En mi vasto dominio

Nadie es particularmente moral o noble.

Toda asociación emotiva refiere al hipermercado.

La música de los nuevos devotos es tropicalmente fértil en escasez.

Las pasiones más desencarnadas se viven como un desenfreno que carece de resistencias.

Todos se irritan por constreñimientos inauténticos.

Ninguna palabra impresa da inspiración, consejo o deleite, en la Era de la Televisión o del Océano Informe de Internet.

Las personas se tornan más iguales, al no saber que pueden ser de otra manera.

Se troca en sentimentalismo deleznable el antiguo sentimiento elevado.

No se amolda el gusto a la opinión, la moral al mérito, la paz al espíritu, la costumbre al pensamiento.

Y el anhelo del hombre moderno es remodelar su naturaleza olvidándose de la justicia.

 

Así que, como un príncipe ruso que sube solitario a su trineo para partir -nieve, lobos, nieve- al exilio, quédate en la aldea contemplando lirios y altas nubes, y olvida el destino del hombre común con su idea de “mundo”. Porque la posesión coribántica de ese mundo es locura y tú no eres la medida de esa galaxia afásica.

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