Burton 91

El artículo es flojito (el mejor Sostres es la peor Belmonte) Sobre su rigor lógico es inútil explayarse. Así como yo uso la provocación y las falacias de forma irónica en mis libros, Sostres se cree sus propios paralogismos sin capacidad de distancia, como un adolescente (y la madurez lo es todo)

Decir que «ser pobre es más fácil porque el resentimiento basta para vivir» o que los pobres «eligen ser víctimas» es una tontuna flagrante. Ignora las barreras, la falta de capital cultural y la ansiedad material real. La queja del pobre no siempre es «una vida de mierda excelente», a menudo es pura supervivencia. Pero, bueno, para escandalizar a su «tieta» le valdrá. Sostres victimiza al opulento. Yo, como hijo de la alta burguesía hacendada, propietaria y culta, le diría -por propia experiencia- que el dinero puede comprar el aislamiento, la seguridad jurídica, y tantas cosas más. Pero, lo que decimos, para ruborizar a la «cosina missaire» ya vale (por cierto, la caricatura del aire acondicionado ni la menciono, que me tengo en alta estima intelectual)

Para Arnold, la clase alta es «bárbara» porque está atrapada en el culto al cuerpo, el estatus, los modales externos y el individualismo, y carece de una luz espiritual o intelectual profunda. Están inmersos en su «aburrimiento» y su «privilegio», en sus balandros y sus escapadas a las montañas nevadas. Arnold aproxidamente escribió: «A nuestra aristocracia la llamamos los Bárbaros; y por esto queremos decir que tienen una fuerte voluntad, una alta consideración por la libertad individual… una gran dedicación a los ejercicios al aire libre y a los deportes caballerescos… Pero las notas de la cultura son el conocimiento y la luz; y de esto, los Bárbaros tienen poco». Los filisteos (la clase media) necesitan ser transformados por la idea de la belleza y de la inteligencia (como venturosamente sucedió en mi familia) El populacho meramente se abandona a sus instintos (o al fútbol, como el culé «abrandat» de Sostres)

A mí los ricos me parecen seres extravagantes y peligrosos; y los pobres redimidos por la queja, un fastidio.»Una societat és habitable quan la majoria de la gent gasta els mateixos vestits, menja els mateixos plats i té els mateixos horaris. El luxe és d’un mal gust de fons incalculable, perquè trenca la continuïtat de la vida social. El ric sempre fa l’efecte d’un home que té por que el robin o que l’enganyin, i aquesta por el fa esdevenir un ésser desagradable», Josep Pla. Leo a Pla desde mi adolescencia cultista. Sostres, de paupérrima formación académica, creo que también.

Burton 90

Profesora Camps, su artículo es una pieza de orfebrería que merece ser leída con la máxima atención, independientemente del ideario político de cada cual. Estamos ante una verdadera lección de civismo, rigor y honestidad intelectual, el reflejo de una de las mentes más preclaras de la filosofía española contemporánea.

Su elegancia en la expresión es, sencillamente, soberbia. Posee usted la rara virtud de los grandes ensayistas: la capacidad de ser profunda sin resultar críptica, y clara sin caer en el simplismo. Cuando nos recuerda que la socialdemocracia tuvo sus «treinta gloriosos» tras la Segunda Guerra Mundial, no solo hace historia; apela a la memoria institucional europea como un cable a tierra contra el cinismo imperante. Su prosa fluye con un ritmo preciso, donde cada palabra está medida. Qué maravilla. Frente a la grosería y la brocha gorda de la política actual, usted apela al debate civil, templado y fiel a Kant, recordándonos que la gesticulación vacía es el verdadero veneno de la democracia. Su cierre, recurriendo al Dante para advertirnos contra la bronca parlamentaria («Lasciate ogni speranza»), dibuja un retrato de su propia personalidad: armoniosa, deliberadora y noble.

Precisamente porque su texto es un monumento a la honestidad, creo que le gustaría tener un alumno —mucho menos capaz que usted— que se atreviera a pensar por sí mismo. De ahí que ose indicarle un par de desacuerdos desde mi modesto punto de vista liberal.

