trivial; decir «la tolerancia hoy es indolencia» suena más profundo a oídos del lector desatento.

«Hay que narrar y pensar con toda la fuerza del lenguaje (…) justamente la palabra nos puede vincular, nos puede afectar». Este es el punto cumbre del «salivas» derridiano. El lenguaje, por sí mismo, no «vincula» ni «afecta» de manera unívoca. Las mismas palabras precisas que sirven para conmover ante el sufrimiento de un migrante pueden ser utilizadas —y de hecho se utilizan— por demagogos para encender los ánimos del nacionalismo más excluyente (Goebbels era un maestro de «la fuerza del lenguaje»). Tratar la palabra como una entidad mística y bondadosa per se es un pensamiento mágico que elude el problema real: la validez empírica y ética de lo que se dice, no la belleza poética con la que se enuncia.

Para qué continuar. Un museo de los horrores. Las democracias no se salvan con arcadas ni con poemas, sino con leyes precisas, instituciones transparentes, división de poderes y ciudadanos capaces de argumentar con lógica conceptual, no con las vísceras. El texto pertenece más al negociado de la autoayuda lírico-progresista que al de la filosofía política rigurosa.

Un buen filósofo es un filósofo con buenos argumentos, y para ello es condición necesaria, pero no suficiente, el estudio de la lógica matemática (un campo vastísimo) Las florescencias y delicuescencias de los vagos poemas universales, el uso de un lenguaje en permanentes vacaciones, poco (o nada) ayudan a razonar.

Burton 80

Liria acierta al criticar el mesianismo irracional de Peter Thiel o Elon Musk. Su transhumanismo, la obsesión con la inmortalidad digital y la desconexión de la realidad material no son progreso, sino un gnosticismo tecnocrático que desprecia la condición humana. Es una falacia creer que toda novedad técnica implica un avance moral; el verdadero progreso es institucional, jurídico y cultural, no la última actualización de un algoritmo.

Sin embargo, Liria cae en un grosero error metodológico al amalgamar el anarcocapitalismo de Milei, el populismo proteccionista de Trump y la Neorreacción de Yarvin y Land. Intelectualmente, ese totum revolutum es insostenible. Curtis Yarvin defiende un modelo neofeudal y corporativo donde el Estado es una empresa liderada por un CEO, justo el polo opuesto al anarcocapitalismo de Milei, que busca disolver el Estado en favor del mercado libre. Ninguno de los dos tiene nada que ver con los aranceles y el nacionalismo de Trump. Liria fabrica un espantapájaros ideológico a la medida de sus prejuicios.

Tampoco sostiene un análisis riguroso su afirmación de que «quien depende del mercado laboral no es un ciudadano, sino un proletario», pretendiendo que la Renta Básica otorgue la verdadera libertad ilustrada. Frente a esta abstracción filosófica, conviene recuperar el realismo pragmático de un escritor como Josep Pla. Para el pensamiento conservador y el liberalismo clásico, la propiedad privada no es una cadena, sino el escudo del ciudadano frente al poder absoluto. Si el individuo pasa de depender del mercado a depender por completo de una asignación estatal, no se vuelve libre: se convierte en vasallo del gobierno de turno. Como recordaría Valentí Puig, la libertad civil nace de la autonomía material y de las instituciones intermedias —familia, empresa, asociaciones—, no de un Estado providencia hipertrofiado. El «reino de la libertad» de Marx siempre ha terminado históricamente en el reino de la burocracia y el racionamiento.

Por otro lado, su intento de separar a Robespierre del «Terror» y las ejecuciones en masa es un malabarismo histórico perturbador. La tradición conservadora, desde Edmund Burke, ha demostrado que el jacobinismo es el verdadero padre de los totalitarismos modernos. Cuando Robespierre brama aquello de «perezcan las colonias antes que renunciar a un principio», retrata a la perfección el peligro del intelectual puro: prefiere destruir el mundo real antes que adaptar sus dogmas abstractos a la realidad. La prudencia política, virtud conservadora por excelencia, brilla por su ausencia en el modelo de Fernández Liria.

