Lectura de Paulo Coelho

Las obras a reseñar de Coelho son a la vez todas y ninguna; todas saben a intragable papilla de garbanzos, a croquetas de piedra y humo, a denso -con capas de verdín- yogur caduco. Hay ciertos individuos que cuando hablan de la felicidad o del sentido de la vida parecen perorar o regurgitar como desde una hamaca de una colonia de vacaciones, embobando a adolescentes inarticulados y nada nutricios o a gentes que no conocen bien el idioma que escuchan. Tal el ínclito Coelho. Su filosofía es un misticoide brebaje de quiropráctico espiritual distribuido en buidas y solemnes beatitudes y sandeces enlatadas. Es un gurú o masajista anímico que cualquier intelecto mediano y honrado no puede menos que tomarse a chufla. Jamás confiere una intimidad verdadera con el universo de la significación. El fuego de la vida, la corola de las ideas, el pistilo de la sintaxis, son una pavesa reseca y sin fulgor en sus torpes manos. Es nadie, pero en cambio, así, empero, no comienza o principia a vivir, a ser paradojalmente algo. Es nadie en el peor y más lato sentido de la palabra. Su carácter es aleatorio y su prosa respira rebuznos o grumos o vislumbres de pitonisa nocturna gagá. Su máximo regalo es un cucurucho de churros donde en él uno se pringa con las manchas de grasa. No tiene una belleza ni clara ni carente de claridad, pues la belleza nunca es un atributo que se pueda predicar lógicamente de sus peregrinas obras. Irradia un aire portentoso todo hombre que sabe que él mismo es también una isla para sí mismo; lo contrario de las elucidaciones elementales y churriguerescas del brasileño súbitamente iluminado. Es infiel a sus muy escasas virtudes y muy fiel -casi todo una poética- en cambio a sus innumerables defectos. Propio de la alucinación industrial coetánea y del pobre sentido del mundo y el valor que más o menos implícitamente tenga representa su éxito multitudinario. Todo parece como el éxito de un vendedor de crecepelo del Oeste.

En resumen, Coelho es el símbolo y epítome de la bajeza del trazo arbitrario, es el faquir embustero y de farfolla de la bajeza del artista ordinario. Si a usted lector le atrae Coelho y le deja frío digamos Proust o Montaigne (o sus pares), el problema obviamente no es de Montaigne o Proust, sino terminantemente suyo. El orbe decae con la opinión sin gusto, con el dislate del emborronador de cuartillas, o con el desmedido afán de alfalfa. O César o nada, o lectura patricia o nada; parece que disgustan las delicatessen -ostras de Arcade laminadas de aceitunas negras y tomatitos de invierno- en la Era Universal del BigMac.

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