El primero es que afirmar categóricamente que el Estado de bienestar es «too big to fail» y que no caerá por «maquinaciones espurias» me parece una afirmación más normativa que empírica. Cuando la propia demografía nos muestra una pirámide invertida donde llegar a los cien años ya no es una extravagancia, la sostenibilidad del sistema no corre peligro por conspiraciones de la derecha, sino por pura contabilidad básica. Del mismo modo, al abrazar la tesis del «Estado providencia activo» de Rosanvallon para coordinar la formación y el empleo, temo que cae usted en la clásica utopía socialdemócrata. Creer que el burócrata tiene la capacidad de planificar y adivinar qué especialistas necesita el mercado es ignorar que los planes estatales de empleo en España han sido, históricamente, un pozo sin fondo de ineficiencia. Quien mejor coordina esa necesidad es el mercado libre a través de la flexibilidad y el sistema de precios.

Por último, cuando despacha el modelo del «Estado mínimo» asegurando que no merecería el apoyo de nadie, me parece que caricaturiza en exceso las posturas de centroderecha. Ningún partido liberal relevante en Europa defiende hoy el desamparo de los vulnerables o la abolición de la sanidad. Lo que se propone es introducir eficiencia mediante la colaboración público-privada, como el cheque escolar o las concesiones sanitarias. A mi juicio, usted asume que la única forma de garantizar un derecho es que el Estado lo gestione directamente, confundiendo la necesaria financiación pública de un servicio con su obligatoria prestación burocrática.

Me siento algo cohibido al discrepar amablemente con una mujer tan sabia, pero comparto de corazón su hartazgo ante la política de humo y trinchera. Aprovecho la ocasión para enviarle un saludo muy cálido.

Burton 89

A ver, el artículo de Brum está muy bien escrito y te toca la fibra, pero seamos sinceros: peca de una superioridad moral que hace aguas si apuntamos con un bisturí lógico-analítico implacable. Arabia Saudí, los jeques y el tonto útil de Cristiano Ronaldo; a qué dudar de su villanía (y en Ronaldo, pese al jurdó, de su disgrafía) Pero la realidad es displicente. El fondo soberano saudí no imprime los billetes ex nihilo; tienen esos torrentes viscosos de dinero porque nosotros, en Occidente, seguimos llenando el depósito del coche, encendiendo la calefacción y comprando toneladas de plástico. Al final, los millones que se embolsa Ronaldo salen de cada gasolinera del planeta. En la dupla oferta-demanda, no se debe olvidar a la demanda.

El purismo o rigorismo frailuno con el clima olvida que pasamos horas haciendo scroll, viendo streaming o usando herramientas digitales. Esos servidores gigantescos y la inteligencia artificial de la que tanto dependemos ahora consumen millones de litros de agua al día, a veces en sitios con escasez hídrica. Si el sector tecnológico fuera un país, gastaría más luz que Alemania.

La columna de Brum es necesaria para sacarle los colores a la geopolítica, sí, pero es algo tramposa (no me gustaría ser ineducado) Parece comodísimo indignarse con el dinero de los jeques mientras mantenemos un estilo de vida que es al ecologismo lo que Ronaldo a Kurt Gödel. Ese es el desagradable motor que financia el colapso. Ronaldo es el reflejo del espejo donde nos miramos.

P.S.: El artículo está muy bien escrito y argumentado. Mi réplica señala un punto ciego real de la argumentación de Brum: la tendencia a personalizar el mal en figuras como Arabia Saudí o Cristiano Ronaldo y a dejar en segundo plano la corresponsabilidad de los patrones de consumo que hacen posible ese modelo. Solo el sector digital consume ya tal cantidad gigantesca de electricidad y agua, que es comparable a la de grandes economías industriales. No veo fácil desanudar el lío.

Burton 88

Qué mosaico; un sampling o cut up alusivo y tapizado (con no poca efectividad y elegancia) à la Kathy Acker. No pillé todas las referencias; las más célebres, sí.