El orden constitucional moderno, los derechos individuales y la división de poderes nacieron y prosperaron en simbiosis con el desarrollo del capitalismo y la burguesía. No son una «ficción», sino un proceso histórico indisociable. Pretender mantener el edificio de los derechos ilustrados demoliendo los cimientos de la libertad económica es una utopía teórica que el siglo XX ya refutó a sangre y fuego. Frente a un Marx romantizado y un jacobinismo peligroso, la prudencia reformista sigue siendo el único garante real de la libertad civil.

P.S. Releo mi texto y advierto que, por momentos, es endeble y poco matizado, con cierta tendencia a lo napoleónico. En la frase «La tradición conservadora ha demostrado» incurrí en un exceso al emplear el verbo «demostrar». «Ha defendido» o «sostuvo» serían formulaciones más cautas e intelectualmente honestas, pues no existe un consenso historiográfico al respecto. Del mismo modo, cuando afirmo que «el orden constitucional moderno nació y prosperó en simbiosis con el desarrollo del capitalismo», expongo una tesis defendible, pero también discutida. Esta rectificación no implica que el resto de mis argumentos deban considerarse verdades definitivas e indiscutibles; simplemente recuerda que conviene distinguir entre una convicción razonada y una demostración histórica. Mi felicitación al señor Liria por un ensayo que merece ser leído y discutido.

Burton 79

Thomas Jefferson (1743 – 1826). Tercer presidente de los Estados Unidos. Polímata que dominaba cinco idiomas, arquitecto, arqueólogo, paleontólogo y autor principal de la Declaración de Independencia. Para él, la política era una obligación cívica que le apartaba temporalmente de sus verdaderas pasiones: la ciencia y la filosofía. Un hombre extraordinariamente ilustrado y refinado; a diferencia de muchos políticos actuales, casi —o, mejor dicho, sin el «casi»— vulgares orangutanes.

Recuérdese a Weber: «El desarrollo de la política moderna en los partidos actuales ha transformado la actividad política en una empresa de profesionales orientada a la caza de votos… Lo que hoy domina es el funcionario de partido, un tipo de hombre sin cualidades carismáticas ni una profunda formación intelectual, cuyo único mérito es la obediencia al aparato del partido y la capacidad de oratoria simplificada para el consumo de las masas».

Cánovas del Castillo escribía poesía, poseía una biblioteca personal de más de 30.000 volúmenes y debatía en el Congreso citando clásicos en latín de memoria. Feijóo o Sánchez, según estimaciones muy optimistas, puede que hojeen a Coelho o Ken Follett durante el ocio veraniego. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos.

Como señalaba Ortega y Gasset, se ha confundido la igualdad de derechos con la igualdad de capacidades. Para no parecer «elitistas» ante el electorado, los políticos actuales adoptan a propósito un lenguaje plano, campechano y a veces deliberadamente vulgar para generar simpatía («es como uno de nosotros») Mostrar demasiada cultura o refinamiento se castiga electoralmente tachándolo de soberbia o desconexión con la realidad.

El nivel de Burke le permitía conectar la jurisprudencia romana, la teología y la economía política en un solo discurso improvisado. Lord Palmerston, educado en la Universidad de Edimburgo (bajo la tutela del filósofo Dugald Stewart) y en Cambridge, dominaba el latín, el francés y el italiano. Sus intervenciones parlamentarias eran lecciones magistrales de geopolítica clásica. Guizot fue Primer Ministro bajo el reinado de Luis Felipe I, pero simultáneamente era uno de los historiadores europeos más respetados de su tiempo. Ocupó la cátedra de Historia Moderna en la Sorbona y dejó obras colosales como la «Historia de la civilización en Europa». Su oratoria parlamentaria combinaba la rigurosidad del dato histórico con una elegancia conceptual soberbia; sus discursos no buscaban el aplauso fácil, sino la solidez argumental.

