Lectura de Helen Fielding

La obrita, que por ningún lugar de grandeza y fe orbita, la obrilla, que por ningún lugar de digna memoria brilla, a reseñar es: El diario de Bridget Jones. Yo denuesto la corte y villa y alabo la aldea, vivo en feudal -y casi bárbara– aldea orensana, agreste y solitaria, lluviosa y bendecida por el silencio, por lo que me alegro de no comerciar mi espíritu con estos especímenes de treintañeras solteras metropolitanas. Como lector de Montaigne sé que el interés real de una vida recaen en las emociones, pensamientos y costumbres privadas, que recaen, en fin, en el yo. Y advierto apesadumbrado que el yo, a diferencia de lo que relatan las chácharas de terapeutas, no es algo que se encuentra, sino algo que se elabora. Y se elabora llenando el yo de pensamientos augustos, gobernando la vida con visión y sin vanidad, leyendo doctas y esclarecidas doctrinas, asumiendo el destino, rechazando la necesidad de comprar, vender o trabajar. La mayoría de hombres y mujeres llevan una vida de tranquila desesperación y han embutido sus adentros de noticias de televisión, psicología popular de tertuliano y revista de moda, y amor romántico de plexiglás y hojalata. Carecen de una vida bella y alada, fraguada en la contemplación desinteresada del universo. Muchas mujeres, para horror vacui del orbe, son como esta heroína de Bridget Jones; preocupadas por la inflación de su cuerpo pero no por la deflación de sus cerebros, y con un alma como esos terroríficos vestíbulos de casas de provincia donde es impertinente el comentario sobre el gusto, pues carecen absolutamente de él. Esta heroína abusa tanto de las convenciones que ella no es ejemplar sino un acabado prefabricado de convenciones, de certificaciones manufacturadas sobre sus motivos y propósitos. Dios alumbra a todos aquellos que escriben a mano y no a máquina. Dios no alumbra a la adiposa y obsesiva Srta. Jones. Su vida interior es un maleducado culebrón de atardecida, una conversación tópica de rancia peluquería, una acumulación de cliché y comida enlatada. Lector, la cultura de lo más honorable y perfecto dicho y pensado, sirve para enfatizar la diferencia y salirse del mogollón. Bridget Jones es la típica cuyo lema vital es el mal dístico “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”. El epigrama bueno es cualquiera que arrase con el uso común, con la bestia del uso común, esa alma urbana tan hortera típica del siglo veintiuno.

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