Yo estudié en Boston y no descubro ningún Mediterráneo —ni hace falta haber vivido allí— al observar lo paletos y aldeanos que son lo que etiquetaríamos como el ‘americano medio’. Bastante cutres; solo hay que advertir al propio Trump, vulgar ejemplo de las peores infraliteraturas.

Pero no soy antiamericano en sentido estricto. Como explicaba Revel en «La obsesión antiamericana», el principal motor de este fenómeno en Europa ya no es la crítica de los defectos reales de su sociedad, sino la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para nuestras insuficiencias. Sostener que EE. UU. es la encarnación del Mal permite a intelectuales y políticos dispensarse de analizar por qué sus propias fórmulas fracasan. El antiamericanismo no es un análisis, sino una neurosis colectiva.

Aceptado esto, la excelencia de su alta cultura es indudable. Europa descubrió con fascinación a Faulkner, Hemingway o Fitzgerald porque revolucionaron la narrativa, no porque lo ordenara el Pentágono. Por eso leemos hoy a Emerson, Melville, Hawthorne, Roth, McCarthy, Whitman, Bloom, Quine o Kripke, y disfrutamos de su cine por igual. Lo mismo ocurre con la ciencia: Revel desmontó esa explicación perezosa de que monopolizan los Nobel solo por presupuesto. El dinero no genera inteligencia; lo hace la flexibilidad de sus universidades y su falta de dogmatismo frente a la rigidez y el corporativismo europeo que termina expulsando el talento.

Sin embargo, pretendiendo la osadía de contrarrazonar al propio Revel, lo trágico es que el modelo digital contemporáneo ha globalizado la superficialidad. Ya no es que falten medios intelectuales en un sitio u otro; es que el soporte digital actual —inexistente con esta agresividad en 2002— tiende a disolver la densidad que tanto la literatura como la ciencia necesitan para madurar.

Se avecinan tiempos oscuros.

Burton 87

Estefanía, Estefanía… Eres una analista con una capacidad de lectura política excelente: identificas con precisión las costuras del partidismo, manejas conceptos técnicos como el gerrymandering y desentrañas la hipocresía de los discursos con agilidad. Sin embargo, tu prosa es tu talón de Aquiles: utilitaria, a menudo deudora del lenguaje burocrático y lastrada por el tono más plano del academicismo periodístico.

Al escribir, careces de esa cadencia, de esa prosodia o tempo elegante que solo otorga la familiaridad frecuente con los grandes nombres de la literatura. Tus ideas no caminan; avanzan a trompicones, torpedeadas por muletillas de tertulia y construcciones sintácticas perezosas. Es un fluir traqueteante. Leerte es, a veces, como intentar nadar en un río lleno de pegamento.

Fíjate en estos pocos ejemplos:

«…tampoco hay que obviar que puede dar el vuelco de un escaño en ciertas circunscripciones. El PP obtuvo un representante más en las elecciones generales de 2023 por Madrid, tras el recuento del voto exterior, arrebatándoselo al PSOE. Es decir, que sean pocos o muchos, a veces se ha dado algún cambio, con independencia de a quién beneficie o perjudique. Es en esa tesitura…».

En apenas cuatro líneas repites la misma idea tres veces de forma redundante («dar el vuelco», «un representante más», «se ha dado algún cambio»). Además, hilvanas las frases con conectores de manual escolar («Es decir», «Es en esa tesitura»). Falta fluidez, falta ritmo. Un ensayista literario habría sintetizado toda esa acumulación de datos en una sola frase fulgurante.

O este otro:

«La cuestión es que el posicionamiento del Partido Popular nunca ha pivotado sobre abrir un debate epistemológico sobre la ley de nietos».

Prefiero callar sobre el término «posicionamiento». Pero es que la epistemología es la teoría del conocimiento científico —cómo sabemos lo que sabemos—. El debate sobre la ley de nietos es ético, jurídico o de filosofía política, pero jamás «epistemológico». Quien no lee literatura tiende a usar palabras grandilocuentes del ámbito académico creyendo que aportan prestigio, cuando en realidad emborronan el significado.