El líder debía demostrar que habitaba una estructura mental más elevada que el promedio de los ciudadanos. Hoy, muy al contrario, el diseño electoral enseña al político que para ganar poder debe disolver cualquier rastro de asimetría intelectual. Cuanto más compleja es la mente del gobernante, más difícil le resulta encajar en el formato de consumo rápido que demanda el votante acémila e informal del siglo XXI.

Políticos como Palmerston disponían de un patrimonio privado que les otorgaba independencia económica y tiempo para el estudio y la alta cultura. Eran hombres de letras que hacían política.

La democracia moderna requiere maquinarias electorales colosales (los partidos de masas) Esto profesionalizó la política, creando una nueva clase de individuos que no viven para la política (por vocación u honor), sino de la política. El tiempo que antes se dedicaba a leer a Tucídides o Adam Smith, hoy se dedica a la fontanería interna del partido, a negociar listas electorales y a diseñar campañas de mercadotecnia. El burócrata semi-analfabeto sustituyó al estadista.

La transición del sufragio censitario (donde solo votaba una élite educada y propietaria) al sufragio universal transformó las reglas del juego. Unas reglas que, no pocas veces, detesto.

Burton 78

Sr. Berzosa:

No hay fisuras en su razonamiento. El ritmo es magnífico, el vocabulario preciso y la tesis se sostiene con una elegancia poco frecuente en el debate público. Es uno de esos artículos que invitan a subrayar y releer.

Leyéndole, pensaba inevitablemente en el «delirio de Justiniano» y en cómo Triboniano intentó prohibir cualquier interpretación de su código, buscando ese monopolio absoluto del sentido que luego la Revolución Francesa intentaría replicar. Su Tercera me ha recordado lo vigente que sigue aquella advertencia de Montaigne de que la vida humana es infinitamente plástica y que pretender encerrarla en una jaula de leyes —creyendo que así se acota al juez— solo consigue volver el derecho críptico y laberíntico.

Al final, como bien decía Saavedra Fajardo en sus Empresas políticas (1640): «La abundancia de leyes es indicio de la decadencia del imperio… Donde las leyes son infinitas, la justicia es inalcanzable». De ahí que este neotribonianismo que padecemos no sea más que la eutanasia de la prudencia.

P.S. Disculpe el atrevimiento de estas divagaciones. Usted es uno de los constitucionalistas españoles que más admiro. Enhorabuena.

Ver menos

Burton 77

Sra. Belmonte:

Me entusiasma —afinidades electivas— que haya rescatado a Pauline Kael en su columna. La crítica de The New Yorker analizó como nadie la crudeza de la política de masas en Estados Unidos a propósito de «All the King’s Men» (1949), aquella joya de Robert Rossen basada en la novela de Robert Penn Warren e inspirada en el carismático y corrupto gobernador de Luisiana, Huey Long.

El ascenso de Willie Stark —ese «hombre del pueblo» devenido en demagogo despiadado— le sirvió a Kael para destripar el maniqueísmo de Hollywood. En «I Lost It at the Movies» lo dejó por escrito con su lucidez habitual: «Un país que acepta las guerras como contiendas entre el bien y el mal sufre la ilusión de que las obras de teatro moralistas simbolizan los verdaderos conflictos políticos». Kael prefería la verdad incómoda de la corrupción real antes que el sedante de los dramas patrióticos.

Kael era divertida, culta, una escritora excepcional y de una lucidez salvaje. Leyéndola a usted, es inevitable encontrar el paralelismo: comparte con ella ese estilo punzante, irónico, libre de solemnidad y altamente cultivado, capaz de desmontar la pedantería patria con una sola frase mordaz. Es usted una magnífica heredera de ese espíritu libre en el columnismo en español.

Un saludo afectuoso,

Aleix Leví Carballo.

Burton 76

Ante todo, desearía felicitar al editorialista. Es un texto de factura periodística impecable, con una prosa elegante y una estructura retórica muy sólida. Cumple a la perfección con la función del género (sentar la posición ideológica del periódico con un tono institucional, pero firme)

Pero, si no yerro (y leí tres veces el texto), creo que hay una contradiccción lógica. Aclarémoslo.

El autor plantea una argumentación histórica e institucional irreprochable: explica el origen de la Decimocuarta Enmienda, define la maniobra de Trump como un absurdo jurídico y celebra que los contrapesos del Estado (jueces federales y el Supremo) hayan funcionado. Hasta aquí, la premisa es: las instituciones estadounidenses han resistido el envite autoritario. En el cierre, el editorialista quiere dejar claro que, a pesar de la victoria, el Tribunal Supremo sigue siendo una amenaza trumpista. Para ello, hace una pirueta lógica contradictoria:

Por un lado, admite que «cuando el Supremo ha tenido que elegir entre la literalidad de la Constitución y los deseos de Trump, ha elegido la Constitución». Es decir, reconoce que el tribunal actúa con independencia judicial y lealtad constitucional, incluso teniendo una mayoría conservadora (y tres jueces nombrados por el propio Trump) Sin embargo, inmediatamente después afirma que «todo lo demás sigue a su disposición [de Trump] para transformar Estados Unidos de acuerdo con sus sueños autoritarios».

Si el propio texto demuestra que el Supremo ha establecido una «línea roja» infranqueable basada en la literalidad de la Constitución frente a un decreto del propio presidente, es lógicamente insostenible afirmar que el tribunal está «a disposición» de los «sueños autoritarios» de Trump. El texto confunde deliberadamente la ideología conservadora del tribunal (sobre el aborto, las agencias federales o las donaciones, que son debates políticos y jurídicos legítimos en EE. UU.) con una complicidad autoritaria. El Supremo falló en contra de Trump; presentarlo como un peligro para la democracia precisamente en el editorial que reporta su fallo histórico contra el presidente es una incoherencia forzada para no rebajar las alarmas del periódico.

P.S. Mi capacidad lógica siempre es perfectible (aunque estudié Exactas como oyente) No terminaba de convencerme mi propia tesis y dudaba de que, sensu stricto, el editorial afirmara simultáneamente «A» y «no A». Por eso consulté la cuestión con una IA. Su observación me pareció atinada: aquello que yo llamaba una «contradicción lógica» se describe con más precisión como una tensión argumentativa, un salto argumentativo o una sobregeneralización retórica. Acepto la precisión terminológica. Siempre es preferible corregir un concepto que aferrarse a él por orgullo.

Burton 75

El pathos que despliega Jabois en este artículo no apela al llanto ni a la épica, sino a una combinación muy gallega e implacable (valga la generalización) de sarcasmo devastador y estupefación cínica. Al leerlo se me despertó una mezcla de risa y bochorno. Desarma la pompa del poder mediante el ridículo, recordándonos que, detrás de las grandes estrategias de comunicación y los choques institucionales, a menudo se esconden excusas de mal pagador, hackers selectivos (sic), chivatos de escalera y un profundo desprecio por la verdad.

Bien, Jabois. Aunque estemos en los antípodas ideológicos, me fascinó tu retranca gallega. Un abrazo.

Burton 74

El artículo habla de la «división en el jurado popular de X». Argumentar requiere un emisor dispuesto a razonar y un receptor dispuesto a escuchar. En las redes sociales, el usuario no opera como un analista, sino como un miembro de una facción futbolística. Cualquier intento de argumento técnico es fagocitado de inmediato por el sesgo de confirmación. Si analizas críticamente la medida del juez, eres un «defensor del gobierno». Si consideras razonable la retirada de pasaporte, eres un «fascista mediático». La plataforma penaliza la zona gris —donde reside la verdadera argumentación— y premia los extremos.

Un buen argumento necesita premisas, desarrollo, datos y conclusiones; un tuit solo necesita un buen zasca, una dosis de ironía y apelar a las vísceras de su parroquia.

Irving M. Copi y Carl Cohen, en su clásico «Introducción a la Lógica», definen el argumento de la siguiente manera: «Un argumento es un grupo de proposiciones del cual se dice que una de ellas se sigue de las otras, consideradas como base o fundamento para la verdad de este. […] Para cada argumento posible hay una estructura correspondiente, y esa estructura se analiza a menudo en términos de premisas y conclusión. La conclusión de un argumento es la proposición que se afirma con base en las otras proposiciones del argumento, y estas otras proposiciones, que son afirmadas (o supuestas) como apoyo o razones para aceptar la conclusión, son las premisas de ese argumento».