Para qué continuar. Vigila, ante todo, tu tendencia irrefragable a la cacofonía. No quiero hacer sangre; en el fondo, me caes muy bien. Pero recuerda que la decadencia del debate público comienza cuando los analistas sustituyen la metáfora viva y la sintaxis flexible por los clichés de la sociología de partido. Solo la familiaridad con los clásicos preserva al escritor de caer en la rústica jerga del burócrata.

«Hay una rara virtud en el observador político: la de no dejarse engañar por las pasiones del momento ni por las bellas palabras con que los partidos bautizan sus ambiciones. Esa lucidez, que disecciona la hipocresía sin cinismo, es el faro de la salud democrática», expresó Alexis de Tocqueville.

A ti no te falta esa lucidez, y te felicito por ello. Sobre el «qué», nos superas a la inmensa mayoría; el problema radica en el «cómo». El lenguaje, Estefanía, no solo tiene una dimensión informativa, sino también una irrenunciable dimensión estética. En el ensayo, el estilo no es el adorno del pensamiento: es el pensamiento mismo.

Burton 86

Sin duda, la novela de Socorro Venegas debe de ser emocionante y apunta a un tema candente. Pero el lector puede empezar a sentir (en esta insidiosa época de guerras culturales, de tirios y troyanos en sus trincheras) que está leyendo el mismo libro vez tras vez: la misma sobada armazón de autoficción, el mismo tono de lamento y la misma explotación del trauma.

Al masificarse, el impacto bruto emocional (permítanme que lo llame de esta manera pinturera) se diluye e, inevitablemente, genera apatía. Cuando el mercado se obsesiona con una línea temática, procede a encasillar a los escritores. A un autor de origen indígena se le exige, casi de forma obligatoria, que escriba sobre su identidad. Si decide escribir una novela de ciencia ficción, una trama de terror o un ensayo abstracto sobre la fecundación de las mariposas, el mercado muchas veces lo rechaza porque «no cumple con lo que se espera de él». La moda termina limitando la libertad creativa de los mismos autores que pretendía visibilizar.

Quede claro que la discriminación, la pérdida de una lengua o el duelo siguen siendo dolores reales. El reto de la literatura actual es encontrar novedosas formas estéticas, lenguajes disímiles y estructuras originales para contarlo, evitando caer en el tópico. Un tópico que el mercado editorial consume y desecha cada temporada.

Burton 85

La primera vez que sostienes un mangostán juegas con un engaño. La cáscara es un cuero grueso, de un morado oscuro e ingrato, que mancha los dedos con una resina amarga si insistes demasiado. No hay belleza en su fuera. Pero si clavas los pulgares con la fuerza exacta, el armazón restalla y se abre en dos cuencos perfectos. Dentro, encajados a presión, reposan cinco o seis gajos de una blancura húmeda, casi porcina de tan limpia. Al meterse uno en la boca, la resistencia desaparece: la pulpa no se mastica, se rinde contra el paladar. Sabe a un agua helada que hubiese corrido por un huerto de fresas salvajes, dejando atrás un rastro agrio, eléctrico, que te seca las encías y te obliga a salivar de inmediato. Al terminar, te quedan las manos sucias de savia y la certeza de que las manzanas de Europa son fruta para caballos.

La guayaba es una fruta plebeya, de patio trasero y tierra pisoteada. Su piel tiene la palidez de los enfermos de ictericia y un tacto áspero que no invita a nada. Pero el milagro no es visual, es un asalto al olfato. Un cubo lleno de guayabas maduras pudre el aire de una casa entera en una tarde; es un olor denso, almibarado, con un fondo de sudor vegetal y tierra caliente que se te mete en la ropa y no te suelta. Cuando la muerdes, la carne es de un rosa encendido, casi sangriento, atestada de semillas duras como perdigones que crujen bajo las muelas. Quien se ha criado en el Caribe lleva ese olor pegado al paladar como una marca de nacimiento; puedes pasar treinta años viviendo en el invierno de Nueva York o París, pero si alguien abre una guayaba a tres habitaciones de distancia, el trópico entero te cae encima como un mazazo.

En su monumental «Historia general y natural de las Indias» (1535), el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo se encontró ante el dilema de describir la piña tropical a un público europeo que jamás la había visto. Oviedo describió la piña con una admiración extraordinaria. En esencia venía a decir: «Ninguna fruta de cuantas yo he visto en el mundo tiene tan hermosa vista ni se le iguala en el olor, ni en la excelencia del gusto. El árbol que la lleva es como un cardo… pero la fruta es la cosa más digna de ver que se pueda imaginar. Parece una piña de los pinos de Castilla, pero es mucho mayor, y está toda labrada de unas escamas que forman unos rombos perfectos, como obra de un sutil platero. En lo alto de ella tiene una corona de hojas verdes, recias y espinosas, que parece que la naturaleza la crió con insignias de reina. Cuando se monda con un cuchillo, queda una carne amarilla como el oro más fino, y al hincarle el diente, es tan jugosa y destila tanto caldo, que es menester comerla con gran tiento para no mojarse la ropa. Su sabor es una mezcla de melocotón, de membrillo y de melón, pero con una acidez tan delicada y alegre que conforta el estómago y despierta los sentidos marchitos por el calor del mar»

Burton 84

Patética «prosa de madera» (langue de bois). El vivo ejemplo del lenguaje soporífero. No es que contenga faltas de ortografía de escuela primaria; es algo peor: una acumulación de lugares comunes, sintaxis inflada y clichés bienquedistas que buscan sonar solemnes, pero terminan resultando completamente carentes de pulso humano.

»Poner en valor» es una traducción perezosa del francés «mettre en valeur». El español tiene decenas de verbos mucho más elegantes, precisos y literarios, pero la jerga burocrática se ha enamorado de esta fórmula hasta la náusea. Ignoró alternativas mucho más ricas y elegantes: reivindicar, enaltecer, dignificar, destacar, subrayar, ponderar, defender… La autora lo usa tres veces en un texto corto:

«…nos impulsa (…) a poner en valor el Sistema Universitario Español…»

»…es el momento de poner en valor la Universidad…»

»…es el momento de poner en valor la Universidad como baluarte…»

Eso por no mencionar los clichés y frases hechas de manual de autoayuda institucional:

»En tiempos de incertidumbre y pesimismo»: La plantilla clásica para abrir cualquier discurso político en los últimos diez años.

»Terreno fértil para cultivar la esperanza»: Metáfora agrícola desgastada y cursi para cerrar un texto que pretendía ser académico.

»Garantizar el progreso responsable»: ¿Qué es progreso irresponsable? El uso de adjetivos comodín (sostenible, resiliente, responsable) que ya no significan nada porque se aplican a todo.

La autora (¡qué sintaxis de plástico!) se caracteriza por usar diez palabras donde bastan tres, abusar de los sustantivos abstractos terminados en -ción o -dad y encadenar incisos para no pillarse los dedos con ninguna afirmación categórica.

Para qué continuar. El artículo es una pieza del museo de los horrores.

***

Estimada Rectora:

Su artículo es una paradoja andante. Usted clama con vehemencia por una Universidad que sea «el foro donde el rigor, el argumento y la palabra ocupan el terreno», un escudo contra «el ruido y el prejuicio». Sin embargo, para defender la palabra, usted utiliza una lengua muerta. Ha escrito un texto utilizando exactamente el mismo algoritmo lingüístico que denuncia: predecible, plano, trufado de la neolengua de la UNESCO y de los libros de texto de marketing educativo.

Si la Universidad debe ser el baluarte del humanismo y del pensamiento crítico, sus líderes no pueden expresarse como el folleto de un banco o la «hoja de ruta» de una comisión europea. Defender la palabra viva exige usar palabras vivas. Su prosa no habita el «diálogo cordial» de Adela Cortina; habita el despacho oficial, el papel timbrado y el PowerPoint de la conferencia de rectores.

Haga caso a George Orwell, a quien sin duda habrá leído: limpie su texto de harapos institucionales, destierre el «poner en valor» y permítase la audacia de la precisión. La democracia se defiende con ideas claras, no con clichés resilientes.