Para Frans H. van Eemeren y Rob Grootendorst, la argumentación es una actividad verbal, social y racional apuntada a convencer a un crítico razonable de la aceptabilidad de un punto de vista mediante el avance de una constelación de una o más proposiciones para justificar este punto de vista. Como actividad verbal, la argumentación se realiza por medio del lenguaje oral o escrito. Como actividad social, es un proceso interactivo entre dos o más participantes. Como actividad racional, se basa en consideraciones intelectuales de las cuales el argumentador rinde cuentas. La meta de la argumentación es resolver una diferencia de opinión de manera que los participantes puedan determinar si el punto de vista es aceptable o no sobre la base de las razones presentadas.

Por su parte, Douglas Walton insiste en que un argumento es un medio de transmitir razones de una persona a otra, con el fin de resolver un problema o una duda en un contexto de diálogo. El propósito central de un argumento es guiar a la otra parte hacia la aceptación de una tesis o conclusión, demostrando que dicha conclusión se apoya en premisas que la otra parte ya acepta, o que son plausibles por sí mismas dentro del marco del diálogo establecido. Esto requiere un compromiso mutuo de seguir reglas de relevancia, claridad y honestidad intelectual.

En los tuits citados en la crónica (como el de Rafa Cuíña: «En la OTAN se va a armar hasta los dientes…»), no hay premisas lógicas, sino ironía y sobreentendidos. El autor asume que el lector ya comparte sus sesgos. No se busca demostrar la verdad de una proposición, sino lanzar un dardo retórico. X sustituye el silogismo por el entimema truncado. El objetivo del tuitero no es resolver una diferencia de opinión con el adversario, sino humillar al adversario para recibir el aplauso de su propia tribu (en forma de likes y retuits) Los manuales de lógica asumen que el ser humano argumenta para esclarecer la verdad. X está diseñado para monetizar la atención. Mientras que la lógica informal exige pausa, concesión al argumento del otro y desarrollo de premisas, la plataforma digital exige velocidad, caricaturización del rival y sentencias tajantes.

Las ideas que acabo de expresar son obvias. Simplemente quise hacer explícito algo que todos intuimos de forma implícita. A veces esta tarea reflexiva puede tener su pequeña importancia.

Burton 73

Algunas observaciones técnicas al artículo:

(i) «Muy pocas de las voces beligerantes contra la revuelta puigdemónica ha dicho algo…»: Hay un error flagrante de concordancia de número. El sujeto es plural («Muy pocas de las voces…»), por lo que el verbo debería concordar en plural: «han dicho algo».

(ii) «…el último de Mary Beard, Clásicos sin filtros, donde cita…»: El pronombre relativo «donde» se utiliza para indicar lugar. Aunque en el periodismo actual se tolera su uso para obras o libros, formalmente es un anacronismo o descuido expresivo. Debería decir «en el que cita» o «en cuya obra cita».

(iii)«…recordar que uno de los argumentos más imponentes contra el procés y la posterior amnistía fue que la insurrección independentista extranjerizaba a millones de catalanes…» La frase es larguísima y carece de una puntuación que fatigue menos al lector.

(iv)En el último párrafo: «…pueden hilvanar bellos discursos sobre la igualdad mientras los peleles de Esparta, los aventureros y las mujeres que vierten libaciones sobre las tumbas forman un paisaje pintoresco…». Introduce tantos elementos subordinados en una sola oración que el núcleo del predicado queda excesivamente alejado, dificultando la fluidez.

(v) Del Molino equipara la pérdida de derechos cívicos de ciudadanos ya constituidos (los catalanes constitucionalistas en 2017) con la falta de regularización de personas extranjeras en 2026. Legal y conceptualmente son realidades opuestas: el constitucionalismo de 2017 defendía el estatus quo del marco legal vigente; la regularización de inmigrantes exige la modificación o aplicación de un marco legal distinto. Tratar ambos fenómenos como «la misma discriminación» es un reduccionismo conceptual.