***

P.S.: A ver. Usé demasiado vitriolo y bilis. Pese a que la autora abusa muy poco elegantemente de la prosa burocrática, le concedo que expresa tres o cuatro ideas de manera clara (ideas no baladíes). Asimismo, sobran en mi airada contestación partículas ad hominem (ese agresivo «puaj», el «patética» del inicio, etc.).

Debería medir mis palabras y ser menos cáustico y más irónico. La ironía es la estimación optimista de la inteligencia del que lee o escucha; el sarcasmo excesivo propende a formas de rusticidad, e incluso de barbarie.

La palabra es como el filo de la espada de los héroes: puede herir. Mi intención es argumentar, nunca golpear. Lamento mi pasión irrefragable.

Burton 83

Una mezcla de vaguedad y de pura incompetencia es la característica más marcada de la prosa en nuestro tiempo, y especialmente de cualquier tipo de orador político y deportivo. Tan pronto como se abordan ciertos comentarios, lo concreto se derrite en algo chuscamente abstracto —lengua de cuñado y cuñada— y nadie parece capaz de pensar en metáforas que no sean estofadas, desharrapadas, frases de relleno innecesarias, un idioma vestido de andrajos y harapos: la oralidad consiste cada vez menos en palabras elegidas por el bien de su significado y de la precisión, y más en frases pegadas unas a otras como el suelo pitañoso de un gallinero.

Quien no cuida sus vocablos, difícilmente cuidará sus juicios. Proferir esqueletos de aire, húmedo cartón piedra arrugado, chirridos y aullidos. Las palabras se convierten entonces en burdos envoltorios, en groseros retazos de tela que apenas cubren la desnudez de un pensamiento nulo o perezoso. El cliché y la muletilla son los detritos con los que el ignorante y el descuidado visten su vacuidad.

Cuando la palabra oral se degrada hasta convertirse en un mero vehículo de manipulación mercantil o en un ruido estridente para tapar el vacío, el silencio deja de ser una carencia para convertirse en el único espacio de dignidad y resistencia que le queda al «buen oyente».

P. S.: Felicidades, Sr. Boyero.

Burton 82

El flujo de savia en primavera, el brotar de la hoja, la expansión de la flor, el crecimiento del fruto, sí, e incluso su caída final, son solo procesos hermosos. ¡Qué agradables a la vista son las manzanas colgadas de los árboles! Algunas son rojas como las mejillas de los niños; otras, doradas como el sol del poniente; otras, verdes como las hojas que las ocultan.

Del mismo modo deslumbra el mango tropical: su piel, pintada de verdes, amarillos y rubores rojizos, esconde una pulpa de un dorado tan brillante que parece contener luz atrapada. Al morderlo, la textura es densa, casi untuosa, y el hilo de sus fibras se enreda en los dientes como un recordatorio de su origen silvestre. El perfume del mango se queda en la piel durante horas.

Taronges, decimos en catalán para nombrar a las naranjas. Cuando las clavas con las uñas y levantas la cáscara, un rocío agridulce salta a los ojos como un gas bendito. Y luego están los gajos: gemas húmedas, arquitectura de agua y azúcar unidas por hilos de plata. Comer una naranja en pleno invierno es un acto de rebeldía; es morder un trozo de sol puro y dejar que su fuego baje por la garganta helada.

Al llegar el estío, buscamos las fresas de un rojo lacado, casi cónicas. Poseen un aroma tan concentrado que parece una destilación de la resina de los pinos y el calor de la tierra. Al comerlas en el campo, directamente de la mata, todavía tibias, la pulpa cede con una delicadeza líquida. No es un simple sabor; es el sabor mismo de la libertad.

Y en agosto, el higo maduro es una fruta que ha aprendido a rendirse. Hay que cogerlos cuando tienen el cuello de ahorcado y la piel agrietada, exudando una lágrima de almíbar espeso en la base. Comerse un higo fresco, recién sacado de la nevera, a las tres de la tarde, mientras las chicharras revientan los pinos, es una experiencia lasciva. La pulpa roja, granate, cuajada de semillas minúsculas, se deshace sin resistencia en la boca, pastosa, dulce como un pecado antiguo.