(vi) Aglutina a un grupo heterogéneo («constitucionalistas de 2017», «eruditos», «juristas») y les adjudica de forma unánime un silencio cómplice con Vox o una actitud clasista. No aporta matices ni excepciones, asumiendo que cualquiera que defendiera la Constitución en 2017 hoy es un «obsequioso con Vox» o un racista encubierto.

(vii) Afirmar que «el constitucionalismo solo era una careta para hacer presentable un clasismo» es un juicio de intenciones indemostrable. Convierte un argumento de derecho público (la soberanía nacional) en un prejuicio socioeconómico privado (el desprecio al camarero) mediante una pirueta psicológica, no lógica.

***

El estilo de Del Molino en esta columna es pretencioso, moralista y atrapado en su propia pirotecnia cultural. El autor peca de aquello mismo que critica: utiliza la erudición clásica (Atenas, Roma, MacNiece, Mary Beard, Demóstenes) para epatar al lector, cayendo en el mismo exhibicionismo intelectual que les reprocha a los «sabios en latines». Es un texto que busca más la superioridad moral que la claridad analítica. El resultado es un texto artificial, donde se nota demasiado el andamiaje del columnista que quiere epatar.

Me cae mal Molino. Tiene ese tufillo por el que se cree el único capaz de leer y articular una subordinada, por no hablar de su propensión cucañista en la carrera literaria. «…eam ob rem me spernis?» (Plauto). En fin.

Burton 72

El fenómeno por el que el Estado deja de servir al bien común y pasa a ser tratado como un botín privado ha sido (claro, los ladrones son milenarios) ampliamente pensado.

Frédéric Bastiat, en su famosa obra «La Ley» (1850), describió el momento en que las estructuras estatales se corrompen para convertirse en herramientas de expolio. Cito: «Cuando el expolio se organiza por la ley para beneficio de los que la hacen, todas las clases expoliadas intentan, por vías pacíficas o revolucionarias, participar de algún modo en la confección de las leyes. El esclavo se convierte en tirano; el expoliado se convierte en expoliador. Es imposible introducir en la sociedad un mal mayor que este: la conversión de la ley en un instrumento de expolio ¿Cuáles son las consecuencias de tal perturbación? Sería necesario otro volumen para describirlas todas. Mencionemos las principales. En primer lugar, borra en las conciencias la noción de lo justo y de lo injusto. Ninguna sociedad puede existir si no impera cierto respeto por las leyes; pero el medio más seguro de que las leyes sean respetadas es que sean respetables. Cuando la ley y la moral se contradicen, el ciudadano se encuentra en la cruel alternativa de perder su sentido moral o de perder el respeto a la ley». Cita densa, pero que requiere ser releída con atención.Y es que el verdadero destrozo de la corrupción no se mide en millones de euros, sino en el derribo de la confianza. Cuando el ciudadano descubre que el acceso al recurso público no depende del mérito o de la ley, sino de las «redes de influencia», de ese absceso tumoroso, la democracia se convierte en una cáscara vacía, una fachada que oculta una oligarquía repulsiva de intereses privados. Es lo que ocurre en nuestro desdichado país.

Historiadores como Salustio, por ejemplo en su obra «La conjuración de Catilina», describen cómo la llegada de inmensos recursos sin los controles adecuados corrompió a la élite romana. Cicerón, en sus discursos contra Verres (gobernador ladrón), clamaba contra la pasividad y la impunidad de los corruptos, un eco directo de la «abolición de la responsabilidad política como principio moral» que denuncia Camacho. Las palabras con las que Cicerón fulminó a Verres se leen hoy sin necesidad de cambiar una sola coma, como un calco de nuestra propia desgracia: «¿Hasta cuándo se tolerará que los recursos del Estado sirvan para enriquecer a unos pocos mientras el pueblo padece? No faltan leyes, senadores, ni tribunales; lo que falta es el valor moral para aplicar la justicia a quienes se creen por encima de ella porque sostienen las redes del poder». Pobre España.